Todos creían que los De la Vega estábamos acabados.
Que yo, Isabella, estaba arruinada en México. Que Sofía, la pequeña, vivía de trabajos precarios en Madrid.
Los susurros en el tablao lo confirmaban.
"Pobre chica, mira qué pinta tiene".
"¿No era su familia una de las más ricas de Andalucía? ¿Qué ha pasado?".
"El padre se lo ha gastado todo, dicen. Y la hermana mayor se fugó y fracasó".
Escuchaba cada palabra desde la oscuridad de mi palco. Mi padre, Ricardo. Él era el origen de todo esto. El hombre que se casó con mi madre por su fortuna y que ahora, con ella enferma, se había apoderado de todo.
Sofía, mi pobre e ingenua Sofía, estaba pagando el precio.
En el centro del local, Sofía levantó la barbilla. Su voz, aunque temblorosa, fue clara.
"Yo… yo pagaré".
Mateo sonrió con condescendencia. "Adelante, querida. Sorpréndenos".
La primera foto seguía en la pantalla. Sofía en la cama, con el pelo revuelto. Era una imagen diseñada para destruir su reputación.
Mateo cogió el micrófono de nuevo. "Ah, y para que la experiencia sea más… inmersiva, tenemos el audio de esa noche. Unos susurros muy interesantes".
Pulsó un botón. La voz de Sofía, somnolienta y confusa, llenó la sala. "¿Mateo? ¿Qué haces? Apaga la luz…".
El asco me revolvió el estómago. Este hombre no solo la humillaba, la grababa sin su consentimiento.
Mi asistente, Javier, apareció a mi lado, con el rostro desencajado. "Señorita Isabella, ¿qué hacemos? ¿Llamo a seguridad?".
"No", le dije, con la voz helada. "Todavía no. Quiero ver hasta dónde son capaces de llegar".
Quería ver la profundidad de su maldad.
Quería que todos los presentes se revelaran.
Quería saber exactamente a quién tenía que destruir.