El cielo sobre la ciudad se había teñido de un color cobre antinatural. Para la mayoría de los neoyorquinos, el eclipse era un evento astronómico digno de fotos en redes sociales; para Elena, era el inicio de una migraña que le hacía sentir la sangre latir en sus sienes con un ritmo salvaje.
Había intentado hacer caso a la advertencia de Julian y quedarse en casa, pero el destino -o quizás algo más oscuro- tenía otros planes. Su teléfono vibró a las diez de la noche.
«Ven al ático. Ahora. No envíes a nadie más».
Era el mensaje más corto y errático que Julian le había enviado jamás. Como su asistente, su deber pesaba más que su miedo. Tomó un taxi, sintiendo cómo el aire exterior se volvía denso y cargado de electricidad estática.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron directamente en el ático de Julian, Elena se encontró en una oscuridad casi total. El lujo minimalista del lugar estaba bañado por la luz rojiza que entraba por los inmensos ventanales.
-¿Señor Vane? -llamó ella, su voz temblando.
Un estruendo de cristales rotos llegó desde la terraza. Elena corrió hacia allí y se detuvo en seco. Julian estaba arrodillado en el suelo, sin camisa, con la espalda encorvada. Sus músculos se movían bajo la piel como si algo vivo intentara escapar de su interior. Sus manos, apoyadas en el mármol, tenían las uñas clavadas con tal fuerza que la piedra empezaba a agrietarse.
-Te dije... que no vinieras -la voz de Julian no era humana. Era un sonido gutural, una vibración que parecía nacer del centro de la tierra.
-Está herido -dijo Elena, olvidando su propia seguridad y acercándose a él-. Julian, por Dios, déjeme llamar a un médico.
Él se giró con una velocidad aterradora. Elena no tuvo tiempo de gritar antes de que él la atrapara, derribándola contra el diván de cuero de la estancia. Julian la inmovilizó con su peso, un peso que se sentía mucho mayor de lo que su cuerpo aparentaba.
-No hay médico para esto -gruñó él. Sus ojos ya no eran grises. Eran dos ascuas de fuego dorado que brillaban en la penumbra.
Elena lo miró aterrorizada, pero en medio del miedo, surgió una atracción magnética, casi química. El aroma de Julian -ese bosque húmedo y peligroso- se había intensificado hasta volverse embriagador.
-Tus ojos... -susurró ella, estirando una mano temblorosa para tocar su rostro.
Julian soltó un quejido que sonó a medio camino entre un sollozo y un rugido. Apoyó su frente contra la de ella, y Elena pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su piel. Él estaba luchando contra algo, una batalla interna que estaba perdiendo por segundos.
-Vete, Elena... corre mientras aún quede algo de hombre en mí -suplicó él, aunque sus manos se cerraban con posesividad en la cintura de ella.
-No me voy a ir -respondió ella, impulsada por un instinto que no sabía que poseía. Su cuerpo parecía reconocer el suyo, reclamando esa cercanía como si sus almas estuvieran unidas por un hilo invisible.
La luna alcanzó su punto máximo, volviéndose de un rojo sangre absoluto. Julian soltó un grito ahogado y, por un instante, Elena creyó ver una sombra enorme, la silueta de algo lobuno y majestuoso proyectada contra la pared por la luz del eclipse.
Él la besó entonces, y no fue un beso de oficina ni de civilización. Fue un reclamo. Fue salvaje, desesperado y cargado de una necesidad milenaria. Elena se arqueó hacia él, entregándose a esa locura, sin saber que en ese preciso momento, bajo la influencia de la luna roja, la biología de Julian estaba haciendo algo más que desearla. Estaba marcándola. Estaba plantando la semilla de un linaje que no debería mezclarse con la sangre humana.
Esa noche, en el silencio del ático, el destino de la jauría Vane cambió para siempre. Y Elena, perdida en los brazos del hombre que creía conocer, no tenía idea de que acababa de convertirse en el recipiente del heredero más poderoso de la historia.
La luz del amanecer en Manhattan siempre era despiadada, pero esa mañana, filtrándose a través de los ventanales del ático de Julian Vane, se sentía como una intrusión violenta. Elena abrió los ojos lentamente, con el cuerpo envuelto en una calidez que nunca había conocido. Durante unos segundos, el mundo fue perfecto: el aroma a bosque y tormenta la rodeaba, y la sensación de plenitud en su pecho era tan intensa que casi dolía.
Pero el calor no venía de un abrazo. El lado de la cama estaba vacío.
Elena se incorporó, cubriéndose con las sábanas de seda negra. Julian estaba de pie frente al ventanal, dándole la espalda. Ya estaba vestido; los pantalones oscuros y la camisa blanca impecable dictaban el regreso del CEO, del hombre de hielo que dirigía un imperio. Sin embargo, algo en su postura -la tensión en sus hombros, la forma en que sus manos se cerraban en puños- delataba que la paz estaba lejos de su alcance.
-Julian... -su voz sonó ronca, cargada de la vulnerabilidad de quien acaba de entregar el alma.
Él no se movió. Ni siquiera giró la cabeza.
-Vístete, Elena. Hay un coche esperándote abajo para llevarte a tu apartamento. Tu finiquito y una compensación extraordinaria han sido transferidos a tu cuenta hace diez minutos.
Las palabras cayeron como bloques de granito. Elena sintió que el corazón se le detenía.
-¿Compensación? ¿De qué estás hablando? Julian, mira lo que pasó anoche... tú no estabas bien, yo intenté ayudarte y... fue real. Fue más que real.
Julian se giró entonces, y Elena retrocedió instintivamente. Sus ojos no tenían el brillo dorado de la noche anterior, pero estaban muertos. Eran de un gris ceniza, desprovistos de cualquier rastro de humanidad.
-Lo que pasó anoche fue una aberración -dijo él, su voz era un susurro letal-. Un error de juicio provocado por el estrés y... el fenómeno astronómico. Me serviste de distracción, Elena. Pero el juego se acabó.
-¿Un juego? -Elena se levantó, envolviéndose en la sábana como si fuera una armadura, con las lágrimas quemándole los ojos-. Me miraste como si fuera lo único en tu mundo. Me tocaste como si pudieras leer mis pensamientos. ¡Tus ojos brillaban, Julian! No me digas que eso fue por el alcohol o el estrés.
Él acortó la distancia en un parpadeo, una velocidad que a Elena le pareció físicamente imposible. La tomó por los hombros, no con delicadeza, sino con una presión que rozaba el dolor.
-Escúchame bien -gruñó él, y ella pudo jurar que el aire a su alrededor vibraba-. Soy un hombre con responsabilidades que no podrías ni empezar a comprender. En dos días me caso con Selene. Ella es de mi mundo. Ella es mi igual. Tú... tú solo eres una humana que se acercó demasiado a la llama.
-¿Humana? ¿Por qué lo dices como si tú no lo fueras? -preguntó ella, con la voz quebrada por el miedo y la confusión.
Julian la soltó bruscamente, como si su contacto le quemara.
-Vete de Nueva York, Elena. No vuelvas a la empresa. Si te quedas, si intentas buscarme o usar lo de anoche para chantajearme, las consecuencias serán peores que perder un empleo. Hay fuerzas en esta ciudad que te devorarían viva solo por haber dormido en esta cama. Vete y no mires atrás. Es el único acto de misericordia que voy a tener contigo.
Seis semanas después.
El pequeño apartamento de Elena en Queens se sentía como una tumba. Había pasado un mes y medio sumergida en una neblina de depresión y náuseas que atribuía a su corazón roto. No había buscado trabajo; no podía. Cada vez que intentaba concentrarse, el recuerdo de la noche del eclipse la asaltaba: el rugido de Julian, la sombra de un lobo proyectada en la pared, la sensación de que algo dentro de ella había cambiado para siempre.
Pero esa mañana, el olor del pan tostado de su vecina la hizo correr al baño.
Se quedó allí, arrodillada en el suelo frío, jadeando. No era solo el estómago. Sus sentidos estaban extrañamente agudizados. Podía oír el tic-tac del reloj de la cocina desde el baño; podía oler el polvo en las esquinas, el perfume barato de la mujer que caminaba por el pasillo exterior.
Con manos temblorosas, abrió el cajón y sacó la prueba que había comprado por pura paranoia tres días atrás.
Esperó. Cada segundo se sentía como una eternidad.
Cuando aparecieron las dos líneas, no eran de un azul suave. Eran intensas, vibrantes. Elena sintió una sacudida eléctrica que le recorrió la columna vertebral. Se tocó el vientre. Estaba plano, pero su piel emitía un calor inusual, una temperatura que habría alarmado a cualquier médico.
-Oh, Dios mío -susurró, con lágrimas de terror resbalando por sus mejillas-. No es solo un bebé.
Recordó la advertencia de Julian sobre "su clase" y las "fuerzas que la devorarían". Si él la había echado para proteger su estatus, ¿qué le harían a ella si sabían que llevaba a su hijo? Peor aún, ¿qué le harían al niño si no era "puro" según sus leyes?
Un instinto primario, algo que no le pertenecía pero que ahora vivía en su sangre, le gritó que huyera. No podía ir a un hospital normal, no podía quedarse donde Julian pudiera rastrearla.
Elena se levantó con una determinación que nunca supo que poseía. Empacó lo esencial en una sola maleta. Dejó su teléfono sobre la mesa de la cocina, apagado. No se llevó el dinero que Julian le había transferido; no quería que ningún rastro digital la conectara con él.
Salió a la calle bajo la luz de una luna que empezaba a crecer. Mientras caminaba hacia la estación de autobuses, sintió un pequeño tirón en sus entrañas, como si el ser que crecía en ella le indicara el camino.
Lejos del cristal. Cerca del agua.
Esa noche, Elena desapareció de la faz de la tierra, dejando atrás a Julian Vane y convirtiéndose en la guardiana del secreto más peligroso de la jauría.