Alex
Salí de mi casa, era domingo por la tarde, quería ir a preguntarle a mi madre en donde estaba el jabón para lavar los platos. Me llamo la atención escuchar su voz en el jardín, estaba hablando por teléfono, casi nunca hacia eso, siempre hablaba en la cocina o en la sala. Con mucho cuidado de no hacer ruido, me acerque para escuchar mejor lo que decía.
—“Ana, sabes bien que, si le digo a Alex que tengo un tumor se volverá loco, no va a descansar hasta conseguir dinero para los exámenes y los tratamientos.” —Dijo mi madre, estaba hablando con mi hermana mayor.
—¿Cuándo tenías pensado decírmelo? —Le pregunte y se giró de golpe, por su cara, cualquiera diría que había visto a un fantasma.
—Hijo, no sabía cómo lo ibas a tomar, no te vayas a molestar conmigo, por favor te lo pido. —Me dijo y yo empecé a caminar hacia adentro de la casa, quería encerrarme en mi cuarto.
—El doctor me dio tres meses. —Dijo y me quede paralizado, una lágrima corrió por mi mejilla.
—¿Entonces yo me iba a enterar el día de tu muerte? —Le grite indignado.
—Eres igual a tu padre, siempre con esos arranques de rabia, queriendo solucionar todo a las malas y tratando mal a las personas, como si con esa actitud fueras a ganar algo. —Me dijo, en su mirada había rabia.
—¿Es por eso que quieres más a Ana que a mí no?
—Ella no te recuerda a mi papá. —Le dije y ella se quedó callada, el silencio para mí siempre ha significado un “si”
Se quedo ahí, parada en medio del jardín y salí de la casa, necesitaba pensar mientras caminaba por las calles solitarias de mi urbanización. Un doctor le había diagnosticado a mi madre un tumor, le dio tres meses de vida y yo, que soy su hijo no estaba al tanto, porque según ella, tengo ataques de rabia. Sabía que tenía que conseguir dinero, quizás así podrían hacerle algún tratamiento a mi madre y no tendría que morir en tres meses.
—Súbete. —Dijo la voz de un hombre que me hizo dejar de pensar en mi madre.
—¿Qué? —Le dije todavía en mi trance.
—Que te subas a la camioneta chaval. —Me grito y me toco subirme, en la mano, el hombre tenía un arma y no quería que la usara conmigo.
—Si me quieren secuestrar para pedirle dinero a mi familia, es mejor que no pierdan el tiempo, soy pobre. —Dije luego de subirme al carro.
—No seas ingenuo, la gente solo secuestra a alguien si lo investigaron previamente y si saben que tienen dinero, no secuestran gente al azar. —Me dijo el que estaba manejando.
—¿Entonces que quieren de mí? —Les pregunte confundido.
—Ya te vas a enterar, ten paciencia chaval—Me dijo el copiloto.
Me quede en silencio durante todo el camino, seria incomodo ir hablando con esos tipos que tenían cara de matones. Después de casi media hora de trayecto, llegamos a una casa enorme, con un portón que parecía uno de esos que había en las prisiones. Cuando se abrió, pude ver a tres hombres uniformados y con escopetas, en ese momento entendí que esto era más serio de lo que creía. Tragué grueso y sequé mis manos sudadas con mi pantalón.
—Bájate muchacho. —Me dijo un hombre que abrió la puerta de la camioneta. Le hice caso, de hecho, no tenía otra opción.
Me llevaron hasta adentro de la enorme casa, todo estaba en silencio, al parecer no vivían muchas personas ahí. Me quedé sentado en un sillón de la enorme casa y luego de unos minutos, se escuchaban unos pasos, alguien estaba bajando las escaleras.
—Iré al grano porque tengo muchas cosas que hacer, espero que me prestes atención y que no te queden dudas. —Dijo un hombre que parecía italiano, para nada tenía el acento de España. Lo analicé más de la cuenta, era muy atractivo y no pasaba de unos veintiocho años.
—Entiendo. —Le respondí seco.
—Sé que necesitas dinero, de hecho, tu mamá podría morir si no se empieza el tratamiento a tiempo. También estoy enterado de que ni tú, ni tú familia tienen el dinero que se necesita para ello. Por esa razón te tengo una oferta. —Me dijo el italiano y yo tragué grueso antes de responderle.
—¿Qué oferta? —Pregunté, realmente no me importaba lo que tuviera que hacer para conseguir el dinero que necesitaba para mi madre.
—Así me gusta muchacho, al grano. Tú mejor amiga, hace unos días salí a pasear un rato por la ciudad y la vi, fue amor a primera vista. Lo que quiero decir es que, quiero que hagas que ella salga de su casa está misma noche. No puedo mandar a mis hombres a que vayan y entren a ese edificio y la saquen de ahí, sería muy arriesgado. —Me dijo mientras caminaba por toda la sala, parecía pensativo.
—¿Lo qué usted quiere es que yo le dé a mi mejor amiga a cambio de dinero? Usted la usará y luego mandará a sus hombres a que la dejen tirada por un callejón. —Le grité indignado.
—No seas tonto muchacho. ¿De verdad crees que solo quiero tener relaciones sexuales con esa chica? —Dijo como si esa fuera la idea más loca del mundo.
—¿Entonces que quiere de ella? —Pregunté confundido.
—Conocerla. —Respondió.
—¿Cuánto dinero me dará por hacer que ella salga de su edificio? —Le pregunté.
—Un millón de euros. —Dijo después de unos segundos.
—¿Me cree estúpido? —Por mi mejor amiga me dará un millón, de verdad usted cree que soy un chaval estúpido que no sabe nada de la vida. —Grité indignado mientras me paraba del sillón en el que estaba sentado.
—¡Manuel! —Gritó sin responder a lo que yo le acababa de decir.
—Dígame señor. —Dijo un hombre gordo y con barba que también estaba uniformado.
—Trae la maleta con el dinero. —Le dijo a Manuel y yo por quinta vez, tragué grueso.
Manuel no tardó más de cinco minutos en volver a la sala, dejó una maleta negra sobre una mesa que había en la sala y se fue por un pasillo largo. El italiano señaló la maleta con su cabeza, era señal para que yo la abriera y eso hice. En realidad, si había montones de fajas de euros, jamás en mi vida había visto tanto dinero junto.
—Debe prometerme que no le hará daño a Sofía, ella es una buena persona. —Le dije.
—Puedes confiar en mí, ahora toma la maleta y ve afuera, mis hombres te llevarán hasta tu casa. —Me dijo mientras se daba la vuelta para caminar hasta un pasillo y subir las escaleras.
Con las manos sudadas y frías por los nervios, agarré mi maleta llena de euros y salí de aquella casa. En el estacionamiento estaban los mismos hombres que me habían traído, uno de ellos me ayudó con la maleta y luego yo me subí. Ya estaba oscureciendo y de seguro mi madre estaría preocupada por mí, al cabo de cuarenta minutos, llegamos a mi casa.
Sabía que para que mi madre no viera la maleta, tenía que entrar por la puerta de atrás. Me puse manos a la obra, pasé por una ventana y la vi en la sala hablando por teléfono, de seguro estaba llamando a mis amigos para saber si me habían visto.
Me quité los zapatos para que no hicieran ruido cuando fuera a subir las escaleras. En puntillas, comencé a subir los escalones hasta llegar a mi habitación. Cerré la puerta con seguro y me acosté en mi cama, necesitaba dormir un poco y dejar de pensar.
Ricardo
Después de que mis hombres salieran a llevar a Alex a su casa, subí las escaleras para llegar a mi habitación y darme una buena ducha, hoy Sofia me iba a conocer. Me decidí por un traje de una tienda italiana, es de color azul marino, junto con una camisa blanca y una corbata. Apliqué un poco de mi perfume favorito, peiné mi cabello con gel y bajé las escaleras.
—Jefe, ya dejamos al chico en su casa. —Dijo Manuel.
—Muy bien, ya se está haciendo la hora de que vayan al edificio en dónde vive Sofia. Espero que haya quedado claro que no deben maltratarla, quiero que llegue aquí sana y salva, sin un rasguño.
—Si señor, como usted diga así será, ya me voy para informales a los chicos que preparen la camioneta. Nos vemos. —Contestó y luego caminó hasta llegar a la puerta de la casa.
Me senté en el sofá y bebí un poco de whisky para intentar relajarme, en el fondo, algo me decía que esa noche no sería para nada fácil.
Manuel
Salí de la casa estresado, la verdad no entendía porque mi jefe, un hombre tan guapo, se había enamorado a primera vista de una chica menor de edad y que la verdad, no era tan atractiva como algunas de las modelos que estaban detrás de él.
—Efraín, prepara la camioneta y dile a los demás que en cinco minutos salimos, vamos al edificio de la chica.
—Está bien jefe, ahora mismo hago eso. —Me respondió y se fue al jardín a buscar a los otros.
Después de diez minutos ya estábamos afuera del edificio de la señorita Sofia. Se suponía que cuando estuviéramos ahí, tendríamos que llamar a Alex, para que el hiciera que la chica saliera a la calle. Como cosa rara, la chica salió sin previo aviso por parte de nosotros, pero no nos quedaba otra opción que hacer el trabajo en ese mismo momento.
—¡Hay que aprovechar! —Grité apenas vi que ya casi estaba por cruzar la calle para tomar un taxi.
Nos pusimos manos a la obra, dos se bajaron y caminaron detrás de ella, Efraín y yo caminamos por adelante y antes de que me diera cuenta, Ernesto, uno de mis hombres ya la tenía cargada y desmayada. Todo había salido bien, ahora tendríamos que llevarla a la casa.
—Buen trabajo muchachos, ahora hay que llevarla a la mansión, recuerden que el jefe dijo sana y salva, pónganla se tan manera que no vaya a golpearse la cabeza en el camino. —Les dije a los hombres que me habían acompañado.
—Si señor.
—Y dense prisa, no queremos que alguien nos vea. —Terminé de decir y subí a mi camioneta.
Ricardo
El estrés me comenzaba a pegar, miraba mi reloj cada cinco segundos, ya habían pasado dos horas desde que Manuel y los demás hombres se fueron a buscar a Sofía. Empecé a caminar por toda la sala con mi whisky en la mano, cuando de repente escucho varios carros llegar a la casa, era Manuel. Dejé el vaso sobre la mesa y salí de la casa de inmediato.
—Jefe, aquí está su pedido. —Me dijo Manuel mientras se bajaba de una camioneta.
—No seas estúpido, no le vuelvas a decir pedido, es mi futura mujer imbécil. —Dije después de haberle dado una cachetada, era increíble la manera en la que podía llegar a ser tan agresivo si alguien me hacía molestar.
—Disculpe señor, aquí le trajimos a su mujer, sana y salva, como me lo pidió. —Me respondió con la cabeza abajo.
—Llévala a la habitación que está al lado de la mía. —Le dije y entre a la casa molesto.
Sofía
Me desperté en una habitación que no me era conocida, asustada me levanté rápidamente de la cama. Mi ropa estaba intacta y no me sentía rara, al parecer nadie se había sobrepasado conmigo. Tardé dos minutos en recordar lo que había hecho antes de despertar, estaba saliendo de mi casa para intentar tomar un taxi e ir a la casa de mejor amiga. Tenía que salir de ese lugar, la puerta tenía seguro y solo había un ventanal que daba para un jardín, pero tampoco había manera de abrirlo.
Resignada, me acosté en la cama, estaba más cansada de lo normal, quizás usaron una droga para poder secuestrarme y era eso lo que todavía estaba haciendo efecto. Al cerrar los ojos me quedé dormida.
Ricardo
Ya estaba estresado, quería ir a ver a Sofia, por primera vez en mucho tiempo estaba loco por una chica, para mí todas las mujeres eran iguales, uno con más atributos que otra, pero ninguna con algo que resalte. Sin paciencia, salí de mi habitación para ir a la de ella.
Abrí la puerta sin hacer mucho ruido, desde la entrada se puede ver la cama matrimonial, ahí estaba ella dormida como toda una princesa. Solo me bastaría con sentarme al lado de la cama y verla dormir, era realmente hermosa.
Tiene unas pestañas naturales inmensas, su nariz era un poco gruesa, pero demasiado, acordé a su cara. Sus pómulos increíblemente lindos, sus labios parecían de muñecas, ni muy gruesos ni muy finos. Sin duda alguna, además de linda, hasta durmiendo me enamoraba. Estaba tan concentrado viendo cada detalle de ella que no me percate que ya había abierto los ojos y estaba mirándome.
—¿Y usted quién es? —Pregunto con el ceño fruncido y acomodándose en la cama.
—Soy Ricardo y tú eres Sofía. —Le respondí con tranquilidad.
—¿Cómo sabe mi nombre? —Le aseguro que no sabe con quién se está metiendo, va a pagar por todo esto. —Gritó, en su rostro y en sus movimientos se notaba lo nerviosa que estaba.
—No creo que alguien me haga pagar por secuestrarte, aquí el poderoso soy yo, nadie puede hacerme nada. —Le dije mientras me levantaba de aquel sillón.
—No sé me acerqué. —Dijo después de haber corrido hasta el otro lado de la habitación.
Me quedé quieto y ella igual, miro la cerradura de la puerta y luego me vio a mí, la giro e intento correr. En menos de lo que ella pudo imaginar ya yo la había agarrado del brazo y estaba contra una pared.
—No me haga daño señor por favor. —Mi familia no tiene dinero como pagar un rescate, usted secuestro a la chica equivocada, déjeme ir se lo ruego. —Me suplicó.
—¿De verdad crees que los secuestradores no investigan a sus víctimas primero? —Se bien que no vienes de una familia adinerada. —Le respondí.
—¿Qué quiere de mí entonces? —Me preguntó con miedo, sus manos temblaban.
—Que te enamores de mí.