'Qué hombre tan grosero', pensó Julia mientras seguía caminando por la calle hacia su casa.
Avanzó por la acera y entró al porche de una casa de madera pintada de blanco. Luego se asomó por la ventana, intentando espiar hacia dentro.
"Julia, entra". Se oyó la voz de su madre. "Sé que estás ahí".
La joven apretó los ojos y frunció los labios. Enseguida empujó la puerta principal, que no estaba cerrada con llave, y entró en la casa.
"Buenos días, señora", dijo Julia con las manos detrás de la espalda.
Su madre estaba sentada en el sofá leyendo un libro con las gafas puestas. Y no levantó la cabeza para mirar a Julia, que se encontraba casi detrás de ella.
"¿De dónde vienes?", preguntó sin apartar la vista del libro.
"Eh... señora, yo... yo...", balbuceó la joven, rascándose la nuca.
Su madre cerró el libro, se quitó las gafas y giró a medias para mirarla. Enseguida frunció el ceño y se levantó para examinar de cerca el vestido que Julia llevaba puesto. Al notar que su hija estaba descalza, revisó la etiqueta y soltó un jadeo. Volvió a fruncir el ceño y miró a la joven con severidad. Julia no entendía por qué su madre analizaba tanto la prenda.
"¿De dónde sacaste el dinero para comprar este vestido?", interrogó la mujer.
"Yo... yo no lo compré, fue un regalo de una amiga", respondió Julia con rapidez.
"¿Un regalo de una amiga? ¿Y cuál de tus amigas gana lo suficiente para comprarte esto? ¿Acaso fue Tilly, tu amiga desempleada, o Michael, el panadero?", preguntó su madre con las manos en la cintura.
Julia permaneció en silencio. No podía contarle lo que había pasado esa mañana.
"¿Dónde está la ropa que usaste ayer?", volvió a interrogarla la madre. "¿Y por qué no llevas zapatos?".
"No lo sé", contestó la joven con sinceridad.
"¿Acaso ya te estás acostando con hombres? Ese vestido es de una colección de Louis Vuitton", señaló su madre.
"No", replicó Julia de inmediato. "No lo estoy haciendo ni lo haré. Es solo que anoche todo fue un desastre y... y... por favor, mamá, no hablemos de eso". Dicho esto, corrió hacia su habitación.
'¿Qué está ocultando?', pensó su madre, mirando hacia la dirección por la que Julia había huido.
Después de dejarla, Jason se dirigió al hospital. Viajaba en silencio en la parte trasera del auto, intentando recordar lo último que tenía en la memoria. Había sido invitado a un programa musical como invitado de honor y había asistido con su padre.
Recordaba a los medios tomando fotos de ambos al llegar, antes de que lo condujeran por un pasillo privado hacia el salón donde se celebraba el festival. Y eso era todo lo que recordaba.
"Señor, hemos llegado", anunció el chofer, sacándolo de sus pensamientos. Jason bajó la ventanilla y leyó el letrero: HCA Florida Westside Hospital. Sí, ese era el hospital que su hermano le había mencionado. Descendió del auto y caminó hacia la entrada acompañado de cuatro hombres imponentes.
"¿Ese es Jason Haward?", preguntó una transeúnte a su amiga.
"Sí, es él. ¿Vendrá a donar al hospital?", contestó emocionada.
"Rápido, tómame una foto con él de fondo, ¡apúrate!", chilló la joven.
"Chica, a menos que logres detenerlo, no sé cómo piensas hacerlo. Esos hombres que lo acompañan te destrozarán el celular si tomas una foto sin permiso", le advirtió su amiga antes de que ambas se alejaran, aún admirándolo desde la distancia.
La presencia de Jason atrajo a un pequeño grupo de curiosos que se reunieron frente al hospital solo para verlo pasar.
Con su aura fría, entró y fue recibido por su hermano. Incluso el personal médico, aunque ocupado, no pudo evitar lanzar miradas furtivas hacia él.
"¿Qué le pasó a papá?", preguntó James con gesto preocupado.
"¿Qué dijo el doctor?", respondió Jason con voz profunda y calmada.
"Aún nada, mamá está con él ahora", informó James, guiándolo hasta la habitación donde su padre yacía en la cama, con una bata hospitalaria, los ojos cerrados y conectado a múltiples máquinas.
Jason quería preguntarle directamente qué había sucedido, pues la noche anterior había estado con él y no lo acompañaban sus propios guardias, solo los de su padre. Sin embargo, ellos tampoco le decían nada. Su madre se volvió hacia él con los ojos enrojecidos al escuchar la puerta abrirse. Jason se acercó y colocó una mano tranquilizadora en su hombro.
"Llegó casi a medianoche y se desmayó antes de poder subir las escaleras al dormitorio. Ha estado así desde que lo trajimos", explicó la señora Haward entre sollozos.
Jason le acarició los hombros suavemente y ella aferró su mano. El doctor entró en ese momento, observando a la familia reunida.
"Necesito hablar con alguno de ustedes", dijo.
James, como el hijo mayor, salió con él, dejando a Jason junto a su madre. Ella tomó la mano de su esposo y la cubrió de besos mientras las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas. En ese momento, el celular de Jason vibró y él salió de la habitación para contestar. A solas con su marido, la señora Haward dejó caer su mano sobre la cama y se inclinó hacia su oído.
"Creías que eras muy listo, ¿no? Querías echarme a mí y a mi hijo de la casa, dejarnos sin nada, pero ahora voy a manejar todas tus propiedades. Es irónico: lo planeaste todo para que yo no tuviera nada, y al final lo tendré todo", susurró con una sonrisa, acariciando su cabello.
"¿Sabes por qué me encantan las reglas de tu familia? Porque a menos que ese hijo malcriado tuyo encuentre de inmediato a una mujer que soporte su carácter, no veo cómo piensas ganar". Cambió de semblante al escuchar la puerta abrirse y estampó un beso en la mejilla de su marido.
"Mamá, no puedes seguir llorando así, tienes que ser fuerte por él", dijo James al entrar.
"¿Qué dijo el doctor?", preguntó ella, con los ojos aún rojos.
James titubeó, inseguro de contarle todo. "Estará bien", alcanzó a decir.
"Solo necesitamos cuidarlo mucho".
Ambos giraron la vista cuando escucharon que el enfermo murmuraba débilmente el nombre de Jason. De pronto, su cuerpo comenzó a convulsionar y las alarmas de las máquinas se dispararon. James presionó el botón de emergencia y salió corriendo, pero se encontró con tres médicos que entraron de inmediato y los sacaron de la habitación. Hicieron todo lo posible, pero al final lo perdieron. La enfermera desconectó las máquinas y comenzó a retirarlas. Al poco rato, los doctores salieron y se toparon con Jason, James y su madre.
"Lo lamento", informó uno de ellos. La señora Haward quedó paralizada.
Estuvo a punto de desplomarse, pero James la sostuvo.
"¿Qué le pasaba?", preguntó Jason.
"Tenía cáncer de colon en etapa terminal. No había mucho por hacer", respondió James.
"¿Cáncer de colon? ¿Cómo es posible? Nadie lo sabía", murmuró Jason, incrédulo.
"Voy a llevar a mamá a casa y avisar al resto de la familia", añadió James.
"¿Mirenda ya volvió?", preguntó Jason.
"Sí, llegó esta mañana. Va a ser un golpe muy fuerte, no sabe nada. Y me reservo decirle al abuelo", contestó su hermano.
"Déjamelo a mí", dijo Jason, y James se marchó con su madre, mientras él permaneció en el hospital para encargarse del papeleo.
"Déjamelo a mí", dijo Jason, y James se marchó con su madre, mientras él permaneció en el hospital para encargarse del papeleo.
James tomó el volante y condujo fuera del hospital con la señora Haward en el asiento del copiloto. Ella no paraba de llorar por su difunto esposo, inconsolable. James pensó que lo único que podía hacer era dejarla desahogarse, así que permaneció en silencio, con los ojos fijos en la carretera, hasta llegar al condominio familiar. Jason, después de terminar el papeleo, también se dirigió al condominio. Diez minutos después de que James llegara, él estacionó su auto, subió en el ascensor y se dirigió al piso 12.
Era enorme con seis dormitorios, dos salas de estar y un balcón bien diseñado con piscina. Los interiores, en tonos grises y blancos, estaban adornados con cuadros hermosos. Sí, era evidente que se trataba de una familia adinerada.
Jason entró en la sala de visitas, donde fue recibido por su abuelo. Caminaron juntos hasta la sala familiar y se sentaron a conversar.
"Hola, abuelo", dijo él apenas tomaron asiento. Miró alrededor buscando a James o a su madre, pero no estaban.
El anciano se sentó a su lado y le rodeó los hombros con un abrazo. Jason sonrió y le correspondió. Luego acomodó al hombre en el sofá con un cojín para su espalda.
"¿Cómo va el trabajo?", preguntó el abuelo una vez estuvo cómodo.
"Todo bien, solo tengo unos contratos de proyectos para firmar el lunes", respondió él. "Abuelo...".
"¿Sí?", inquirió el anciano.
"Hoy sucedió algo...". Jason intentó contarle lo de la muerte de su padre.
"Tu padre nos dejó", completó el abuelo la declaración de su nieto. "Ya lo sé, tu madre llegó a casa llorando", añadió y levantó la vista mientras Jason lo observaba de perfil.
"Tu padre era un buen hombre, casi como un hijo para mí. A veces deseaba que lo fuera. Era trabajador, inteligente y humilde. Deberías aprender de su carácter", dijo, mirándolo a los ojos, y Jason asintió con una expresión fría.
Sí, su padre, el señor Haward había sido humilde, ¿y adónde lo llevó eso? La gente se aprovechaba de él todo el tiempo e intentaba engañarlo. Jason ya había esculpido su propia imagen y no pensaba abandonarla por el carácter humilde de su padre. Ahora la gente le temía: nadie se atrevía a dirigirle la palabra sin temblar. El señor Haward era un hombre misericordioso; Jason, en cambio, despiadado. De su padre solo había heredado la disciplina del trabajo y una aguda inteligencia.
Pasaron un rato juntos antes de que el abuelo se retirara a tomar su siesta. Jason subió entonces y encontró a su hermano mayor y a su hermana menor consolando a su madre, que seguía secándose las lágrimas en su habitación.
De pronto, su celular vibró y él salió a contestar. Volvió unos minutos después.
"Todo está listo. El entierro será pasado mañana", anunció, y luego se fue a su cuarto.
Se dejó caer en el sofá, recostando la cabeza y hundiéndose en sus pensamientos.
'¿Cómo es que nadie sabía que papá tenía cáncer de colon? ¿Y qué ocurrió esa noche en el festival de música con él?'.
Intentó recordar algunos acontecimientos de la noche anterior. El programa había salido bien y las presentaciones fueron grandiosas. Su padre le entregó una botella de agua cuando Jason le pidió a un guardia que se la trajera. Pero eso fue todo. Después de beber, no recordaba nada más.
Buscó en su bolsillo y sacó el anillo de bodas. Lo observó con atención y lo volvió a guardar. No quería que nadie en la familia supiera de él hasta descubrir quién era esa mujer y cómo había terminado en su cama. En ese momento, su celular sonó, sacándolo de sus pensamientos. Miró el identificador de llamadas y contestó.
"Sí, habla", ordenó Jason.
"Señor, su nombre es Julia Harrison. Vive con su madre en Belle Glade, en una casa de dos habitaciones; solo ellas dos la habitan. Sobre su padre, nunca lo conoció. Julia trabaja como conductora de bus escolar, y así se gana la vida. Su madre es costurera. A pesar de su situación, Julia suele salir de fiesta con sus dos mejores amigos, Matilda Hayford, a quien llama Tilly, y Michael Hogan. Van a clubes nocturnos, y aunque no soporta bien el alcohol, le gusta beber", informó la voz.
"Eso es todo lo que descubrí sobre ella", añadió el hombre.
"Hmm", murmuró Jason, y colgó al no recibir más información.
'Esta chica no es nadie', pensó. 'El único que podría decirme qué pasó es mi padre, y ya no está'.
Esa noche cenó con su familia, y se sorprendió de ver a su madre comer con tanto apetito después de haber llorado casi todo el día, pero le alegró que no se dejara vencer.
Tras la cena, Jason se quedó un rato y luego regresó a su apartamento. Entró con dos guardaespaldas, y los sirvientes se pusieron tensos de inmediato. Los hombres se quedaron en el primer piso mientras él subía al suyo. Encendió la televisión y vio un rato las noticias antes de irse a dormir. Al abrir el cajón de su mesa de noche para tomar el cargador, encontró dos certificados de matrimonio firmados, con la firma de su padre como testigo.
'¿Papá sabía de la boda? ¿La organizó?', pensó.
Pero recordó que, según su hermano, su padre se había desmayado al llegar a casa. 'Algo ocurrió, aunque no tiene sentido que me hayan atacado y obligado a casarme con una desconocida', continuó pensando mientras miraba los dos certificados.
Luego los guardó y se sentó en el borde de la cama con el cargador del teléfono en la mano.
'¿Por qué alguien me querría casar así? A menos que quieran usar a esa mujer para llegar a mí… a mi información, a mis contactos, a todo', meditó.
'Alguien ha planeado algo y no pinta bien'.
Jason sonrió y decidió que pediría el divorcio después del funeral. Concluyó sus pensamientos, puso el celular a cargar y fue a darse una ducha. Luego se metió en la cama, decidido a iniciar el proceso de divorcio.
Llegó el día del funeral. El cuerpo del señor Haward yacía en el ataúd rodeado de flores. Mucha gente asistió, pues era un hombre muy conocido.
El féretro fue llevado a la fosa y descendido. Jason arrojó un puñado de tierra sobre él, al igual que sus hermanos y su madre, hasta que lo cubrieron por completo. Después regresaron todos al condominio familiar, donde pasaron la noche.
Al día siguiente, Jason volvió a su apartamento: necesitaba atender asuntos y comenzar el proceso de divorcio antes de que alguien se enterara.
Unos días más tarde fue al tribunal para iniciar el trámite, pero quedó atónito con lo que descubrió. Había una cláusula en el contrato: el matrimonio solo podía disolverse tras un año y medio.
"¡¿Qué demonios?!", gritó.
Inmediatamente, preguntó si había forma de anularlo, pero le dijeron que no. Furioso, abandonó el lugar y se dirigió a la oficina. Entró en su empresa y fue directo a su despacho, ordenando que no lo molestaran.
Allí trató de entender cómo había ocurrido todo: el contrato, los certificados, los anillos y aquella mujer en su cama. Finalmente, decidió confrontarla, tal vez ella supiera algo. La mujer no había estado en el festival de música, entonces, ¿cómo se conocieron? Tomó el celular y marcó.
"Quiero a esa tal Julia en mi apartamento hoy a las seis", ordenó y colgó.
Pasó el día enterrado en trabajo y reuniones. Al terminar, volvió a su apartamento.
El auto entró al amplio garaje subterráneo y se detuvo. Jason bajó acompañado de cuatro guardaespaldas, y otro se acercó a informarle.
"¿Dónde está?", preguntó Jason.
"Señor, está atada en el sótano", respondió el guardia.
Jason se dirigió al lugar y ordenó quedarse a solas con ella. Julia estaba algo golpeada, con el cabello revuelto y el labio sangrando.
Aun así, era una mujer muy hermosa: ojos cautivadores, larga y abundante cabellera castaña y piel impecable, a pesar de las marcas del maltrato.
Esa mañana, al despertar junto a ella, Jason estaba demasiado furioso como para detenerse a mirarla. Ahora, descubrió que incluso con el ceño fruncido, se veía adorable, aunque él mantuvo el rostro frío e impenetrable.
Ella estaba amarrada de manos y pies a la silla, con un paño atado a la boca.
Enseguida, Jason acercó una silla frente a ella, le quitó la mordaza y la joven comenzó a gritar tan fuerte que sintió que le iban a estallar los tímpanos.
"Cállate", ordenó él, y su mano se estrelló contra el rostro de Julia; la bofetada le dejó la mejilla roja e hinchada de inmediato.
La cabeza de Julia comenzó a girar, y sintió que podía desmayarse en cualquier instante. Estaba aterrada, temblando en la silla.
"Está bien, dime qué estabas haciendo antes de despertar en mi cama", preguntó Jason.
Las lágrimas corrieron por el rostro de la joven mientras respondía con voz temblorosa: "Por favor, no me haga daño, no recuerdo nada".
"¿Así que no recuerdas absolutamente nada?", insistió Jason. "Respóndeme", gritó, y ella se estremeció de miedo.
"Salí con mis amigos, créame, es todo lo que recuerdo", respondió casi sollozando.
"¿A dónde fueron?", preguntó él, sentándose.
"A un club nocturno de mi zona", contestó Julia, aún temblando.
"Está bien, dime los nombres de tus amigos y sus contactos", exigió Jason. "Ahora", rugió, y Julia dio un respingo.
"Matilda", dijo ella.
"¿Matilda qué?", interrogó el hombre.
"Matilda Hayford y Michael Hogan", respondió, y enseguida dictó sus contactos.
Luego, Jason salió de la habitación. Minutos después, una mujer entró, desató a Julia y curó sus heridas. Después la dejó libre en el sótano.
Finalmente, Jason subió a su cuarto tras entregar los nombres a sus guardaespaldas, con la orden de traerlos al día siguiente.