Portada de la novela El primo, el ceo y mi hijo

El primo, el ceo y mi hijo

8.2 / 10.0
Astrid Zárate pensó que su encuentro fugaz en Alemania era cosa del pasado, pero el nacimiento de su hijo Lucas cambió su vida para siempre. Cinco años después, la tranquilidad en Buenos Aires se rompe cuando Elias Richter, el frío CEO y padre del niño, compra su compañía. Haciéndose pasar por un primo lejano, Elias se mete en su casa para descubrir la realidad. Ahora, Astrid debe defender a su hijo frente al hombre que domina su empleo y su secreto.

El primo, el ceo y mi hijo Capítulo 1

Pensé que al haberme casado mi vida sería feliz. Mi hogar, o lo que se suponía debía ser mi hogar, era un desastre. Mi madre siempre me culpaba por haberle arruinado su infancia. Cuando ella tenía dieciséis años quedó embarazada de mí; mi padre la dejó sola y fueron mis abuelos quienes la ayudaron. Al año de yo nacer, a ella le exigieron trabajar para mantenernos a ambas. Desde entonces, yo no sé lo que es sentir el cariño de una madre.

Recién cumplí diecinueve años y, junto a mi novio, hemos decidido casarnos. Durante los dos años que llevamos de noviazgo, él ha sido muy atento, nunca intentó nada conmigo, siempre me respetó, y eso me daba la seguridad de querer seguir con él.

El día de nuestra boda todo fue perfecto. Viajamos a Alemania; yo sería la traductora, pues mis abuelos me inculcaron desde pequeña aprender cuatro idiomas y tenía el sueño de conocer el país. Nos hospedaríamos en un resort. El lugar nos pareció romántico, y yo estaba nerviosa, consciente de lo que se aproximaba.

Andrés salió por vino para darme tiempo y poder relajarme antes de disfrutar el momento. Me puse un babydoll que mi amiga Sara me sugirió que usara. Pensé que solo tardaría unos cinco minutos en llegar, pero se hicieron diez, quince y no regresaba. "Quizás le pasó algo", pensé. Me puse la bata y salí a buscarlo, pero al pasar por una de las habitaciones, la puerta estaba casi cerrada. Quizás la empujaron y no se aseguraron de que cerrara. Escuché su voz.

No sabía si abrir; quizás era alguien más y yo sería una imprudente. Pero nuevamente escuché su voz en forma de gemidos. Estaba asustada, no sabía qué pasaba y, con toda la fuerza que tenía, abrí la puerta.

Mi vida se hizo pedazos en ese momento. Una camarera estaba sobre mi esposo, ambos estaban desnudos. Ella se movía frenéticamente, mientras él le lamía sus pechos. Eran más grandes que los míos; quizás solo operándome podría igualarlos.

-¡¡¡Andrés!!! -exclamé con enojo.

A la chica no le importó que yo hubiera llegado, seguía en lo suyo.

-Du wirst das nicht ruinieren, geh weg von hier, niemand braucht dich. (No arruinarás esto, vete de aquí que nadie te necesita) -dijo ella, manteniendo el ritmo.

Andrés no entendía lo que dijo, pero no hizo intento de detenerse.

No pude más. Regresé a mi habitación, me puse solamente un vestido y alisté mi maleta rápido. No iba a permitir que me humillaran más. Antes de que él regresara, yo ya estaba en la recepción del resort, pidiendo que me llevaran a la ciudad más cercana. No entendían qué pasaba y no daría explicaciones.

Prepararon el auto y me llevaron a un pueblo, pero no quería que me encontraran fácilmente, así que tomé un bus y me fui a otra ciudad, lo más lejos posible.

Las llamadas de parte de Andrés no paraban, luego enviaba mensajes, pero no quería leerlos. Lo último que hice fue llamar al abogado y pedirle que no procesara el matrimonio, ya que mi supuesto esposo me fue infiel. Terminé apagando mi teléfono.

Ya no sabía en qué ciudad estaba, solo quería estar lejos, no quería regresar. Encontré un hostal, pagué en efectivo para que no se viera el cargo en la tarjeta y el nombre del comercio. Me encerré en mi cuarto y comencé a llorar. Lloré hasta el cansancio.

Al despertar era de madrugada, las tres de la mañana. Salí a tomar un poco de aire. Las calles estaban solitarias. Lo único vivo que se veía era un bar. Al entrar, estaba a media capacidad y todos tranquilos. Me senté en la barra y pedí una cerveza. Siendo sincera, no tomaba más que vino o alguna que otra bebida suave. La cerveza me pareció amarga, pero no importó. Pedí otra y otra. Cuando vi, llevaba cuatro. Busqué mi cartera para pagar, pero la había dejado en el hostal. El cantinero solo veía mi rostro y no decía nada.

-No se preocupe en pagar, yo la invito -dijo un hombre que estaba a varios asientos de mí.

-He olvidado la cartera en el hotel. Si gusta, podemos ir y yo le reembolso.

-De ser así, entonces déjeme invitarla a otra más. Veo que la necesita.

-Mi día ha sido una locura...

-No quiero que siga teniendo un mal día, disfrute la cerveza. ¿Puedo acercarme? -preguntó él, esperando mi aprobación.

-Claro, no creo que pueda empeorar más. Salud -respondí. Chocamos nuestras jarras y me tomé el resto de la cerveza sin detenerme.

Él pagó y salimos del local. Mi cabeza ya daba muchas vueltas, pero de alguna manera me sentía segura con él. Le dije dónde me hospedaba. Al estar allí lo invité a entrar mientras buscaba la billetera, me sentía... caliente. Era la rabia de la traición cociéndose en mis venas, la necesidad de reemplazar el dolor con algo, lo que fuera.

Cuando por fin encontré la billetera, saqué unos billetes y se los di.

-Gracias por haberme ayudado, espero sea suficiente -dije, sintiendo el impulso peligroso de acortar la distancia.

-Fue un placer ayudarle, espero pueda descansar y olvidar su pena.

Esas palabras hicieron clic en mí. Él se quedó en el umbral, su presencia era una masa sólida de calma en medio de mi huracán. Me acerqué a él, mis piernas temblando. Me alcé sobre las puntas de mis pies y, con una audacia que nunca había conocido, presioné mi boca contra la suya.

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