Días después, la lesión en mi tobillo, el "accidente" provocado por Scarlett, seguía doliéndome intensamente. El médico había ordenado reposo absoluto.
Pero esa noche, Máximo tenía otros planes.
"Lina, los invitados están aburridos," dijo, con Scarlett colgada de su brazo. "Baila para ellos."
Lo miré, incrédula. "Máximo, no puedo. El médico dijo…"
"No me importa lo que dijo el médico," me interrumpió, su voz dura como el acero. "Scarlett quiere verte bailar. Ahora."
Scarlett sonrió, una sonrisa sádica disfrazada de inocencia. "Sí, Lina. Un poquito de flamenco. Aquí, en el patio."
El patio era de piedra fría y desigual. Estaba descalza.
"Ponte de pie y baila," ordenó Máximo.
El recuerdo de cómo ocurrió la lesión me golpeó. Estábamos en la bodega. Scarlett "tropezó" y me empujó por un tramo de escaleras. Caí mal, mi tobillo se torció con un chasquido horrible. Máximo estaba allí. Vio cómo Scarlett sonreía mientras yo gritaba de dolor en el suelo. No hizo nada. Solo dijo: "Ten más cuidado, Lina. Estás manchando el suelo de polvo."
Ahora, bajo la mirada de sus invitados, me puse de pie. Cada movimiento era una tortura. La piedra fría quemaba mis pies y el dolor en mi tobillo era insoportable.
Intenté moverme al compás de una música imaginaria, pero mi cuerpo no respondía. El dolor se intensificó, subiendo por mi pierna como fuego.
De repente, sentí un calor húmedo entre mis piernas. Miré hacia abajo. Sangre. Estaba sangrando.
El mundo empezó a dar vueltas. Mi cuerpo se desplomó sobre la piedra fría.
Máximo se acercó, su rostro una máscara de irritación. "¿Qué pasa ahora?"
Pero antes de que pudiera tocarme, Scarlett gimió. "Ay, Máximo, mi cabeza. De repente me duele muchísimo. Creo que me voy a desmayar."
Él se giró al instante, olvidándose de mí.
"Tranquila, cariño. Te llevaré adentro."
La cogió en brazos y se la llevó, dejándome tirada en el suelo, sangrando y temblando de dolor y fiebre.
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