—¿Por qué, señor? Si usted había dicho que trabajaría hasta que la muerte le visitara. ¿Qué le ha hecho cambiar de opinión?
Estoy verdaderamente intrigada, ya que su abnegación por su empresa es incomparable.
—Porque estoy muriendo, Olivia — abro los ojos alarmada por lo que me dice y él sonríe — Bueno, no tan literal, pero estoy envejeciendo y la vida se me está yendo de las manos, sin que pueda detenerlo. ¿Cuánto tiempo más crees que me quede, diez años, con suerte? No estoy seguro, pero podrían ser diez meses y quiero vivir el tiempo que me queda en paz.
Asiento con la cabeza, sé que tiene razón. En el fondo, me alegro de que haya tomado esa decisión, aunque es algo drástica, pero estoy segura que le hará bien.
—Comprendo, señor. Está usted en lo correcto, espero que pueda disfrutar de todo eso que con tanto esfuerzo ha construido.
Le sonrío con sinceridad y él me devuelve la sonrisa.
—Gracias, querida. Debo decir que he trabajado con muchas personas, pero tú eres especial. Tienes un don para liderar y espero que alcances todo lo que sueñas.
Sus palabras me conmueven y, aprovechando el momento y la confianza que le tengo, decido lanzarme por ello que he querido desde hace meses.
—A propósito de eso, señor, hay algo que me gustaría comentarle.
—Adelante — me insta a hablar, todavía de pie frente a mí.
Me aferro al respaldo de una de las sillas que están frente a su escritorio. Tomo aire y me lanzo, con miedo al fracaso, pero, de todos modos, no tengo nada que perder.
— Quisiera pedirle la oportunidad de un ascenso, señor, más ahora que se va usted a retirar y ya no le hará falta mi compañía.
Él me sonríe con una sonrisa lobuna y yo lo miro seria, en ascuas, esperando su respuesta.
—¡Ay, Olivia! Hasta que por fin te has atrevido — suelta una carcajada a la vez que toma asiento en su sillón reclinable, frente a su ordenador de mesa.
La camisa que trae es azul claro, lo que hace juego con sus ojos.
—¿Qué quiere decir, señor? — ahora sí que estoy confundida.
—Pues que, dado tu talento y habilidad, sabía que no te conformarías con el puesto de asistente, pero fui demasiado egoísta como para dejarte ir y esperaba que me lo pidieras tú.
Mi corazón da un vuelco al oír esas palabras.
—¿Entonces… sí me ascenderá? — pregunto con miedo, sin terminar de creerlo.
—Claro que sí, querida. Trabajarás de la mano con mi reemplazo, no como asistente, si no como co-corporativa.
Se acerca y me estrecha la mano con cariño y yo siento que es el día más feliz de mi vida.
El resto de la tarde la paso en un estado de felicidad indescriptible. Lamentablemente, como no aún no es público el retiro del señor Navarro, no puedo comentarlo con nadie, así que no me queda de otra que guardar mi alegría para mí.
A los ojos de cualquiera, un ascenso no es nada del otro mundo, pero yo, que he perdido tanto en esta vida, sé muy bien lo dulce que de esta victoria.
En mi escritorio miro con cariño la foto enmarcada de mi familia que tomamos en mi cumpleaños número dieciséis cuando nos fuimos de vacaciones a Hawaii. Observo la foto estudiando cada detalle. En ella, aparecemos mis padres, mi hermano Erick y yo. Mi papá, un hombre corpulento, de cabello y ojos oscuros se ve feliz, abrazando a mi mamá, quien tenía ojos castaños y cabello claro, quien era muy esbelta a pesar de haber tenido dos hijos. Contrario a lo que dice la mayoría de la gente, que las niñas se parecen a su padre, en mi familia no fue así, ya que, tanto mi hermano y yo somos la copia de mi mamá. Éramos tan parecidos que nos preguntaban que si éramos gemelos a pesar de que él era tres años mayor que yo. Hoy, al verme en el espejo, veo mucho de ella en mí, tengo el mismo tono de cabello que ella, un castaño claro, que puede pasar por rubio, y ojos color miel.
Una lágrima se me escapa sin querer. Recuerdo ese día, estábamos en la playa, listos para irnos de excursión a ver a los delfines, como lo había pedido yo. Fue un viaje asombroso, el último que tuvimos como familia, ya que mi hermano se iría a la universidad y ya no podríamos salir juntos.
Verás cómo lo vamos a repetir, cariño. Todavía puedo escuchar la voz de mi madre con una promesa que no pudo cumplir. Dos años más tarde, mis padres murieron en un accidente automovilístico. Venían de visitar a mi hermano quien estaba a punto de graduarse en derecho, como mi papá. Yo no los pude acompañar porque tenía examen de admisión para entrar a la universidad y estaba muy estresada. Lo siguiente que pasó lo recuerdo de manera confusa: era ya oscuro cuando alguien llamó a mi puerta, una patrulla de policía con la horrible noticia. Un camión de carga había perdido el control de los frenos, haciendo que se descarrillara, el conductor al no poder maniobrar, se salió de su carril, aplastando contra un enorme muro de concreto el auto de mis padres. Murieron al instante, según me informó el forense.
Ese día mi mundo se vino abajo. Mi familia estaba destrozada. Erick y yo estábamos solos contra el mundo. Sin embargo, Él lo tomó peor que yo, porque les había insistido en que fueran a verle, quería mostrarles su nuevo apartamento y accedieron para complacerle, orgullosos de su hijo mayor.
La culpa se adueñó de él, al principio regresó a la casa conmigo, pero luego comenzó a salir, a beber, a estar ausente. Dejó la universidad, a pesar de que le faltaba muy poco para concluir, al principio con la excusa de que era por el luto, pero yo sabía que se estaba hundiendo. Intenté ayudarle. Él era todo lo que me quedaba, no tenía a nadie más. Sin embargo, el día que el banco embargó nuestra casa por la hipoteca que tenían mis padres que no habían pagado, fue la última vez que le vi. Tomó su mochila, dijo que iría a buscar un lugar para nosotros, y se marchó, no le he vuelto a ver desde ese día, hace casi seis años.
Por mi parte, yo sabía que no había nada que pudiera hacer para detener el embargo, así que pedí una prórroga de dos días para desalojar. Saqué todo lo de valor que tenía y monté una venta de garaje. Mis vecinos acudieron de manera masiva a ayudarme a sacar los muebles y uno de ellos que trabajaba en la radio, coló un anuncio para atraer al público. Estoy muy agradecida con ellos, que me apoyaron de manera increíble. Recaudé una buena cantidad de dinero, no lo suficiente para el valor que tenían todas esas cosas, pero lo justo para no quedar desamparada. Empaqué lo que pude, tomando alguna que otra posesión para mí y así, con el corazón roto y completamente sola, tuve que abandonar la que fue mi casa durante toda mi vida.
Una vecina, la señora Lorena, me ofreció hospedaje en su casa para quedarme con ella, cosa que acepté durante algunos días. Mi mente estaba hecha un caos. Mis padres habían muerto, mi hermano se había largado, mi casa ya no era mía. Se suponía que en un mes debía entrar en la universidad… Estaba perdida y no sabía qué hacer.
Por un momento pensé en suicidarme, la tristeza me arropaba y no veía otra salida. Tenía pesadillas con el accidente, no comía, no dormía. Había perdido cuatro kilos en apenas tres semanas. Mi vida era un desastre, pero la señora Lorena, más sabia que yo, me dijo que debía buscar ayuda, porque si no me iba a hundir.
Dudé mucho al instante, pensaba que ir al psicólogo era de locos, pero ella me convenció y esa fue la mejor decisión que pude tomar en ese momento. Al principio iba con miedo, la psicóloga era una señora morena de unos cuarenta años, de gesto duro. Parecía ser la persona más pesada de la tierra, pero me di cuenta que era todo lo contario. Ana, que era el apodo que solía usar con ella, porque Anastasia era demasiado largo, se convirtió en mi aliada, en mi amiga y me ayudo a superar todos mis traumas.
Pude inscribirme en la universidad, y con el dinero de la venta de garaje, pude rentar un pequeño cuarto en una posada, donde solo iba a dormir porque mis días y noches estaba ocupada estudiando y trabajando como mesera en un restaurante.
Miro la foto con cariño, porque estoy seguro de que mis padres estarían orgullosos de la mujer en que me he convertido.
—Este triunfo también es suyo — digo en voz baja mirándolos a ambos, segura de que es solo el inicio de una vida de éxitos como la que pienso lograr.