Su aliento llenaba mis fosas nasales de un aroma increíblemente sensual.
Joder,¿Que me estaba pasando?
— A esperar que me avise para irnos al desayuno, señor — dije tratando de sonar obvia. Pero creo que soné casi desesperada.
— Quédate aquí, conmigo — señaló la silla que anteriormente ocupaba y me ví obligada a tomar asiento.
Después de todo, solo quedarían unos minutos para irnos, su secretaria había dicho que el desayuno sería en media hora y llevábamos al menos quince minutos aquí.
No tenía muchos deseos de tomar otro café, pero por educación debía tomarlo.
Bajo la atenta mirada del señor Santorini, bebí a sorbos lentos mi café, y podría jurar que lo sentí gruñir cuando mordí una esquina del pequeño bombón de chocolate que me habían puesto.
Se levantó bruscamente y comenzó a colocarse bien la camisa, llevando las mangas a su sitio y acomodando unos gemelos que parecían de oro blanco en los puños.
Sus sensuales tatuajes ya no estaban a la vista.
— Necesito que me ayudes con la corbata — abrí mucho los ojos y el lo notó, pues sonrió y explicó enseguida — normalmente eso lo hace mi secretaria pero, si estás aquí y te vistes tan elegante, asumo que sabes anudar una corbata.
Haciendo un gesto un poco maleducado dejé lo que quedaba de bombón sobre el platillo.
Limpié mis dedos en la servilleta y me acerqué a él, que me entregaba una hermosa corbata azul.
Se recostó sobre su escritorio con ambas piernas abiertas, postura que me indicaba que debía pararme entre ellas para hacerle el dichoso nudo.
Cuando me ví entre sus piernas, inclinandome sobre su cuerpo para alcanzar su cuello y colocar la corbata, me sentí estremecer.
Dejó reposar sus manos sobre el cristal de su escritorio,a cada lado de su cuerpo, mientras yo trataba de no pegar el mio al suyo, pero no era fácil.
— Que bien hueles, Melody — dijo bajito llamando la atención de mis ojos que se chocaron con los suyos de color tan raro.
— Gracias , señor. — casi le reclamo por hablarme así, pero es que me sentía fascinada por el y en realidad, solo lo vería algunas pocas horas al día y tampoco sería todos los días.
Terminé mi trabajo con la presión de sentir aquel hombre tan cerca , con su tremenda personalidad.
— Ya podemos irnos — dijo y yo, me dispuse a recoger mis cosas cuando lo ví llevarse a la boca, el pedazo de bombón que yo había dejado a medio comer.
Madre mía.
Esto era demasiado para mí.
Me sentía arder la piel entera. El lo estaba haciendo todo a propósito, no creo que pudiera trabajar con un hombre así.
En el fondo no hacía nada malo, pero me sentía la presa suculenta de un lobo hambriento. Solo me faltaba echar a correr, con el detrás enseñando sus colmillos.
— No pienses tanto Melody— parecía leer hasta mi mente.
Sin contestar, me encaminé hacia el resto de mis cosas, que estaban en la pequeña oficina de la secretaria.
— Vuelvo en dos horas máximo Lina, cualquier cosa importante me llamas al móvil.— le informó a la secretaria y justo cuando nos íbamos a ir, está le dijo...
— ¿Y si viene su novia señor Santorini, que le digo?
Aquello me dejó fría, y a él se le veía molesto.
¡Así que sí, tenía novia!
— No vendrá Lina, sabes que no vendrá. — contestó molesto, y no se porqué me dió la impresión que la chica había mencionado aquello más para mí que para el, pero en el fondo se lo agradecía.
Ahora era bien consciente de que el, no podía ponerse en plan seducción conmigo, si tenía novia. Así que sería más fácil trabajar con aquel hombre tan extraño.
En silencio bajamos hacia el estacionamiento y me guió muy callado hacia su coche.
Un Mercedes negro que brillaba como si fuera nuevo.
Un chófer nos esperaba y abriendo las puertas para ambos,entramos en el vehículo, y luego nos encaminamos hacia el sitio donde se encontraría con su cliente.
Dentro del auto yo me senté lo más alejada posible de el, mientras que por su parte, el hizo lo mismo que yo.
Todo el camino fue en silencio y no se porqué me daba la impresión, que detrás de nuestro auto, venía otro que nos seguía. Cada cierto tiempo yo me giraba a comprobar que seguían allí, justo detrás de nosotros.
— Es mi equipo de seguridad Melody, para trabajar conmigo necesitas ser muy callada. No me gustan las preguntas ni las personas curiosas.— dijo de pronto en un tono de voz, que desvelaba su notoria molestia.
¿Por qué estaba molesto?
— ¿Acaso no estoy callada, señor? — pregunté sin mirarlo, mantenía mi vista al frente.
— Demasiado, para mi gusto.
No le respondí nada, decidí guardar silencio, hasta que llegara mi hora de preguntar, que, evidentemente era en la noche. El día que el avisara.
Una vez en el lugar nos sentamos ambos uno frente al otro, a esperar al cliente del señor Santorini.
Pedí un vaso de agua fría, ya se que para desayunar no es lo ideal, pero me sentía sedienta y acalorada.
— ¿Vuelves a tener calor Melody?— maldito sea este hombre, me ponía nerviosa cada vez que decía mi nombre para todo, era sobre todo la manera de hacerlo.
— Sí, señor. Tengo muchísimo calor.— ya no disimularía más, estaba en todo mi derecho de sentir calor.
— Me gusta que ahora sí, seas sincera. No me mientas nunca Melody. Detesto eso — tenía su mano abierta sobre su mentón y boca, mientras hablaba y me miraba serio.
No sé porque ya no reía tanto como hace un rato. Algo lo había molestado.
— ¿Puedo saber que lo molestó?— me atreví a preguntarle.
— ¿Por qué asumes que algo me molesta Melody? — ah, maldición. Era la cadencia de su voz lo que me ponía ardiendo. Una manera de hablar tan siniestra que me erizaba la piel.
— No me responda señor, ha sido inapropiado de mi parte preguntar algo así — me disculpé porque era verdad. No debí haber preguntado aquello.
Nos habían traído varias cosas para desayunar, cortesía de la casa. No se que tenía el, que me obligaba a verlo constantemente.
— ¿Crees que estoy molesto porque mi secretaria hablo de mi novia, verdad? — dijo nada más irse el mesero y sentí mi rostro enrojecer.
— Déjelo estar señor, no era una pregunta correcta y yo no lo conozco lo suficiente, como para juzgar su actitud.— traté de apartar de una vez el tema.
— Si me molestó Melody, me molestó mucho lo que dijo mi secretaria — ay dios, lo había aceptado. Eso supongo yo que quería decir, que en serio estaba coqueteando conmigo y le molestó verse descubierto ante mí, como un hombre mujeriego.
— Señor Santorini, creo que será mejor que lo dejemos hasta aquí, yo buscaré otro empresario. No creo que sea correcto que trabajemos juntos — me levanté para marcharme, pues ya había dicho lo que pensaba y evidentemente, no me equivocaba pues el no me refutó nada.
Cuando voy a pasar por su lado me tomó de la muñeca nuevamente y traté de tirar de ella, pero su agarre era fuerte.
— Quédate, por favor. — lo miré hacia abajo y se levantó para estar a mi altura, quedando muy cerca de mi rostro y boca.
— No debemos Marcelo — lo llamé por su nombre, y le regresó esa sonrisa tan hermosa que tenía.
— Quédate y prometo no volver a comportarme así, no acostumbro seducir mujeres, pero no sé que me pasó contigo. Por favor quédate, has tu trabajo y déjame ver un poco más de esa inocencia que tan ajena a mi vida es. Hace unos años no veía a alguien tan dulce como tú, pero por favor perdóname.
Su mano acariciaba la mía mientras hablaba, y aunque sabía que esto no iba a salir bien, asentí y decidí quedarme esos cinco meses. Hacer lo mío y luego si te he visto no me acuerdo.
— De acuerdo señor Santorini, me quedo a hacer mi trabajo, pero imaginemos que esto no pasó.
— Melody, imagina lo que tu quieras, que no querrás saber lo que imagino yo, que me hubiese gustado que pasara. Pero...— enseguida rectificó cuando vió la expresión de mi rostro — prometo comportarme. Y por favor dime Marcelo. Me encanta como suena en tu boca.
Me solté de su mano y volví a mi asiento. Ya estaba otra vez, dejando caer comentarios incorrectos.
Cuando miro hacia la puerta veo a mi ex novio y su hermana, que vienen hacia nosotros.
La que me faltaba, encontrarme con Cameron y Xenia aquí.
Pero lo peor fue cuando vinieron a saludarme.
— Hola Melly, ¿Cómo estás?— dijo mi ex besando la comisura de mi boca.
— Muy bien Cameron, que bueno verlos. — respondí poniendo mi mano en su pecho para apartarlo.
Mientras yo trataba de soltarme del abrazo de Cameron, Xenia le daba un beso en los labios a Marcelo, dejándome completamente en shock.
— ¿De que conoces a mi chico, Melly? — preguntó mi ex cuñada, la chica que tanto quería y que ahora era, justamente la novia de Marcelo.
— Si, Melody.¿De que conoces a Marcelo?— preguntaba mi ex.
— De lo que a tí no te importa Cameron. Más bien dime qué haces aquí.— un tajante Marcelo respondía por mí y permanecía en su silla como si fuera el rey de algún país, que no se levantaba frente a ningún súbdito.
— Vine a traer a mi hermana, sabía que estabas aquí y quiso venir. — Cameron no dejaba de mirarme.
— Yo creo que mejor me voy — dije tímida.
— Tu te quedas, siéntate Melody — ordenaba Marcelo, poniendome más nerviosa aún, con su tono de voz, pero obligandome a obedecer.
Todos en el restaurante miraban hacia nosotros. Y el magnético señor Santorini seguía sentado relajadamente frente a todos.
Ahora miraba la carta, como esperando que todos obedecieramos sus mandatos.
— ¿Por qué sigues aquí Cameron?, Ya dejaste a tu hermana conmigo, no veo que te detiene de largarte de mi presencia.— madre mía, que tensión. Y todo eso lo decía hojeando la carta.
— Voy a llamarte esta noche Melly, quiero que hablemos.— dijo Cameron y no me dió tiempo ni a asentir cuando Marcelo le contestó...
— No te molestes en llamarla, está noche estará conmigo, y todas las demás también.— joder, que miedo daba ahora mismo.
Hablaba con una serenidad increíble.
— ¿Por qué siento que tienes cierto poder sobre Melody?— le dijo Cam a Marcelo.
— Porque lo tengo. La pregunta es... ¿Que quieres tú de ella? — Xenia me miraba como preguntándome con la vista, de que iba todo aquello.
Su novio discutía con mi ex novio como si yo fuese su novia y no mi amiga.
— Cameron, hablaremos otro día,¿Vale?, Y en cuanto al señor Santorini, es un acuerdo laboral que tenemos, lo que nos une. — concluí sentandome en mi silla, de los nervios, las piernas me temblaban y ya no podría soportar más está situación.
Ahora sí me había ganado una mirada de Santorini.
— Te dejo con mis dos mujeres favoritas, Marcelo. Cuídalas — seguía Cameron, y no de porque lo hacía.
— Melody no es nada tuyo, y mucho menos favorita, sino ella no estaría aquí conmigo, ahora. Sino que seguirá siendo tu novia. Así que lárgate de una vez, que me cortas la vista.— por algún milagro del señor, después de miradas suplicantes mías, Xenia decide intervenir y le dice a su hermano...
— Vete ya Cam, que yo me quedo con mi chico y mi amiga. Tenemos que ponernos al día.
Por suerte, mientras la fiera que tenía sentada al lado le hacía una seña al mesero, mi ex decidió irse, no sin antes inclinarse hasta mí y tomando mi barbilla besó mi mejilla muy cerca de mis labios.
— Te quiero de vuelta Melody, y voy a tenerte — sin entender la reacción de Cameron veo como Marcelo se levanta perdiendo los papeles, Xenia pone una mano en su antebrazo y le ruega a su hermano con la vista que se vaya. Este se da la vuelta sonriente, me guiña un ojo, y yo solo quiero que la tierra me trague.
— Joder, Marcelo, por qué dejas que te provoque. Nunca le haces caso, ¿Que te pasa hoy? — le reclamaba mi amiga y yo me sentía tan inmiscuida entre los dos que casi me levanto para ir al baño, cuando lo escucho decir...
— Con ella no, Xenia, con ella si que no voy a mantener la fachada.
¿Cuál fachada?
¿Cuál ella?
¿Cuál todo?
No entendía nada de lo que estaba pasando aquí.
— ¿Estáis follando? — preguntó Xenia, señalando con un dedo entre los dos.
El mesero, trajo lo que sea que Marcelo haya ordenado y yo negué con mi cabeza mirando a mi amiga.
Dios, que mal momento.
— Xenia, solo estoy trabajando con tu novio, es por algo de mi tesis, nada más. Lo juro — le dije bajito, tratando de sonar convincente, a fin de cuentas no podía ver la humedad que había entre mis piernas de solo sentirme observada por él.
— Tranquila Melly, el y yo no somos nada. Solo amigos.— ahora entendía menos.
— Vete Xenia, tienes dos horas para volver a mi empresa, no quiero más líos con el imbécil de tu hermano, al menos por ahora— dijo esto último mirándome a los labios.
— No te tragues a mi amiga... Lobo.
Dándole un beso en la mejilla a Marcelo, ella se acomodó su bolso en el hombro y vino hasta mí, me dió un cálido abrazo y susurró en mi oído — Cuidate mucho, Melly. Tenle paciencia.
La miré extrañada y justo cuando se iba, se nos acercó un hombre de unos cincuenta años y dándole un saludo típico masculino, a Santorini, me ofreció la mano a mi también, y después de un mucho gusto besó los labios de mi amiga, dejándome completamente alusinada.
La sonrisa de Marcelo, llenaba su boca nuevamente mientras me observaba recostado con descaro sobre su silla y Xenia y su... Otro novio se iban.
— Sin preguntas Melody, ahora come. — ordenó como si tuviera todo el derecho a hacerlo.
Aquella situación me superaba, estar frente a él, obedeciendo sus órdenes y sintiéndome observada constantemente, me iba a provocar un colapso nervioso.
Era demasiado magnético estar a su lado, no se si era su expresión de poder en todo lo que hacía, o el sentirme la presa de un hombre que aparentaba ser una causa suicida, la que me impedía terminar de aceptar, estar con el todo este tiempo como si nada. Cómo si el no pareciera un depredador peligroso y yo su frágil objeto de caza.
— Lo siento, debo ir al baño.
Salí casi corriendo de allí, ni siquiera sabía cuál era el baño, por el camino le pregunté a una chica y una vez dentro, me lavé la cara y la nuca frente al espejo.
Podía parecer sobre actuada mi reacción, pero es que desde el minuto en que lo había conocido, me sentía arrastrada a sus pies.
No creo que fuera el tipo de chica, que pudiera soportar estar varias horas al día, varios días a la semana con un hombre así.
Solo de mirarlo me sentía en peligro, tenía veintidós años y jamas me había sentido frente a un hombre, de la manera que me siento frente a él, y lo peor es que sentía que podía ofrecerle todo lo que me pidiera, incluso hasta lo que no pidiera.
Mientras yo echaba agua a mi piel, que ardía, la puerta del baño se abrió y su olor se coló tan fuerte dentro del fosas nasales, que ni siquiera necesitaba mirar para saber, que era él quien había entrado.
La pregunta que se imponía era...
¿Que pasaría ahora?