Capítulo 2

Stella condujo su modesto Volkswagen negro hasta la puerta del Instituto de Investigación Hookwood. Apenas entró al edificio principal de oficina, Lainey Lewis, una colega antigua, se le acercó y la agarró de la muñeca.

"¿En serio has venido a presentar la solicitud? Stella, ¿qué está pasando? No respondiste a mis mensajes. No puedes tomar una decisión así por capricho. Este proyecto no es un experimento cualquiera. Antes de tomar una decisión, debiste haberlo discutido con Marc".

Stella sintió un fuerte dolor en el pecho, pero permaneció en silencio. En lugar de responder, desbloqueó su celular, buscó una conversación en WhatsApp y le extendió el aparato.

En la pantalla aparecieron decenas de mensajes provocativos e imágenes sugerentes. Y todos habían sido enviados más de una vez. Había una foto en particular que dejaba poco a la imaginación.

"¡Ese canalla! Si no fuera por las patentes que le diste en su día, ni siquiera habría sobrevivido al lanzamiento. ¿Y ahora se atreve a engañarte? Regresaré a tu casa contigo. Juro que haré que te pida perdón de rodillas", exclamó Lainey, con la ira ardiendo en sus pupilas, tras echarle un vistazo al celular y empujarlo de vuelta a las manos de su amiga.

"No, eso no será necesario", respondió su interlocutora, agarrándola rápidamente del brazo.

"¿Cómo que no? Después de lo que ha hecho, ¿te vas a quedar de brazos cruzados y dejar que se salga con la suya?", preguntó la otra, con la voz temblorosa.

"No, nunca", respondió Stella, guardando el celular en el bolsillo de su abrigo. "Pero confrontarlo directamente sería demasiado fácil. Quiero que sufra... que realmente se arrepienta de todo".

Lainey no dijo nada más, pues conocía bien a su compañera: en el laboratorio, era brillante; en su vida diaria, completamente honesta. Sin embargo, si alguien la llevaba más allá de su límite, ella no se quedaría sin reaccionar. Regresaría cuando menos lo esperaran, con precisión y fuerza.

Juntas, caminaron hacia la oficina administrativa. Allí, el llenado de los formularios ocurrió sin problemas. Con unas cuantas firmas y unos pocos sellos, el asunto quedó finiquitado; solo faltaba la aprobación final.

Antes de irse, Stella se ofreció a ayudar en un seminario académico organizado por el instituto, así que recolectó los materiales necesarios. A las 3:30 p.m., el evento en el Hotel Grace había concluido.

Ella, sosteniendo una carpeta contra su pecho, avanzó del vestíbulo al estacionamiento. En el camino, una risa familiar llegó hasta sus oídos.

"Vamos, sé buena".

En ese momento, Stella se tensó y se giró lentamente. La traición la impactó con la fuerza de un rayo.

Marc tenía su brazo alrededor de una mujer de cabello largo y cintura delgada, a la que guiaba hacia la entrada del hotel.

"Te extrañé... te extrañé tanto", dijo la desconocida, en un tono dulce e íntimo inclinándose sobre Marc.

Acto seguido, deslizó sus labios desde el lóbulo de su oreja hasta el cuello del hombre, embarrándole la piel con su labial rojo.

Él soltó una risa baja y cariñosa, antes de apretarla más contra sí; la agarraba de la cintura con firmeza.

Stella sintió una opresión en el pecho y se le nubló la vista. Se dio cuenta de que esa descarada había seguido a su esposo hasta el hotel. Los adúlteros ni siquiera pudieron esperar a que se hiciera de noche.

Entonces, a través de la puerta giratoria de cristal, la pareja se miró a los ojos.

Marc tenía las pupilas oscuras y llenas de deseo, mientras que las de Stella irradiaban tranquilidad y calma, aunque había un destello de burla en ellas.

De repente, el ambiente entre los dos se tensó.

La amante también la vio, pero en lugar de parecer sorprendida, sonrió con suficiencia y volvió a besar a Marc, aunque esta vez más profunda y deliberadamente, como si estuviera marcando su territorio.

Stella sintió que la bilis le subía por la garganta; el estómago se le revolvió por las náuseas. Se dio la vuelta, pues no quería presenciar ese espectáculo más tiempo. Llegó hasta la puerta de su auto, pero antes de que pudiera entrar, una mano se lo impidió desde atrás.

Marc la había seguido. En ese momento estaba sin aliento, y el olor del perfume audaz de la mujerzuela aún se aferraba a él, lo suficiente para que su esposa se sintiera mal.

"¡Suéltame!", exclamó Stella, intentando zafarse de su agarre y abrir la puerta, pero él la superaba en fuerza.

Marc no dijo nada, simplemente la agarró por la cintura, la empujó hacia el asiento trasero y se deslizó también. Sus afiladas facciones parecían tensas, y en sus ojos titilaba una mezcla de ansiedad e impaciencia. "Stella, por favor, déjame explicarte lo que pasó".

"Límpiate el labial de la boca antes de empezar a hablar", soltó ella, en un tono helado, retrocediendo lo más que pudo, pues no tenía un lugar a dónde huir.

A su esposo se le cayó la cara de vergüenza. Se llevó la mano hasta la boca sin pensarlo, mientras un destello de pánico aparecía en sus pupilas.

"El acuerdo de Marina Horizon está peligrando. Yo he estado preocupado por el financiamiento, así que contacté a Nova Holdings. Haley Smith es la hija de uno de los miembros directivos de esa empresa. No habla bien nuestro idioma y había estado bebiendo, así que vine para asegurarme de que regresara sana y salva a su hotel", dijo.

Luego se inclinó sobre su esposa y le habló con el tono suave que utilizaba cuando quería encantarla: "Ella es de Achury. Y tú sabes que la gente de su país es muy relajada. Te juro que seré más cuidadoso a partir de ahora. No te enojes, ¿de acuerdo? Te lo compensaré".

"Entonces... ¿Así es como aseguras las inversiones? ¿Acercándote a las hijas de tus socios?", inquirió ella, clavándole su mirada fría y dura.

Stella habló con una calma escalofriante, demasiado compuesta para estar enojada. No hubo gritos ni lágrimas.

Sus palabras tranquilas le quitaron cualquier excusa a Marc, pues cualquier cosa que dijera carecería de sentido. De golpe, él volvió a sentirse vacío y, frustrado, se quitó la corbata para poder respirar mejor.

"Stella, vamos. Solo lo hago por trabajo. ¿En serio vas a montar un escándalo por esto?", se defendió.

La aludida casi se rio, pues ni siquiera había alzado la voz. ¿Acaso esa era su forma de pedirle que le mostrara las fotos de su infidelidad para que viera lo que era un verdadero drama? El amor que había albergado por tantos años hacia su marido ahora la quemaba por dentro.

"Marc, si ya te has cansado de mí, sé honesto. No me aferraré a ti. Te daré el divorcio que tanto deseas".

¿Qué necesidad tenía de soportar su doble vida? ¿Por qué tenía que aguantar sus mentiras?

Apenas esas palabras salieron de su boca, su esposo la agarró con fuerza del hombro, y clavando su mirada, tan fría como el hielo sobre ella, declaró: "No vuelvas a decir eso nunca. Prometimos que, sin importar lo que pasara lo resolveríamos. El divorcio no es una opción. Ni siquiera lo menciones".

'¿Resolverlo? Él ya estuvo con otra persona. ¿Qué queda por arreglar?', reflexionó Stella. En ese momento, se sentía atrapada en una red de espinas. Con cada respiración, estas la cortaban más profundo.

De repente, el celular de Marc sonó. Este lo revisó, frunció el ceño y rechazó la llamada.

Sin embargo, su esposa había visto el nombre en la pantalla: "Cariño Salvaje". Antes de que él pudiera guardar el dispositivo, este volvió a iluminarse, aunque ahora eran notificaciones de WhatsApp las que aparecían en la pantalla. Y el remitente estaba registrado como "Bebé Ardiente".

"Bebé, no aguanto más el dolor".

"Te necesito. Ven ahora".

"Estoy sangrando... ¿moriré?".

Los tres mensajes, escritos en Achure, llegaron uno tras otro.

Capítulo 3

Parecía que Marc creía que ella no sabía leer Achure en absoluto, pues sin molestarse en ocultar la pantalla, escribió "Voy en camino", antes de apagar su celular.

"Stella, tengo algo urgente que atender. Si no puedes ayudarme, al menos mantente al margen. Y pórtate bien, ¿de acuerdo?", dijo suavemente mientras le acariciaba la cabeza como si fuera una niña.

Luego se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás.

Ella simplemente se quedó allí sentada, dejándolo ir. Le parecía que algo en su interior se había roto, y el dolor que sentía era tan grande que la entumeció por completo. Dejó los materiales de la conferencia en el instituto para que los archivaran y luego se dirigió a su casa sin decir nada más.

Marc no regresó en los tres días siguientes; ella no lo llamó ni una sola vez. Ya no había nada que decir entre ellos.

Mientras esperaba la aprobación final para unirse al proyecto secreto, se mantuvo ocupada organizando sus pertenencias y haciendo cualquier cosa para evitar que su mente colapsara.

El cuarto de almacenamiento era un altar a sus años juntos: allí estaban las notas escritas a mano de su primera confesión, las piezas desiguales de cerámica que hicieron durante su primera cita, una pequeña piedra con forma de corazón de una expedición nocturna a la montaña y filas de fotos enmarcadas por año. Incluso las cámaras Polaroid estaban organizadas de las más antiguas a las más nuevas.

Stella siempre había sido sentimental y guardaba todas esas cosas con la esperanza de que, cuando ella y su esposo fueran viejos, se sentaran a verlas y se rieran del pasado.

Sin embargo, ahora todo le parecía una broma cruel del destino. Sin dudarlo, lanzó los recuerdos al fuego y los vio arder.

Después, alineó los regalos caros, que incluían diamantes, relojes de lujo, delicados collares e incluso el anillo de bodas, les sacó fotos y se las mandó a su contacto en la boutique de reventa para que los vendiera todos.

Al ver el joyero vacío, comprendió finalmente que, sin importar lo brillante que fuera el amor, este perdía todo su valor apenas caía sobre él la mancha de la traición.

Dos días después, recibió la noticia de que le habían aceptado en el proyecto de investigación secreto. Tenía diez días tranquilos antes de que comenzar a trabajar en él.

Con la intención de abastecerse de lo esencial, se cambió de ropa y se dirigió al centro comercial. Justo cuando bajaba por la escalera mecánica con las bolsas en la mano, vio una escena que la dejó paralizada.

Allí estaba Jazlyn Walsh, su siempre crítica suegra, aferrada al brazo de la amante de su esposo, Haley, a la que le sonreía como si fueran amigas de toda la vida. La tranquilidad de su rostro desapareció de golpe.

Junto a ellas estaba Marc, el mismo hombre que había desaparecido durante días, deslizando con ternura una pulsera de diamantes en la muñeca de su otra mujer.

El trío parecía la familia perfecta. Una en la que ella no estaba incluida.

Cuando Haley asintió con deleite, Jazlyn elogió su gusto con un brillo en la mirada y, casualmente, entregó una tarjeta negra para pagar.

Stella sintió que ese momento estaba cargado de una amarga ironía, pues esa tarjeta era suya: estaban gastando su dinero.

Ella había obtenido esos privilegios, grandes descuentos, acceso anticipado a nuevas colecciones, etc., gracias a su cercana amistad con el director de la marca. Lo que se suponía que debía ser un gesto considerado para acercarla a Jazlyn ahora se usaba para complacer a la amante de Marc.

Por eso, la arrancó de la mano de la sorprendida vendedora y dijo con calma: "Lo siento. Esta tarjeta ya no es válida".

"Señora, es una tarjeta premium. No expira y no puede ser cancelada...", respondió la empleada, visiblemente confundida.

"¿Ah, sí?", comenzó Stella, rompiéndola en dos y lanzando los pedazos al bote de basura cercano, sin pestañear. "Ahora está cancelada".

"¿Qué te pasa? ¿Si te das cuenta de que nos estás dejando en vergüenza?", siseó Jazlyn, quien incapaz de contener su furia, y le dio una fuerte bofetada a su nuera.

La familia Walsh tenía una reputación impecable y siempre se había elogiado a Marc por su talento en las finanzas.

Cuando Stella y Marc empezaban a salir, Jazlyn había tratado a la chica con indiferencia. Y después de la boda, su frialdad hacia ella solo creció.

Por mucho que Stella intentara ganarse su aprobación, su suegra nunca le dedicó ni una sonrisa. Siempre se había quedado callada, pues no quería poner a Marc en una situación difícil, pero esa paciencia, que había construido sobre el amor, finalmente se había agotado. Ya no tenía razón para tolerar el maltrato.

De repente, dos fuertes cachetadas aterrizaron directamente sobre el rostro de Marc, y resonaron en el aire.

Inmediatamente, el lugar se sumió en el silencio.

Ese era Marc Walsh, el hombre aclamado en los círculos financieros como una leyenda, pero ahora estaba allí, con las mejillas rojas, tras haber sido abofeteado a plena luz del día.

"¡Stella!", gritó Jazlyn, furiosa. Acto seguido, se arremangó la blusa, como si estuviera dispuesta a tomar represalias.

"Si me vuelves a poner una mano encima, golpearé a tu hijo el doble de fuerte. ¿Quieres ver?", contestó la aludida, con la barbilla en alto, manteniéndose firme en su postura.

"¡Tú! ¡Tú...!", exclamó su suegra, tan furiosa que se llevó la mano al pecho, en busca de aire. "¡Marc, mírala! ¿Cómo puedes permitir que actúe como una arpía?".

"Dime, Marc, ¿no tenía toda la razón para cachetearte?", le espetó Stella, mirándolo fijamente.

El hombre tensó la mandíbula y endureció su expresión. Luego la agarró de la muñeca y murmuró entre dientes: "Ya basta. Tranquilízate. Estás montando un espectáculo".

De repente, Haley se lanzó a los brazos de Marc, deslizando sus manos por su cintura, mientras se quejaba del alboroto que estaba causando Stella. Se aferró a él como la hiedra, llamándolo "querido" una y otra vez, como si quisiera fundirse con su piel.

Marc la consoló con suaves palabras pronunciadas en murmullos cargados de ternura.

Al verlos tan cercanos e íntimos, Stella se rio con ironía. Entonces, habló en un perfecto Achure, con un tono fluido y afilado.

"Si tienes el descaro de ser la amante de alguien, al menos no te hagas la inocente. Estás acostándote con el esposo de otra mujer y ni siquiera te atrevas a negarlo. Y si no entiendes Achure, podemos cambiar; hablo dieciséis idiomas. Elige uno, y yo te seguiré. Si pierdo la discusión, admitiré la derrota".

Haley se sonrojó profundamente. Estaba claro que nunca había imaginado que su rival pudiera hablar tan bien en su idioma natal. ¿No había dicho Marc que su esposa solo era una simple empleada de oficina?

"Stella... ¿cuándo aprendiste Achure?", preguntó Marc con tono rígido y el semblante sombrío.

Esas palabras cayeron sobre su esposa como un cuchillo, profundizando su herida abierta.

"Marc, ¿de verdad me amas?", lo confrontó, con una amarga sonrisa. Luego, con un tono que chorreaba sarcasmo, remató: "Sigue disfrutando de tu pequeña sesión de compras. No me interpondré en tu camino".

Y con eso, se dio la vuelta y se alejó.

Marc se movió rápidamente para seguirla, pero Jazlyn y Haley se aferraron a cada uno de sus brazos, deteniéndolo.

"¡Simplemente divórciate de esa descarada! ¿Cómo se atreve a ponerte una mano encima?", espetó su madre.

Ya le había dicho esas mismas palabras en innumerables ocasiones, aunque su hijo siempre la había ignorado. Pero, por alguna razón, en ese momento las sintió diferentes. Se le metieron bajo la piel.

"Esto es entre ella y yo", murmuró, deshaciéndose de la sensación y corriendo tras su esposa. Por suerte, logró alcanzarla justo cuando llegó a su auto.

"Stella", la llamó.

"¿Qué quieres, señor Walsh? ¿Ya terminaste de jugar a la casita con tu salvaje amiguita?", respondió ella, con una expresión de disgusto, pues apenas él le tocó la muñeca, sintió náuseas.

"Haley es solo una amiga. ¿Por qué estás tan celosa? ¿No puedes ser madura por una vez? ¿En serio tenías que humillarnos en público?", la cuestionó él, con el rostro torcido por la frustración.

'Claro. De alguna manera, al final todo es mi culpa. Qué conveniente', pensó la mujer, soltando una risa seca cargada de incredulidad.

"Déjame ver si entendí. Incluso si te encuentro con tu amante en la cama, ¿debería sonreír, cerrar las cortinas y quedarme afuera para proteger el apellido de la familia?", escupió.

"¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? ¡Ella es solo una amiga!", se defendió Marc, apretándole con más fuerza la muñeca.

"¿Solo una amiga?", soltó Stella, en un tono bajo, cargado de ironía, mientras lo miraba de arriba abajo. Luego, su mirada se volvió juguetona, aunque había una chispa juguetona en sus pupilas, como si fuera seducción o venganza.

"De acuerdo. Entonces yo también me buscaré un amigo. Y me aseguraré de que hagamos todo lo que Haley y tú han hecho", declaró. Después, inclinándose hacia él, le susurró con veneno en la voz: "Y tú, querido esposo, no te pongas celoso. Eso no sería justo, ¿o sí?".

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