Capítulo 2

La noticia del accidente de Alejandro llegó en el momento más inoportuno, justo cuando Sofía Rojas cerraba el trato más importante para su nueva colección de alta costura, los inversionistas la aplaudían de pie, pero su rostro no mostró ni una pizca de emoción.

Su asistente se acercó con el teléfono en la mano, pálida y temblorosa.

"Señora Rojas, es sobre el señor Durán".

Sofía tomó el teléfono con una calma que helaba la sangre, escuchó los detalles del accidente en una autopista remota, el coche destrozado, la suerte de que estuviera vivo.

"¿Dónde está ahora?", preguntó, su voz tan firme como siempre.

"En un pequeño hospital de pueblo, señora, pero está estable, parece que una mujer local lo encontró y lo ayudó".

Sofía asintió lentamente, su mente ya trabajando a mil por hora.

"Prepara mi coche, cancela mis citas de la tarde".

Mientras los demás a su alrededor corrían presas del pánico, Sofía se quedó un momento a solas en su impecable oficina, mirando el horizonte de la Ciudad de México, no sentía angustia ni preocupación por Alejandro, su matrimonio no se basaba en el amor, sino en una alianza estratégica entre la familia Rojas, gigantes de la industria textil, y los Durán, una dinastía de arquitectos e influyentes políticos.

Para Sofía, Alejandro no era un esposo amado, era un socio, y el accidente no era una tragedia personal, era una crisis de negocios que debía ser manejada con la máxima eficiencia.

El poder era el único lenguaje que su padre le había enseñado a respetar.

Desde niña, su padre, un hombre hecho a sí mismo que había construido un imperio desde cero, le repetía una y otra vez la misma lección.

"Sofía, el amor es un lujo, el poder es una necesidad, el amor te hace vulnerable, el poder te hace invencible".

Ella había interiorizado esa filosofía hasta convertirla en su propia piel, había renunciado a los sueños románticos de la juventud y se había dedicado en cuerpo y alma a labrarse un nombre en el despiadado mundo de la moda, no por vanidad, sino porque su marca era su arma, su escudo, la prueba tangible de su valía.

Había pasado noches en vela dibujando bocetos, días enteros negociando con proveedores y semanas viajando por el mundo para presentar sus colecciones, cada éxito, cada portada de revista, cada elogio de la crítica era un ladrillo más en la fortaleza que estaba construyendo a su alrededor, una fortaleza que ahora, por culpa de este accidente, sentía amenazada.

Cuando llegó al modesto hospital del pueblo, el aire olía a antiséptico y a pobreza, Alejandro estaba en una habitación privada, pálido y con un brazo enyesado, pero lo que captó la atención de Sofía no fue su marido, sino la mujer que estaba a su lado.

Era una mujer de piel morena y cabello largo y enredado, vestida con ropas coloridas y artesanales, tenía una mirada intensa y salvaje, y sostenía la mano de Alejandro con una familiaridad inapropiada.

"Sofía, qué bueno que llegaste", dijo Alejandro, su voz débil, "ella es Xochitl, me salvó la vida".

Xochitl la miró de arriba abajo, sin una pizca de respeto o deferencia, su mirada era una mezcla de desafío y compasión condescendiente.

"Tú debes ser la esposa", dijo Xochitl, su voz era grave, casi gutural, "el destino nos ha unido de una forma muy especial, Alejandro y yo somos almas gemelas, lo sentí en el momento en que toqué su herida".

Sofía mantuvo la compostura, su rostro una máscara de fría cortesía, pero por dentro, una alarma sonó con estridencia, no era celos lo que sentía, era el instinto de un depredador que detecta a otro en su territorio.

"Le agradezco profundamente que haya ayudado a mi esposo, señora Pérez", dijo Sofía, enfatizando el apellido formal, "nos encargaremos de que sea generosamente recompensada por su amabilidad".

La sonrisa de Xochitl fue condescendiente.

"No busco dinero, busco lo que es mío por derecho espiritual, en mi mundo, cuando salvas a un hombre, te pertenece, y tú", dijo señalando a Sofía, "debes ceder tu lugar".

Alejandro, aturdido por los medicamentos y la extraña mística de su salvadora, no dijo nada, simplemente miraba a Xochitl con una especie de adoración hipnótica.

Sofía lo supo en ese instante, la verdadera crisis no era el accidente de Alejandro, la verdadera crisis era esta mujer, esta "curandera" que había aparecido de la nada.

Observó la forma en que Xochitl tocaba a Alejandro, la manera en que le susurraba cosas al oído, la conexión que habían forjado en esas pocas horas de vulnerabilidad, no era amor, Sofía lo sabía, era oportunismo en su forma más pura y primitiva, Xochitl no quería el corazón de Alejandro, quería su nombre, su estatus, su mundo, todo lo que Sofía había trabajado tan duro por asegurar.

Sofía se dio la vuelta y salió de la habitación sin decir una palabra más, necesitaba pensar, necesitaba una estrategia, la guerra había sido declarada, y ella no pensaba perder.

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Capítulo 3

Alejandro insistió en que Xochitl se mudara a su mansión en Las Lomas, argumentando que le debía la vida y que necesitaba sus "cuidados curativos" para recuperarse por completo, Sofía no se opuso, sabía que una confrontación directa solo haría que Alejandro se aferrara más a su nueva obsesión, era mejor tener al enemigo cerca, donde pudiera observarlo.

Xochitl llegó a la casa como un huracán de caos, descalza, con su ropa extravagante y una bolsa de tela llena de hierbas secas y extraños amuletos, los empleados, acostumbrados a la elegancia y el orden impecable de Sofía, la miraban con una mezcla de horror y fascinación.

Su primera exigencia fue que se deshicieran de todos los alimentos procesados de la despensa.

"¡Esta comida está muerta!", exclamó, arrojando un paquete de pasta importada a la basura, "necesito ingredientes vivos, de la tierra, como los que usaban mis ancestros".

Ordenó al chef, un hombre que había trabajado en restaurantes con estrellas Michelin, que le preparara un caldo con hierbas que ella misma había traído, el chef, ofendido, se negó, y Xochitl, en un arrebato de ira, entró a la cocina y comenzó a cocinar ella misma, llenando la casa de un humo espeso y un olor acre que se impregnó en las cortinas de seda.

Sofía observaba todo desde la distancia, sentada en su estudio con una taza de té, su amiga Renata estaba con ella, horrorizada.

"¡Tienes que echarla, Sofía!", le dijo Renata, "esta mujer es una salvaje, está convirtiendo tu casa en un mercado de Sonora".

"Paciencia, Renata", respondió Sofía con calma, "dale suficiente cuerda y se ahorcará sola".

El comportamiento de Xochitl se volvió cada vez más errático, un día, decidió que la energía de la sala principal estaba "bloqueada" y realizó un ritual de purificación, quemando copal y cantando en una lengua extraña mientras salpicaba agua por todas partes, arruinando una alfombra persa del siglo XVIII.

Alejandro, completamente bajo su hechizo, aplaudía cada una de sus excentricidades.

"Es increíble, Sofía", le decía, "Xochitl está conectada con algo profundo, algo que nosotros, con todo nuestro dinero y educación, hemos perdido".

Sofía simplemente sonreía y asentía, mientras en secreto le pedía a su equipo de seguridad que instalara más cámaras en la casa, necesitaba documentar cada uno de sus movimientos.

Xochitl no tardó en demostrar que subestimaba gravemente a la dueña de la casa, empezó a tratar a los empleados como si fueran sus sirvientes personales, dándoles órdenes con una arrogancia que ni la propia Sofía se permitía, se hizo amiga de una de las limpiadoras más jóvenes e impresionables, a quien le leía las cartas del tarot y le prometía un futuro lleno de riquezas si le era leal.

La gota que derramó el vaso fue cuando Xochitl decidió que la mansión era el lugar perfecto para iniciar su propio negocio, convocó a un grupo de mujeres adineradas y aburridas, amigas de la familia Durán, para ofrecerles "limpiezas espirituales" y venderles amuletos a precios exorbitantes.

La escena era surrealista, Xochitl, en el centro del lujoso salón de Sofía, rodeada de mujeres en trajes de diseñador, prometiéndoles curar desde la infidelidad de sus maridos hasta sus problemas de inversión en la bolsa con un puñado de hierbas y un rezo.

La noticia del "consultorio esotérico" de la protegida de Alejandro Durán se extendió como la pólvora por los círculos de la élite, no tardó en llegar a oídos del padre de Alejandro, un hombre que valoraba la reputación de su familia por encima de todo.

La llamada que recibió Alejandro fue brutal, su padre no le gritó, su voz era un susurro gélido cargado de decepción y amenaza, le recordó que el apellido Durán representaba poder, seriedad y tradición, no supercherías de mercado, la alianza con los Rojas estaba en juego, y con ella, proyectos arquitectónicos multimillonarios.

La estabilidad que Sofía representaba de repente se volvió invaluable.

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