Alejandro terminó la llamada y volvió a entrar a la sala, una sonrisa forzada en su rostro. Sofía lo observó, cada gesto, cada palabra, ahora pasaba por un filtro de sospecha y dolor.
"Lo siento, mi amor, era del trabajo, un problema urgente que debo resolver," dijo, acercándose a ella de nuevo.
Sofía no dijo nada, simplemente asintió. Justo en ese momento, su propio teléfono, el que tenía la pantalla rota, vibró sobre la mesa. Era otro mensaje del mismo número desconocido. Con manos temblorosas, lo tomó.
El mensaje era corto, pero cada palabra era un golpe directo a su alma.
"¿No la reconoces? Es tu querida hermanastra, Camila."
El mundo de Sofía se inclinó sobre su eje. Camila. La hija de la ex prometida de su padre, la mujer a la que su padre abandonó para casarse con su madre. Una hermanastra que apenas conocía, una presencia fantasmal en su vida marcada por el resentimiento y la historia de una traición familiar. La infidelidad de Alejandro no era solo una traición personal, era una daga retorcida en una herida familiar que nunca había sanado. La magnitud de la crueldad la dejó sin aliento.
Levantó la vista y miró a Alejandro, que la observaba con una expresión de falsa preocupación.
"¿Estás bien, Sofía? Te ves pálida," dijo él, intentando tocar su frente.
Sofía retrocedió instintivamente. "Estoy bien, solo un poco cansada. La boda, todo el estrés…" Su voz sonó hueca.
"Claro, mi amor, lo entiendo," dijo Alejandro, pareciendo aliviado por su excusa. "Mira, lamento tener que hacer esto, pero de verdad debo ir a la oficina. Prometo que no tardaré mucho. ¿Me esperas para cenar?"
La mentira era tan descarada que a Sofía le provocó una risa amarga que logró reprimir. Él no iba a la oficina, iba a verla a ella, a Camila. La evidencia estaba en su teléfono, quemando un agujero en su bolsillo.
"No te preocupes, ve," dijo ella, forzando una sonrisa. "Pediré algo de comer. Ve con cuidado."
Él le dio un beso rápido en los labios, un beso que a Sofía le supo a veneno, y se fue. En el momento en que la puerta se cerró, las piernas de Sofía cedieron y se derrumbó en el sofá, el aire finalmente escapando de sus pulmones en un sollozo ahogado.
Su teléfono vibró de nuevo. Era un video. Con un terror mórbido, lo abrió. La imagen era temblorosa, grabada desde un ángulo discreto, pero inconfundible. Alejandro y Camila estaban en la parte trasera de un bar, besándose, tocándose con una familiaridad que hablaba de una larga historia. Luego, el remitente anónimo envió una ráfaga de fotos: Alejandro y Camila saliendo de un hotel, riendo en un café, la mano de él en la pierna de ella debajo de la mesa. Cada imagen era una nueva puñalada.
Una furia fría y calculadora comenzó a reemplazar su dolor. Necesitaba saber. Necesitaba verlo con sus propios ojos. Recordó que uno de los mejores amigos de Alejandro, Ricardo, era un adicto a las redes sociales, siempre publicando dónde estaba y con quién. Abrió Instagram y buscó el perfil de Ricardo.
Bingo. Hacía diez minutos, Ricardo había publicado una historia. Estaba en un bar llamado "La Escondida" , y en el fondo, desenfocado pero reconocible, estaba Alejandro, hablando animadamente con alguien. Sofía conocía ese bar, estaba a solo quince minutos de su casa.
Sin pensarlo dos veces, se levantó, agarró las llaves de su auto y salió del apartamento. No se molestó en cambiarse, conducía con el piloto automático, su mente era un torbellino de imágenes y dolor.
Aparcó a una cuadra del bar y caminó, manteniéndose en las sombras. La fachada de "La Escondida" era discreta, con grandes ventanales que permitían ver el interior. Y allí estaban.
Sentados en una mesa junto a la ventana, a la vista de todos. Alejandro le acariciaba la mejilla a Camila mientras ella le sonreía con una coquetería triunfante. Él le susurraba algo al oído y ella reía, echando la cabeza hacia atrás de una manera que Sofía había visto miles de veces, pero dirigida a ella. Verlos juntos, tan cómodos, tan públicos, fue como recibir un golpe en el estómago que le robó todo el aire. La traición no era un secreto vergonzoso, era un espectáculo descarado.
Se quedó allí, paralizada en la acera opuesta, oculta por la oscuridad, mientras la escena se desarrollaba ante sus ojos. El dolor era tan agudo, tan físico, que tuvo que apoyarse en la pared para no caer.
Un recuerdo fugaz la golpeó, llevándola de vuelta a la universidad. Recordó la primera vez que vio a Alejandro. Ella era una estudiante de fotografía tímida e introvertida, siempre con su cámara como un escudo. Él era la estrella del campus, carismático, popular, rodeado de gente. Un día, un grupo de estudiantes se estaba burlando de sus fotos, llamándolas pretenciosas. Ella solo quería desaparecer. De repente, Alejandro apareció, se paró frente a ella, dispersó al grupo con una sola mirada de desdén y luego se agachó para ayudarla a recoger las fotos que habían tirado al suelo.
"No les hagas caso," le dijo con una sonrisa suave. "Son increíbles. Tienes un talento especial."
Ese día, él la vio, la protegió, la hizo sentir especial. Y ella se enamoró de su salvador. Qué ingenua había sido. Qué frágil. Ahora, mirando a ese mismo hombre acariciar a su hermanastra, se dio cuenta de que la chica frágil que él rescató había muerto. En su lugar, estaba naciendo una mujer diferente, una forjada en el fuego de la traición.
Con una calma aterradora, sacó su teléfono. Sus dedos se movieron con precisión mientras escribía un mensaje para Alejandro.
"Amor, ¿ya vienes? Te estoy esperando con tu cena favorita. Te amo."
Presionó enviar. Vio a Alejandro sacar su teléfono, leer el mensaje y sonreírle a Camila antes de escribir una respuesta. El teléfono de Sofía vibró.
"Ya casi salgo, mi vida. No te imaginas las ganas que tengo de llegar a casa y abrazarte. Yo te amo más."
Sofía leyó el mensaje y una sonrisa vacía se dibujó en su rostro. Apagó el teléfono, se dio la vuelta y se alejó en la oscuridad, dejando atrás la escena de su vida destrozada. La guerra no estaba en un país lejano, la guerra acababa de empezar dentro de ella.