Capítulo 3

Sofía intentó llamar a su padre después de la donación, pero la línea estaba ocupada.

Se sentía débil, pero una nueva determinación la recorría.

Durmió unas horas.

Al despertar, vio a Alejandro junto a la cama de Isabella en la habitación contigua, visible a través del cristal.

Le acariciaba la mano, le susurraba palabras dulces.

La misma devoción que la había torturado en su vida pasada.

Ahora, solo sentía una fría indiferencia.

Ese amor ya no era su problema.

Más tarde, Alejandro entró en su habitación.

"Gracias, Sofía. Le salvaste la vida a Isabella".

Su tono era formal, distante.

"Era lo correcto", respondió ella, sin mirarlo.

"Sobre lo del matrimonio...", comenzó él, incómodo.

"No hay nada que decir", lo cortó Sofía. "Es tu esposa. Cuídala".

Alejandro pareció sorprendido por su falta de interés.

Esperaba reclamos, celos, alguna escena.

"Me voy a casa", dijo Sofía, levantándose lentamente. "Mis padres deben estar preocupados".

"Te llevaré", ofreció él, casi por costumbre.

"No es necesario. Puedo tomar un taxi".

Salió de la habitación sin esperar respuesta.

Alejandro la siguió con la mirada, una extraña confusión en sus ojos.

En la recepción de la clínica, mientras esperaba el taxi, escuchó a unas enfermeras cuchichear.

"El señor De la Vega es tan devoto. No se apartó de la señorita Montoya ni un segundo".

"Sí, un amor así es raro de ver. Pobre chica, con esa enfermedad".

Sofía sonrió para sus adentros.

La imagen pública de Alejandro, el amante fiel.

Si supieran la verdad.

Su verdad.

Llegó a casa. Sus padres la recibieron con alivio y preocupación.

Les contó una versión editada de los hechos: Isabella había tenido una crisis, ella había donado sangre. No mencionó el matrimonio.

Esa noche, en la soledad de su habitación, tomó una decisión.

Su sueño siempre había sido ser maestra tequilera, como su abuelo.

Había puesto ese sueño en pausa por Alejandro.

Ya no más.

Se inscribiría en el mejor curso de cata y producción de tequila.

Se enfocaría en la pequeña productora artesanal de su familia, "Agave de los Herrera".

Al día siguiente, comenzó la purga.

Sacó todas las fotos de Alejandro que guardaba.

Los pequeños regalos que él le había dado por compromiso.

Las cartas que nunca le envió.

Todo a una caja.

Luego, quemó la caja en el jardín trasero.

Las llamas consumieron los restos de su amor no correspondido.

Se sintió liberada.

Mientras el humo se disipaba, su teléfono sonó.

Era Alejandro.

"Sofía, ¿dónde estás? Necesito hablar contigo".

"Estoy ocupada", respondió ella con frialdad.

"Isabella quiere agradecerte personalmente. Y yo... bueno, hay cosas que aclarar sobre nuestro... arreglo".

Sofía casi se ríe. ¿Arreglo?

"No hay nada que aclarar, Alejandro. Estás casado con Isabella. Fin de la historia. No te acerques a mí ni a mi familia".

Colgó antes de que él pudiera responder.

Bloqueó su número.

Luego, bloqueó el número de Isabella.

Una nueva vida comenzaba.

Y ellos no tenían cabida en ella.

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