Capítulo 3

La negativa de Isabella, esa calma helada, solo encendió más la furia de Santiago.

Sus ojos se oscurecieron.

"Entonces ve. Compra los condones. Y rápido."

Repitió la orden, su voz un látigo.

Isabella asintió sin decir palabra.

Dejó los billetes sobre una mesita en el pasillo, cerca de la puerta.

Se retiró a su pequeña habitación, al fondo de la hacienda.

Un cuarto que antes era de servicio.

Los sonidos de Santiago y Carolina llegaban hasta allí, atravesando las paredes.

Risitas, susurros.

Cada sonido era una tortura.

Santiago, deliberadamente, elevó la voz.

Isabella escuchó cómo le decía a Carolina palabras dulces, las mismas que alguna vez le había dicho a ella.

"Eres la única, Caro. Siempre debiste ser tú."

Cada palabra era una puñalada en el recuerdo de Isabella.

Un recordatorio de lo que había perdido, de lo que él creía que ella había despreciado.

Isabella se sentó en el borde de la cama.

Recordó los días felices con Santiago.

Paseos por el Parque de la 93, un café compartido en La Candelaria, sueños susurrados al oído.

Todo parecía tan lejano, como una vida que perteneció a otra persona.

Ahora solo quedaba la ceniza de esos recuerdos, y el dolor de la realidad.

Lloró en silencio toda la noche.

Las lágrimas corrían por sus mejillas, calientes, amargas.

Pero se hizo una promesa.

Esta sería la última vez.

La última vez que lloraría por Santiago Herrera.

Pronto, Isabella Montoya dejaría de existir.

Y con ella, su dolor.

A la mañana siguiente, Carolina seguía en la hacienda.

No como las otras mujeres que Santiago traía y despachaba antes del amanecer.

Carolina se movía por la casa como si fuera la dueña.

Santiago organizó una gran fiesta en su honor esa misma noche.

Una celebración ostentosa, llena de gente importante de la región.

Quería que todos vieran a su nueva mujer.

Durante la fiesta, Santiago no se separó de Carolina.

La besaba, la abrazaba, le susurraba al oído.

Ignoraba por completo a Isabella, que servía las bebidas, relegada al papel de una empleada más.

Los invitados cuchicheaban.

"Pobre Isabella", decían algunos.

"Se lo merecía", murmuraban otros, los que conocían la versión de Santiago sobre la "traición".

Ella era la burla del círculo social que antes la respetaba.

Isabella, a pesar de la humillación, mostró una calma imperturbable.

Su rostro era una máscara de indiferencia.

Ya había soportado tanto dolor que esto, esta humillación pública, era solo una gota más en un océano de sufrimiento.

Había aprendido a esconder sus emociones, a tragarse las lágrimas.

Más tarde, Carolina la buscó.

La encontró en la cocina, supervisando que todo estuviera en orden.

Esperaba una confrontación, lágrimas, gritos.

Pero Isabella apenas la miró.

"¿Necesitas algo, Carolina?"

Su voz era neutra, casi aburrida.

Carolina sonrió, una sonrisa tensa.

"Solo quería hablar contigo, Isa. Sé cuánto te duele esto."

Isabella no respondió.

"Yo siempre amé a Santiago," continuó Carolina, su voz ahora un susurro confidente. "Desde que éramos niñas y jugábamos juntas. Tú lo tenías, y yo sufría en silencio. ¿Sabes cuánto sufrió él cuando lo dejaste? Se destrozó, Isa. Yo estuve allí para recoger los pedazos."

Intentaba justificar sus acciones, pintarse como la salvadora.

Luego, la confesión, soltada como si nada.

"Fui yo quien le donó el riñón, Isa. Cuando tuvo el accidente. Él no lo sabe, cree que fue una donación anónima de un hospital. Pero fui yo. Quería que viviera. Quería que fuera feliz."

Mintió. Mintió descaradamente, robándole a Isabella su sacrificio más doloroso.

Isabella sintió un frío recorrerle la espalda, pero su rostro no cambió.

Sabía que Carolina era capaz de eso y más.

Carolina se acercó más, su voz ahora una exigencia.

"Así que ahora te pido, como un regalo de cumpleaños para mí, que me lo cedas por completo. Desaparece de su vida, Isa. Déjanos ser felices."

Un ultimátum.

Quería que Isabella renunciara a cualquier lazo, a cualquier esperanza.

Isabella la miró fijamente por un instante.

Su misión con la DIRAN estaba a punto de activarse.

Su "muerte" era inminente.

Ceder a Santiago ahora no cambiaba nada.

"Está bien, Carolina," dijo Isabella, su voz apenas audible. "Es tuyo."

Carolina sonrió, triunfante.

Pero quería asegurarse. Quería borrar cualquier rastro de Isabella.

En ese momento, Santiago entraba a la cocina.

Carolina, con una rapidez asombrosa, se giró hacia las escaleras de servicio que llevaban al segundo piso.

Se tropezó, o fingió tropezar.

Cayó aparatosamente, gritando el nombre de Isabella.

"¡Isa, me empujaste!"

Su cuerpo rodó escaleras abajo, quedando inmóvil al pie de ellas.

Todo para implicar a Isabella. Para sellar su destino.

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