Cuando salí del baño, la fiesta seguía en su apogeo. Nadie notó mi vestido manchado, nadie notó el vacío en mis ojos.
Subí las escaleras hasta la habitación que había sido mía durante una década. Era un espacio lujoso y ajeno, lleno de muebles que no había elegido y arte que no entendía.
No empaqué nada.
Dejé los vestidos de seda, las joyas, los zapatos. Todo se sentía como un disfraz que finalmente podía quitarme.
Mi única posesión verdadera estaba en el fondo del armario: un pequeño morral tejido, regalo de mi abuela.
Lo abrí. Dentro, junto a unas hierbas secas, había una nota doblada, su letra temblorosa pero firme.
"Cuando la deuda se pague, tu espíritu será libre".
Apreté el papel en mi mano. La deuda estaba pagada. Con sangre.
Bajé las escaleras, con el morral colgado del hombro, pasando entre los invitados borrachos y felices.
Mateo me vio en la puerta. Su rostro, normalmente seguro y arrogante, se llenó de una extraña clase de pánico.
"¿A dónde vas?".
No le respondí. Seguí caminando hacia la oscuridad del jardín.
Me agarró del brazo. Su toque no era de amor, era de miedo.
"Xóchitl, no puedes irte. La promesa... el juramento que le hice a tu abuela...".
"El juramento se cumplió", dije, mi voz sonaba hueca, lejana. "Diez años. La deuda está pagada".
"No, no lo entiendes", susurró, su miedo era casi palpable. "No es solo el tiempo. Es... ella. Las consecuencias".
Me solté de su agarre con una calma que lo sorprendió.
"Esas son tus consecuencias, Mateo. No las mías".
Me di la vuelta y caminé hacia la puerta de la hacienda, sin mirar atrás.
Podía sentir su mirada en mi espalda, no la de un esposo que pierde a su mujer, sino la de un hombre supersticioso que teme a la maldición que cree haber desatado.