Regina era la hija del infortunio. La única heredera de un trono sostenido por hilos podridos, cuyo padre, el rey Riccon, había convertido en ruinas lo que alguna vez fue un reino próspero. Las arcas vacías eran el reflejo de años de excesos, de apuestas perdidas y malas alianzas, y sobre todo, de una corona que no merecía portar. Su nombre no inspiraba respeto, sino desprecio. Aún los niños de las aldeas lo escupían en juegos de burla. Y el recuerdo de su primogénito, el príncipe que todos amaban, era ahora una cicatriz abierta, su muerte manchada con el sello de la cobardía de Riccon. Regina apenas tenía cinco años cuando todo ocurrió. Y desde entonces, supo que estaba sola ya que su hermano era el único que la visitaba en el convento.
Ahora, a sus veintiún años, se encontraba atrapada en una nueva jaula: el matrimonio. No por amor, ni por alianza honorable. Su mano era la moneda de cambio en un acuerdo desesperado con un rey peor aún que Riccon. Un pirata coronado. Un hombre conocido por invadir tierras por puro placer, que se deleitaba en el saqueo y la sangre, y que ahora buscaba algo más: poder duradero, legitimidad, dominio sobre una zona estratégica que le abriría paso a nuevos reinos.
El nombre de ese hombre era Rey Kael, el Sanguinario. Y Regina, silenciosa y resignada, era el precio.
La reina regente, madrastra de Regina, observaba todo desde su trono decorado con falsas joyas. No era una mujer cruel, ni fría. Amaba el lujo, sí, pero no era ajena al sufrimiento. Y aunque jamás había logrado entablar una conversación real con su hijastra, sentía por ella una profunda pena. Sabía, más que nadie, lo que significaba casarse con un hombre sin alma. Lo había vivido. Lo vivía aún. A pesar del nudo que le apretaba la garganta, había sido ella quien propuso la unión.
Lo hizo por supervivencia. Por temor a una guerra que el reino no resistiría. Por la corona que aún conservaba. Por todo lo que temía perder.
Regina estaba sentada a un costado del gran salón, vestida de los pies a la cabeza en telas oscuras y pesadas, aunque era pleno verano en el Sur. Cubierta por completo, como era costumbre en las mujeres criadas en el convento al que fue enviada tras la muerte de su madre. Su cabello jamás se había mostrado en público. Sus ojos eran lo único visible, y aun así, no transmitían emoción alguna. No hablaba. No opinaba. Apenas asentía con delicadeza cuando se le dirigían palabras. Su voz, cuando se dejaba oír, era suave, medida, como si hablara en un templo, y nunca más de lo necesario.
El rey Riccon había dejado claro que no deseaba su intervención. No en las negociaciones. No en el futuro. Ella debía ser una figura decorativa. Un florero más en una habitación sin alma.
Mientras los emisarios del rey Kael discutían las cláusulas del matrimonio, y el perdón de las deudas que venía atado al mismo, Regina permanecía impasible. Inmóvil. Pero su mente, esa que nadie en la corte se había molestado en conocer, trabajaba con una precisión fría. Ella entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Y en el fondo de su silencio, comenzaba a gestarse algo que nadie veía venir: una decisión.
Porque Regina no era una flor.
Era una semilla bajo tierra.
Y el día de la boda... sería también el día en que comenzaría a crecer.
Era la figura perfecta de una doncella sumisa, piadosa, intocable. Y Regina lo sabía. Sabía cómo se la veía: delicada, pura, callada... inofensiva. Y también sabía que esa imagen era su mejor escudo. Porque debajo de esas capas de tela pesada, bajo ese velo que cubría su cabello, y detrás de ese silencio obediente, se escondía una mente que nunca había dejado de observar, analizar, planear.
La pregunta palpitaba con fuerza dentro de ella, como un tambor en lo profundo de su pecho: ¿Podría tener una vida tranquila junto a un hombre como Kael?
Había oído las historias. Todos las habían oído. Hombres empalados, ciudades arrasadas, estandartes negros ondeando sobre murallas conquistadas. Pero entre esos relatos, también se colaban susurros más personales: que el rey Kael no se quedaba en su castillo más de un puñado de noches al año, que prefería la guerra a la corte, que no buscaba amor, ni compañía, sino poder, dominio, expansión.
¿Y si después de consumar el matrimonio, se marchaba? ¿Y si la dejaba sola en un castillo extraño, con una corona vacía y un nombre unido al suyo por pura estrategia?
La idea, en lugar de asustarla del todo, le ofrecía una ventana. Libertad entre barrotes dorados. Porque si él se iba... ella se quedaba. Y quizás, solo quizás, podría construir algo con eso.
A veces, entre palabra y palabra de la negociación, sentía la mirada del emisario sobre ella. Discreta, atenta. Jamás se dirigió a ella directamente, como si fuera un jarrón de porcelana al que se le teme romper con solo mirarlo. Educado, pensó. Frío, pero educado.
No eran los bárbaros que había imaginado. Todos los hombres del rey Kael iban vestidos con túnicas bordadas, botas limpias, y hablaban con una elocuencia refinada, como nobles de una corte de cuentos. Ninguno levantaba la voz. Cada argumento era una jugada hábilmente pensada. Ni Riccon, en sus mejores días, habría tenido tanta presencia.
Hablaron de ella como si no estuviera. Como si fuera una moneda, un título, un adorno más del reino. Pero no le molestó. Estaba acostumbrada. Su vida entera había sido eso: invisibilidad con bordes dorados. Lo que sí le molestaba era la certeza de que estaba pasando de una jaula a otra. El convento, el palacio, el matrimonio... cada uno con barrotes distintos, pero todos igual de fríos.
Sin embargo, si su destino era estar al lado de un rey de guerra, tal vez podía encontrar en ello un resquicio. Tal vez podía jugar con las reglas de otros, pero con su propio tablero.
¨Quiero conocerlo¨, pensó. ¨Quiero verlo. Medirlo. Entender qué tipo de hombre es. Y si puedo, jugar la partida¨.
Ella no era una pieza. Era una jugadora. Y si la dejaban moverse, su reina interior sabría cómo cruzar el tablero entero.
Solo necesitaba ver al rey.
Y hacer la primera jugada.
-Si eso es todo, debo partir para informar a mi rey. Si él está de acuerdo, vendrá en un par de semanas. Se encuentra hospedado cerca de aquí, listo para ver cómo proceder -dijo el emisario, con esa voz grave, medida y sin titubeos que ya le era familiar al salón.
El rey Riccon tragó saliva con dificultad, intentando mantener el porte regio. Pero su rostro lo traicionó: la sangre abandonó sus mejillas, y una mueca torcida de espanto lo delató. Hasta ese instante, había estado jugando al monarca seguro, gesticulando con arrogancia, creyéndose en control... porque pensaba que el temido Kael estaba a cientos de leguas, ocupado en alguna batalla lejana. Pero no. Estaba a las puertas. Con su ejército. Esperando.
El miedo se instaló en su pecho como una plaga. Su mente, acostumbrada al caos, comenzó a divagar en escenarios sombríos. ¿Y si todo era una farsa? ¿Y si Kael no venía por matrimonio, sino por conquista? ¿Y si esa boda no era más que un pretexto para masacrarlo en su propia mesa?
El vino se le atragantó. Cuando el emisario se marchó, Riccon se desplomó en su trono como si le hubieran arrebatado la fuerza con un solo soplo.
Temblaba.
Y Regina lo vio. Lo vio como quien observa a una bestia vencida, sin ya una pizca de respeto. Se acercó unos pasos, serena, como quien entra en un templo.
-Padre, tranquilo. No vayas a desplegar soldados por temor -dijo, con esa voz suave, pausada, que no alzaba el volumen, pero sí el peso.
Sabía lo que ese hombre era capaz de hacer cuando el miedo lo dominaba. Ya lo había hecho una vez. Lo había hecho con su propio hijo.
El rey la miró con ojos desorbitados. Su temblor cesó un segundo, solo para estallar en furia.
-¡¿QUÉ DICES?! -bramó, poniéndose de pie con tal violencia que su copa de cobre salió volando y rodó por el mármol-. ¡¿CÓMO TE ATREVES A DARME ÓRDENES?! ¡MOCOSA INSOLENTE!
Pero Regina no se inmutó. Se levantó con una calma inquebrantable. Lo miró con esa expresión que no pedía perdón ni buscaba permiso. Luego se giró y caminó hacia la salida, su silueta envuelta en telas oscuras, tan majestuosa como una reina que aún no ha sido coronada.
La reina consorte mantuvo la cabeza baja, en absoluto silencio. Sabía que cualquier palabra, cualquier movimiento, podía convertirla en blanco. Había aprendido a desaparecer, a volverse parte del mobiliario. Pero, en su fuero interno, suspiró de alivio. Con el trato sellado, se aseguraba cierta estabilidad. Paz. Aunque fuera frágil y momentánea.
La princesa se marchaba.
Y aunque todos pensaban que solo era una pieza más en el tablero, la única que sabía la verdad era ella misma. Regina no solo estaba preparada. Estaba jugando.
Los días pasaron.
El rey estaba cada vez más nervioso al no saber siquiera en dónde estaba acampando el Kael. La reina consorte se había mantenido tan lejos como le fue posible para evitar confrontación con el cobarde de su marido, mientras tanto, Regina seguía encerrada en su habitación, según para todos. Pero la realidad es que Regina había salido del reino vestida como una sirvienta más al exterior, necesitaba distraerse, y su gente más cercana, siempre la ayudaban a escapar cuando ella tenía ganas de hacerlo. Ese día, se había hecho pasar por una cortesana más, y realmente se había entretenido, hasta que llegó Willis, uno de los socios de su padre y no quería ser reconocida, por ese motivo, sin querer llamar la atención, se marchó antes de que pudiera recaudar más dinero para La Casa de Té que tanto la había acogido en sus momentos de soledad. Se fue a la parte trasera y se dirigió a la oficina de Madame Florinsh, la matriarca y dueña del lugar. La mujer, quien a pesar de su avanzada edad, aún conservaba los delicados rasgos que había tenido en su juventud: sus ojos miel, a esta edad, estaban marcados por la vida que había tenido, era dura y calculadora. Cuidaba a sus chicas tanto como le dieran ganancias, aunque no era tan cruel como su mirada podía hacer creer. Estaba vestida acorde a su edad, con un maquillaje ocultando las líneas de expresión marcadas por los años. Su mano huesuda y delgada se volvían por las cuentas sacando números. Regina se sentó al frente de ella, a la espera de que la mujer terminara de hacer sus matemáticas, sabía que a la anciana le molestaba muchísimo que la interrumpieran.
-Así que te casas -le dijo al fin, una severa afirmación.
-Veo que ya le llegaron las noticias -respondió Regina, mirando su propia mano con las uñas recién pintadas de rojo por una de las cortesanas... Debía sacarse esa pintura antes de ir al castillo, no podía presentarse con ese color chillón en la corte-. Se supone que en unos días el novio se presentará en el castillo.
-Lo sé, y debo decirte que realmente desconozco quién es ese hombre -le informó la anciana, mientras se recostaba en su asiento y la miraba fijamente. Se incorporó un poco hacia adelante para agarrar un cigarrillo y se lo prendió con tranquilidad-. El antiguo rey de ese reino lejano era un paranoico. Estaba tan infectado y enfermo de poder, que le tenía miedo a sus propios hombres, que quisieran matarlo para obtener lo que él había logrado. Así que un día, de repente, aparecieron tres reyes: uno real y dos sustitutos. ¿Quién aparecerá en la boda? Nadie sabe. Sí se sabe que si hay guerra, siempre es el real el que lidera, el de sangre azul. Jamás dejaría que un falso se lleve la victoria.
Regina la miró sorprendida. Se sabía que La Casa de Té era un epicentro para la información, todo lo que ocurría por ahí, todo lo que se quería ocultar, realmente no quedaba tan oculto: las mujeres cortesanas siempre se enteraban de todo y todos. Pero realmente esa información era nueva para Regina, hubiera imaginado cualquier cosa, menos eso.
-Por ende, podría estar casándome con cualquiera -susurró, aceptando el cigarrillo que la anciana le ofrecía.
-¿Le temes al futuro?
-Le temo más a seguir encerrada como una mujer sumisa -le dijo, exhalando el humo que había inhalado.
Madame Florinsh soltó una risa seca, entre dientes, mientras exhalaba una voluta de humo que serpenteó entre ambas.
-Entonces, querida mía, ya eres más libre que muchas reinas coronadas. Porque sabes lo que temes, y sabes que no vas a dejarte encerrar sin pelear -dijo, con un dejo de admiración en la voz áspera que arrastraba los años.
Regina no respondió. Observaba cómo el humo del cigarrillo se disolvía en el aire, como si pudiera desaparecer así también la incertidumbre. Sus labios aún conservaban un poco del rojo brillante que la delataba como cortesana, no como princesa. Ese lugar era el único sitio donde podía ser ella, sin el peso del apellido, del trono ni de las expectativas.
-Te casen con quien te casen -continuó Madame Florinsh, apagando el cigarro contra un cuenco de piedra-, no olvides esto: ningún rey, por cruel o sabio que sea, puede contra una mujer que conoce su poder. Tú ya no eres una niña. Eres una jugadora. Y las jugadoras... saben cuándo moverse. Y cuándo esperar.
Regina asintió. No porque creyera tener el control, sino porque sabía que aprender a tenerlo sería su única vía de escape. La corona que le esperaba no estaba hecha de oro. Era de hierro... y fuego.
Se despidió de la anciana con un beso en la mejilla y salió por la misma puerta por donde había llegado, ya sin los colores en las uñas, sin la pintura en los labios, con el velo oscuro cubriéndole el rostro. Volvía a ser la princesa invisible. La sombra del reino.
Y mientras caminaba hacia los límites del castillo, no dejaba de pensar: ¿Quién será el hombre al que tendré que llamar esposo? ¿Y si lo elijo... como aliado? ¿O como rival? Porque ahora lo sabía: no todos los reyes eran reales. Y en esa boda, no sólo se casaría una doncella... también se movería la primera pieza de su verdadero juego.
***
Al llegar al reino, se escabullo entre el personal y se metió por un pasadillo secreto a su habitación. Su dama de compañía se encontraba sentada esperándola, se veía altamente ansiosa.
-Hace un hora el rey pidió por su presencia en la Sala de los Menesteres... -le informó, levantándose de golpe del asiento.
Regina se quitó el velo y lo arrojó sobre su cama con un suspiro. Su corazón aún latía con fuerza por la carrera silenciosa a través de los túneles ocultos del castillo. Miró a su dama de compañía, que parecía al borde del colapso.
-¿Una hora, dices? -preguntó con tono tranquilo, aunque ya se imaginaba lo que eso significaba.
-Sí, alteza. Estaba furioso. Lanzó un jarrón al suelo cuando le dije que no sabía dónde estabas -respondió la joven, bajando la voz-. El consejero real trató de calmarlo, pero creo que alguien sospecha que saliste.
Regina se acercó a su tocador y comenzó a retirarse los pendientes que una de las cortesanas le había prestado. Se observó en el espejo: su piel aún olía a perfume de jazmín, y el leve tono rosado en sus mejillas no era por vergüenza, sino por la emoción de haber escapado, una vez más, de esa jaula dorada.
-¿Sabes si sigue ahí? -preguntó sin apartar la vista de su reflejo.
-No. Dicen que se retiró a sus aposentos, refunfuñando. Pero dejó dicho que no tolerará más desplantes suyos.
Regina soltó una risa baja, seca.
-¿Desplantes? Llevo toda una vida siendo su prisionera silenciosa. Que me busque en la Sala de los Menesteres si quiere algo. Yo ya no correré tras él como una hija obediente.
La dama de compañía la miró con los ojos muy abiertos, entre el miedo y la admiración.
-¿Y si el rey Kael llega mientras él aún está furioso? -susurró.
Regina se volvió lentamente hacia ella, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
-Entonces será interesante ver quién ruge más fuerte... el león enfermo o el que aún tiene hambre.
Se dirigió al perchero, sacó un vestido más formal, de tela pesada y cuello alto, y empezó a cambiarse.
-Ve y haz correr la voz de que estoy lista para presentarme ante el rey -ordenó-. Que se entere que ya no tiene a una niña en este juego... sino a una mujer con sus propias reglas.
La dama asintió y salió corriendo.
Regina, alisando las mangas del vestido, levantó el mentón. Se preparaba para una nueva jugada. Y esta vez, no pensaba ceder el tablero. El eco de los pasos de su dama desapareció por el corredor, dejando a Regina sola con su reflejo. Se contempló una última vez. Sus ojos, aunque oscuros y profundos como un pozo sin fondo, brillaban con determinación. En su rostro no había rastro de temor, solo el leve peso de una decisión tomada.
Tomó un anillo con una piedra opaca que Madame Florinsh le había regalado tiempo atrás. Era sencillo, pero tenía un grabado en su interior: "Nada es lo que parece". Se lo deslizó al dedo índice como un recordatorio. El juego estaba en marcha.