La procesión avanza lentamente por la calle abarrotada. Las luces de los cirios tiemblan, proyectando sombras largas y danzantes sobre las caras de la gente. Mi madre tiene los ojos fijos en el paso, una expresión de devoción codiciosa en su rostro.
Sé exactamente lo que está mirando. La pequeña estatuilla de plata de un ángel, apenas visible en una esquina del trono. En su mente, no es un robo. Es un acto de fe. Una bendición que Dios quiere que ella tenga.
"Qué preciosidad," susurra, acercándose más. "Es un milagro."
Mi padre está a su lado, incómodo por el gentío. Odia las multitudes, pero odia más el disgusto de mi madre.
"Carmen, no te separes," dice, con fastidio.
Yo me quedo un paso por detrás, observando. El bolso de mi padre cuelga de su hombro. Mi madre se mueve con una rapidez sorprendente. En un segundo, sus dedos ágiles se deslizan, cogen la estatuilla y, sin que nadie se dé cuenta, la meten en el bolso que ella cree que es el mío. El que mi padre lleva.
Me mira por encima del hombro y me guiña un ojo, cómplice. Le devuelvo una sonrisa vacía.
El juego ha comenzado.
Continuamos nuestro camino. Al final de la calle, hay un control de seguridad rutinario para acceder a la zona de la Catedral. Tenemos que pasar nuestras pertenencias por el escáner.
"Qué exageración," se queja mi padre. "Como si fuéramos a robar algo."
La ironía es tan densa que casi puedo saborearla.
Paso mi bolso primero. Nada. Mi madre pasa el suyo. Nada.
Luego le toca a mi padre. Pone su bolso en la cinta transportadora.
La alarma chilla, estridente y acusadora.
Un guardia de seguridad corpulento se acerca inmediatamente. "Señor, por favor, apártese a un lado."
La cara de mi padre se transforma. Pasa del fastidio al pánico y luego a la furia.
"¡Esto es un error! ¡Yo no he hecho nada!"
"Abra el bolso, por favor."
Mi padre abre el bolso con manos temblorosas. El guardia mete la mano y saca la estatuilla de plata. Brilla bajo la luz artificial del puesto de control.
El silencio es total. La gente nos mira. Susurran. Sacan sus móviles.
"¡Esa no es mía! ¡Yo no la he cogido!" grita mi padre, mirando a mi madre. "¡Carmen! ¿Qué has hecho?"
Mi madre se pone pálida. "Yo... yo no sé nada. Sofía, tu bolso..."
"Mi bolso ya ha pasado, mamá," digo, en voz alta y clara para que todos oigan. "Ese es el bolso de papá."
"Revisen las cámaras," dice el guardia, con calma.
En el monitor, la imagen es nítida. Se ve a mi madre, con su cara de beata, cogiendo la figura y metiéndola en el bolso de mi padre. No hay lugar a dudas.
La humillación en la cara de mi padre es un espectáculo terrible y hermoso. La gente graba, comenta. "Funcionario de Madrid, ladrón de arte sacro." El titular ya está escrito.
En el coche de vuelta al hotel, el silencio es pesado. Mi padre conduce con los nudillos blancos. Mi madre llora en voz baja.
"Me has avergonzado," dice mi padre, con una voz que es apenas un susurro venenoso. "Delante de todo el mundo."
"Ricardo, yo solo quería una bendición para la familia..."
Él frena en seco en una calle oscura. Se gira y la golpea. Una bofetada que resuena en el pequeño espacio del coche. Luego otra.
Yo miro por la ventana, sin mover un músculo. No siento pena. No siento nada. Solo el frío y calculador placer de la justicia.