Capítulo 2

La policía llegó al lugar, encontrándose con una recién nacida abandonada y con un niño que no dejaba de observarla como si fuese la cosa más fascinante del mundo.

—Cielos, ¿quién pudo hacer una cosa tan terrible?—se lamentó Amelia ante el abandono de la niña.

A sus ojos era una criatura preciosa, de cachetes sonrojados y de una ternura que no había podido apreciar en ningún otro bebé.

Los días pasaron rápidamente luego de aquel hallazgo, Amelia no había sido capaz de desentenderse del caso de la niña, su corazón necesitaba asegurarse de que aquella inocente criatura tuviese un buen futuro.

—Es muy probable que la lleven a algún orfanato de la zona—había comentado la enfermera que la atendía.

—¿Orfanato?

—Así es, es lo que se hace comúnmente en este tipo de casos.

Amelia no pudo procesar de buena manera aquellas palabras, para ella un orfanato era un sitio frío, oscuro, para nada acogedor. Simplemente, no era el lugar adecuado para que una criatura tan preciosa viviese sus primeros años de vida.

Pero no era solamente ella la que pensaba de esa manera, habían dos niños en la sala que compartían su mismo punto de vista. Alexander había decidido que no quería marcharse con su madre hasta saber cuál sería el futuro de aquella bebé a la que le habían pedido que ayudara.

El futuro de Hazel parecía estar escrito y ya todos lo conocían, pero nadie se atrevía aún a exteriorizarlo. Hasta que Amelia decidió que era el momento de dar el paso, y aquella noche lo consultó con su marido.

—James, es una niña preciosa—dijo Amelia con una gran sonrisa—. Es justamente la esperanza que tanto necesitábamos para finalmente unir a nuestra familia.

—En verdad, ¿lo crees?

—Sí, tú no lo has visto, pero Alexander parece ser otro con ella. Estoy convencida de que será un hermano mayor muy protector. Hagámoslo, cariño, será la mejor decisión, te lo aseguro.

—Está bien, nos hará bien tener a una pequeña niña correteando por aquí.

Y de esa manera, Hazel pasó a formar parte de la familia Miller. Creció como una niña consentida a la que su familia no dejaba de demostrar su amor. Alexander no siempre estuvo a su lado, hubo temporadas donde tuvo que permanecer al lado de su madre, aunque ya él tuviese un lugar favorito.

—Me iré por una temporada—había dicho Alexander aquella mañana.

—¿Te irás?

Hazel de tan solo once años se mostró muy triste ante la idea, su hermano terminaría su preparatoria en una prestigiosa escuela en Madrid al lado de su madre y luego optaría por un cupo universitario en Harvard.

—Pero prometo llamarte siempre—la voz de Alexander se suavizó ante la tristeza de su hermanita.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo—y se acercó para darle un delicado beso en la frente, que representaba el sello de aquella promesa que de ninguna manera pensaba romper.

Hazel no era únicamente su hermanita, era aquella persona a la que debía amar y proteger hasta con su propia vida.

Alexander cumplió con su promesa de llamarla todos los días, pero esos días fueron convirtiéndose en semanas y luego en meses. Pero no era Alexander el causante de esa cada vez más nula comunicación, no, él quería saber constantemente de Hazel, era ella la que estaba atravesando una nueva etapa en su vida: la adolescencia.

Hazel comenzó a salir más con sus amigas, a conocer a chicos de su edad que mostraban cierto interés en su persona, hasta que un día el amor fluyó de manera inesperada. Hermann era un muchacho apuesto de piel pálida, sus cabellos dorados brillaban con el sol y tenía una sonrisa encantadora que había cautivado por completo a la jovencita.

Se conocieron en una tarde de cine, era el vecino de su buena amiga Emma. El muchacho era nuevo en la ciudad y casi no tenía amigos, fue de esa manera que el flechazo ocurrió. Hermann parecía ser un chico bueno y estudioso, aunque no siempre las cosas eran lo que parecían. Pero el amor es ciego y eso Hazel lo comprobó en esos meses compartidos.

—¿Cómo es posible que no esté?—preguntó Alexander furioso al teléfono. Eran las nueve de la noche y su madrastra le decía que su hermanita aún no llegaba a casa.

—Ya te lo dije, Alexander, salió con sus amigas.

—Le das demasiadas libertades, es una niña, no debería estar sola en la calle a estas horas—y sin más el hombre colgó la llamada.

Alexander esa noche entendió una verdad elemental, los años pasaban y las cosas no volverían a ser igual. Resignándose ante la idea, decidió darle el espacio necesario a su hermanita. No hizo más llamadas por los meses siguientes, pero sí mantuvo la esperanza de que fuese Hazel la que lo llamara, sin embargo, eso tampoco ocurrió.

Siempre había sido un muchacho inteligente que se sumergía únicamente en sus estudios, pero esa noche dándose cuenta de la realidad de su vida, de que por muchos años todo en su mundo giró únicamente en torno a Hazel, concluyó que era el momento de darle un rumbo diferente a su existencia.

Esa noche fue a una fiesta, conoció a una mujer y tuvo sexo como no lo había tenido nunca antes en su vida. Era un hombre de veintidós años que no podía seguir negándose a la posibilidad de disfrutar, de sentir como cualquier otro mortal.

Cuando finalmente llegó el momento de regresar, no sabía exactamente qué esperar. Se había comprometido con su padre en ayudarlo a sacar adelante la empresa que recién construía, ¿pero quería volver? ¿Realmente quería regresar? Una parte de él, sentía que no era necesario, que su vida estaba mejor así, sin embargo, quería verla, quería escuchar su voz nuevamente, comprobar la dulzura en su mirada café y despertar aquella conexión que los habia unido en el pasado. Porque era su hermanita y nunca la dejaría de querer…

Aunque ella lo olvidará, aunque ella decidiera que tenía mejores cosas que hacer que llamarlo, no podía ser indiferente.

Alexander vio la última foto que su padre le había enviado, en la misma podía observar a una joven de diecisiete años que sonreía alegre a la cámara. Usaba un vestido celeste que le daba un aire mucho más tierno, Hazel siempre le había parecido bonita, pero en ese momento comprobaba que lo era mucho más.

Y de pronto, sintió el deseo de verla nuevamente, de abrazarla con fuerza, y también de castigarla por haberse olvidado de él…

Capítulo 3

Hazel no podía creer lo que acababa de decirle su madre.

— ¿Regresará?

—Así es, cariño, regresa esta misma tarde.

—Pero, ¿por qué no me habías avisado antes?

—Yo también me acabo de enterar.

La chica sonrió, se sentía realmente emocionada ante la idea de volver a ver a su hermano. Habían pasado tantos años, seis para ser exactos.

«¿Notaría Alexander que ya no era una niña?» se preguntó.

—Vamos, Hazel, se te hará tarde para ir al colegio.

—Cierto, mamá.

Las dos se encaminaron hacia el auto, mientras Hazel no dejaba de imaginar cómo sería el reencuentro con su hermano. Solamente deseaba poder abrazarlo, estrecharlo fuertemente contra su pecho mientras sentía nuevamente su calor. Las horas de clases fueron extremadamente lentas para la jovencita, quien solo deseaba escuchar el timbre de salida.

—Estás muy distraída hoy—señaló su amiga Mia.

—Es cierto—la secundó Emma.

—Es que hoy regresa mi hermano.

-¿Alexander?

-¡Si!

Las jóvenes se maravillaron ante la idea, habían escuchado tanto hablar de Alexander que sentían que lo conocían también. Lo cierto era que Hazel siempre contaba cosas buenas de él: “es muy atento”, “todas las noches me leía un cuento antes de dormir”, “siempre me llevaba a pasear al parque”, “solía comprarme mi helado favorito”.

Aquellas Eran acciones típicas en un hermano, pero Hazel las contaba con tanta emoción, que no les quedaban dudas de que Alexander era un excelente muchacho. La chica corrió a su casa cuando finalmente sonó el timbre de salida y aunque su novio había tratado de invitarla a salir, ella se rehusó.

—No puedo, mi hermano regresa esta tarde.

—Está bien—respondió el chico en un tono monótono, fastidiado.

El noviazgo entre Hermann y Hazel no estaba atravesando su mejor momento. Lo cierto era que el chico de Diecinueve años, quería experimentar cosas nuevas. No perdía oportunidad para querer tocar un poco más del cuerpo de Hazel y, ahora sus besos habían dejado de ser simples roces de labios, para transformarse en feroces intentos por hacerla enloquecer.

Todo aquello era demasiado nuevo para la jovencita, quien comenzaba a sentir miedo. Sabía lo que quería su novio, pero no se sentía enteramente preparado para dar un paso de semejante magnitud.

Entonces había decidido que lo mejor sería verse únicamente en lugares públicos y no visitar más su casa, la cual parecía ser el lugar ideal para que las cosas se salieran un poco de control.

—Siento que estás evitándome.

—¿Por qué dices eso?—preguntó Hazel a través de la llamada telefónica que estaba realizando.

—Cada vez que te invito a mi casa, me evades. Al menos esta vez, pareces tener una excusa verdaderamente válida.

—No es cierto, es solo que estamos en exámenes finales y necesito estudiar mucho más.

—Sí, claro.

Hazel realmente quería mucho a su novio, no le gustaba cuando se molestaba y pensaba ese tipo de cosas.

—Es cierto, de hecho, te extraño mucho—dijo con voz suave dejándole en claro todo el amor que le tenía.

—En ese caso, Espero que puedas venir pronto. Y, ya sabes a qué me refiero—colgó Hermann la llamada dejándola con la idea de que aquella fuese una posible insinuación.

«¿Pero estaba verdaderamente preparada?» se preguntó.

[…]

La noche llegó mucho más rápido que el resto del día. Hazel no pudo percibir el pasar del tiempo con gran detalle, puesto que se encontraba completamente concentrada en mejorar su apariencia.

La jovencita había alisado su cabello, que, por lo general era ondulado, para darle un aire un poco más mayor. También había decidido que quería usar un poco de maquillaje y realzar su belleza, para que fuera más visible ante los ojos de su hermano.

—Vamos, Hazel, ya casi es la hora—la había apurado su madre.

De esa manera, Hazel se dirigió junto a su familia al aeropuerto para recibir a su hermano. Durante el viaje en automóvil, Lucas se mostró fastidiado.

—Y ¿por qué se supone que yo también tenía que venir?

—Porque es tu hermano, ¿o ya lo has olvidado?

—Da igual. Ése y yo nunca nos llevamos bien.

—Basta, Lucas, ya no eres un crío.

Tras el regaño de su padre, Lucas, quien estaba próximo a cumplir sus veintiún años, rezongó.

Lamentablemente, su hermano no era un muchacho muy maduro pese a su edad, los estudios no parecían ser lo suyo, así que, únicamente se había dedicado a realizar algunos cursos que le permitiesen trabajar en el negocio familiar.

En todo ese tiempo fuera de casa, Alexander nunca había preguntado por él, así que la indiferencia entre los dos hermanos parecía ser bastante recíproca.

James suspiró antes de bajar del auto. Eran seis años sin ver a su hijo, todas las veces en que quiso viajar y visitarlo, su exesposa se había adelantado.

Él y Sophie no mantenían la mejor de las relaciones, apenas y soportaban verse las caras. Pero finalmente había llegado el momento de tenerlo nuevamente a su lado, y no podía hacer otra cosa que se sentirse emocionado.

—¡Ahí viene!—chilló Hazel al ver a su hermano.

Alexander caminaba con su maleta sujetada en una mano, mientras miraba fijamente en la dirección donde se encontraba su familia sosteniendo una llamativa pancarta: "Bienvenido Alexander".

Una mezcla de sentimientos se arremolinaron en su pecho cuando la vio… Hazel sonreía de una manera tan preciosa, que sintió que aquellas once horas de vuelo habían válido por completa la pena con tal de ver esa radiante sonrisa. Las manos de Hazel se movían en un saludo que había captado fácilmente, sin embargo, se encontraba lo suficientemente embobado como para poder responder. Pero no solo detallo su saludo, sino también captó su belleza y que había dejado de ser una niña para convertirse en una hermosa mujer.

—¡Regresaste!

Hazel corrió hacia sus brazos, y él no pudo hacer otra cosa que soltar la maleta y estrecharla también. Su cuerpo ya no era pequeño y liviano como recordaba, ahora era más alta y también un poco más pesado.

—¡Hijo!

James se había acercado y también había querido abrazarlo.

Alexander se soltó con un poco de renuncia de los brazos de Hazel que empezaban a sentirse tan cómodos, para ahora proceder a abrazar a su padre. Y así uno a uno se fueron acercando, hasta que todos los saludaron.

El viaje en automóvil estuvo cargado de preguntas: ¿Cómo es vivir en Massachusetts?, ¿Y tus compañeros de estudios cómo te trataron? ¿Nos extrañaste? Muchas de esas preguntas venían por parte de Hazel, quien a pesar de que había crecido en tamaño, no había dejado de ser aquella curiosa chiquilla que siempre tenía algo que preguntarle a su hermano mayor.

—Supongo que sí los extrañe un poco.

—¿Solo un poco?—la muchacha hizo un puchero infantil.

—Sí, pero parece que alguien no me extrañó en lo absoluto.

Hazel puso una cara de no entender.

—¿Alguien no te extraño?

—Exacto—asintió él ante su pregunta—. Y da la casualidad de que estoy viendo a esa personita en este preciso momento.

La muchacha miró a su hermano Lucas que estaba sentado a su lado. «¿Estaba hablando de él?» se preguntó. Pero Alexander decidió ser más directo, al ver lo lenta que era su hermana.

—Estoy hablando de ti—dijo sacudiendo un poco su nariz.

-¡Ay!

—Tú y yo tenemos una conversación pendiente, señorita.

James y Amelia se rieron ante aquellas palabras, ambos eran testigos de que en esos últimos dos años, Hazel había estado más pendiente de su vida en el colegio que de preguntar por su hermano, así que, ellos consideraron que la jovencita sí se merecía un jalón de orejas por parte de Alexander, aunque en realidad no se imaginaban de qué tipo sería aquella reprimenda…

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