Portada de la novela Esposa Invisible, Corazón Roto y Divorcio

Esposa Invisible, Corazón Roto y Divorcio

8.5 / 10.0
Con el fin de salvar las tierras de su comunidad, ella aceptó un matrimonio sin amor con Román Sánchez. Tras cuatro años de frialdad, la situación se vuelve insoportable cuando Nilda, la amante de su esposo, invade su hogar. Al despertar en un hospital, descubre que espera un hijo mientras Román celebra con otra mujer. Ante tal desprecio, decide liberarse y asegura su futuro mediante un astuto divorcio legal para proteger su dignidad y la de su bebé.
Resumen de Esposa Invisible, Corazón Roto y Divorcio
Con el fin de salvar las tierras de su comunidad, ella aceptó un matrimonio sin amor con Román Sánchez. Tras cuatro años de frialdad, la situación se vuelve insoportable cuando Nilda, la amante de su esposo, invade su hogar. Al despertar en un hospital, descubre que espera un hijo mientras Román celebra con otra mujer. Ante tal desprecio, decide liberarse y asegura su futuro mediante un astuto divorcio legal para proteger su dignidad y la de su bebé.
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Esposa Invisible, Corazón Roto y Divorcio Capítulo 1

Para salvar las tierras de mi gente, me casé con Román Sánchez. Durante cuatro años, fui su esposa invisible en un matrimonio por contrato.

Pero la farsa se convirtió en una pesadilla cuando su amante, Nilda, se mudó a nuestra casa.

Una noche, me desmayé después de que él me abandonara para correr a los brazos de ella.

Desperté sola en un hospital, y la doctora me confirmó que estaba embarazada de ocho semanas.

Mientras tanto, en la habitación de al lado, Román celebraba el falso embarazo de Nilda. Me había abandonado por una mentira.

En ese momento, el amor murió.

Así que le entregué los papeles de divorcio disfrazados de un trámite de impuestos.

"Firma aquí, Román. Es urgente".

Con su firma, no solo recuperé las tierras de mi pueblo, sino también mi libertad y la de nuestro hijo, a quien él acababa de renunciar sin saberlo.

Capítulo 1

Alina POV:

Abrí la puerta de la sala de reuniones, ese espacio helado que había llegado a conocer tan bien. Mis pasos resonaron en el mármol, cada eco era como un conteo regresivo. En mis manos, los documentos. El papel, fino y crujiente, era mi boleto a la libertad.

Llevaba cuatro años siendo la señora Sánchez, un título que se sentía tan ajeno como la piel de otra persona. Cuatro años de un matrimonio que nunca fue mío, sino un sacrificio para salvar lo poco que quedaba de mi mundo. Román Sánchez, el hombre al que estaba atada, no era más que un nombre en un contrato. Ese contrato estaba a punto de anularse.

Román no levantó la vista de la tableta que sostenía. Nunca lo hacía. Su indiferencia era tan predecible como el amanecer. Elías Montañez, su mano derecha, me lanzó una mirada breve, casi imperceptible, antes de volver a su pantalla. En esta casa, yo era invisible.

"Román, necesito que firmes estos papeles", dije, mi voz sonando extrañamente tranquila, a pesar del temblor en mis manos.

Finalmente, alzó la vista. Sus ojos oscuros, habituados a la opulencia y al poder, se posaron en mí. No había reconocimiento, solo una fugaz irritación por la interrupción. Era la misma mirada que le dedicaba a un sirviente que se equivocaba.

"¿Ahora, Alina? Estoy en medio de algo importante", replicó, con ese tono condescendiente que me carcomía el alma. Luego, sus ojos se detuvieron un instante en mi rostro. No era por aprecio, lo sabía. Era como si me viera por primera vez, o tal vez recordara que yo era una posesión más en su vasta colección.

"Es algo de rutina, Román. Impuestos de la propiedad. Elías me dijo que era urgente", mentí, el nombre de Elías saliendo de mis labios con una facilidad que me sorprendió. Él me miró, una chispa de comprensión en sus ojos que rápidamente se desvaneció. No podía culparlo. Nadie me tomaba en serio. Nunca lo habían hecho.

"Solo fírmalos, por favor", insistí, mi voz ahora más firme, con una urgencia que no pasó desapercibida.

Román suspiró, un gesto largo y exagerado de fastidio. Tomó el bolígrafo de oro macizo de su escritorio y, sin molestarse en leer, garabateó su firma en la línea punteada. Cada trazo era un clavo más en el ataúd de mi matrimonio, y un paso más hacia mi resurrección.

Apenas había soltado el bolígrafo cuando una oleada de perfume dulce y pesado inundó la habitación. La puerta del estudio se abrió y Nilda Campos entró, su figura esbelta envuelta en un vestido de diseñador. Su sonrisa, siempre calculada, se amplió al ver a Román. En cuanto me vio, sus ojos se estrecharon.

"¡Román, mi amor! Te extrañé tanto", exclamó, ignorándome por completo mientras se colgaba de su cuello. Él le respondió con una sonrisa que nunca me había dado, un calor en sus ojos que me quemó. La escena me revolvió el estómago. Literalmente.

"Nilda, ¿qué haces aquí?", preguntó Román, aunque su tono era de deleite, no de sorpresa.

"Tuve un pequeño problemilla con el coche, y pensé en pasar a saludarte. Pero veo que estás ocupado con... asuntos domésticos", dijo Nilda, lanzándome una mirada cargada de desprecio.

Me aclaré la garganta. "Ya me iba", informé. Tenía que salir de allí antes de que mi estómago traicionara el secreto que guardaba.

"Claro, querida. No queremos interrumpir tu... trabajo", Nilda dijo, su voz goteando ironía. Me di la vuelta, sintiendo una punzada de náuseas.

Cuando salí de la sala, el frío que sentía en el pecho era tan intenso que me dolía. Me dirigí a mi habitación, que era poco más que una celda de lujo. Un silencio opresivo me recibió. El aire estaba viciado, pesado con el olor a traición y a mi propia desesperación. Mis pies se arrastraron por el pasillo, cada paso una tortura.

De repente, un olor dulzón y empalagoso me golpeó. Era el perfume de Nilda, mezclado con el aftershave de Román. Venían de la habitación principal. Mi boca se llenó de un sabor amargo.

Con el corazón latiéndome a mil por hora, empujé la puerta, lentamente. La escena que encontré me perforó el alma. Román y Nilda estaban envueltos en un abrazo íntimo, susurrándose palabras inaudibles. El mundo se me vino abajo.

Román me vio. Sus ojos se abrieron, la sorpresa y una pizca de incomodidad destellaron en ellos. Nilda se separó, pero su sonrisa era victoriosa, desafiante.

"¿Alina? ¿Qué haces aquí?", preguntó Román, su voz tensa, como si yo fuera la intrusa.

Nilda se rió suavemente. "Parece que la criada tiene curiosidad. ¿No te enseñaron a tocar, Alina?"

El disgusto me invadió. "No soy una criada, Nilda. Y tú lo sabes. Necesito que Román lea esto", dije, empujando el documento firmado hacia él.

"¿Qué es esto ahora?", preguntó Román, tomando el papel con recelo.

"Es un documento de cesión de tierras. Las tierras ancestrales de mi comunidad en Oaxaca", respondí, con una calma que me sorprendió. "Las que tu familia nos robó".

Román me miró, una mezcla de confusión y enfado en sus ojos. "Alina, ¿de qué hablas? Esos papeles eran para..."

"Eran para proteger a tu familia de más escándalos. Firmaste la devolución de las tierras a mi comunidad. Ahora son libres. Como yo", dije, mi voz se elevaba con cada palabra.

Su rostro palideció. Se levantó de la cama, el papel temblaba en sus manos. "¡Estás mintiendo! ¡Esto es imposible!"

"Llevo cuatro años casada contigo, Román. Cuatro años de humillación, de silencio. Cuatro años esperando este momento. ¿Creíste que me quedaría de brazos cruzados mientras mi gente sufría?", grité, mi voz ahora llena de la furia que había mantenido contenida.

Román intentó hablar, pero Nilda se interpuso. "¡No la escuches, Román! Está loca, despechada. Solo quiere dinero, como siempre".

"No quiero tu dinero, Nilda. Solo quiero mi libertad. Y la de mi pueblo", replicó, mis ojos fijos en los de Román.

Román se rió, una risa cruel y sin alegría. "Libertad, ¿eh? Creíste que podías engañarme. Te conozco, Alina. Eres una mujer simple, una india de pueblo. Siempre serás mía".

"Estás equivocado, Román. Ya no soy tuya. Ni de nadie. Y este bebé que llevo dentro tampoco lo será", revelé, mi mano yendo instintivamente a mi vientre. Román se quedó helado. Nilda ahogó un grito.

Me di la vuelta, la cabeza en alto, y salí de la habitación, de la casa, de su vida. Mi cuerpo temblaba, pero no de miedo, sino de una euforia liberadora. Al fin, era libre.

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