La señora Vargas fue la primera en reaccionar. Su rostro pasó de la conmoción a la ofensa en un instante. Forzó una risa nerviosa.
"¡Ay, Ximena! Qué bromista eres. Casi me das un susto de muerte. Sé que a veces Ricardo puede ser un poco tonto y quizás te hizo enojar, pero..."
"No estoy bromeando," la interrumpí, mi tono tan frío como el hielo. "Y no estoy enojada. Simplemente estoy diciendo la verdad."
La madre de Ricardo parpadeó, su máscara de humildad comenzaba a resquebrajarse.
"Pero... ¿por qué? ¿Es por esa chica, por Sofía? ¡Te juro que no es nada! Ricardo ya rompió con ella. Solo te ama a ti, Ximena. ¡Eres el amor de su vida!"
Sofía. El nombre me golpeó por un segundo. En mi vida anterior, había creído ciegamente sus mentiras sobre ella. Pero ahora, sabía la verdad. Ricardo no solo no había roto con ella, sino que planeaba mantenerla como su amante después de nuestra boda.
Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.
"¿De verdad? Qué curioso," dije con una calma que los descolocó. "Porque hace apenas dos días, los vi juntos entrando a un hotel. Parecían muy... cercanos."
El rostro de la señora Vargas se puso pálido. Empezó a tartamudear.
"Eso... eso es un malentendido. Seguro que te equivocaste de persona..."
"No me equivoqué," afirmé. "Pero no importa. Incluso si no fuera por ella, mi respuesta sería la misma." Miré a mis padres, que me observaban con preocupación. "La razón es muy simple. Ya tengo a alguien en mi corazón."
Esta vez, el silencio fue aún más profundo. Incluso mi padre me miró con total sorpresa.
"¡Imposible!" gritó la señora Vargas, perdiendo por completo la compostura. "¡Eso es mentira! ¡Toda la ciudad sabe cuánto amas a mi Ricardo! ¡Lo has seguido como una sombra desde la preparatoria! ¿Cómo podrías tener a alguien más? ¡Estás inventando esto para hacerlo sentir mal!"
Su desprecio era palpable. Para ella, yo era solo una chica tonta y obsesionada, indigna de su "precioso" hijo, pero útil por el estatus de mi familia. La ironía era dolorosa.
Tenía razón en una cosa. La antigua Ximena estaba locamente enamorada de Ricardo. Pero esa Ximena ya no existía.
Mi mirada recorrió la habitación, más allá de los rostros horrorizados de los Vargas, más allá de mis padres confundidos. Se posó en un joven que estaba de pie, en silencio, cerca de la puerta del estudio de mi padre.
Era Alejandro Torres. Un joven ingeniero civil que trabajaba en la firma de mi padre. En mi vida anterior, él era solo un colega más, un chico callado y trabajador que apenas notaba. Pero después de mi caída, después de que todos me abandonaron, él fue el único que intentó ayudarme. Me pasó información en secreto, me advirtió sobre los movimientos de Ricardo, incluso intentó sacar a mi padre de la cárcel, arriesgando su propia carrera.
Al final, Ricardo lo descubrió y lo arruinó. Lo despidieron y lo acusaron falsamente de robo, terminando en la miseria. Pero nunca me culpó. Su lealtad fue un pequeño faro de luz en mi oscuridad absoluta.
Ahora, al verlo de nuevo, joven y lleno de un potencial que nadie más veía, mi corazón tomó una decisión.
Caminé directamente hacia él, ignorando las miradas de todos. Alejandro me miró, sorprendido, sus ojos marrones llenos de confusión. Llevaba unos planos enrollados en la mano, probablemente había venido a discutir un proyecto con mi padre.
Me paré frente a él. Agarré su mano. Estaba callosa por el trabajo, pero era fuerte y firme. Me volví hacia todos, levantando nuestras manos unidas para que las vieran.
"Les presento a Alejandro Torres," anuncié con una voz clara y resonante que llenó cada rincón de la sala. "Él es el hombre que amo. Él es mi futuro esposo."
El caos estalló. Los padres de Ricardo se quedaron boquiabiertos, mi madre ahogó un grito y mi padre se puso de pie de un salto.
Pero yo solo miraba a Alejandro. Él estaba paralizado, sus ojos abiertos como platos, mirándome como si me hubiera vuelto loca.
Me incliné hacia él y susurré, para que solo él pudiera oír.
"Alejandro, sé que esto es repentino y no tiene sentido para ti ahora. Pero, por favor, confía en mí. Te necesito. En mi vida anterior... tú fuiste el único que fue bueno conmigo. Ahora, quiero devolverte el favor. Quiero darte todo lo que te mereces."
Sus ojos buscaron los míos, buscando una señal de locura. Pero solo encontraron determinación.
"Cásate conmigo," le dije, mi voz ahora un ruego suave. "Entra en la familia Díaz. Te prometo que no te arrepentirás."
---