Capítulo 2

—No puedo creer que te haya gustado la lección de Cruella de Vil —comenta Dee, cuando caminamos hacia nuestros casilleros.

—Ya te lo he dicho, me gusta literatura, y a mí no me pareció tan mala.

Siempre había acostumbrado sobresalir en mis notas, me gustaba estudiar, y ver en la pizarra informativa, mi nombre en uno de los primeros puestos. Desgraciadamente, nunca pude llegar a obtener el primer lugar, pues admitía tener un serio problema con matemáticas... simplemente las malditas fórmulas no terminaban con incrustarse en mi cerebro, por más noches en vela que pasara.

—Eso es porque apenas la estás conociendo —bufa—. Solo espera que te mande a detención donde ella misma te obliga a participar en ridículas obras teatrales —la chica se estremece al decirlo, quizá recordando alguna experiencia en detención—. ¿Has visto alguna vez a High School Musical? Si lo has hecho, ya podrás imaginar el resto.

Sin poder evitarlo, un escalofrío me recorrió a lo largo de mi columna vertebral; eso no sonaba tan bien después de todo. Incluso pude verme bailando y cantando a como lo hacían Troy y Gabriella, lo cual recordando lo lastimosa que resultaba ser mi voz, no pintaba bien para mí.

Me detuve frente a mi casillero y lo abrí para dejar el libro de literatura, para después ir por algo de comer a la cafetería. El no haber desayunado nada antes de salir de mi casa, estaba comenzando a cobrarme la factura, pues justo ahora podía sentir a uno de mis intestinos, querer devorar el otro, si no los alimentaba pronto.

—Literatura es la peor materia del universo, a diferencia de las clases de música del señor Lawoski... esas son tan ¡Fantabulosas! —exclamó Dee con emoción, mientras aplaudía.

Cerré mi casillero y me giré hacia ella, evitando reírme.

—Fanta ¿Qué? —alargo, enarcando una ceja.

¿No era esa la palabra que utilizaban en Violeta o Radio Rebel? ¿Por qué carajos seguía pensando en las series de Disney?

—Ya sabes, fantásticas y fabulosas ¡Fantabulosas! —volvió a decir con emoción.

Apoyo mi espalda en el casillero, y la observo detenidamente. Dee es la especie de chica que debería de tener un botón de apagado, su emoción resalta hasta por los poros a la hora de hablar; se me asemejaba tanto a ese sentimiento llamado Alegría, de la película Intensamente que había visto la última vez; solo le hacía falta cortarse el cabello y pintárselo de azul, y sería ella.

—¿De qué te ríes? —pregunta, entrecerrando los ojos.

Ni siquiera me había dado cuenta que me estaba riendo ante la imagen de Dee con el pelo azul.

—Yo, de nada —contesto restándole importancia.

—Bueno, ven conmigo. ¡Hay que ir a la cafetería! —exclama nuevamente con emoción, mientras me jala del brazo hacia adelante.

No sabía por qué, pero tenía el leve presentimiento de que Dee, alias Alegría, no me dejará sola un solo momento a partir de ahora.

—¿Puedo tomarte una foto? —preguntó justo después de que nos habíamos sentado con nuestras bandejas en frente, en una de las mesas del centro de la cafetería.

No me gustaba comer rodeada de gente, yo era más del tipo de ermitaña que le gustaba pasar desapercibida ante los demás. Desde que había pasado a ser el conejillo de indias de los estudiantes de mi anterior instituto, comencé a acostumbrarme en ir por mi almuerzo e irme a comer a la biblioteca, lejos de las miradas quisquillosas que me dirigían los demás. Pero justo hoy se me había ocurrido entablar conversación con la chica que prácticamente llevaba tatuada en la frente la palabra "salúdame" ya había perdido la cuenta de cuantas personas se habían acercado a la mesa a darle un abrazo amistoso, incluso dejé de intentar el hecho de querer levantarme e irme. Dee se había encargado de impedir todos mis inútiles intentos mientras se dedicaba a presentarme con todo el mundo.

—¿Qué? ¡No! —me apresuro a decir, antes de que disparara el flash en mi dirección.

¿Pero qué carajos? ¿Acaso aquí todos estaban un poco locos? ¿Seré como ella en pocos días? ¿O andaría observando fijamente a los demás a como lo hacía Caleb? ¡Dios! ¡Por favor ayúdame!

—Escribo algunos artículos en el periódico escolar —se apoyó en sus codos sobre la mesa, tirando su cuerpo hacia adelante, su mirada irradiaba emoción mientras hablaba—. Quiero escribir sobre la chica nueva... ¿Por favor? —hizo un mohín en un pobre intento en tratar de convencerme.

—No. Lo siento.

—¡Vamos Fanny! Son preguntas sencillas, como ¿Por qué volaste de Los Ángeles hasta Tennessee? ¡Por Dios! ¡Está lejísimo!

«Para evitar que acabara con mi vida» —sería la respuesta adecuada, pero me limité a sonreír y a contestar lo ensayado. Como que ya me había planteado algunas preguntas que podían llegar a hacerme, por lo que estaba preparada para responder sin trastabillar.

—Mi madre consiguió un mejor empleo —contesté, llevando una papa embarrada de salsa de tomate a mi boca.

—¿Y tu padre?

—Murió en Vietnam cuando yo tenía ocho.

El rostro de Dee palideció de forma inmediata y su boca se abrió formando una perfecta O.

—Lo siento, soy una imprudente por haber preguntado eso. ¡Debe ser terrible perder a tu padre en una guerra! Oh Dios mío, ¿Cómo le has hecho para salir adelante? ¿Lo extrañas? Me imagino que sí, ¡Perdón por preguntar! Soy una tonta ¿Era soldado? ¡Y sigo con las preguntas! ¡Solo ignórame! —muerdo mi labio para evitar reírme de la reciente diarrea verbal de mi nueva amiga, la cual no dejaba de disculpase una y otra vez, incapaz de poder dejar de hablar.

—¡Detente Dee! —Exclamo lanzándole una papa a su rostro—. Eso fue hace nueve años; ya lo superé.

Hago un gesto de repulsión al verla tomar la papa que se había quedado enredada en uno de sus risos oscuros, para luego echarla a su boca.

—¿Me creerías si te digo que mi mamá dice que hablo como loca cuando estoy nerviosa?

—¡No te creo! —contesto enarcando una ceja.

—¡Oh cielo santo! —dijo Dee, poniendo los ojos en blanco.

Cruzó las manos bajo su barbilla, y se inclinó más hacia adelante, viendo fijamente a un punto fijo sobre mi hombro. Su expresión de pronto cambió a una muy fría. Lo que me dejaba con una duda, ¿Acaso esta chica era bipolar? Nunca había visto a alguien cambiar de humor o de tema de conversación tan fácilmente.

—¿Qué está mal? —pregunto, viendo sobre mi propio hombro solo para encontrarme con una escena digna de película.

El chico rubio de la clase de literatura, caminaba al lado de un castaño hacia una de las mesas del centro. La forma en que caminaba lo hacía parecer como si estuviera en una pasarela de Victoria's Secret, llamando la atención de todo el género femenino, incluso podía apostar que llegué a escuchar unos cuantos suspiros. Cuando tomaron asiento, son acompañados de forma inmediata por una rubia y una castaña, ambas sueltan ridículas risitas a la vez que juegan con las puntas de sus cabellos y mueven las pestañas excesivamente rápido en un pobre intento de coquetear. ¿Es en serio? ¡Pensé que sólo en las caricaturas se veía eso!

—¿Quiénes son? Los miran como si fueran Colton Haynes y Alex Roe.

—El rubio de ojos azules, es Gael Green. Un idiota sin escrúpulos que se aprovecha de su físico para tener a todo el género femenino comiendo de la palma de su mano. Le pertenece a todas... pero a la vez a ninguna —elevo mis cejas y sonrío al ver a la castaña toquetearle los brazos mientras él acaricia su mejilla con la punta de su nariz; sin lugar a dudas, parece que el creador se tomó su gran tiempo en haber esculpido al rubio, estaba segura que Aaron estaría celoso de esos brazos... ¿Por qué carajos le estaba viendo los brazos?—. El otro es su mejor amigo, Thomas Archer, no es menos idiota que Gael.

—¿Y él? —pregunto, haciendo un gesto hacia Caleb, quien camina sosteniendo una bandeja en sus manos hacia la mesa más alejada y solitaria de la cafetería.

Desde esta mañana, no había dejado de sentirme curiosa sobre ese chico; ¿Cuáles eran las palabras correctas para poder describirlo? Es... raro.

—Caleb —contestó Dee—. Misterioso, solitario, chico de pocas palabras, extraño, sexy, inteligente... todas lo quieren, pero nadie lo tiene —no puedo evitar dejar de mirarlo, él es muy guapo, y a simple vista, pareciera como si estuviera encerrado en su propio mundo; un mundo donde nadie puede penetrar—. Fanny —me giro hacia Dee nuevamente, quien ahora me observa con una expresión preocupada—. Hay tres simples reglas que debes seguir para sobrevivir en Johnson High.

Interesante...

—Te escucho —digo, recostándome en mi asiento y cruzando los brazos a la altura de mi pecho.

—Uno. Nunca llegues tarde a clases de filosofía. Trata de llegar al menos 10 minutos antes, porque créeme, no te gustará sentarte en la primera línea de pupitres —Dee abre sus ojos y niega con la cabeza lentamente, la expresión de su rostro me recordaba a una que había visto en una película de terror que Adam me había obligado a ver.

¿Por qué siquiera estaba comparando a la chica con cada película que había visto?

—De acuerdo —contesto, incapaz de ocultar la diversión en mi tono de voz.

—Dos. No se te ocurra entrar a los vestidores del equipo de fútbol de los chicos, jamás —dijo, haciendo énfasis en la palabra "jamás"—, si no, lo lamentarás. Y como tres —inhala y exhala lentamente—. No te enamores de Gael Green —enarco una ceja y la miro fijamente.

—¿Okay?

—No. Escúchame bien, nunca de los nuncas se te ocurra enamorarte de Gael Green. No permitas que su sonrisa de niño inocente te engañe o saldrás con el corazón roto.

Asentí hacia Dee, aunque sabía que esa última recomendación no era necesario que me la dijera. Pues no creía que alguien más pudiera destruir mi corazón a como lo había hecho mi ex novio Aaron. Y además, había prometido nunca más volverme a enamorar. Ahora conocía perfectamente al género masculino, esos seres sin corazón capaces de decir cualquier cosa con tal de conseguir lo que deseaban, sin importarles acabar con las esperanzas de un felices para siempre, de las tontas chicas que les creíamos. Dos simples palabras eran capaces de describirlos a todos. Bastardos mentirosos.

Miré en dirección de Gael nuevamente, casualmente se encontraba viendo en nuestra dirección, su mirada se encontró con la mía por breves instantes antes de que regresara su atención a la chica que ahora estaba sentada en sus piernas.

—Supongo que para enamorarse, no hay que odiar al género masculino, ¿Cierto? —me limité a decir antes de regresar mi completa atención a la deliciosa y grasienta hamburguesa en mi bandeja.

—¿Eres lesbiana? —me fue inevitable no soltar una carcajada, tristemente para mí, llamando la atención de los demás. Negué con la cabeza, cubriendo mi boca con mi mano, mientras deseaba desaparecer para que dejaran de verme.

—No, boba. Sólo no tengo tan mal gusto como para fijarme en alguien como él.

El resto del día transcurrió con total normalidad, fui a todas mis clases, siempre procuré sentarme en la parte trasera de cada salón para no llamar la atención, contestaba a todas las preguntas que los profesores me hacían, realicé correctamente todos los ejercicios encomendados... en fin, no me podía quejar, incluso descubrí que compartía algunos cursos con Caleb. Él se sentaba solo, y nunca hablaba ni siquiera cuando el profesor se lo pedía.

Había logrado sobrevivir a mi primer día de clases; ¿Qué de malo podría pasar el segundo?

Me encontraba aterrada, trataba de actuar con normalidad, pero no podía dejar de mirar a cada pasillo con miedo a que mi pesadilla volviera a repetirse. Mi psicóloga dijo que sería normal, que poco a poco volvería a recuperar la confianza en la gente, pero aún me encontraba esperando eso.

Ahora me encontraba caminando sola a través del aparcamiento, y no porque fuera en busca de mi auto. No. Soy pobre y no cuento con mi propio vehículo a como muchos aquí. Pero tenía que atravesar el jodido estacionamiento para ir a la parada de autobús.

—¿Necesitas un aventón? —di un respingo hasta casi caer, al escuchar una voz profunda y sexy, hablar cerca de mi oído.

Caleb movió rápido su brazo, agarrándome por la muñeca para que volviera a estabilizarme.

—¿Acostumbras asustar siempre a la gente?

—Es divertido —contestó, levantando sus hombros, ya caminando a mi lado—. No has contestado a mi pregunta.

—Voy en busca de mi auto —miento.

—No es cierto —mete las manos dentro de los bolsillos de su pantalón y por primera vez, me mira—. Te miré llegar con tu madre en la mañana, no tienes auto.

—¿Eres un acosador o algo por el estilo? —pregunto entrecerrando los ojos en su dirección.

—No. Solo soy un observador.

—Eres raro.

—Ya me lo han dicho —un pequeño atisbo de sonrisa asoma en sus labios, pero rápidamente la borra y regresa a su fría expresión—. Solo trato de ser amable, no pretendo conquistar a la chica nueva.

Doy un asentimiento. —De acuerdo.

Llegamos hasta un Audi color azul, y como era de esperarse, se encontraba estacionado en la parte más alejada del aparcamiento.

—Lindo chico en el que te transportas —alargué, incapaz de ocultar mi gran admiración ante la máquina en frente de mis ojos.

Ni en un millón de años, podría transportarme en uno de esos.

—Supongo —contesta mientras desbloquea la puerta. Observo sobre su hombro, donde unos autos más allá un grupo de chicas rodean a Gael, ellas sueltan risitas coquetas cuando él les habla.

—¿Y ese qué? ¿Cree que es la última coca cola del desierto? —comento cuando entro al auto, sintiéndome un poco enferma ante la escena.

Caleb sonríe y se encoge de hombros, mientras se coloca sus gafas de sol.

—Solo es un idiota.

Después de hacer rugir el motor del auto, él conduce lentamente a través de los otros autos. Trato de hacer caso omiso de las miradas que algunos grupos de féminas lanzan en mi dirección cuando pasamos a su lado. ¡Vaya! Al parecer el chico raro también tiene grandes grupos de admiradoras. No las culpaba, pues el sujeto es muy atractivo.

—Lo siento, tengo que preguntar —digo después de varios minutos de silencio.

—Eres fácil de descifrar, Fanny. Esa es la respuesta que necesitas —contesta, sin alejar su mirada de la calle.

—¿Cómo sabes lo que te voy a preguntar? —enarco una ceja, y lo miro fijamente. A lo que él solo sonríe sin prestarme mayor atención.

—¿Qué cómo supe que intentaste acabar con tu vida? Las pulseras en tus muñecas no ocultan bien las cicatrices —observo mis muñecas y frunzo el ceño al ver que tiene razón.

—Fue un error que nunca se volverá a repetir —levanto la mirada y lo miro fijamente, tensa la mandíbula y noto como aprieta el volante con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos—. Eso no lo puede saber nadie.

—No pensaba decírselo a nadie.

Capítulo 3

—Hola cariño, ¿Qué tal tu nueva escuela? —pregunta mamá al elevar la mirada de las plantas que está sembrando al lado del caminito de piedra que conduce hasta el porche de nuestra casa.

Sonrío al ver aún las cajas de la mudanza apiladas en la puerta. Mamá tenía una seria obsesión por las flores, su lema era: las plantas dan vida a un hogar. Amaba tanto levantar jardines, que no le importaba dejar de lado las cosas importantes con tal de permanecer llena de tierra. No me sorprendería que haya pasado todo el día en ello, pues aunque el clima haya estado frío, su nariz roja la delata al haber estado todo el día expuesta al viento.

—Bien, supongo... creo que hice dos amigos —contesto, levantando los hombros con desdén.

—El guapo chico del auto ¿Es uno? —sus grandes ojos verdes me observan fijamente, para después mover ambas cejas sugestivamente.

—¡Mamá! —exclamé abriendo mis brazos.

¿Acaso iba a continuar con su obsesión de emparejarme con cualquier muchacho que le pareciera agradable? Agradecía que se la pasara repitiéndome de manera incansable que no todos los chicos eran tan cretinos como Aaron, pero odiaba el hecho de que tratara de hacerme ver que estar sola era casi una maldición.

Yo me sentía bien, el estar sola me hacía valorar lo que tenía, me enseñaba amarme a mí misma, antes de entregar todo por alguien que no valiera la pena. Mi psicóloga solía repetirme en mis terapias que si era capaz de encontrar en mí misma un perfecto motivo para amarme y seguir viviendo, a los demás también les resultaría fácil poder amarme.

—Es guapo.

—Sí. Supongo que sí —admito—. Él es diferente.

—¿Te gusta?

—No —me apresuro a decir—. ¿Dónde está Adam? —indago, dando el tema de Caleb por terminado.

Adam era lo más cercano a un hermano. Me llevaba cuatro años y decidió mudarse con nosotras cuando decidimos ir lejos de Los Ángeles, pues según él, necesitábamos a un hombre que nos cuidara.

—Salió a explorar —dijo mi madre, mientras limpiaba sus manos en su delantal—. Hay lasaña en la cocina.

—¿Cocinaste?

—Claro que sí, ¿Acaso crees que pasé todo el día sembrando plantas? —cuestionó, esbozando una sonrisa y llevando ambas manos a su cadera.

—¿La verdad? ¡Sí!

—¡Anda ya, mocosa! Tienes una habitación que organizar —rio, despidiéndome con su mano.

¿Qué podía decir de mi madre? Era la típica mujer que daba todo por los seres que ama. Sufrió mucho con la pérdida de mi padre, para luego sufrir aún más cuando me había rendido ante mis acosadores.

No había un solo día en la vida que no me arrepintiera de ello. Había sido una enorme idiotez, pues con el tiempo entendí que mi pérdida hubiera sido inútil; los hubiese hecho sentir más poderosos al haberles dado el placer de haber destruido mi vida. Humillar es lo que renueva sus fuerzas cada día. Mi muerte hubiese sido el combustible que necesitaban para sentirse invencibles. Así que después de haber pasado un par de días en el hospital recibiendo transfusiones de sangre tras haberme casi desangrado, llegué a la conclusión de que su castigo sería saber que yo continuaba luchando para así salir adelante.

Después de la "excitante" labor de haber organizado nuestra casa, me tiré en mi cama boca abajo, respirando pesadamente por haber subido con tantas cajas por las escaleras. Me dolía cada músculo de mi cuerpo, el cual me pedía a gritos que por favor lo dejara dormir. Me encontraba enfadada con Adam por haber desaparecido, dejándome a mí todo el trabajo pesado, incluso estaba enojada con mamá, pues decidió que renovar el jardín era más importante a que su única hija casi destrozara su columna por jalar tanto peso.

Estaba por cerrar los ojos para así dejarme ir al universo de los sueños, cuando escuché mi puerta ser abierta.

—No me dejaste nada para ordenar, Fan —Adam metió su cabeza por mi puerta entreabierta y me guiñó un ojo. Me di la vuelta y tomé una almohada.

—¡Largo de aquí, imbécil! —grité, a lo que él retrocedió soltando una sonora carcajada, esquivando con facilidad la almohada que había lanzado a su impecable cabellera negra.

Esbocé una sonrisa mientras estiraba una mano para tomar mi móvil y los audífonos de mi mesa de noche, los conecté a mi teléfono y los puse en mis oídos, para después recostarme en mi cama y dejarme caer en un profundo sueño en pocos segundos.

No podía pensar en nada más que no fuera la primera advertencia de Dee.

«No llegues tarde a filosofía» —había dicho.

Ya la primera campana había sonado y yo aún no terminaba de encontrar el jodido salón de clases.

¿Con qué diablos iba a encontrarme cuando llegara? Al menos debió de explicar el motivo por el que no se debe de llegar tarde.

Atravesé el césped a paso rápido tras haber recibido información de un estudiante de primer año. No podía creer que me hubiese equivocado de edificio... tres veces.

—¿Has traído un paraguas contigo, muñeca? —preguntó Thomas cuando logré dar con el aula de filosofía.

Alcé la mirada y me encontré con los divertidos ojos verdes del idiota que había mencionado Dee en la cafetería. Sus palabras, no las mías.

Miré todos los espacios dándome cuenta de algo importante... mierda, ya los únicos que quedaban desocupados eran los totalmente desiertos asientos de adelante.

Dee me ofreció una sonrisa de disculpa desde la parte de atrás, volteé los ojos, ignorándola completamente. ¿Qué clase de amiga era? ¿Acaso no pudo simplemente guardarme un sitio a su lado?

—¿Puedo saber el motivo? —cuestioné, regresado mi atención hacia Thomas.

Gran parte de los chicos se echaron a reír cuando hice la pregunta.

—Créeme, no te gustará saberlo —alargó Thomas sin dejar de reír.

Sin saber que carajos me esperaba y dándome por vencida, me dejé caer en el pupitre al lado de la puerta, colocando la mochila en el suelo. Até mi cabello en una cola de caballo y suspiré efusivamente, preparándome para lo que fuese ocurrir.

—Es simple. Cuando se acerque, solo baja la cabeza —miré hacia mi izquierda, un chico blanco de ojos marrones y cabello negro acababa de sentarse a mi lado—. Son solo 90 minutos, saldremos de ésta —sonrió y me guiñó un ojo.

—¿Vas a jugar de súper héroe, Wells? —rodee los ojos al reconocer la voz del rubio, quien se reía a unos asientos detrás de nosotros.

—Nadie te está pidiendo tu opinión, Green —espetó este, volteándose hacia él.

—Estás jugando bien; sigue tratando de llamar la atención de la chica nueva.

—Vete a la mierda, Gael.

—Y como siempre, ustedes ofreciendo espectáculos en mi clase —espetó un hombre alto con una gran cantidad de vello en el rostro; quizás podía ser la misma cantidad de vello que podría tener pie grande en todo su cuerpo.

Me fue inevitable no sentir arcadas al apreciar un poco de saliva en la base de su frondoso bigote; y cuando se acercó a mi pupitre a presentarse como mi profesor de filosofía, entendí la advertencia del porqué no debía de sentarme en la primera línea. ¡El sujeto no dejaba de salpicar cuando hablaba! Lo cual, desgraciadamente era mucho y muy molesto. ¿Cuántas palabras por minuto decía? ¿Mil?

Incluso llegué a cuestionarme si la saliva de otra persona funcionaba como un buen acondicionador. Porque si ese era el caso, mi cabello luciría increíble después de esa lección.

Me dediqué a copiar todos los movimientos que mi compañero realizaba; bajar la cabeza, mover el rostro hacia la izquierda cuando el profesor se acercaba a mi derecha, y viceversa. Al parecer, él tenía experiencia sentándose aquí.

Esos fueron los 90 minutos más largos de la historia. Ni siquiera logré poner atención, pues en lo único en lo que podía concentrarme era en esquivar el torrente de saliva que venía en mi dirección.

La campana sonó, y en menos de 30 segundos el salón de clases estaba completamente desierto, a excepción del profesor, quien recogía sus pertenencias de su escritorio, y de mi compañero de al lado, el cual me observaba divertido, mientras yo intentaba limpiarme el rostro.

—Soy Daniel —extendió su mano hacia mí. La observé dudosa por varios segundos antes de tomarla.

—Fanny —contesté moviendo su mano un par de veces.

Tomé mis pertenencias y salí del salón, acompañada por Daniel.

—Gracias por la ayuda ahí dentro —dije, señalando con mi cabeza hacia atrás.

Daniel era al menos una cabeza más grande que yo, incluso me atrevería apostar que aún era más alto que Caleb. Me guiñó un ojo y después levantó una ceja.

—Si llegas tarde la próxima vez, te guardaré un lugar —sonrió... era una agradable sonrisa. Sonreí en respuesta—. ¿Cuál es tu próxima lección?

—Matemáticas —me quejé.

Era buena en ciencias y en todo lo relacionado a español e idiomas, pero en matemáticas verdaderamente era un asco; incluso aún recordaba recibir un par de veces clases de verano, para subir mis notas.

—Voy a inglés, nuestros salones quedan al lado. ¿Te importa si te acompaño?

—Vamos para el mismo sitio —murmuro, levantando los hombros.

Caminé a su lado, escuchando instrucciones de cómo debía de actuar con los diversos profesores, en cada advertencia, solo me limité a asentir en su dirección, para después agradecerle por su amabilidad.

Cuando hicimos una parada en nuestros casilleros para cambiar los libros, un bullicio al fondo del pasillo, llamó mi atención; no pude dejar de sentirme furiosa cuando miré a la alimaña de Gael arrebatarle su mochila a un chico de primer año y lanzársela a Thomas. Ambos reían histéricamente, mientras que el pobre niño intentaba tomar su mochila dando saltitos, mientras él la sostenía sobre su cabeza. Tiré la puerta del casillero de golpe, cerré mis manos en puños y sin poder evitarlo, me encontraba caminando hacia ellos. Ya había sido víctima de demasiado abuso, como para soportar ver a alguien más siendo atacado.

—Fanny, no lo hagas —Daniel me agarró del brazo y me hizo retroceder. Jalé de él, pero me sostuvo con más fuerza—. No vale la pena, jamás le ganarás a Gael —me dijo, casi suplicándome con la mirada para que desistiera.

—No. Lo siento —contesté secamente, observando su mano para que me liberara. Cuando lo hizo, seguí caminando.

Si había algo que no toleraba, eran los idiotas abusadores que se trataban de pasar de listos con los demás, ¿Qué se creían? ¿Los reyes del universo?

—Hey tú alimaña —dije, cuando estuve de pie frente a él. Dejó de reír y me miró fijamente, aun sosteniendo la mochila del niño sobre su cabeza—. Devuélvele su mochila —exigí, tirando mi cabeza hacia atrás para poder verlo a los ojos.

—¿Cómo dijiste que te llamas? ¿Frankie? —preguntó con una sonrisa divertida en sus labios, sin tener alguna intención en devolverle la maleta al niño que continuaba observándolo con temor.

—Fanny —corregí.

—No —negó con su cabeza—. Definitivamente me gusta más Frankie.

Rodee los ojos y suspiré. No era el momento para discutir por mi nombre.

—¿Quieres devolverle la mochila al niño? —el chico estaba a mi lado, observando pacientemente a Gael en espera de sus pertenencias.

—No.

—¿Qué demonios? —espeté furiosa—. ¿Te crees superior solo por fastidiar a chicos más pequeños que tú?

—No me creo superior —rio, bajando su rostro hasta estar a escasos centímetros del mío, retrocedí un paso y él elevó una ceja con desdén—. Soy superior, Frankie.

—Eres un maldito cobarde. ¡Devuélvele la mochila!

—¿Y si no lo hago, qué? —volvió a reír, mientras se la lanzaba a Thomas.

Sin pensar en lo que estaba haciendo, y dejándome llevar por la rabia que había invadido mi cuerpo, abrí mi mano y le di una bofetada, ocasionando con ello que él dejara de reír, para después llevar una mano a su mejilla y mirarme con incredulidad. Abrí mis ojos como platos al ver la manera en que me miraba, retrocedí, sintiéndome de pronto acorralada. ¿Qué mierda acababa de hacer?

—Tú no debiste de hacer eso —espetó, negando con su cabeza.

En segundos y sin siquiera esperar a su siguiente reacción, me encontraba sobre su hombro, golpeando su espalda para que me bajara.

—¿Qué carajos? ¡Bájame! —le grité con desesperación, mientras él se abría paso entre la multitud de curiosos que miraban en nuestra dirección.

—Si tu mami no te enseña modales, yo si lo haré, Frankie —contestó tranquilamente, mientras se abría paso entre los otros chicos.

—¡Déjala! —escuché la voz de Daniel intervenir.

—Muévete. Ve a buscar tu capa, súper héroe.

—¡Suéltala hombre! —espetó otra vez.

—¡Thomas! ayúdame por aquí ¡Súper Man no me deja pasar! —gritó Gael.

Su amigo se movió rápidamente pasando a su lado en dirección de Daniel, para después presionarlo contra los casilleros.

¿Y ese qué? ¿Era su lacayo o qué?

Seguí retorciéndome y gritándole insultos para que me soltara, pero todo era inútil. Incluso mis puños comenzaban a doler por golpear en repetidas ocasiones su espalda, sin siquiera conseguir que el muy imbécil se inmutara. Dejé de retorcerme y me congelé cuando sentí su mano posarse sobre mi trasero.

—Retira tu mano de ahí —dije apretando los dientes.

—Thomas tiene razón, Frankie. Tienes un buen trasero —me dio una nalgada y después rio con más fuerza.

Espera... ¿Hablaban de mi trasero?

¡Hijo de puta! Me vengaría cuando tuviera la oportunidad.

El miedo volvió a apoderarse de mí, cuando entró al área de piscinas donde algunos se alistaban para recibir su clase de natación. Me retorcí con más fuerza, al percatarme de su intención.

—¡Oh no! ¡No lo hagas! ¡No me sueltes! ¡No me sueltes! —grité desesperada cuando se acercó al borde de la piscina. Podía escuchar risas histéricas resonar por todo el lugar. ¿Esto les divertía?

—No voy a soltarte —habló tranquilamente—. ¡Gerónimo! —increpó, cuando se lanzaba al agua aun sosteniéndome sobre su hombro.

El agua fría perforó mi piel, cerré los ojos y contuve la respiración cuando ambos nos sumergíamos hasta el fondo. Solo cuando había logrado empaparme de pie a cabeza, decidió que ese era el momento perfecto para liberarme.

Salí al exterior, con un incontrolable ataque de tos. Mientras que él reía, chapoteando agua hacia mí como si fuera un niño. ¿Acaso se había vuelto loco?

—A ver si así se te despiertan las neuronas que tienes dormidas —alargó señalando su cabeza, antes de nadar hacia la orilla.

—¿Qué diablos te pasa? ¿Acaso no tienes... —me quedé con las palabras en el aire, cuando comenzó a quitarse la camiseta de pie en el borde de la piscina, mientras hacía una especie de mini baile erótico; todo se había quedado en absoluto silencio, incluso los pasos de una hormiga podían escucharse en ese momento. Quise alejar mi mirada, pero me encontraba contando los tan bien marcados cuadros en su abdomen mientras él retorcía su camiseta para sacarle el agua.

Uno, dos, tres... Gael elevó su mirada y me miró. Sonrió de manera tan sexy, que no me sorprendía que tuviera a tantas chicas comiendo de la palma de su mano y me guiñó un ojo.

Una simple sonrisa... un pequeño guiño, y con eso había bastado para sentir mojada mi ropa interior.

Fruncí el ceño y sacudí la cabeza; ¡Claro que estaba mojada! ¡Aún no había salido de la maldita piscina!

—¿Quieres tocar, Frankie? Es gratis —arguyó antes de dar media vuelta e irse caminando con demasiada seguridad, mientras las féminas presentes se lo comían con la mirada.

Sacudí mi cabeza alejando el tan bien marcado abdomen de Gael de mi mente. ¿Qué rayos había sido eso?

Salí del agua temblando del frío, enviando hasta lo más recóndito de mi cerebro, los morbosos pensamientos que se habían avecinado en mi mente, al apreciar la semi desnudez de Gael. ¿Y ahora como se suponía que pasaría el resto del día? ¡Apenas iba para la segunda lección de la mañana!

Miré hacia los lados, las chicas que estaban con sus trajes de natación, sonreían otra vez. Me abracé con fuerza y caminé hacia la salida, ignorando sus quisquillosas miradas.

—Espero que estés pensando en algo bueno para vengarte de ese tipo —me detuve y observé a una chica rubia de baja estatura que estaba recostada a la puerta, con su pie apoyado a la pared. Hizo una bomba con su goma de mascar y después me miró. Sus ojos azules mostraban regocijo puro—. Si no es así, podría ayudarte. Soy buena con eso.

—No necesito una amiga —espeté, torciendo el gesto.

—No he dicho que quiera ser tu amiga —extendió su mano hacia mí y sonrió—. Soy Sky Blue y seré tu no amiga.

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