Que extraña resulta la sensación de pisar la calle de nuevo con cierta libertad. Estoy parado en mitad de la calzada de una gran avenida por la que antes circulaban al día miles de vehículos en todas direcciones sin ningún destino concreto. La llovizna cae sobre mí suavemente. Es de esa llovizna fina que parece insignificante pero que antes de darte cuenta ha calado hasta los huesos. Noto toda la ropa mojada y el agua empapando mi rostro. Había olvidado lo agradable de esa sensación. Supongo que en general, los que continuamos vivos hemos acabado olvidando muchas cosas insignificantes que, a la hora de la verdad, son las realmente importantes en esta puta época que nos ha tocado vivir. Aquellas nimiedades que ayudan a tener la certeza de estar de alguna manera realmente vivo: un café sentado en la mesa de una cafetería mientras lees un diario gratuito; un litro de cerveza con los amigos en el césped de un parque; un paseo bajo el sol de la mañana entre los puestos de un concurrido y ruidoso mercadillo; hacerse una foto junto a un monumento ya cansado de hacerse fotos inútiles; los besos sobre una colina con la gris ciudad al fondo cubierta con una boina de polución… ¿En qué momento dejaron de importarnos estas invaluables pequeñeces?
Camino lentamente por las calles mojadas. Disfruto de cada paso que estoy dando sobre el húmedo y resbaladizo asfalto. Existe a ras del suelo una finísima y casi inapreciable neblina que se aparta perezosamente con cada zancada que doy. Aprecio esta misteriosa neblina. Observador del mundo que me rodea como soy, siempre me ha parecido que algunos elementos naturales desprenden un aura mágica irreal, capaz de encender una diminuta chispa en el interior de aquel que los contempla con detenimiento: La lluvia en el césped, la nieve cubriendo riscos, el granizo golpeando contra las lonas, los rayos de sol entre las hojas de los árboles, las coloridas auroras boreales serpenteando entre las estrellas, la niebla ocultando con su manto gris las calles mojadas… De alguna manera me siento como el primer hombre que pisa estas calles; como un valiente explorador descubriendo terreno virgen jamás contemplado por hombre alguno en tierras ignotas.
A veces, mientras avanzo, me parece sentir algún fugaz movimiento entre las sombras de alguna esquina o detrás de los abarrotados cubos de basura. Miro hacia allí escudriñando las sombras y no me parece distinguir nada inusual, aunque con esta neblina podría perfectamente haber algo oculto. Quizá un gatillo buscándose la vida entre la basura, o tal vez, intentando cazar una de las ratas que al amparo de la noche se aventuran fuera del alcantarillado. También puede que se trate de uno de esos apestosos indigentes enfermos que aún luchan por sobrevivir de igual manera que los gatos callejeros: rebuscando algo que echarse a la boca entre las montañas de desperdicios. Así funciona el instinto de supervivencia primario, inculcando la vana esperanza de que aferrarse a la vida sirve de algo más que para prolongar la lenta agonía.
«Qué más da esa escoria. Van a acabar muertos al igual que todo el resto del mundo».
Sumido en mis pensamientos sin darme ni cuenta, he llegado a mi destino. En algún momento del trayecto debió comenzar a llover con más intensidad y ahora, el agua resbala como si fuese una catarata por las paredes acristaladas del enorme edificio gubernamental que se encuentra ante mí.
En realidad, me resulta muy extraño que contactaran conmigo precisamente ahora, con la situación que estamos viviendo, para darme un puesto de trabajo confidencial al que postulé como candidato hace más de un año. Fue sin lugar a duda el proceso de selección más meticuloso e intrincado de cuantos he participado: pruebas de conocimiento de todos los campos, exámenes médicos, test psicológicos y físicos… «Ya te llamaremos», dijeron, y di por sentado que no lo harían. Nunca lo hacen. Y me equivoqué.
—Pase y tome asiento. —El hombre trajeado me invita a sentar señalando con un gesto una silla sin levantarse de su mesa. Estamos reunidos en un despacho con todos los elementos blancos y una enorme cristalera a la espalda de mi interlocutor. Afuera el agua cae a mares resbalando por el cristal. Me siento donde me indica y mientras lo hago el hombre, con un rostro imperturbable, parece analizar cada uno de mis movimientos. Me incómoda su atenta mirada. Estas situaciones, al igual que los interrogatorios policiales cuando sacas a pasear un perro, siempre resultan incomodas. Mira fijamente mis ojos y con voz profunda continúa hablando mientras yo callo con el corazón encogido en mitad del pecho—. Hemos analizado su currículum y los resultados de las pruebas físicas y psicológicas que realizó durante el proceso de selección. Usted es joven, fuerte, ambicioso, inteligente, sin rastro en su sangre de «el virus»... No voy a andarme con rodeos. Usted es el candidato con mayor puntuación de cuántos aspirantes se presentaron a la candidatura. Usted es el elegido. Le aconsejo que aproveche el escaso tiempo del que dispone antes de incorporarse a la misión para despedirse de todos sus seres queridos. Recuerde las condiciones para el puesto, una vez que esté todo preparado no volverá a verlos jamás.
Me ha dejado de piedra y apenas soy capaz de articular palabras.
—Mu... Muchísimas gracias. Lo cierto es que… Bueno... Me gustaría solicitar el incorporarme lo antes posible al periodo de adaptación para la misión. Como ya os comenté durante el cuestionario de situación social y familiar, no tengo ningún lazo que me ate a alargar la espera. Le voy a ser franco, aquí nadie me echará de menos.
—Perfecto. En realidad, debido a la situación en la que nos encontramos, no esperábamos menos de usted. Preséntese mañana a primera hora en las instalaciones que le indicarán en secretaría para comenzar de forma inmediata la formación obligatoria. En cuanto el otro sujeto esté preparado, despegareis sin demora. El viaje no se puede postergar más. Sois la última esperanza de la humanidad. Las semillas que germinarán y harán florecer de nuevo a la humanidad a millones de años luz en algún lugar indeterminado entre las estrellas. ¡Deje que yo sea el primero en darle la enhorabuena por su nueva ocupación!
Con otro gesto inalterable me invita a abandonar la sala. No puedo evitar sonreír y sentir una embriagadora sensación de triunfo durante el trayecto bajo la lluvia hacia el cubículo carcelario que ha sido mi hogar todo este interminable tiempo, mientras, imagino que alrededor, donde no alcanza la vista, agonizantes personas de rostros grisáceos y enfermizos siguen con extrema atención mi victoriosa marcha hacia la eternidad.
¡Mañana comienza mi nueva vida!
«Mañana comienza nuestra nueva vida».