Portada de la novela Él nunca quiso ser Romeo

Él nunca quiso ser Romeo

8.4 / 10.0
Eliot Marín llega a Texas decidido a reparar los errores que su falta de valor provocó tiempo atrás. Con el firme propósito de lograr una segunda oportunidad, se encuentra con que la realidad de Mia es totalmente distinta. Pese a los cambios, la esencia de ambos se mantiene intacta. Eliot ansía que aquel amor marcado por la obsesión aún conserve alguna chispa. En esta secuela, Mia enfrentará el dilema de herir un alma para salvar otra.
Resumen de Él nunca quiso ser Romeo
Eliot Marín llega a Texas decidido a reparar los errores que su falta de valor provocó tiempo atrás. Con el firme propósito de lograr una segunda oportunidad, se encuentra con que la realidad de Mia es totalmente distinta. Pese a los cambios, la esencia de ambos se mantiene intacta. Eliot ansía que aquel amor marcado por la obsesión aún conserve alguna chispa. En esta secuela, Mia enfrentará el dilema de herir un alma para salvar otra.
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Él nunca quiso ser Romeo Capítulo 1

Siete años después de "Ella no supo ser Julieta".

Caminando sobre el asfalto de alguna calle de Texas, Eliot Marín se encontraba mirando hacia todas las direcciones posibles, esperando reconocer en alguna parte la imágen impresa en el papel fotográfico que llevaba en una de sus manos.

Llevaba puesto un pantalón de mezclilla desgastado, una camisa negra con cuello de tortuga, de mangas largas y tela de algodón; lentes de contacto para renovar su imágen, y un calzado tan elegante y pulcro como su cabello castaño peinado perfectamente hacia atrás.

A pesar de que el hombre estaba un poco exhausto por el viaje de unas cuantas horas, no se permitiría descansar hasta encontrarse con el objetivo principal de su tan planeada travesía en aquella nueva ciudad: cierto espécimen de cabello naranja.

Avanzaba a pasos tranquilos, con una mano aferrada a una de las tiras de su morral, y la otra sosteniendo la única pista del paradero de la chica que pensaba cada día con nostalgia y una gran nota de arrepentimiento.

—Disculpa— tocó el hombro de una mujer que caminaba adelante, en su misma dirección—, ¿Podrías decirme qué tan lejos estoy de esta clínica?

La fémina le echó un vistazo a la imágen y alzó la comisura de sus labios en una sonrisa ladeada.

—Está a unas calles a la redonda, justamente voy hacia allá— le contestó la mujer con un todo bastante amigable—, si quieres vamos juntos.

—Claro, gracias.

Ambos caminaron entre los demás transeúntes, bajo el cielo se comenzaba a tornarse opaco bajo los colores que se hacían presentes por las cinco se la tarde.

—¿Turista?— inquirió la mujer al ver la maleta que él arrastraba.

—Podría decirse que sí. Para ser más exacto, vengo de paso, buscando a una persona— contestó Eliot, con esa pronunciación afable y modesta que había adoptado a lo largo de los años.

—¿Algún familiar enfermo?— volvió a preguntar la mujer del cabello negro, dado que se dirigían a un centro médico— Por cierto, me llamo Arantza— se presentó.

—Yo soy Eliot— respondió mientras doblaban la calle—. Estoy en busca de mi princesa perdida— soltó una pequeña risa—, he oído que su castillo es esa clínica. En un término menos fantasioso: ella trabaja ahí.

Los dos continuaron el trayecto en compañía hasta que un amplio y pulcro edificio de tres pisos se hizo visible frente a ellos, Eliot comparó la fachada con la foto que llevaba y fue alivio lo que abordó su interior al leer el nombre La Intemperie en letras doradas y cursivas que representaba a la clínica.

—Bueno, vamos— la amable guía llamada Arantza le hizo al hombre una seña con si mano para que la siguiera.

El interior del centro médico era incluso más inmaculado que su exterior; las paredes eran tan blancas que algún recondito lugar de la consciencia de los visitantes pensaría que ensuciaban con su presencia, el suelo era de un mármol negro perfectamente pulido y encerado, tan pulcro que podía utilizarse como espejo para suelas; el olor característico a alcohol anticéptico permanecía en el aire junto a un atisbo de aroma a cherry, un enorme cubículo yacía en el centro de la sala principal con varios tumultos de carpetas amarillas, lámparas de escritorios, herramientas de oficina, computadoras y archiveros enormes que ocultaban la información confidencial de los trabajadores y pacientes más recientes.

—¿Puedo ayudarte en algo más?— cuestionó Arantza cuando cruzaron la puerta de cristal.

—Ahora me toca buscar, eso lo haré yo— contestó el castaño con su tomo dócil y sereno—. Muchas gracias— le regaló una sonrisa y la mujer se alejó.

A Eliot le resultó un tanto complicado encontrar un rostro específico entre tantos uniformes blancos, entonces se acercó a la recepción con intención de hablarle a una de las secretarias para que le facilitara la búsqueda. No obstante, el lugar adquirió un ambiente pesado cuando una camilla entró disparada por dos paramédicos, un enfermero y una doctora... Esa doctora.

Eliot permaneció estático en su sitio, sin saber discernir el motivo de su conmoción. Su anatomía estaba paralizada, pero su corazón bailaba al compás de las melodías ficticias que producía su ensueño. Después de tantos años, la imágen viva y representante de su insomnio melancólico, estaba frente a él.

Ante sus ojos y falta de cordura entonces, la mujer del cabello naranja pasó frente a sus ojos en cámara lenta como una ninfa mágica que lo insitaba a descubrir los enigmas de su extraña y peculiar existencia; y como siempre aparece la aguja que pincha la brillante burbuja del encanto efímero, ella no se percató de que alguien la contemplaba como a una creación de Afrodita.

La mujer pasó frente a él junto a su equipo de trabajo a una velocidad abismal, todos al borde de un desespero crítico por la vida que acababa de pasar a estar responsable en sus manos.

Eliot siguió los pasos de todos hacia un pasillo algo desolado, a unos metros de distancia se percató de que todos habían entrado a una sala para atender al paciente recién llegado. Optó por quedarse junto a la ventana.

Se fijó en cómo la mujer daba órdenes a los enfermeros mientras rasgaba la tela de la camisa del hombre moribundo. Ignorando el agetreo que envolvía al grupo a través del cristal, se permitió detallar a Mia; se notaba que su cabello estaba más largo, a pesar de estar atado en un moño con un lápiz, su rostro había adquirido más madurez con el transcurso de un par de años, no lograba discernir la figura de su cuerpo bajo la bata blanca, pero apostaría cualquier cosa a que no había cambiado mucho. Y añoraba que sus sentimientos del inicio tampoco.

Quizás sintió el peso de los ojos de aquella doctora caer sobre él a través de la ventana, o quizás fue su delirio del momento que se había encargado de fusionar un poco el deseo con la realidad. No lo supo.

La cara del hombre se encontraba con un semblante sereno, la única excepción fueron sus labios entreabiertos por el atribulamiento que lo embargaba. No pudo negar que se sintió feliz por ver con sus propios ojos y en tiempo real que la chica a había cumplido uno de sus objetivos más soñados, y la amargura de un recuerdo marchito lo hizo desviar la mirada un momento; ¿En serio fue tan egoísta en el pasado como para intentar convertirla en alguien que, en definitiva, no era? Esa sólo fue una del centenar de preguntas que lo avazallaron, lo único que tenía seguro era que ya no era el mismo de antes. Y que tampoco quería volver a serlo.

—¡Preparen los desfibriladores, el paciente se nos va!— por primera vez escuchó su voz con claridad. Lo único que había cambiado en su todo era que había desarrollado más seguridad y decisión en él.

Eliot se sintió un poco más feliz al darse cuenta de que ambos habían cambiado para bien. Pero no llegó a sonreír, pues no sabía si ella estaría dispuesta a dejarlo entrar una vez más a su vida. Él tenía toda la intención de sanar por completo las heridas que había dejado, más era cuestión de suerte que ella no aceptase.

Un sonido abrupto lo sacó de sus pensamientos, obligándolo a volver su vista a las personas en el otro lado. Le habían dado una descarga eléctrica a su paciente para intentar renaudar su pulso cardíaco, lo supo cuando vió a Mia frotar entre sí un equipo médico que sólo había visto en las películas, y colocarlos sobre el pecho del hombre en la camilla, provocando un leve levantamiento por parte de éste.

—¿Presión arterial?— la escuchó pronunciar aquel cuestionamiento con una nota exhasperada.

—Ochenta y cinco sobre noventa— le contestó una enfermera.

De pronto, la máquina que contaba los latidos comenzó a disparar bips consecutivamente rápida. Mia volvió a frotar los desfibriladores con frenesí, y envió las descargas eléctricas nuevamente al hombre que estaba siendo perseguido por el metafórico hombre de túnica negra.

—Tenemos pulso —musitó la enfermera con un alivio indescriptible.

Si el órgano vital de Eliot había comenzado a latir frenéticamente desde que vio a Mia pasar frente a sus ojos después de tanto tiempo, ahora amenazaba con salir disparado de su pecho, extasiado y orgulloso por la heroína que laboraba al otro lado del cristal.

La doctora se llevó ambas manos a la cabeza mientras suspiraba con un enorme alivio, y es que no notas que en realidad vives en paz, sino hasta que sales de una situación donde una vida corría peligro, sólo entonces sabrás que la serenidad es la octava maravilla del mundo.

—Hay que trasladarlo a la UCI. Que allá el traumatólogo se encargue del resto —Mia observó el reloj de la pared mientras soltaba las órdenes—. Es todo. Mi guardia ha terminado.

Al Eliot percibir las intenciones de Mia al caminar hacia la puerta, se giró adrede para que no notase su presencia. La doctora Suarez caminó por el pasillo hasta desaparecer de su vista, entonces Eliot decidió echarse a andar hacia la salida y buscar el hotel más cercano para pagar una estadía y comenzar a planear un poco el próximo reencuentro.

Al regresar a la recepción, se dio media vuelta para dibujar con los piés el trayecto a la salida, pero su andar se detuvo al igual que la noción del tiempo cuando sus ojos se posaron sobre la pareja que se besaba en la sala de espera; una sensación de abismo se manifestó en todo su ser en cuestión de microsegundos, su garganta se había convertido en un enrredo y su naríz comenzó a adquirir un rubor desagradable e indeseado.

Mia besaba a un hombre con alegría y una nota discreta de pasión, ahí Eliot notó que nadie en el mundo puede ser feliz sin que a otro le afecte. Esos labios que una vez pronunciaron hacia él confesiones geniunas, los mismos que le pertenecieron a su piel; ahora besaban otros ajenos a los suyos. Esas manos que recordaba cálidas y suaves ahora acariciaban el rostro de otro hombre; las mismas manos que pocos minutos atrás salvaron la vida de alguien, que sostuvieron las suyas durante muchas noches sin estrellas, que dibujaron son las huellas de sus dedos las facciones de su rostro.

Ya no se sabía si aquella doctora sentiría el deseo de sanar la herida del remordimiento de aquel hombre sin rumbo. Eliot detestó al maldito karma como a ninguna otra cosa en ese momento, porque ella merecía ser feliz después de todas las lágrimas que derramó por las mentiras del pasado. Se sintió igualado por pretender a una mujer que ya había encontrado otro amor. ¡Se sintió muy estúpido! Pues habían pasado siete años desde que dejó una vela encendida, y la decepción quebró su entorno porque no hayó ni un atisbo de luz.

Eliot Marín estaba comenzando a perder la esperanza. Pero no estaba dispuesto a aceptar su karma.

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