El grito que intentó escapar de mi garganta murió ahogado bajo la mano de Tyler. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que iba a romperse las costillas. Me debí desmayar por un segundo, porque cuando abrí los ojos de nuevo, su mano ya no estaba en mi boca. Él me sostenía con firmeza por el brazo, arrastrándome fuera del estudio.
-No vuelvas a entrar ahí -dijo con voz baja y peligrosa, sin rastro de la furia que acababa de asustarme-. Si valoras tu vida en esta casa, mantente alejada de mis asuntos. ¿Entendido?
Asentí con la cabeza, incapaz de hablar. Mis ojos seguían fijos en la puerta del estudio, donde la imagen de esas fotografías y la nota sangrienta aún quemaban en mi retina. ¿Por qué me vigilaba? ¿Qué tenía que ver el incendio de los muelles conmigo?
Tyler me soltó con brusquedad. -Vístete. Tenemos una imagen que mantener. Y tú, querida "esposa", eres mi mejor accesorio.
La mañana siguiente fue un torbellino. No hubo tiempo para procesar el shock. Tyler ya se había ido cuando desperté, pero una maquilladora y una estilista me esperaban en el salón. Me vistieron con un elegante vestido azul cobalto que acentuaba mis curvas, me peinaron en un sofisticado moño y cubrieron mis ojeras con maquillaje profesional. Cuando me miré al espejo, vi a una extraña: una mujer hermosa y perfecta, pero con la mirada de una prisionera.
-Señorita Brown... disculpe, señora Black -dijo la estilista con una sonrisa-, está lista. El chofer la espera.
Mientras bajaba al vestíbulo de la Torre Black, el pánico volvió a invadirme. Decenas de flashes de cámaras explotaron en mis ojos, y un enjambre de periodistas gritaba preguntas. Reconocí a Silas, el chofer, quien me guio a través de la multitud hasta donde Tyler esperaba.
Él estaba impecable, como siempre. Su traje oscuro parecía hecho para un rey. Extendió una mano hacia mí con una pequeña sonrisa en los labios. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Una sonrisa para las cámaras. La tomé, y su agarre fue firme y posesivo.
-Damas y caballeros, gracias por venir -la voz de Tyler era tan potente que acalló a la multitud-. Me complace anunciar que la señorita Amber Brown y yo hemos contraído matrimonio. Nuestra unión, aunque repentina, es el resultado de un amor profundo y una visión compartida para el futuro de Black Industries.
"¿Amor profundo?" Quise reír o gritar. Lo miré, tratando de encontrar alguna señal de que todo era una broma. Pero sus ojos azules eran un muro impenetrable.
La rueda de prensa fue una tortura. Tyler respondió cada pregunta con una elocuencia perfecta, tejiendo una historia de amor idílica que ninguno de los dos había vivido. Me preguntaron sobre nuestros planes de luna de miel, sobre cómo me sentía siendo la esposa del hombre más poderoso de la ciudad. Yo solo pude sonreír y asentir, con mi mano firmemente entrelazada a la suya.
Cuando finalmente regresamos al penthouse, el silencio era ensordecedor. Me quité los tacones, sintiendo mis pies doloridos.
-Lo hiciste bien, Amber -dijo Tyler, quitándose el saco. Su voz era plana, sin emoción alguna.
-¿Lo hice bien? ¡Me sentí como una marioneta! -exploté, sintiendo la frustración burbujear-. ¿Crees que es fácil sonreír mientras mientes a la cara de todos?
Él se giró, sus ojos ardiendo de nuevo. -No te pedí que fuera fácil. Te pedí que fueras una esposa. Y en esta casa, mi palabra es ley. ¿Acaso no te quedó claro con el contrato?
-¡El contrato no decía que tenías fotos mías ni que me ibas a manipular con un pasado que ni siquiera recuerdo!
Tyler dio un paso hacia mí, su rostro se oscureció. -Si empiezas a hacer preguntas, Amber, las respuestas podrían no gustarte.
-¡Ya basta de amenazas! -mi voz tembló, pero el cansancio me dio un valor inesperado-. Dime qué te hice, Tyler. Dime qué pasó hace diez años en los muelles.
Él me miró fijamente, y por un instante, vi un destello de algo que no era odio ni frialdad. Era dolor. Un dolor tan profundo que me sorprendió.
-Te contaré lo que pasó en los muelles -dijo con una voz casi inaudible-. Pero no aquí. No hoy.
Me tomó por la muñeca y me arrastró hacia la puerta de una habitación que yo no había notado. Era la habitación principal. La cama era inmensa, cubierta con sábanas de seda oscura. Mi respiración se cortó.
-Esta es tu habitación ahora, Amber -dijo, empujándome suavemente dentro-. Y también es la mía.
Mi corazón dio un vuelco.
-Pero el contrato... la cláusula de no contacto físico...
Tyler sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que me erizó la piel. Sus ojos no dejaban los míos.
-El contrato prohíbe el contacto "no consensuado" -dijo, acercándose a mí-. Pero los esposos duermen juntos, ¿no crees? Y no te preocupes, no hay un "no" en tu vocabulario que yo vaya a aceptar esta noche.
Mis ojos se abrieron de par en par. Este no era solo un matrimonio por contrato. Era una prisión. Y esta noche, el carcelero había decidido que no dormiría sola.
-¿Qué... qué vas a hacer? -logré susurrar, retrocediendo hasta que la cama tocó mi espalda.
Tyler se inclinó, su aliento cálido contra mi piel, y susurró una sola palabra:
-Recuperar lo que es mío.