Renata POV:
Floté de regreso a esa mansión. Ese lugar al que una vez llamé hogar, aunque nunca sentí su calor. La casa era tan grande, tan lujosa, pero siempre estuvo vacía. Era un mausoleo envuelto en mármol y silencio, un espejo perfecto de mi propia vida. Nada me había dado allí más que un techo sobre mi cabeza.
Gabriel estaba en su estudio. Las luces de los focos de la mesa de trabajo proyectaban sombras afiladas en los contornos de su rostro, haciendo que sus rasgos parecieran aún más duros. Su mandíbula, tensa, y sus ojos, irritados, delataban su humor. Estaba furioso. Se movía sin descanso, golpeando el escritorio.
Consultó su reloj con impaciencia. Cinco minutos. Diez. Quince. Luego lanzó el teléfono sobre la mesa, con un sonido hueco y molesto. Intentó llamar de nuevo, pero nadie contestó. Por fin, harto, gritó, "¡Maldita sea!" Y colgó con la fuerza suficiente para que el aparato rebotara.
En un arrebato de rabia, barrió todo lo que había sobre el escritorio al suelo. Plumas, papeles, una taza de café a medio beber. Todo. Los objetos se dispersaron con un estruendo seco. Gabriel siempre había sido así. Explosivo. Con un temperamento que se encendía como la pólvora.
"¡Renata! ¿Dónde demonios te has metido ahora, mocosa insolente? ¡Te has vuelto tan rebelde!" Era mi nombre, pero no el mío. Era el nombre de un fantasma que había huido de las calles donde me habían dejado. Se quejó de que lo había borrado de mi teléfono. "¡Ni siquiera me tienes en tus contactos! ¡¿Qué clase de hermana eres?!"
Siguió con su rutina de destrucción, golpeando la mesa, maldiciendo al aire. "¡Que te den! ¡Ojalá te vayas y no regreses nunca! ¡Ojalá te mueras!"
Sus palabras me atravesaron. A pesar de todo, a pesar de estar muerta, una punzada de dolor helado se clavó en lo que quedaba de mi corazón. Era una sensación tan familiar, tan esperada, que casi me hizo sonreír con amargura. No pude contener la tristeza que afloró a mi alma, una tristeza que la muerte no había logrado borrar.
"Ya estoy muerta, Gabriel," susurré, aunque él no podía oírme. "Y aun así, tus palabras duelen más que el golpe que me quitó la vida."
El sol se ponía por la ventana, el último rayo de luz se desvanecía en el horizonte. Con él, sentí que la última chispa de calor que me quedaba también se extinguía. Dejé de ser una presencia triste, y me convertí en un eco congelado. La soledad era mi única compañera.
Renata POV:
El odio de Gabriel no era infundado, lo sabía. Aunque lo que él creía era una verdad distorsionada, una sombra oscura que había consumido su alma. Él me culpaba. Me culpaba por la muerte de nuestros padres, o más bien… de nuestra madre.
Mi madre murió el día que yo nací. Un accidente de coche camino al hospital. Un impacto frontal. Yo, un bebé prematuro, fui sacada de su vientre en una cesárea de emergencia. Ella no lo resistió. Se fue conmigo llegando al mundo. Fue un intercambio cruel. Vida por vida.
Años después, supe que sus últimas palabras no fueron de reproche, sino de amor. "Dile a mi pequeña Renata que la amo. Que siempre la amaré. Que la perdone, Gabriel." Lo escuché del propio Gabriel, en una de sus noches de borrachera. Su voz, pastosa y llena de dolor, liberó esa confesión. Cuando estaba sobrio, era un muro de hielo. Nunca me miraba, nunca me hablaba, a menos que fuera para regañarme o para decirme lo mucho que le pesaba mi existencia.
Nuestro padre… él también se fue. Hace poco. Se suicidó. Me enteré por los periódicos. Gabriel me impidió leer la carta de despedida de papá. "No te incumbe," dijo. Me prohibió ir al funeral. "No mereces estar allí." Quizás tenía razón. Quizás papá tampoco quería verme.
Gabriel, diez años mayor que yo, creció con el peso del mundo sobre sus hombros. Nuestro padre, ahogado en la pena por la muerte de mamá, hundió la empresa familiar en la ruina. Gabriel, un genio en la arquitectura, se graduó de la universidad antes de tiempo. Con veintidós años, tomó las riendas de la empresa. La levantó de las cenizas. La hizo prosperar. La convirtió en un imperio.
Su vida no fue fácil, para nada. Lo veía. Sus ojeras, su espalda encorvada por el cansancio. A veces, cuando llegaba tarde, le dejaba una bebida para la resaca en su mesita de noche. Le preparaba comida casera para que no se arruinara el estómago. Le compraba gotas para los ojos, vitaminas, e incluso le cambié la lámpara de su estudio por una mejor, todo con el dinero que ahorraba de mi mesada. Hacía lo mismo que mamá. Planchaba su ropa, esperando que, de alguna manera, sintiera mi cariño.
Quería aliviar su carga, aunque fuera en silencio. Sin Gabriel, yo no tendría nada. No viviría en esta casa que, a pesar de su frialdad, era un hogar. Aunque no me importaba el lujo. Solo quería una familia. Quería que Gabriel supiera que me preocupaba por él.