Capítulo 2

La escalerilla del jet privado aún no había tocado suelo cuando Iris ajustó sus gafas de sol y se colocó al lado de Leonidas, luciendo una sonrisa ensayada.

Ya no le quedaban más recursos que inventar para capturar su atención.

Durante todo el vuelo, los hombres habían estado ocupados resolviendo asuntos aparentemente más importantes que ella.

Como último intento, Iris deslizó su mano hacia la de Leo, buscando contacto.

Él miró su reloj con estudiada indiferencia, como si la hora fuera lo único relevante mientras descendían.

Nikos bajaba delante, revisando también su reloj.

-Estaba pensando que podríamos cenar esta noche con mis padrinos-sugirió Iris, en un tono suave-. Están en Atenas y me encantaría que los conocieras.

Leo descendió un par de escalones más antes de responder, sin mirarla.

-Iris, eso no va a pasar.

Ella parpadeó, desconcertada.

-¿Por qué no? Llevamos más de cinco meses viéndonos, y luego de lo de anoche... pensé que... -balbuceó.

-Porque esto no es una relación -interrumpió Leo, firme pero sin levantar la voz-.

Eres mi decoradora. Y sí, hemos tenido cierta cercanía. Pero no va a ir más allá.

Es mejor terminar ahora, antes de que sigas confundiéndolo todo.

Iris se detuvo en seco en mitad de la escalerilla.

El resto de la tripulación siguió descendiendo, fingiendo no oír nada.

-¿Cómo puedes decir eso? -susurró ella, herida-. Después de todo lo que hemos compartido...

-Precisamente por eso quiero terminarlo ahora -dijo Leo, endureciendo el tono-.

No pienso tolerar escenas ni malentendidos. ¿Cuántas veces necesitas que te lo aclare?

Hizo un gesto de impaciencia y bajó el último tramo de escalones, dejando a Iris inmóvil detrás de él, luchando por mantener la compostura.

Nikos, que ya había llegado al final de la escalerilla, giró hacia arriba.

-Se hace tarde para la reunión, Leo.

-¡Claro! -estalló Iris, con los ojos encendidos de furia-. ¡Por supuesto que tú intervienes! ¡Siempre metiéndote donde no te llaman!

Tomó su cartera de mano y se la lanzó a Nikos. Él la esquivó con un movimiento limpio. La cartera cayó al suelo con un golpe seco, sin mayor drama. Nikos ni siquiera se inmutó.

Leo descendió el último escalón con calma. Su voz fue más baja, más grave.

-Eso fue inaceptable.

La tensión en su cuerpo debería haberle advertido a Iris que se detuviera, pero estaba ciega de frustración.

Lo enfrentó con lágrimas acumulándose en los ojos, agitada.

-¿Eso es todo? ¿Así vas a terminarlo?

Respiraba de forma errática, soltando pequeños jadeos que, para su desgracia, provocaron una sonrisa apenas disimulada en Nikos.

Ella lo notó. Leo no.

Leonidas la observó con frialdad.

-Modera tu carácter, Iris. No voy a tolerar otro arrebato como este. Puedes seguir trabajando en los interiores del ala nueva, pero si esto vuelve a pasar, el contrato se termina. No me tiembla la mano.

Ella lo miró como si no lo reconociera.

El rostro descompuesto, la respiración temblorosa.

-No podés hacerme esto... -murmuró, más para sí misma que para él-. No después de todo. No después de anoche.

Pero Leo ya se había dado vuelta, caminando hacia el auto que lo esperaba.

Iris se quedó allí, inmóvil por un instante, y luego corrió tras él.

-¡Leonidas! ¡No me ignores! ¡No me dejes así!

Lo tomó del brazo con fuerza, obligándolo a girar.

-¡Yo te amo! -soltó, como si esa declaración pudiera cambiar algo.

Nikos ya tenía la puerta del coche abierta.

-Se hace tarde, jefe.

Leo se soltó con firmeza.

-No vuelvas a tocarme si no es por cuestiones de trabajo -le dijo sin mirarla-. Y si no puedes separar lo personal, quedas fuera.

Por un segundo pareció que iba a añadir algo más, pero su teléfono sonó. No era el de Iris. Era el de Leo.

Era un número privado y no estaba entre sus contactos.

Atendió con el ceño levemente fruncido.

-¿Sí?

-Leonidas Varakis -la voz al otro lado era casi burlona, educada hasta lo ofensivo-. Qué gusto. Te llamo en representación de una mujer a la que conoces bien: Sienna Rousseau.

Leo no respondió. No tenía por qué. Lo que sea que hubo con Sienna había terminado hacía seis meses.

-Solo quería darte una buena noticia -continuó la voz de Stephan-. Vas a ser padre. Está de nueve meses y, según los médicos, el nacimiento es inminente.

El silencio fue total. Incluso Iris, aún temblorosa, alzó la mirada.

-Recibirás una citación oficial en los próximos días. Será una audiencia breve. Solo debes presentarte, confirmar la paternidad y, por supuesto, asumir la manutención.

La mandíbula de Leo se tensó. Sus ojos, en cambio, no revelaban nada.

-No es posible -soltó casi sin darse cuenta, molesto al escuchar la risa del otro lado.

-Oh, sí lo es. Y créeme, la evidencia será contundente. Te aconsejo no resistirte. Sería peor. Y ya está lista la presentación del niño ante la prensa. Porque será un niño.

La llamada terminó con un clic seco.

Leo guardó el móvil sin decir palabra.

Miró a Nikos.

-Vamos.

Nikos no dijo nada. Iris tampoco.

El mundo acababa de cambiar, pero Leo no lo mostraba.

Con un gesto, le indicó a Nikos que Iris debía ir en otro vehículo. Lo que venía no era para presencias innecesarias.

-Cancela todo lo de hoy luego de la junta. Llama a Petros -ordenó mientras se dirigían a los autos.

-I-imagino que todo esto es un gran malentendido... -balbuceó Iris, impactada.

Nikos le lanzó una mirada apenas divertida, imperceptible para cualquiera... excepto Iris.

Su rabia se avivó. Sus planes para atrapar a Leo se esfumaban. Un niño lo cambiaba todo.

-Iris, no es momento de dramas -dijo Leo sin mirarla, señalando el otro auto-. Ve a terminar tu trabajo. Y no me esperes esta semana. Estaré muy ocupado.

Subió al coche y cerró la puerta.

Nikos le dedicó una sonrisa a Iris antes de acompañarlo.

A través del vidrio, mientras el auto se alejaba, Iris se quedó sola. Descompuesta. Solitaria. Temblando de rabia y miedo.

Y completamente fuera de control.

-Puedes apostar lo que quieras que esto no se queda así -murmuró entre dientes.

Capítulo 3

-Entonces, ¿qué decides? -preguntó Stephan, desde el marco de la puerta.

Sienna se miraba en el espejo mientras ajustaba su abrigo sobre el vientre prominente. A pesar de la hinchazón en sus tobillos y el evidente cansancio, su rostro mantenía una belleza meticulosa.

-No quiero presionarlo todavía -dijo, girándose lentamente-. Prefiero esperar a que el niño nazca. Así será más difícil que pueda negarse.

Stephan se cruzó de brazos.

-Podríamos presentar la demanda ahora. Tienes toda la documentación preparada. ADN, fechas, testigos. No hay forma de que se libre.

Sienna caminó hasta el sofá con pasos lentos. Se dejó caer con un suspiro.

-Lo sé. Pero si lo enfrento antes, puede responder con un equipo legal que nos devore. Además que aun existe una pequeña posibilidad de que el niño no sea de él. En cambio, si me presento con el bebé en brazos... con esa imagen... ahí creo que tendríamos mas posibilidades.

Stephan asintió, evaluando su estrategia.

-¿Estás lista para ir a la revisión?

-Claro. Aunque no necesito ser una adivina para estar segura de que escuchare lo mismo de siempre: que el parto puede ser en cualquier momento.

Minutos después, salían del edificio. El auto privado que habían pedido no llegaba.

Sienna, impaciente, consultó el reloj, se acomodó el bolso y levantó la mano al ver un taxi libre.

-No pienso llegar tarde por culpa del chofer -masculló, subiendo con esfuerzo. Stephan la siguió sin discutir.

El conductor apenas los miró por el retrovisor. Sus movimientos eran lentos, mecánicos. El aire dentro del taxi olía a cigarrillos viejos y sudor mal disimulado.

-Hospital Saint George, entrada principal -dijo Stephan, sacando el móvil.

El trayecto duró menos de diez minutos.

El accidente, menos de dos segundos.

Fue una esquina mal señalizada, una luz amarilla que se transformó en roja en mitad del cruce, una frenada fallida del taxi que giró cuando no debía.

El motociclista apareció de la nada, con la velocidad de una sombra.

El impacto fue brutal.

El ruido del metal golpeando contra el capó, el crujido del parabrisas y el grito involuntario de Sienna rompieron el interior del auto como una explosión.

El taxi giró bruscamente tras el choque y subió a la acera, golpeando una farola que se inclinó hacia un costado.

Stephan se protegió con el brazo.

Sienna fue lanzada hacia adelante, atrapada por el cinturón, con una mano desesperada aferrada a su vientre.

Todo se detuvo.

La bocina del taxi sonaba sin parar, trabada.

Los gritos comenzaron segundos después: peatones, curiosos, un policía que corrió hacia la escena.

-¡Ayuda! -gritó alguien asomado por la ventanilla pero incapaz de abrir la puerta-. ¡Está embarazada!

Sienna no respondía. Estaba pálida, con la respiración cortada. Su mirada, clavada en el techo del taxi, era de una frialdad casi cruel, pero su mano seguía sobre su vientre, apretando con fuerza.

El caos acababa de empezar.

El pasillo del hospital tenía olor a desinfectante y café viejo. Giny Bennet, con los rizos recogidos y los ojos cansados, firmaba los papeles de su salida. Otro turno completo. Otro día entre nacimientos y despedidas.

La sirena de la ambulancia cortó el aire. Instinto y hábito la hicieron girar.

-Accidente automovilistico. - anunció Odel.-preparados, llegan 8 heridos.

Corrió hacia la entrada de urgencias, justo cuando los paramédicos bajaban una camilla.

-Traumatismo abdominal, pérdida de conciencia, posible desprendimiento de placenta.

Giny se acercó para ayudar a estabilizar la camilla. Solo cuando estuvo a su lado notó el rostro de la mujer.

-¿Nombre? -preguntó una enfermera.

-Sienna... Rousseau -murmuró la herida, con los labios llenos de sangre.

Giny le sostuvo la mano, sintiendo los dedos fríos y temblorosos.

-Estoy aquí, tranquila. -su voz no reflejaba la tormenta interna al ver la cantidad de sangre que manaba de diversas heridas.

-Ayuda -susurró tan bajo que Giny pensó que lo había imaginado. Se inclinó sobre ella por si decía algo más.

-Respira, ya casi estamos -dijo Giny, solo quería mantenerla consciente-. Dime qué necesitas.

Sienna, con un esfuerzo inmenso, le alcanzó la cartera. Apenas podía mantener los ojos abiertos.

Giny la sostuvo con una mano mientras con la otra presionaba la hemorragia en el costado de Sienna. Había visto muchas escenas así, muchas mujeres rotas por fuera o por dentro... pero esta tenía un matiz distinto. Tal vez era la fragilidad con la que sostenía la vida dentro suyo. O tal vez era la manera en que sus ojos se aferraban a los de Giny, como si supiera que aquella desconocida podría entender más de lo que parecía.

-¿Qué hay aquí? -preguntó Giny, abriendo el cierre principal de la cartera.

Dentro, desordenado, había un sobre manila ligeramente manchado de sangre. Giny lo sacó con cuidado: el sello de un laboratorio médico, una carpeta de papeles arrugados, y un portarretratos pequeño con una ecografía en blanco y negro. En la parte trasera, escrito con letra femenina y firme, un nombre: Leonidas Varakis.

También había un móvil con una cubierta brillante, y poco más.

El corazón de Giny dio un vuelco.

-Llámelo -murmuró Sienna, apenas audible.

Tosió de nuevo. Una fina línea de sangre se deslizó por la comisura de sus labios, que resaltaba con la creciente palidez de su rostro.

-Llame... a Leonidas Varakis -susurró-. Mi hijo... no puede quedarse solo.

Y entonces, cerró los ojos.

-¡Presión bajando! -gritó con alarma uno de los médicos-. ¡Código rojo en sala tres!

Giny asintió, sin decir nada, mientras empujaban la camilla hacia cirugía. La soltó solo cuando otra doctora la reemplazó para estabilizarla.

Se quedó con la cartera en las manos, inmóvil, viendo cómo desaparecían tras las puertas dobles.

Sabía que no debía involucrarse. Pero su impulso fue más fuerte que la razón.

Ese encuentro no era casual. Algo en su interior le decía que esa mujer -Sienna Rousseau- podía cambiarlo todo.

Y Giny todavía no sabía cuánto.

Se quedó ahí un momento más, la cartera en las manos.

Pero en ese momento no importaba.

Solo pensaba en el bebé.

Y en lo que esa mujer le acababa de confiar.

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