Capítulo 2

— ¿Qué quieres decir? — Sequé mis lágrimas apretándome los ojos.

Azucena, es de esas mujeres que vive la vida al máximo, que dice lo que siente, hace lo que quiere hacer y poco le importan las consecuencias, es de las que dice — Yo resuelvo, lo que ha de ser. Será — la sonrisa nunca desaparece de su rostro, por más complicado que pueda estar el panorama. Así que me daba un poco de miedo imaginar lo que estaba pensado.

— ¿Cómo que, qué quiero decir?... no pretenderás quedarte aquí encerrada entre vino y helado. No, no, no ¡Sobre mi cadáver! Tienes que salir a darle la cara a la vida, lo que sucedió fue solo una señal de que ya no puedes seguir viviendo como hasta ahora, sin disfrutar de nada, sin tener un amor, ni recuerdos que te llenen de inspiración ¡Ya basta de la loca obsesiva con el trabajo! 

Tan pronto como oí su discurso, exploté en llanto, sentí que no me comprendía, esa obsesión con el trabajo era el centro de mi vida, mi razón de levantarme todas las mañanas y seguir adelante, desde mi punto de vista nunca estuve perdiendo el tiempo, hasta que decidieron echarme como a un perro pulgoso. No soporté escuchar de la boca de alguien más, que la desperdicié. 

— ¡Perdón Candy! Se me pasó un poco la mano, debí tener más tacto porque estas sensible. Pero…  sabes que tengo razón, deja de llorar, tú eres mucho más que esto, ¡O sea, mírate pendeja! Ve el cuerpazo que tienes, lo buena que estas, además, eres el paquete completo porque ¡Uff! Más inteligente que tu no he conocido ¡Despierta corazón! Necesitas salir de estas cuatro paredes y como te dije, tengo la solución. 

La cabeza me daba vueltas por la descarga que recibí de Azucena, fue más de lo que podía procesar en ese momento, pues tuve que lidiar con el duelo de haber perdido lo más importante que tenía y al mismo tiempo escucharla decir que fue lo mejor que pudo pasarme, por más que sea, era demasiado. 

— Azu, Azu, coge mínimo, por favor — Abrió sus enormes ojos y torció la boca guardando silencio. — Ponte en mi lugar, lo acabo de perder todo, lo único que quiero hacer es tirarme en este mueble y no despertar jamás — Alzó la ceja. 

— Porque me pongo en tu lugar, es que estoy aquí — Quedé helada, entonces prosiguió — estoy convencida que si yo estuviera pasando por algo así, estarías metida en mi casa tratando de sacarme del sofá… ¡Bueno me gustaría creerlo así! Por eso, no puedo quedarme de brazos cruzados, cuando seguramente estás pensando estupideces.

Debo admitir que me dolió que dudara si estaría para ella, aunque si lo miran bien, me lo tengo merecido pues, siempre he sido una amiga medio ausente que ponía su trabajo por encima de todo.  Por lo que esas palabras actuaron como terapia de shock. 

— Claro que estaría Azu, eres mi mejor amiga no puedo imaginarme sin ti, mucho menos verte triste… tal vez, si necesito darle vuelco a esta monotonía que llamo vida ¿Me vas a decir por fin que tienes en mente?

Una chispa de malicia invadió su mirada, mejor dicho, era como si la picardía se hubiese apoderado de ella, en resumen, estaba entrando en su lado salvaje. 

—Tengo reservaciones por tres días y tres noches en un resort en Los Roques, incluye bebidas, desayuno, paseo la playa, noche de fiesta y mucha rumba, justo lo que te hace falta para relajarte... Tenía otros planes para esto, pero es justo lo que necesitas.

No debí sorprenderme, eso era lo que ella adoraba hacer, sin embargo, no pude evitar quedarme petrificada de la impresión, pues parecía que llevaba meses planeándolo, admito que la curiosidad me invadía, mas, no quise preguntar. 

   — Ya va, ya va… ¿Un viaje? Pero, ¿Tú no tienes que trabajar Azucena?

Acto seguido, hizo como que no me escuchó, simplemente me entregó los pasajes y como cinco folletos del lugar, que según ella “Me cambiaría la vida”

— Mira, mira la carta de bebidas ¡Que emoción! O sea, todos los cocteles que puedas beber y sin limitaciones, quien quita que bebiendo un daiquiri conozcas al hombre que limpie tu hatico — Se quedó mirando directo a mi entrepierna. 

— ¡Oye! ¿Qué te pasa, estás loca?, lo menos que quiero ahora es un hombre que me arruine más la vida. 

— ¡Ay amiga por Dios! Quien está hablando que te lo quedes, con que sacuda las telarañas que  debes tener ahí, es más que suficiente. Anda dime ¿Desde cuándo no tienes sexo? 

Los cachetes me ardían, no por tabú de hablar de sexo, sino por la vergüenza de no recordar cuanto tiempo había pasado desde la última vez que lo hice. La verdad “eso” nunca fue una necesidad para mí, digamos que no había tenido una experiencia satisfactoria, por lo que me era muy difícil sentir deseo. Pero claro, era un secreto. Nunca fui de las que le cuenta sus intimidades a sus amigas, por lo que evadí la pregunta. Sin embargo, Azucena no se quedaría quieta sin una respuesta. 

— Vamos, no te hagas la tonta — Presionó halándome de la camisa — Dime, desde cuando nadie bebe agua del pozo, haces el delicioso o como le quieras decir ¡Anda, dime! — Su chillona voz me estaba estresando, por lo que grité. 

— ¡NO LO SÉ! No lo recuerdo — me encogí de hombros — eso no es una necesidad para mí, Azu — 

No puedo describir la cara de trauma que puso mi buena amiga, parecía que le hubiesen dado la noticia de la muerte de un familiar, del incendio de su casa o qué sé yo. Lo cierto, es que casi que llora por lo que dije. 

— No, no, no. no, ¡NO PUEDE SER! O sea como puedo ser tan mala amiga, jamás me di cuenta por lo que pasabas. No, no, no eso tenemos que arreglarlo ¡YA! Vamos por tu maleta y todos los trajes de baño sexy que tengas y nos vamos a Los Roques a buscar a ese muñeco que te dé una buena sacudida.

De pronto se detuvo en seco y me miro de arriba abajo, con muchísimo detalle, no solo eso, camino por los alrededores de mi cuarto y fue directo al closet, torció los ojos soltando un suspiro de aburrimiento y con la misma se giró para decirme. 

— ¿Sabes qué? Primero iremos de compras…

 24 horas después… 

“Señores pasajeros, bienvenidos al vuelo A-987 con destino a los Roques, por favor abrochar sus cinturones y disfruten su estancia en el aire” 

— No puedo creer que me dejé arrastrar por ti a esta tontería. 

— ¡Ay ya! Relájate, ya verás que te la vas a pasar bomba… me niego a creer que prefieras estar tirada en el sofá y perderte esta maravilla. 

Ahí estábamos a punto de iniciar el viaje que comenzaría con esta locura, la verdad ni siquiera me di cuenta en que momento Azucena logró convencerme, fue como si la corriente de un rio caudaloso me hubiese arrastrado sin que pudiera hacer nada para salvarme. 

Miré fijamente las burbujas que se hacían en el vaso de soda y no pude evitar pensar que así me sentía, cada que reventaba una contra el cristal, un nudo se me hacía en la garganta, es extraño y difícil de explicar, pero justo así me sentía. Fue como si cada una de ellas, representara un año de mi vida que se fue y no volverá, el tiempo que nunca podría recuperar, los recuerdos felices que claramente brillaban por su ausencia. 

— Tienes razón. 

Al escucharme, se quedó pasmada, dejó su bebida de lado para mirarme con desconcierto, pero con curiosidad. 

— ¡Ya va, ya va! ¿Qué? Cándida Ruiz me está dando la razón… siento una perturbación en la fuerza. 

— ¡Ya boba! Te estoy hablando en serio,  tienes razón. 

— Yo también, es que esto es un fenómeno único — De la nada sacudió la cabeza y frunció el ceño — Para un poco, ¿Exactamente en que me estás dando la razón?

Se pudiera pensar que me estaba tomando el pelo, pero su intriga era muy real, aparentemente que le concediera la razón en algo, era antinatural, por lo que su duda y asombro eran auténticos. 

— No enserio, de verdad, tienes razón.  Azu no puedo seguir así, dejando que el presente se me vaya entre los dedos, por ansiar un futuro que en este punto, me doy cuenta que nunca llegara. Quiero vivir, tener ese brillo que tú tienes en los ojos, esa frescura que evidentemente nunca he reflejado. 

Estaba cansada, de pronto envidié todo ese espíritu que tenía, sentí unas ganas enorme de comerme la vida como ella lo hacía, de hacer locuras y no pensar en las consecuencias, por una vez , quería todo eso. 

— Entonces deja de ser tan rígida y disfruta de esta oportunidad única, ¡Vívela, gózala! Deja de ser tan amargada y andar pesando todo. Mira a tu alrededor, estamos en un avión a una de los archipiélagos más hermosos del mundo y te tuve que traer arrastrada. 

— Bueno esa Cándida se quedó en Caracas, esta que está sentada contigo es Candy la de mente abierta.  

Allí estaba la frase con la que deje ir toda la cordura que guardé por más de treinta años, a partir de ese momento, simplemente me deje llevar por mi lado salvaje, ese que reprimí por muchísimos años y nunca dejé que me dominara…

Ese misma noche pusimos manos a la obra, tan pronto como llegamos al hotel, Azucena vació las maletas sobre la cama. Prendas volaban por toda la habitación, dejó un tiradero por todas partes, buscando como loca la ropa adecuada.

— Esta noche nos vamos de cacería… Y la pinta tiene que ser perfecta. Vas a ver que con esto te vas a ver como una Diosa.

Me mostro un vestido azul, demasiado revelador para mi gusto, pero no dije nada, ya me había comprometido a hacer todo lo que dijera, así que simplemente deje que iniciara una larguísima sesión de vestuario y maquillaje, pero el resultado final, bien que valió la pena… 

A las diez y treinta minuto de la noche, llegamos al bar del hotel hechas unas diosas, era la primera vez que experimentaba ser el centro de atención. Confieso que lo disfruté, en especial cuando crucé la mirada con el chico más sexy que había visto. 

— ¡Uuy marisca ya viste lo que está sentado allá!... uff me lo como, el detalle es que no te quita la vista de encima — Lo chillón de su voz, reflejaba emoción pura por lo bello que estaba ese hombre. 

— ¿Tú dices?... seguro que debe estar viéndote a ti. 

Me costaba creer que ese muñeco tuviera sus ojos puestos sobre mis huesitos, especialmente porque usualmente soy invisible para la vista masculina. 

— ¡No te hagas la pendeja! Claro que es contigo, si no te quita la mirada de encima, además con ese vestido sería imposible que no te echara el ojo. 

Era verdad, esa ropa estaba para morirse, era tropicalmente sexy, dejaba ver lo largo de mis piernas, sin caer en lo vulgar además de un escote de espalda profundo que era una invitación sin duda a ponerme la vista. 

Sin embargo, era imposible que hiciera a un lado tantos años de recato, la timidez me estaba ganando la partida, los colores se me fueron al rostro e instintivamente coloqué mi cabello detrás de la oreja. 

— ¡Ahí viene marisca! — Trató de disimular hablando entre dientes.

Casi me da un infarto cuando lo vi venir, con ese caminar tan seductor, con la mirada fija en mi cuerpo, además de una sonrisa sexy de “malas intenciones”. Sin evitarlo, me saboree y mordisqueé mi labio inferior en un acto de coquetería que me salió natural, casi instintivo. 

— ¡Azu no me dejes! ¿Qué se supone que voy hacer? — suplique a media voz, pero, era tarde, mi buena amiga ya no estaba. 

— Hola, ¿Puedo acompañarte? — Lo grave de su voz me estremeció. 

Cuando lo tuve en frente, entendí que estaba dispuesta a caer en la perdición en los brazos de ese bombón. Y apenas era la primera noche, ¿Acaso seria él, el muñeco que sacudiría mis telarañas?

Capítulo 3

Quien pensaría que un inocente viaje traería consigo tanto alboroto, en especial porque empezaba a entender que nada cambiaria mi nueva realidad. Corrí por toda la habitación con las manos en la cabeza, sobre la cama dejé alineadas las pruebas de embarazos, una al lado de la otra, todas con el mismo mensaje “POSITIVO”. Por más que quisiera que fuera un equívoco, era imposible, tendría que aceptar por la fuerza mi realidad — Seré mamá — 

No tenía ni idea de lo que iba a hacer, así que hice lo único sensato que me vino a la mente, llamar a Azucena, aunque, no tuve valor para hablar así que preferí enviar un mensaje.  Consternada apreté el celular entre mis manos y mis pensamientos regresaron a esa caliente noche…

Las manos me temblaban por tenerlo frente a mí; de cerca era mucho más guapo de lo que parecía, en realidad me flechó al instante. Creo que mi cuerpo estaba siendo claro en las señales que me mandaba,  como si lo erizado de mi piel me dijera — ¡Oye, tengo mis necesidades! Lo deseo — era extraño, porque solo habían pasado segundos y las chispas podían verse volando en el ambiente.

— Disculpa, ¿Estás ahí? — Agitó la palma de su mano frente a mi cara, obligándome a reaccionar.

— ¡Si, si! Lo siento… Claro que puedes acompañarme — Respondí algo atropellada. 

— ¡Que suerte tengo! — Guiño pícaramente el ojo, ofreciéndome su brazo.

Estaba decidida a vivir la experiencia de lo que me ofreciera, no quería pensar en nada, solo pasarla bien y divertirme, despejar la mente, experimentar ese lado sensual de mi personalidad que estaba aflorando. Además cada rasgo del rostro de ese hombre era una invitación a caer en la tentación. Decidimos sentarnos en una de las mesas al aire libre. 

La noche era digna de una película romántica, como las que me encanta ver, pero niego hasta la muerte. El sonido de las olas rompiendo en la orilla armonizaba el ambiente, sin mencionar que la luz natural proveniente de las antorchas era el complemento perfecto, para tener una cita. 

— Diré que me tienes realmente intrigado, respiras misterio e intensidad; quiero saber que esconden esos enormes ojos, saber que tienen que decir esos carnosos y silenciosos labios, que no han dicho nada desde que nos conocimos. 

Pensé que sería un personaje perfecto, la mujer seductora y misteriosa que no da explicaciones, pero que con un solo movimiento de su cuerpo tiene rendido a sus pies al galán. La idea me hizo explotar la cabeza, así que decidí seguir con ese juego.

— Un hombre curioso y directo por lo que veo — Le lancé un escaneo seductor — Adelante, ¿Qué quieres saber de mí? Pregunta con confianza, claro te advierto que puede que no obtengas respuesta — Le guiñé el ojo. 

Noté como trago grueso, sin embargo, parecía fascinado por la mujer que lo acompañaba. El juego de miradas se hizo más intenso.

— Entonces hagámoslo sencillo, no digamos nada… Pues cuando las miradas hablan, las palabras sobran.

Una corriente intensa recorrió mi cuerpo, haciéndome apretar las piernas como reflejo, una sensación que no había experimentado hasta ese momento y que me hizo sentir viva. Me invito a bailar al ritmo de los tambores que sonaban en vivo alrededor de la fogata. Ningún baile es tan sensual y erótico como el tambor en la playa. 

No sabíamos nada el uno del otro, simplemente nos dejamos llevar por la música, por el movimiento y la cercanía de nuestros cuerpos, gozando con cada roce y movimiento de caderas. Podía verlo saborearse sin perder detalle del contoneo de mis curvas, éramos una bomba que reventaría pronto.   

Así seguimos por un largo rato, bailamos, bebimos, nos tocamos y abrazamos como si lleváramos una vida compartiendo juntos. En el centro del pecho sentía un globo que se expandía cortándome la respiración, un cosquilleo en los labios que no se quitaba por más que los mojara con saliva; lo necesitaba solo él podría zacear la sed de mi cuerpo. 

Coloco sus manos en mi cintura, halándome a su cuerpo, no tarde en sentir su hombría pegada a mis glúteos que no dejaban de rebotar al son de los tambores en esa playa paradisiaca. Que mordiera mi oreja hizo a mis piernas convertirse en gelatina.

— ¿Quiere ir a otro lado? — susurró en mi oído.

No tengo idea si fue el alcohol, el calor de las fogatas o simplemente la gran excitación que tenía, pero no dude en dejarme guiar por ese adonis a donde quisiera. Sentí un gran vacío en la boca del estómago, acompañado de unas ansias enormes por comerle los labios, entre otras cosas. Hasta ese momento, no habíamos ido más allá de simples toqueteos, ligeras insinuaciones y bailes candentes, sin embargo, el experimentar una química tan intensa con una persona completamente desconocida, era un potente estimulador para mi morbo. 

— ¿Estas segura?  —Pregunto cerrando la puerta de la habitación.

Supongo que me estaba dando una oportunidad de salir corriendo, cualquier mujer sensata la habría tomado recapacitando inmediatamente de la locura que iba a hacer; ese no fue mi caso, el alcohol inhibió cualquier vestigio de sentido común que habitaba dentro de mi cerebro. Lo siguiente que hice hasta el sol de hoy no me lo creo. 

— ¿Esto responde a tu pregunta? — Sus ojos parecían salidos de las orbitas. Había dejado caer mi vestido, quedando completamente desnuda.

    Fue la primera vez que me atreví a hacer algo como eso, estaba completamente fuera mí, era otra mujer, una movida por las ganas, por el deseo y la excitación que me salía por los poros. Quería ser poseía por ese hombre en todas las formas posibles; en mi mente resonaban las palabras de Azucena y definitivamente me moría porque fuera él quien sacudiera todas mis telarañas. 

— ¡Uuuff! — Exhaló profundo — ¡Eres una diosa!

Sin decir más, me tomó entre sus brazos besándome con tanta intensidad que sentí que se me iba la vida, literalmente un manantial fluía entre mis piernas. Toda mi piel estaba erizada, cada que su lengua se movía dentro de mi boca me contorsionaba, fue la sensación más placentera que viví hasta ese instante de mi vida, por primera vez, supe lo que era el placer y me encantó. 

Su cuerpo era totalmente divino, era robusto sin ser demasiado tonificado, tenía esos brazos firmes con los que me dominaba a voluntad, además que su trasero fue una de las cosas que cautivó al instante.  Sé que todas esas características son únicamente superficiales, pero, solo eso buscaba, no sentimientos que echaran a perder lo rico que la estábamos pasando.  

     En el fondo sabía que estaba cometiendo un error, pero no me importó, las cosas que ese amante de una noche me estaba haciendo sentir, valían la pena el riesgo. Si tan solo le hubiese hecho caso a esa vocecita en mi cabeza, mi vida no estaría patas arriba.

Mis manos recorrían desesperadas cada rincón de su cuerpo, mientras sentía el calor de su aliento sobre mi pecho. Me volvía loca, los gemidos iban en aumento, poco me importaba si me escuchaban (por el contrario). El no dejaba de repetirme lo hermosa que era, lo divina que me sentía, fue tan lindo conmigo que es imposible que pueda olvidarlo.

Enérgicamente me volteó dejándome en pompa, robándome un quejido de una nalgada, cosa que solo me hizo pedir más; dispuesto, obedeció de inmediato. La sensación era tan rica que me perdí por completo al tenerlo dentro de mí, reventando en un orgasmo demoledor y aunque me avergüence decirlo, el primero que tuve a mis treinta años… 

El sonido del timbre me saco del limbo de los recuerdos de aquel viaje, me sacudí tratando de recomponerme pues sabía perfectamente lo que me esperaba al abrir la puerta. 

— ¿Quieres explicarme tu mensaje?... vine lo más rápido que pude. Tuve que dejar a medias algo importante.

Tal como una ráfaga, Azucena entro a mi departamento  parloteando sin respirar. Opte por no decir nada, simplemente la lleve hasta mi cuarto y se lo mostré.

— ¿Me estas jodiendo? — Se llevó las manos a la cabeza — Marisca, esta es una broma muy pesada. No, no, no,  tú me tienes que estar jodiendo ¡¿Te preñaste del papacito de la playa?!

Estoy segura que si hubiese tenido algo cerca, me lo habría lanzado enseguida, en estupor total no dejaba de ver las pruebas de embarazo, hasta que no pudo más y me batió por los hombros. 

— ¡Responde Cándida por Dios! ¿Te dejaste preñar por ese tipo?

— Si, bueno ¡No!... Puede ser. 

— ¿Cómo que puede ser? Eso lo tienes que saber tú, con él fue el único que estuviste en ese viaje, o sea dos más dos, es cuatro. 

— No exactamente… ¡Ay amiga! No me vayas a matar, pero, hay algo que no te he contado…

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