Capítulo 2

Mi celular vibró, con un mensaje de Kayla, mi mejor amiga, que decía: "Lo siento mucho, Lottie, pero tengo que cancelar nuestros planes de esta noche. Tuve una emergencia de trabajo. ¿Lo posponemos?".

"No hay problema. Hablemos pronto", respondí rápidamente.

Mi estupefacción inicial estaba pasando, dejando tras de sí una claridad fría y dura. No iba simplemente a desaparecer, sino a borrarme completamente de la vida de Aiden.

Pasé la siguiente hora al teléfono. Primero, contacté a mi abogado y le pedí que prepara el acuerdo de divorcio. No había necesidad de negociación, pues no exigía pensión. Solo quería mi firma en un documento que me separara de Aiden para siempre.

Luego, reservé un vuelo de ida a un país remoto y poco conocido, ubicado del otro lado del mundo, que saldría a la mañana siguiente.

Después, comencé a limpiar. Recorrí la recámara, que había sido nuestro espacio compartido, y metódicamente la purgué de mi existencia. Amontoné ropa, libros y fotos en la gran chimenea de piedra de la sala. Luego, agarré una botella de whisky y un encendedor.

Observé cómo las llamas devoraban la foto que nos tomaron el día de nuestra boda. Él mostraba una sonrisa brillante y carismática, que no era más que una mentira. Luego, vacié la botella de whisky sobre el fuego, avivando las llamas. El calor se sentía bien contra mi piel fría, mientras yo contemplaba ese ritual de purificación.

Cuando terminé, ya era tarde. La habitación ahora estaba estéril, impersonal, como si fuera la de un hotel. Todo lo que quedaba de mí era un montón de cenizas en la chimenea.

Revisé mi celular. Tenía treinta y siete llamadas perdidas de Aiden, además de una cadena de mensajes, cada uno más frenético que el anterior.

"Lottie, ¿dónde estás?".

"Contesta mis llamadas".

"Voy para la casa".

"LOTTIE".

Justo cuando leía el último, escuché las llantas del auto de mi esposo chirriando en el camino de entrada. Unos momentos después, la puerta de nuestra habitación se abrió de golpe.

Aiden estaba en el umbral, despeinado y respirando agitadamente. Cuando me vio, bajó ligeramente los hombros, y una ola de alivio cruzó su rostro.

"Gracias a Dios", suspiró. "Estaba tan preocupado". Instantes después, su alivio se transformó en ira y me preguntó: "¿Por qué no contestaste mis llamadas? Te marqué casi cuarenta veces. ¡No tienes idea de lo que pasó por mi mente!".

La preocupación en su voz era una broma, una actuación enfermiza y retorcida. Ante su acto, yo solo sentí el hielo corriendo por mis venas.

Mi marido extendió su mano hacia mí, y yo di un pequeño paso hacia atrás. El movimiento fue sutil, casi imperceptible. Él se detuvo y dejó flotando su mano en el espacio entre nosotros.

"Mi teléfono estaba en silencio", dije, en un tono plano. "Y estaba limpiando".

Aiden recorrió la habitación con la mirada, y un destello de confusión apareció en sus pupilas, pues notó los armarios vacíos y las superficies desnudas.

"¿Limpiando?".

"Sí", contesté, viendo la chimenea. "Me deshice de algunas cosas que ya no necesito".

Él no entendió la metáfora, y probablemente pensó que tenía un cambio de humor. Sonrió con condescendencia, en un intento por tranquilizarme, pero lo único que consiguió fue que me invadieran unas intensas ganas de gritar.

"Bueno. Me alegra ver que estás a salvo", dijo, acercándoseme de nuevo. Luego, sacó una caja de terciopelo de su bolsillo y agregó: "Te compré algo".

La abrió, para revelar una delicada pusera de diamente. Era hermosa, y sabía, sin necesidad de mirar el broche, que tenía un rastreador GPS. Era otra jaula dorada.

"Así nunca tendré que preocuparme por perderte", comentó, en un tono suave y posesivo.

Quise reírme. ¿De verdad pensaba que eso arreglaría algo? ¿Pensaba que una joya podría atarme a él después de lo que había descubierto?

"Aiden, ¿realmente me amas?", solté, antes de poder tragarme mis palabras.

"¿Por qué lo preguntas? Por supuesto que sí. Te amo más que a mi propia vida", respondió él, con una expresión sombría. Luego, avanzó hacia la cama, se desabrochó la camisa y agregó: "Lottie, te necesito. Hoy tuve un día muy largo".

La promesa familiar de su necesidad, lo que alguna vez fue mi propósito, ahora se sintió como una amenaza.

"Voy a ducharme", dijo, con una mirada distante, pues ya se había perdido en la necesidad de su cuerpo.

Con eso, desapareció en el baño. Apenas el agua comenzó a correr, un celular vibró en la mesita de noche. Había llegado un mensaje, pero no era para mí. El que había vibrado era el teléfono que Aiden había dejado.

Un extraño impulso se apoderó de mí. Nunca antes le había revisado su celular, pues siempre me había parecido una violación a su privacidad. Pero ahora, no me importaba.

Agarré el dispositivo, y vi que su pantalla de bloqueo era una foto mía. Después, adiviné su contraseña al primer intento: era mi cumpleaños. La ironía era tan densa que me asfixiaba.

Abrí sus mensajes, y encontré una larga conversación con un contacto que tenía registrado simplemente como "H". El corazón comenzó a latirme con fuerza, pues era obvio que se trataba de Haven.

Habían intercambiado cientos de mensajes, pues hablaban todos los días. Además, ella le enviaba fotos de su hijo y le mandaba diariamente actualizaciones de él.

"Hoy, Leo se raspó la rodilla. Entre llantos, te llamó".

"Leo preguntó cuándo volverá su papá a casa".

"El médico dijo que le bajó la fiebre. Yo estaba muy asustada".

Luego, me concentré en las respuestas de Aiden. Usaba las mismas palabras suaves y tiernas que me decía a mí, le hacía las mismas promesas, y hasta la tranquilizaba de la misma forma. Pero había una desesperación en sus mensajes hacia ella que yo nunca había visto antes.

Me desplacé por su conversación, hasta llegar a su intercambio de esa tarde.

"Leo ha estado tosiendo. Creo que otra vez se está enfermando. Estoy preocupada", le informaba Haven.

"Estoy en camino. No te preocupes, que estaré con ustedes pronto, y me encargaré de todo", respondió mi esposo.

Miré la marca de tiempo, y me di cuenta de que había mandado ese mensaje hacía una hora. Lo había hecho, mientras me llamaba frenéticamente, fingiendo que se preocupaba por mí.

Su amor no era exclusivo, ni siquiera especial. Simplemente, era un guion que seguía para interpretar un papel frente a la persona que pudiera satisfacer sus necesidades en ese momento.

Dejé caer el celular en la cama, como si me hubiera quemado, antes de devolverlo a la mesita de noche. Un profundo dolor físico se extendió por mi pecho.

Me acosté y me tapé con las sábanas de seda, que se sentían frías contra mi piel. Temblaba, pero no tenía que ver con la temperatura de la habitación; la frialdad nacía de mi interior, justo de lugar donde mi amor y esperanza acababan de morir.

La puerta del baño se abrió y Aiden salió, únicamente cubierto con una tolla amarrada en su cintura. Se deslizó en la cama detrás de mí y sentí su cuerpo cálido presionado contra mi espalda. Me envolvió con sus brazos y me atrajo hacia él.

"Lottie", murmuró, haciendo que su cálido aliento se impactara contra mi cuello.

Yo me puse rígida en el acto. Cada uno de mis músculos gritaba en señal de protesta. Mi rechazo era visceral, instintivo.

"¿Qué pasa?", preguntó, sin ocultar su confusión. "Estás helada".

Luego, puso una mano sobre mi frente y declaró: "Estás ardiendo. Tienes fiebre". Adoptando un tono de preocupación y urgencia, añadió: "Tenemos que ir al hospital".

Tras eso, comenzó a levantarse de la cama, pero justo en ese momento, su celular, el que yo había revisado, comenzó a sonar. La pantalla se iluminó con el nombre "H".

Él lo agarró rápidamente, antes de poner una expresión seria y contestar: "¿Qué pasa?".

Mi marido escuchó la voz del otro lado de la línea, se tensó y respondió: "Lo sé. Estoy en camino".

Momentos después colgó y, con una expresión de disculpa, me dijo: "Lottie, lo siento mucho. Hay una emergencia bastante grande en la oficina, así que tengo que irme".

Acto seguido se inclinó, me besó la frente y añadió: "Hay medicina en el gabinete del baño. Tómatela. Y si te sientes peor, llámame. Volveré lo más rápido que pueda".

Yo no dije nada. Solo miré la pared, y me quede quieta, mientras la frialdad se extendía por mi cuerpo.

Mientras Aiden salía corriendo por la puerta, nuevamente con el celular apretado contra su oreja, lo escuché: era el sonido de un niño llorando.

No iba a la oficina, sino con su otra familia. Me había dejado, ardiendo en fiebre, para irse con su amante y su hijo. En ese momento, supe con absoluta certeza que era final e irrevocablemente libre.

Capítulo 3

La medicina no funcionó, y mi fiebre solo empeoró. Al amanecer, prácticamente estaba delirando, alternando entre sueños febriles y pesadillas.

Fue Kayla quien me encontró. Se preocupó porque no respondí sus mensajes, así que usó la llave de repuesto que le había dado. Le bastó un vistazo a mi cara enrojecida y mis ojos vidriosos; sin dudarlo, me llevó al área de urgencias del hospital.

"¿Dónde está Aiden?", preguntó, caminando de un lado a otro de la pequeña habitación, mientras yo seguía conectada al suero.

"Tuvo que trabajar", murmuré, y la mentira me dejó un sabor amargo en la boca.

"¿Trabajar? ¡Lottie, pudiste morir!".

Yo miré a mi leal y feroz amiga y no pude contenerme más. Le conté todo: el fideicomiso, el hijo secreto de mi esposo, así como los años de abuso que había confundido con amor. Y también sobre la llamada telefónica de anoche.

Ella escuchó y se puso lívida por el horror y la ira, antes de que su expresión mostrara una desgarradora simpatía. Cuando terminé, simplemente me agarró de la mano con fuerza.

"Se acabó, Kayla", susurré, con la voz ronca. "Me voy, para siempre".

"Bien", contestó ella, sin ocultar la emoción en su voz. "Mereces algo mucho mejor".

Instantes después, salió a buscarme algo de comida, dejándome sola con el suave zumbido de las máquinas del hospital. Me sentía débil, pero en mi mente había una claridad fría y cortante.

Saqué mis piernas de la cama y, agarrándome al soporte del suero, me dirigí al baño al final del pasillo. Al empujar la puerta, escuché voces familiares desde la sala de espera privada que estaba al lado: eran las de mi esposo y mi cuñada. Se me heló la sangre, pero eso no impidió que me escondiera en las sombras de la entrada.

"Se peleó en la guardería", contó Haven, con la voz tensa por las lágrimas. "Otro niño lo empujó y lo llamó... bastardo".

"Compraré esa maldita guardería, y los despediré a todos. Después, meteré a Leo a una escuela privada, con guardias", contestó Aiden, tras soltar un gruñido bajo por la furia.

"¿Pero cuál es el punto?", sollozó desesperadamente mi cuñada. "Siempre será tu secreto. Nunca llevará tu apellido, así que la gente nunca dejará de hablar".

"Haven...", musitó mi esposo, en un tono más suave y lleno de una ternura que hizo que se me revolviera el estómago.

"No soporto verlo herido", se lamentó ella. "Simplemente no puedo verlo así".

Instantes después, escuché el sonido de la tela moviéndose, seguido de un suave suspiro. Me asomé por la esquina, y vi que Aiden abrazaba a su hermana adoptiva. Esta lloraba en su pecho, mientras él le acariciaba la cabeza. Era una escena de consuelo íntimo, una cruel parodia de todas las veces que me abrazó.

Me di cuenta de algo más. Mi esposo dejó de pasar la mano por la espalda de su amante y comenzó a tamborilear con los dedos, a un ritmo rápido, sobre su columna. Esa era una señal. Su señal. El signo de que estaba perdiendo el control y su lado oscuro estaba a punto de dominarlo.

La atrajo más hacia sí y, en un susurro áspero, le aseguró: "Lo solucionaré. Te lo juro". Casi al instante, su agarre pasó de la amabilidad a la agresividad.

Haven pareció percibir el cambio, pues se apartó ligeramente y con los ojos bien abiertos, le dijo: "Aiden, no. Aquí no".

Sin embargo, él ya tenía los ojos vidriosos, señal de que se había ido. Luego, se inclinó sobre ella, y estuvo a punto de aplastarle la boca con los labios.

"Estoy embarazada", soltó Haven repentinamente, con un tono firme y claro.

Aiden se congeló, quedándose completamente quieto. La energía frenética desapareció, como si alguien hubiera bajado un interruptor.

"¿Qué?", soltó.

"Tengo unas seis semanas", explicó su amante. Luego bajó la mirada, y adoptando una imagen de fragilidad, continúo: "No te preocupes. Me desharé de él. Sé que tienes a Charlotte, y yo no quiero complicarte las cosas".

Su actuación fue impecable: quedó como una víctima indefensa, sacrificándose por su bien.

Aiden la miró, con una expresión inescrutable. Luego, sacudió la cabeza, en un movimiento pausado y calculado, y declaró: "No. Lo vamos a tener".

Acto seguido, extendió su mano hacia ella y le acarició el rostro. Después, agregó con una determinación que me heló la sangre: "Leo y tú... lo tendrán todo. Llevarán mi apellido. Te lo prometo".

En el aire se instaló una nueva tensión. Vi las señales de alarma en él otra vez: los músculos tensos, la respiración superficial... Era obvio que luchaba contra el impulso que crecía en su interior. Estaba intentando ser gentil con la mujer que llevaba a su hijo.

Cerró los ojos con fuerza y apretó la mandíbula. Entonces, soltó un grito gutural y le metió un puñetazo a la pared, justo al lado de la cabeza de su amante. Usó tanta fuerza que el yeso se agrietó, y soltó algo de polvo.

Haven gritó y se alejó de él.

"Lo siento", jadeó mi esposo, apoyando la cabeza en el hoyo de la pared. "Perdóname. Yo no... quería hacerte daño. Ni al bebé".

Me quedé en la puerta, invisible, mientras la escena se desarrollaba frente a mí. Lo vi castigarse, no por mí, sino por ella. Vi cómo le daba las mismas promesas incumplidas, la misma penitencia brutal, el mismo amor retorcido que una vez me había ofrecido.

Me di cuenta de que no era especial, de que el asunto no se trataba de mí; de hecho, nunca se trató de mí. Él solo seguía un patrón, un ciclo enfermizo de posesión y autodesprecio que se repetía indefinidamente.

Y yo solo había sido una de sus víctimas, atrapada en su camino de autodestrucción.

El dolor en mi pecho era tan fuerte que por un momento creí que mi corazón se rompía literalmente. No podía respirar, así que retrocedí a trompicones de la puerta, con la vista nublada. Tenía que alejarme antes de que me vieran o, peor aún, de que desmoronara en miles de pedazos en el estéril y frío piso.

Llegué a mi habitación justo cuando Kayla regresaba. Pasé los siguientes dos días internada, recuperándome. Cuando Aiden llamó, le dije que me quedaría con mi amiga. Era más fácil hacerle creer esa mentira.

Al tercer día, me di de alta. En mi mano sostenía los papeles de divorcio firmados, como si fueran un escudo. Había llegado la hora de volver a esa casa, una última vez.

Mientras caminaba hacia la puerta principal de la mansión que una vez llamé hogar, escuché la risa de un niño resonando en el interior. Me quedé unos segundos congelada, sosteniendo el pomo de la puerta, pero finalmente la empujé y la abrí.

En la gran sala, Leo estaba jugando en el suelo. Con él estaba la madre de Aiden, mi suegra. Y en las manos del niño giraba la delicada bailarina de porcelana de la caja de música de mi madre. Eso era lo último que me quedaba de ella.

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