Capítulo 2

La mañana después de la boda, el aire fresco del océano se colaba suavemente a través de las cortinas abiertas del cuarto de hotel. El sonido de las olas chocando contra la orilla era lo único que se oía, pero en el silencio del lujo, la tensión entre Lía y Santiago era palpable. A pesar de que el matrimonio era un arreglo conveniente, el concepto de "luna de miel" les parecía casi ridículo. Un acto simbólico de algo que ninguno de los dos había solicitado, pero que ahora se veían obligados a cumplir.

Lía despertó con el sol acariciando su rostro, la suavidad de las sábanas de seda rodeándola, pero algo dentro de ella la hacía sentir incómoda. Había sido un día largo, lleno de formalidades y sonrisas falsas, y la idea de estar ahora en una isla exótica, con un hombre que apenas conocía, la hacía sentirse más distante que nunca. La boda había sido una firma, un acuerdo entre dos personas que, a pesar de su aparente cercanía en la ceremonia, nunca se habían permitido realmente verse como algo más allá de lo profesional.

Santiago, por su parte, ya estaba despierto, recostado en la cama con los ojos fijos en el techo. A diferencia de Lía, no estaba preocupado por los formalismos. Su vida, como siempre, estaba controlada, medida. Era un hombre acostumbrado a mantener su distancia emocional. Sin embargo, algo en la situación de esa mañana lo hacía pensar que, aunque todo estaba calculado, algo de su control se había deslizado. Un pequeño detalle lo había sorprendido: la presencia de Lía. Ella, aunque no le interesaba emocionalmente, había comenzado a intrigarle.

En cuanto a ella, su primera reacción fue la misma que la de la noche anterior. La boda había sido un trámite, algo necesario, pero esa mañana despertó con una sensación extraña, como si algo hubiera cambiado. Quizá no tanto en lo que esperaba de él, sino en lo que ella misma sentía. Las horas pasaban, pero aún no sabía cómo manejar su presencia en su vida. El hecho de que ella estaba allí, en ese lugar, con él, la incomodaba de formas que no lograba descifrar.

Santiago rompió el silencio que llenaba la habitación.

- ¿Vas a quedarte allí todo el día? - preguntó con su tono característico, suave pero directo, mientras se incorporaba en la cama, observando a Lía desde la esquina donde ella se había acomodado, mirando al horizonte.

Lía se giró lentamente hacia él, una leve sonrisa apenas esbozada en sus labios. No era una sonrisa cálida, sino una que trataba de ocultar el malestar que sentía en su interior.

- Estaba pensando en lo que haremos hoy - respondió, como si su mente estuviera a kilómetros de allí. No podía evitar sentirse desconectada, aunque sabía que la situación requería que hiciera un esfuerzo por hacer de esa luna de miel algo que se viera como un "momento especial" frente a los demás. Nadie sabía que este matrimonio no era por amor, solo un contrato de conveniencia. Nadie sabía que ambos se sentían tan incómodos.

Santiago se levantó de la cama, su presencia poderosa llenando el espacio mientras se acercaba al minibar para servirse un poco de café. No se veía particularmente afectado por el entorno; de hecho, parecía tan tranquilo como siempre, como si estuviera cumpliendo con una obligación más en su vida.

- No es necesario hacer todo esto, ¿verdad? - preguntó, alzando una ceja mientras le ofrecía la taza de café a Lía. - El contrato ya está firmado. Esto es solo una formalidad. -

Lía aceptó la taza, pero su mano tembló levemente al contacto con el borde de la porcelana. Lo que él decía tenía sentido, y sin embargo, esa simple observación le hizo sentirse aún más atrapada en la situación. No había espacio para emociones aquí, no había espacio para esperanzas románticas. Pero en su interior, algo se removía.

- Solo quiero que esto se vea bien - dijo ella, su tono más bajo de lo que pensaba. A veces, una parte de ella deseaba poder quitarse esa máscara de perfección que había trabajado tan duro por construir. Pero no podía. Había llegado tan lejos, y esta era la última etapa de su ascenso a lo que siempre había querido.

El silencio se instaló nuevamente entre ellos. Lía observaba el mar a través de las ventanas, un hermoso y vasto océano que le parecía tan lejano, tan inalcanzable, al igual que la vida que había dejado atrás. Era su nueva realidad, y la idea de estar en una isla exótica con su esposo solo reforzaba la desconexión que sentía. Aunque Santiago era atractivo, su presencia la hacía sentir como si estuviera atrapada en un lugar entre la obligación y la indiferencia.

Santiago, sin embargo, comenzaba a percatarse de algo. Algo que no había notado la noche anterior, tal vez por las emociones del día o el alcohol. Pero ahora, mientras la observaba, algo en Lía le parecía diferente, algo que no podía identificar del todo. Había algo en su actitud, en su mirada, que iba más allá de lo superficial. No era simplemente la mujer perfecta, la esposa perfecta, que él había contratado. Había algo más profundo, algo que despertaba su curiosidad.

Cuando ella se giró para mirarlo, él se dio cuenta de lo que la hacía intrigante: no se dejaba llevar por lo que los demás esperaban de ella. Había una vulnerabilidad en su mirada, pero no en la forma en que se mostraba ante él, sino en los pequeños gestos, en las formas en que dejaba entrever sus pensamientos, aunque con mucho cuidado.

- ¿Qué harás hoy? - preguntó Santiago, intentando romper el hielo de alguna forma. Su tono fue más suave de lo que había sido hasta ahora, un intento de acercarse, aunque sin perder su control habitual.

Lía se encogió de hombros, no queriendo mostrarse demasiado interesada. No quería dar la impresión de que esta luna de miel significaba algo para ella, aunque en su interior sabía que el momento era más complicado de lo que había imaginado.

- Tal vez daré un paseo por la playa - respondió, evitando mirarlo directamente.

Santiago asintió, pensativo. A veces, la belleza de Lía no residía en su físico, sino en la forma en que podía mantener su distancia, su control sobre las emociones. Había algo atractivo en esa barrera que había construido, algo que él mismo había aprendido a dominar. Pero a medida que pasaban las horas, algo comenzaba a molestarle. Era el hecho de que no podía leerla. No podía saber lo que pensaba, lo que sentía. Y eso le resultaba más intrigante que cualquier otra cosa.

- ¿Sabías que esto no tiene que ser tan... formal? - dijo Santiago después de un momento, observando la figura de Lía mientras ella se alejaba hacia la ventana.

Lía lo miró de reojo, sorprendida por la suavidad en su tono. No estaba acostumbrada a este tipo de comentarios. Por supuesto, lo había conocido como un hombre calculador, alguien que no se dejaba llevar por las emociones. Pero por alguna razón, en ese momento, esa suavidad la desarmó un poco.

- ¿Qué quieres decir con eso? - preguntó, su voz ligeramente tensa.

Santiago sonrió, pero era una sonrisa pensativa. No estaba seguro de lo que quería decir. Tal vez era solo una manera de llenar el silencio incómodo entre ellos, o tal vez había algo más. La verdad era que algo en Lía lo estaba perturbando, y por más que intentaba mantenerse distante, había una chispa de curiosidad en su interior.

- Me pregunto si alguna vez lograré entenderte - murmuró, casi para sí mismo, aunque lo dijo de tal manera que Lía lo escuchó claramente.

Ella se giró hacia él, sin saber cómo responder, pero con una leve franqueza en la mirada. Algo estaba cambiando, aunque ninguno de los dos lo reconociera aún. Había algo en ese silencio tenso, en esos pequeños momentos de intercambio, que les decía que, quizás, el trato que habían firmado no los dejaría tan indiferentes como pensaban.

El resto del día pasó con una lentitud incómoda. Aunque se dirigieron a la playa, las interacciones entre ellos fueron breves y forzadas. Lía caminó por la orilla, sintiendo la suave brisa acariciar su rostro, pero sin poder dejar de pensar en lo que estaba pasando entre ella y Santiago. Algo se movía, algo que ni ella ni él sabían cómo manejar.

A medida que el sol comenzaba a ponerse, iluminando el cielo en tonos de naranja y rosa, Lía se detuvo, mirando al horizonte. Estaba atrapada en un mar de incertidumbres. Este no era el comienzo de una luna de miel, sino el inicio de algo mucho más complejo. Y aunque el trato seguía siendo lo único claro, algo en el aire, algo en la forma en que Santiago la observaba, comenzaba a cambiar.

¿Sería posible que este trato de conveniencia se transformara en algo más? La idea le parecía absurda, pero una pequeña parte de ella no podía evitar preguntárselo. Y mientras el sol desaparecía en el horizonte, una nueva tensión se instalaba entre

Capítulo 3

Los primeros días en la mansión fueron un torbellino de emociones contradictorias para Lía. Aquel hogar, que antes solo veía a través de fotos, ahora era su nueva realidad. Las paredes de mármol, los pasillos amplios, el aire limpio que llenaba la casa; todo en ella hablaba de riqueza, poder y una vida que había soñado durante años. Pero, en el fondo, la sensación que tenía al despertar cada mañana no era de satisfacción, sino de una inquietante incomodidad. La mansión, con todos sus lujos, no podía sustituir lo que realmente deseaba: la libertad de ser quien era sin la presión constante de cumplir un papel.

La mañana que comenzó su nueva vida, Lía se levantó temprano, como lo hacía cada día. Santiago ya había partido para cumplir con sus compromisos laborales, pero su presencia en la casa era innegable. Desde su despacho hasta los pasillos decorados con fotos de familia, todo parecía hablar de él, de su historia. Lía caminó por los pasillos, admirando la decoración exquisita de la mansión, pero algo en su interior seguía vacío. Sentía que estaba caminando por la casa de otro, por un mundo que no le pertenecía del todo.

Aquel primer día en la mansión, el personal ya estaba al tanto de su llegada, y en cuanto cruzó el umbral de la casa, Lía fue recibida con sonrisas amables y corteses saludos. No estaba acostumbrada a tanto cuidado y atención, pero lo aceptó con la misma gracia que le habían enseñado desde pequeña. La esposa perfecta tenía que saber cómo comportarse en todas las situaciones, y eso era lo que haría.

La casa estaba construida con una majestuosidad que dejaba sin aliento. Pasó la mañana explorando cada rincón, mientras su mente trataba de asimilar lo que significaba ser parte de esa vida. Era surrealista. La mansión, con sus jardines perfectamente cuidados y su arquitectura que evocaba tiempos pasados de gloria, parecía estar hecha para alguien como ella. Pero al final, lo que más la perturbaba no era la opulencia, sino la constante sensación de estar siendo observada, evaluada, medida por cada paso que daba. Se le hacía difícil pensar que todo esto había sido un acuerdo, no un destino.

El almuerzo fue la primera ocasión en la que se encontró de nuevo con Santiago. Él había regresado al mediodía, y la cena estaba preparada con la misma perfección que toda la mansión. Lía, al principio, había pensado que él estaría demasiado ocupado para prestarle atención, pero pronto se dio cuenta de que Santiago tenía una presencia tan imponente que parecía llenar cada espacio de la casa. Aunque su trato con ella fuera cortés, había algo en su actitud que dejaba claro que no había un verdadero interés en conocerla. Para él, esto seguía siendo un negocio, algo que debía cumplirse para cumplir con una necesidad.

- ¿Cómo te sientes? - le preguntó él, mientras tomaba asiento en la mesa. Su voz, aunque suave, llevaba una nota de autoridad, como si su posición en la vida fuera tan sólida como el mobiliario que lo rodeaba.

Lía levantó la vista de su plato, sorprendida por la pregunta. Estaba acostumbrada a ser ignorada o a que las preguntas que le hacían fueran superficiales, pero esta vez fue diferente. Sin embargo, no había calor en sus palabras, ni curiosidad genuina.

- Bien, supongo - respondió ella, eligiendo sus palabras con cautela. Estaba en una mansión que se suponía suya, pero su respuesta era vacía, porque la sensación de estar perdida en ese espacio aún persistía.

Santiago asintió, aparentemente satisfecho con su respuesta, y siguió comiendo. No había más palabras entre ellos, solo el sonido de los cubiertos y el suave murmullo de los empleados que se movían alrededor de la casa. Lía sabía que este silencio era algo que se repetiría una y otra vez, que este matrimonio no traería consigo conversaciones profundas ni momentos de complicidad. Ambos habían firmado un contrato de conveniencia, y eso era lo que estaban cumpliendo, aunque la tensión subyacente no se podía negar.

A medida que los días pasaban, la rutina de Lía en la mansión se volvía más definida. Las mañanas las dedicaba a los eventos sociales a los que Santiago la invitaba, la mayoría de los cuales no le interesaban. Recepciones, cenas, cocteles, todo parecía una repetición constante de lo mismo: gente rica, hablando de negocios, de política, de vacaciones exóticas. Lía, aunque se sentía un poco ajena a ese mundo, sonreía y mantenía una postura perfecta, como se le había enseñado desde pequeña.

Pero cada noche, cuando regresaba a la mansión, la realidad se volvía más difícil de ignorar. Los momentos de soledad en su enorme cuarto se sentían como una condena. Se miraba en el espejo y veía la mujer perfecta, la esposa ideal, pero algo dentro de ella comenzaba a romperse. No era su vida lo que había soñado. Esta no era la libertad que siempre había deseado. La presión de ser la esposa perfecta para alguien a quien apenas conocía la estaba ahogando poco a poco. A veces se despertaba en medio de la noche, la mente llena de preguntas sin respuesta, sin saber si este camino que había elegido era el correcto o si se estaba perdiendo en una vida que nunca fue realmente suya.

Santiago, mientras tanto, se mantenía en su papel, atento a los detalles pero distante. Aunque estaba más presente en su vida diaria de lo que había estado en su luna de miel, no había ninguna intención de abrirse emocionalmente. Los días pasaban, y él se mantenía ocupado con su trabajo, con las exigencias de su posición. Cada vez que cruzaba caminos con Lía, lo hacía con una frialdad calculada, sabiendo perfectamente lo que se esperaba de él. Como siempre, Santiago se mantenía en control, pero algo comenzaba a molestarle: el hecho de que, pese a su indiferencia, no podía dejar de notar ciertos detalles en ella que lo intrigan.

Era una mujer que, aunque cuidadosamente cultivada para ser la esposa perfecta, tenía momentos de vulnerabilidad que se filtraban cuando menos lo esperaba. Cada vez que veía su mirada perdida o la forma en que se aislaba en su propio mundo, sentía una curiosidad insaciable. ¿Qué se escondía detrás de esa fachada perfecta? ¿Qué pensaba realmente?

Una tarde, después de una larga jornada de reuniones y compromisos sociales, Santiago regresó a la mansión más temprano de lo habitual. No tenía planes de ir a ninguna gala esa noche, así que, al llegar, decidió tomar un pequeño descanso. Al entrar en el salón, vio a Lía sentada frente a la chimenea, con los ojos fijos en el fuego, pero su expresión estaba distante. No parecía tan perfecta, tan impecable como siempre. Había algo en ella, algo que no podía ignorar. A lo lejos, la vio suspirar y girar ligeramente la cabeza hacia la ventana, como si deseara escapar, aunque no supiera a dónde.

Santiago se acercó, sin hacer ruido, hasta quedar de pie frente a ella. La situación estaba cargada de una extraña tensión. Él quería preguntarle qué pasaba por su mente, qué sentía realmente, pero se contuvo. La esposa perfecta no debía mostrar inseguridades, ni siquiera en la intimidad de su propia casa.

- ¿Estás bien? - fue todo lo que logró decir.

Lía lo miró, sorprendida por la pregunta. Por un momento, pensó que quizá Santiago había notado algo en ella, pero al instante siguiente se dio cuenta de que su interés no era genuino. Solo estaba cumpliendo con un formalismo más.

- Estoy bien - respondió ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Una sonrisa que no engañaba ni a él ni a ella misma.

Santiago no insistió más. Había sido un intento, uno que, al parecer, no había logrado penetrar la barrera que ambos habían erigido entre ellos. En su mente, solo había una constante: la mujer perfecta, esa que esperaba que fuera, y la mujer real, que comenzaba a asomar bajo la superficie, con sus dudas, sus miedos, su cansancio.

Lía, por su parte, sintió el peso de su respuesta. Quizá estaba bien en ese momento, pero algo dentro de ella comenzaba a ceder. Estaba atrapada entre lo que debía ser y lo que realmente deseaba. No sabía cuánto tiempo más podría seguir con esa fachada.

La presión de ser la esposa perfecta no hacía más que crecer.

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