Punto de vista de Camila
La casa estaba demasiado tranquila. Entré por la puerta lateral y cerré levemente tras de mí. El aire conservaba el habitual aroma a cera de limón y rosas. Sin embargo, estar de vuelta me resultaba extraño: sentí que entraba en una dimensión desconocida.
La cocina estaba a oscuras, a excepción del tenue resplandor del refrigerador. Subí las escaleras, asegurándome de no pisar el tercer escalón, que crujía. Me pareció que todos los sonidos que hacía sonaban amplificados, casi como si la casa me estuviera escuchando.
No me detuve hasta que llegué a la puerta de mi recámara, que seguía entreabierta, justo como la había dejado años atrás. Inhalé profundamente, entré y cerré tras de mí.
La habitación de mi infancia no había cambiado nada en los últimos tres años. Las paredes conservaban el mismo tono rosa pálido, los muebles blancos seguían en su lugar y mi colección de trofeos de segundo lugar permanecía intacta. Los de primer lugar solían brillar en la habitación contigua, la de Rosa.
Miré mi reflejo en el espejo del tocador, el mismo donde había practicado mi maquillaje de boda tres años atrás, mientras mi hermana se paraba detrás de mí y me dedicaba su perfecta sonrisa. Ahora tenía el rímel corrido, estaba despeinada y llevaba un vestido arrugado. Si mamá me veía así, se pondría histérica.
El reloj en mi mesita de noche marcaba las 10:47 p.m. Había estado horas sentadas allí, empacando las pocas cosas que quería preservar de mi vieja vida. Era increíble como los diecisiete años que pasé en esa casa cabían en una simple bolsa de viaje.
Mi celular vibró nuevamente; esa era la vigésima vez en apenas una hora.
"Camila, esto es ridículo. Ven a casa para que podamos discutir esto como adultas. Rosa está muy preocupada...", dijo mi mamá, del otro lado de la línea.
Colgué. Por supuesto que esa farsante estaba preocupada, pues su plan cuidadosamente elaborado se estaba desmoronando.
De repente, la puerta principal se abrió con un clic bajo. Me congelé al escuchar los pasos familiares sobre el suelo de madera: era el repiqueteo de unos tacones, seguido de tela cara.
"¿Camila?", resonó la voz de mi madre, desde la escalera. "Querida, sé que estás aquí. El mayordomo vio tu auto".
Me reprendí por no haberme estacionado a la vuelta de la esquina, ni haber sido más lista, rápida y hábil para desaparecer. Al fin y al cabo, la inteligente siempre había sido Rosa.
Ponto, oí más pasos, y la profunda voz de papá, a quien seguramente habían sacado del trabajo para lidiar con la histérica de su hija menor otra vez.
"¿Princesa?", musitó, con el mismo tono amable que usaba cuando tenía doce años y yo lloraba porque Rosa me había quitado mi lugar en la obra de teatro escolar. "Sal para que hablemos de esto".
Un tercer par de pasos hizo que se me helara la sangre. Estos eran más ligeros y gráciles, casi perfectos, así como la imagen que ella se había preocupado en construir de sí misma.
"¿Camila?", inquirió Rosa, con un tono cargado de preocupación. "Hermanita, no te encierres, por favor".
Miré la foto familiar que descansaba en mi cómoda, y que había sido tomada el mismo día que mis padres concretaron la adopción de Rosa. Mamá y papá se veían radiantes, y mi hermana salía resplandeciente con su vestido nuevo. Yo, con trece años, sonreía, a pesar del acné y los frenos. Éramos la encarnación de una familia perfecta... ¡Qué broma!
De repente, un recuerdo cayó de golpe sobre mí, con la fuerza de un puñetazo en el estómago.
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"¡Pero he estado practicando durante meses!", me quejé, apretando mi guion, con el llanto ahogando mis palabras. "¡La señorita Bennett dijo que el papel principal era mío!".
"Hermanita, no quise quitártelo. Lo que pasó fue que... las palabras salieron tan naturalmente de mi boca durante la audición que la señorita Bennett dijo que tenía un don", respondió la siempre gentil Rosa, tocándome el hombro.
Sabía que era verdad, pues todos decían que mi hermana tenía un don: para la música, la actuación y para hacer que la gente la amara.
"Tal vez...", prosiguió, con un destello peligroso brillando en sus pupilas, señal inequívoca de problemas. "Podrías ayudarme a practicar. ¿Qué dices de ser mi coprotagonista? ¡Podríamos hacer de la actuación nuestra actividad de hermanas!".
Acepté, porque eso es lo que hacían las buenas hermanas. Y porque sabía que negarme a Rosa significaba soportar las miradas decepcionadas de mi madre y los sermones de mi padre sobre la lealtad familiar.
La noche del estreno, vi tras bambalinas cómo mi hermana hacía llorar a la audiencia. Después, mamá le compró rosas y papá nos llevó a cenar a todos.
Nadie mencionó que las mejores líneas de Rosa salieron de mi pluma en aquellas "sesiones de práctica", ni que su gran monólogo fue una réplica exacta, palabra por palabra, de mi audición original.
Ella solo tenía un don especial para la memorización. Eso era todo.
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"¡Camila Elizabeth Lewis!", gritó mamá. "Tu comportamiento es absolutamente inaceptable".
Finalmente abrí la puerta de mi habitación y me encontré a esos tres en el pasillo, como un retrato familiar perfecto. Mamá vestía un traje de diseñador, papá se veía distinguido en su ropa de trabajo y Rosa, con su expresión de preocupación, iba al último grito de la moda.
"Hola, hermana", comencé, con voz firme. "¿No deberías estar consolando a tu prometido?".
Ella abrió mucho los ojos, haciendo gala de sus dotes histriónicos. "Camila, por favor. Déjame explicarte lo que...".
"¿Qué quieres explicarme? ¿Que has estado acostándote con mi marido? ¿O cómo planeaste quitármelo desde el principio?".
"¿De qué está hablando?", le preguntó papá a Rosa, volteando a verla. Ella ya tenía los ojos llenos de lágrimas, tan perfectas y delicadas que nunca le corrían el maquillaje.
"Está molesta", susurró la farsante. "Papá, solo se está desquitando. Ya sabes cómo se pone".
"No", la interrumpí, antes de soltar una carcajada que sonó extraña hasta para mí. "No te atrevas a jugar esa carta otra vez. Rosa, muéstrales el anillo que Stefan te dio hace dos meses, mientras yo supuestamente estaba demasiado enferma para asistir a la gala benéfica".
Mamá jadeó, mientras la expresión de papá se tornaba sombría. Por un segundo, mi hermana fue incapaz de mantener su fachada.
Por primera vez, vi su expresión calculadora detrás de su falsa preocupación.
"No fue así", comenzó.
"¿En serio? Entonces, ¿cómo fue? Explícales a todos cómo has estado llamándome cada semana, dándome consejos matrimoniales mientras te acostabas con mi esposo. Y diles también cómo me ayudabas a elegir lencería para mis aniversarios… justo en las noches en que Stefan se quedaba hasta tarde 'trabajando' contigo".
"¡Suficiente!", estalló mi madre, dando un paso al frente. "Rosa nunca...".
"¿Nunca qué, mamá? ¿Nunca mentiría? ¿Nunca manipularía? ¿Nunca me robaría algo que me perteneciera?", la interrumpí. Acto seguido, saqué mi celular y reproduje el último mensaje de voz que me había enviado Stefan.
"Rosa es mi alma gemela, Camila. Tratamos de luchar contra nuestros sentimientos, pero algunas personas simplemente están destinadas a terminar juntas. Tienes que entender...", se escuchó la voz de mi exesposo en el pasillo.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
"Nunca quise lastimarte. En el corazón no se manda...", dijo Rosa, la primera en recuperarse.
El sonido de la cachetada que le metí resonó como un disparo.
"¡Camila!", exclamó mamá, agarrándome del brazo. "¿Te volviste loca?".
"No", contesté en voz baja, mientras veía cómo la marca roja florecía en la mejilla perfecta de mi hermana. "Por primera vez en catorce años, veo claramente".
Sin dudarlo, pasé junto a ellos, con mi bolsa de viaje en la mano. Detrás de mí, Rosa comenzó a sollozar. Era su mismo numerito de siempre, el que había perfeccionado durante años, para que todos se pusieran en mi contra.
"¿A dónde vas?", preguntó mi padre. "¡No puedes simplemente abandonar esta familia!".
Me detuve en lo alto de las escaleras, mirando hacia atrás a esas personas. Mamá consolaba a Rosa, papá lucía confundido y mi hermana me miraba con una expresión carente de calidez, a través de sus lágrimas.
"¿Familia?", repetí con una sonrisa, y algo en mi expresión hizo que todos retrocedieran. "No, esto no es una familia. Si acaso es un juego, en el que me he visto obligada a participar, siguiendo las reglas de Rosa".
"Camila, por favor", suplicó ella, extendiendo su mano hacia la mía, sin dejar de desempeñar el papel de hermana cariñosa. "Déjame arreglar esto".
"Hermana mayor, me diste cátedra sobre manipulación y paciencia. Gracias a ti sé la importancia de esperar al momento justo para atacar", espeté, agarrándola de la muñeca antes de que pudiera tocarme.
Rosa abrió mucho los ojos, esta vez con miedo genuino.
"Gracias por las lecciones", susurré, soltándola. "Ahora es tu turno de ver lo bien que aprendí de ti".
Luego, bajé las escaleras, ignorando los llamados de mi familia. Me vi por última vez en el espejo del vestíbulo: tenía el rímel corrido y una mirada salvaje. Al fin era libre.
Punto de vista de Rosa
Giré mi copa de champán en mi mano, y observé cómo las burbujas bailaban. La victoria sabía tan dulce como lo había imaginado todos esos años. La sala de mi apartamento en el ático tenía vista a la ciudad en la que me había pasado veinte años fingiendo ser la hija adoptiva perfecta, la hermana amorosa y la amiga solidaria.
¡Vaya ridiculez!
"Por la libertad", le susurré a mi reflejo en la ventana. La mujer que me miraba sonreía. Sus dientes eran impecables, su cabello perfecto y sus mentiras bien elaboradas, como siempre.
De nuevo, mi celular vibró. Era otra llamada perdida de Stefan. Había estado llamándome sin parar desde que Camila se fue, probablemente preocupado de que cambiara de opinión ahora que todo estaba al descubierto. Ese pobre hombre era tan predecible; todavía pensaba que tenía el control de toda la situación.
Me quité los tacones y me hundí en el sofá de cuero, dejando que los recuerdos me envolvieran como una brisa cálida.
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Odié a Camila Lewis desde el primer momento en que la vi.
Yo tenía trece años y acababa de salir del orfanato, así que estaba desesperada por agradarles a mis padres. Me habían llevado a una casa enorme, con un gran jardín bien cuidado y pisos de mármol, prometiéndome un nuevo comienzo y una familia real.
Justo en ese entonces, una chica delgada, despeinada y con frenos, bajó la escalera brincando, con una mirada inocente y una sonrisa ansiosa.
"¡Hola! Soy Camila. ¡Siempre he querido tener una hermana!", soltó, antes de abrazarme ahí mismo en el vestíbulo, sin reparar en que mi ropa era de segunda mano ni en el olor a detergente barato de la casa hogar.
Su alegría era pura y genuina por tener una hermana, pero yo solo tenía ganas de vomitar, porque la chica torpe e imperfecta frente a mí tenía lo que yo me había pasado trece años soñando: padres que realmente la amaban, un hogar propio, y un futuro asegurado por el apellido Lewis.
Lo peor de todo era que ni siquiera lo apreciaba adecuadamente.
Durante mi primera noche allí, la observé mientras cenaba. La vi encorvarse en su silla, hablar con la boca llena y vacilar sobre qué tenedor usar para la ensalada. Además, se reía demasiado fuerte y hacía muchas preguntas.
"Rosa tiene modales impecables", la señora Lewis, mi mamá adoptiva, sonriéndome. "Camila, tal vez podrías aprender de tu nueva hermana".
Entonces la vi: la primera grieta en el mundo perfecto de Camila. Contrajo la sonrisa y se sentó más erguida, esforzándose más.
Fue hermoso.
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Mi celular volvió a vibrar, sacándome de mis recuerdos. El rostro de Stefan iluminó mi pantalla; esa era su quinta llamada en una hora. Contesté con un suspiro de resignación.
"Querido, estás siendo muy demandante".
"Rosa", comenzó él, con voz áspera, lo que sugería que había estado bebiendo. "Se ha ido. Realmente se ha ido. Además, bloqueó mi número, vació su clóset...".
"¿No es eso lo que queríamos?", lo interrumpí, manteniendo mi voz suave y tranquilizadora. Ese era el mismo tono que había empleado cuando aconsejé a Camila sobre sus problemas maritales, que yo orquesté cuidadosamente.
"Lo que pasa es que... la forma en que me miró...".
"Stefan, cariño", lo corté, dejando que la dureza se colara en mi dulzura. "Después de todo lo que hemos pasado, ¿ahora dudas?".
"¡No! Por supuesto que no. Te amo. Siempre te he amado".
"Entonces deja de llamarme para contarme de tu exesposa. Es patético", espeté, antes de colgar y aventar el celular a un lado.
Los hombres siempre son tan previsiblemente débiles. Incluso Stefan, a quien había manipulado durante cuatro largos años antes de empujarlo hacia Camila, seguía dependiendo de mi guía constante.
Sin embargo, ya había cumplido su propósito, al igual que todos los demás en mi juego cuidadosamente planeado.
En mi repisa, la foto familiar que fue tomada el día de mi adopción, captó mi atención. Yo estaba en el centro, por supuesto. Siempre en el centro. Mi hermana estaba en el borde del encuadre, tratando de sonreír a través de sus inseguridades.
Dios, fue tan sencillo que prácticamente era increíble.
Bastó con un pequeño susurro sobre la inestabilidad de Camila en el momento justo: algunas conversaciones en las que me mostraba preocupada por el estado emocional de mi hermana con mi madre, así como unas menciones casuales sobre que mi querida hermana tenía problema con cumplir las responsabilidades básicas de un adulto con papá.
Fueron catorce años de trabajo meticuloso, posicionándome como la hija responsable, el sueño alcanzable, mientras aplastaba lentamente la confianza, las relaciones y el autoestima de esa tonta.
El rechazo universitario resultó especialmente motivador. Solo hizo falta una conversación llorosa con mamá, contándole que había descubierto el "diario secreto" de Camila, repleto de pensamientos oscuros y planes destructivos.
Naturalmente, yo había escrito todas esas tonterías, imitando la escritura infantil de mi hermana, que me pasé practicando por meses para falsificar con éxito.
De repente, la preciosa hija menor de los Lewis no estaba preparada para la universidad. Necesitaba tiempo para "encontrarse a sí misma", así que debía quedarse en casa, donde ellos pudieran vigilarla y donde yo la tuviera bajo mi control.
Bebí otro sorbo de champán, saboreando del momento, porque eso era realmente lo que había querido todo el tiempo. Y no me refería a Stefan, quien no había sido más que un peón inútil, ni a la fortuna de los Lewis, pues sabría que esa vendría con el tiempo.
Lo que verdaderamente quería ver era a la perfecta y hermosa Camila rompiéndose. Que al fin se diera cuenta de que todo lo que creía suyo, el amor, la seguridad, la familia, no era más que un castillo de mentiras construido por mí.
Mi celular vibró con un nuevo mensaje de mamá: "Rosa, por favor, ven. Tu padre y yo necesitamos hablar contigo sobre lo que pasó".
Sonreí mientras planeaba mi actuación: la confusión llorosa, la confesión renuente sobre la persecución de Stefan, y finalmente mi preocupación gentil sobre el estado mental de Camila.
Cuando terminara, ellos me agradecerían por protegerlos de una hija inestable durante años.
Caminé hacia mi armario y seleccioné el atuendo perfecto para mi siguiente escena. Algo sutil pero caro, que mostrara hermana afligida, no victoriosa.
El enorme vestidor había sido el regalo que Camila me dio el día de su boda.
"Para que siempre tengas espacio para tu increíble sentido de la moda", me había dicho, abrazándome fuerte.
Aunque ella había pasado años viéndome robar cada oportunidad y hasta la mínima pizca de aprobación parental, todavía me amaba. Aún confiaba en mí.
¡Qué tonta!
Saqué un suéter de cachemira color crema, y recordé cómo mi hermana solía pedirme mi ropa prestada durante la preparatoria. Yo esperaba hasta que ella tuviera algo importante, una cita, una presentación, una entrevista, y de repente recordaba que necesitaba ese atuendo exacto.
Siempre me los devolvía sin chistar, y hasta se disculpaba por las molestias. Nunca dejó de intentar ser la hermana perfecta, con todas sus fuerzas.
Mi reflejo captó mi atención, y por un momento fugaz, me pareció ver algo feo. Algo que se parecía a la huérfana asustada y enojada que había entrado en la casa de los Lewis hace tantos años. Bastó con que parpadeara para que volviera a ser la perfecta e impecable Rosa, esa que no podía hacer nada malo.
Deslicé el brazalete Cartier por mi muñeca, otro regalo de mi querida hermana, y me preparé para mi siguiente actuación. La reunión familiar necesitaría que mostrara lo justo de honestidad y revelara la traición devastadora.
"Oh, Camila", le susurré a mi reflejo, practicando mi expresión de preocupación. "¿Qué fue lo que te hiciste?".
Apenas me di la vuelta, algo hizo que me detuviera. La mirada que me dedicó antes de irse, yo nunca la había visto antes, ni una sola vez, en los veinte años que llevaba presionándola, torturándola y rompiéndola.
Parecía casi como... entendimiento. Como si finalmente hubiera visto a través de mi máscara y descubierto la verdad.
Me sacudí la incomodidad y me recordé que Camila era una debilucha, yo me había encargado personalmente de eso. Se iría, se recuperaría de sus heridas, y tal vez intentaría empezar de nuevo en otro lugar... Pero nunca se libraría de mí. Me había asegurado de eso hace años.