Mi mundo se hizo añicos. El hombre al que le había entregado mi vida, mi carrera, mi fortuna familiar, el padre de mis hijos, me miraba como si fuera una completa desconocida.
"Máximo, soy yo, ¡soy Lina!" mi voz era un murmullo ahogado por la tela, incomprensible.
Me retorcí, intentando desesperadamente que me reconociera. Señalé a los niños, luego a mí misma, mis ojos suplicando.
Él solo se rio. Una risa hueca que resonó en la plaza vacía.
"Parece que está tratando de decir algo," se burló, acercándose a mí. Se agachó, su rostro a centímetros del mío. El olor de su colonia, la misma que le regalé por nuestro aniversario, me revolvió el estómago.
"Tranquila, mujer. Todo acabará pronto."
Su teléfono sonó. Lo sacó del bolsillo con un gesto elegante. Miré la pantalla. Era mi propio número. Lo había programado para que mi foto apareciera cuando llamara. Nuestra foto de boda.
Él contestó, poniendo una voz cargada de amor y preocupación.
"¿Cariño? ¿Lina, mi amor, dónde estáis? Os estoy esperando. Los niños deben estar tan emocionados."
Una pausa. Escuchaba mis propios gritos ahogados a través del teléfono que él sostenía.
"¿Qué es ese ruido? ¿Estás bien? No te oigo bien, mi vida. Estoy aquí, en la joyería, mirando un regalito para Sofía. ¿Crees que le gustará más el collar de perlas o el de diamantes?"
Me miró directamente a los ojos mientras hablaba, una crueldad helada en su sonrisa. La venda me apretaba, las lágrimas me quemaban la piel, pero no podía apartar la vista de la monstruosidad que tenía delante.
Scarlett aplaudió suavemente.
"Qué romántico. Eres un marido tan devoto, Máximo."
"Siempre, mi reina," respondió él, sin dejar de mirarme. "Mi familia es lo primero."
Colgó la llamada. El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos. Se giró hacia Scarlett.
"Bueno, ¿empezamos la función?"