Capítulo 2

Mike salió del todoterreno y sus fosas nasales se impregnaron con el olor a aire de campo y estiércol de caballo. Había intentado llamar a Cougar mientras conducía, pero la sinuosa carretera que los llevaba lejos de la circunvalación de Washington D.C. hacía que la cobertura del móvil fuese intermitente. Además, el teléfono desechable que había comprado para la misión era una basura barata, que solo funcionaba cuando inclinaba la cabeza treinta grados hacia el sur.

Había llegado el momento de que Cougar, que había estado ausente sin permiso, se hiciera cargo, como estaba planeado.

Mirando al Durango, se aseguró de que la hija de Stanley siguiese dormida. La píldora que se había tomado antes la había dejado inconsciente, ahorrándole el estrés de escuchar su charla nerviosa. Si llegaba a su destino, podría entregársela a Cougar sin tener que mediar palabra.

No era nada personal, pero era el tipo de mujer que hacía difícil no sentir nada y no ser nada. Cuanto menos tiempo pasase con ella, mejor.

-Vamos -murmuró, deseando que Cougar contestara. Él lo había metido en este lío, y ahora no aparecía cuando lo necesitaba.

Después de insistir durante diez minutos, Cougar por fin respondió a su llamada.

-¿Dónde diablos estás? -gruñó aliviado-. Tengo el paquete. Dime dónde encontrarte y te lo entregaré.

-Cambio de planes, teniente.

Mike frunció el ceño ante el mensaje críptico. 

-¿Qué quieres decir?

-No puedo dejar a Carrie ahora mismo.

La esposa mayor de Cougar -y el motivo de su apodo-, tenía problemas de salud. Acababan de diagnosticarle cáncer de mama cuando Cougar se unió al equipo de Mike.

-«No puedo dejarla» -repitió Mike-.  ¿Qué significa eso?

-Estoy rodeado de personal de cuidados paliativos, no puedo guardar el paquete aquí.

Cuidados paliativos... Oh, Dios. Entonces, la esposa de Cougar se estaba... muriendo. 

-Maldita sea. -Mike sintió como si el suelo se hubiese movido-. Lo siento, hombre.

-Sí, yo también.

Sin saber qué más decir, escuchó la trabajosa respiración de Cougar. 

-¿Qué quieres que haga? -le preguntó por fin. Todavía tenían un problema mutuo con el que lidiar.

-Pops dijo que podías quedarte con el paquete -contestó Cougar.

-No. -La respuesta de Mike fue inmediata y visceral.

-Una vez que todo se calme, te llamará.

Mike notó un latido distintivo en sus sienes. 

-Negativo. Mi casa no es adecuada para ella. Tiene que haber otra manera -insistió, abandonando su lenguaje de códigos.

-¡Pues no la hay! -exclamó Cougar furioso-. Carrie va a morir, y nadie puede hacer nada al respecto.

-No estaba diciendo...

-Sé lo que estabas diciendo. ¿Por qué no piensas en alguien más que en ti mismo, bastardo egoísta?

El dolor se apoderó de Mike. Cougar no solo hablaba de su situación actual. Se refería al incidente de Yaqubai. Cerró los ojos y levantó una mano para masajearse la nuca. 

-No puedo llevarla a mi casa -reiteró.

-Vete a la mierda, teniente. ¿Quieres renunciar? Entonces llama al comandante y díselo tú mismo.

-No cuelgues...

El clic en el oído de Mike sonó como un disparo. Parpadeó y lanzó el teléfono barato desde el granero hacia un arbusto de bayas.

«¡Hijo de puta!».

Se pasó los dedos sobre las puntas plateadas de su pelo, miró a su Durango y puso una mueca de dolor. ¿Y ahora qué? No podía dejar a Kamila junto a una carretera rural. Pero llevarla a su refugio era impensable. El lugar era un basurero, aunque a él le bastaba. Quería recluirse, no un lugar de vacaciones en las montañas. Después de tres años en Afganistán, su cabaña fue un gran paso adelante. «Ojos azules», por otro lado, seguro que no había pasado por ninguna situación parecida en su vida.

Maldita sea, lo último que necesitaba era una hermosa e intocable mujer bajo sus alas. ¿Quedarme con ella? ¿En qué diablos estaba pensando Stanley?

Con el roce de una nariz húmeda, Kamila se despertó sobresaltada. Los acontecimientos de la mañana la golpearon en el acto. Su corazón se calmó al darse cuenta de que aún estaba a salvo en el Durango, estacionado junto a un viejo granero, a cierta distancia de una carretera rural. La brisa que flotaba a través de la ventana agrietada olía a heno. Terry se quejó, pidiendo que lo dejaran salir.

¿Dónde estaba Amer Len?

Se retorció en su asiento y miró frenética a su alrededor. Allí estaba él, de pie a la sombra del granero y mesándose el cabello. El alivio se transformó en incertidumbre al ver su rígida postura. Cada línea de su cuerpo densamente musculoso gritaba de frustración.

¿Por qué se habían detenido aquí, y por qué parecía tan enfadado? Habían llegado a salvo desde Silver Spring. Por lo que ella sabía, nadie los había seguido, pero él destilaba ira mientras se dirigía hacia el Durango con el ceño fruncido.

Kamila contuvo la respiración. Ahora no se parecía mucho al hombre que la había salvado. Cuando Mike abrió la puerta trasera, ella se encogió y agarró el collar de su perro.

-El perro necesita una caminata -dijo él con brevedad al verla despierta. A continuación, cogió la correa de Terry y tiró de ella.

-¿Qué hay de mí? -preguntó Kamila, deseando no parecer tan asustada.

-No te muevas -respondió Mike antes de dar un portazo.

«¿Que me quede aquí?», se preguntó Kamila. ¿Su perro podía estirar las piernas, y ella no?

No le quedó más remedio que esperar llena de ansiedad a que regresaran. Al cabo de unos minutos, Mike volvió a meter a Terry en la parte de atrás y luego ocupó su asiento. Mientras él se ponía el cinturón de seguridad, ella se armó de valor para preguntarle qué era lo siguiente.

Sin responder, Mike volvió a la carretera, conduciendo como si todos los sabuesos del infierno les persiguiesen.

-¿Adónde me llevas? -le preguntó de nuevo.

Él aferró el volante y continuó en silencio. A Kamila se le secó la boca.

-No me has explicado por qué te envió mi padre -insistió.

-Ahora no -gruñó Mike.

Kamila comenzó a divagar. Tal vez no trabajaba para su padre. Tal vez él había escuchado por casualidad la historia de Lancaster y eso le servía como medio para hacer que ella colaborara. ¡Tal vez estaba aliado con los terroristas!

Él pudo haber sido quien envió la bomba a la casa segura, obligándola a huir por la parte de atrás. Tenía sentido, ¿no? Y ahora la llevaba a un lugar remoto para cortarle la cabeza.

¡Oh, Dios mío! Kamila miró por la ventana, y evaluó sus posibilidades de supervivencia si saltaba a esa velocidad.

-Relájate -dijo Mike de repente-. Voy a llevarte a un lugar donde estarás a salvo. Eso es todo lo que necesitas saber.

«Oh, ¿en serio?». Ella miró su nuca desde la parte trasera, aliviada pero furiosa. ¿Quién era él para decirle lo que necesitaba saber?

Mike inclinó el espejo retrovisor. Cuando sus miradas se cruzaron, el estómago de Kamila se revolvió. El recuerdo de cómo se había mostrado de firme y masculino en el cobertizo, la recorrió con un escalofrío de conciencia. Si había cualquier clase de lucha física, estaría totalmente indefensa.

Kamila se recostó hacia el otro lado de su asiento, lejos de la trayectoria de su mirada, y agarró el cuello de Terry con fuerza. Había pasado de un estado de peligro a otro aún mayor. ¿En qué estaba pensando su padre?

El agente Kurt colgó el teléfono con una sonrisa satisfecha.

-El Washington Post dice que la Hermandad del Islam se ha atribuido el mérito del atentado.

-Justo como esperábamos -contestó Hebert. Había regresado de la tienda de UPS con un albarán, dinero en efectivo dentro de una bolsa de plástico, y una copia de la cinta de vigilancia. Además, también había conseguido un nuevo par de gafas.

Para Michael, las noticias no eran una sorpresa. El ataque a la hija de McClellan había supuesto un ambicioso paso adelante, comparado con la detonación de explosivos C-4 en un cubo de basura junto al Monumento a Washington, que la Hermandad había hecho el año pasado, sin herir a nadie.

-¿Por qué no nos advirtió nuestro agente? -preguntó Michael. Desde el incidente del C-4, el FBI había seguido de cerca a la Hermandad, reclutando a un miembro activo para que fuera sus ojos y oídos.

-Mustafá dice que no hablaron del atentado a través de ninguna línea -respondió Kurt.

-Entonces, ¿cómo pudieron coordinarlo?

-Si lo supiera, Michael, ya habría hecho algún arresto -declaró enfadado su supervisor. 

Kurt miró a los monitores que tenían enfrente. 

-¡Maldita sea, nos estamos perdiendo algo!

Quienquiera que hubiese enviado la bomba, debió de haber estado a trescientos metros de la casa segura para detonarla, e incluso tuvo que acercarse aún más para estudiar la seguridad del edificio. En algún momento, su imagen habría sido captada por las cámaras, siempre y cuando pudieran distinguirlo de los vecinos o transeúntes.

Pero en las últimas cuarenta y ocho horas, no habían conseguido estrechar su búsqueda. 

-Sigan revisando -ordenó Kurt.

Repasaron setenta y dos horas de filmación, aunque no encontraron nada fuera de lo común, solo vecinos que se movían en su rutina diaria, la misma que ya había presenciado en directo durante dos semanas. De hecho, la única persona aparte de ellos y el hombre de UPS que había estado a menos de cinco metros de la casa segura, era Pedro, el encargado del mantenimiento de la urbanización.

Michael recordó haberlo visto mientras esparcía mantillo alrededor de cada uno de los edificios. La misma pregunta que se hizo entonces, le vino de nuevo a la cabeza.

 -¿Por qué la gorra de béisbol?

Kurt se lanzó hacia el monitor de Michael. Conmutó las teclas y enfocó la cara de Pedro. Este miraba discretamente a la cámara. La visera ocultaba sus ojos, pero enseguida se dieron cuenta de que no se trataba del jardinero.

-¡Te tengo, hijo de puta! -exclamó Kurt, congelando la imagen del hombre-. Michael, ve a ver si puedes encontrar a Pedro en su cobertizo, y tráelo aquí para interrogarlo.

-Sí, señor. -Michael salió rodando de su asiento y se dirigió con rapidez hacia la salida. Tenía la corazonada de que Pedro era historia.

Capítulo 3

Mike giró entre los pilares que flanqueaban la entrada de su casa, y silenció su reloj cuando este señaló su intrusión. Una mirada por encima de su hombro le reveló que Kamila McClellan había sucumbido al agotamiento. Ella yacía en una postura desgarbada, tumbada sobre el asiento detrás de él. Su cinturón de seguridad parecía que la estaba estrangulando.

Durante la última media hora, la había visto luchar contra los efectos de la droga que había tomado. Era obvio que quería permanecer despierta, probablemente, creía que era víctima de un secuestro. Aunque él admiraba su tenacidad, el hecho de que ella se hubiera tragado esa píldora le preocupaba mucho.

Sería su culpa que la hija de Stanley se convirtiera en una abusadora de píldoras recetadas. Pero él tenía una tolerancia cero a las drogas, así que iba a hacer que su estancia en su cabaña fuera una pesadilla. Se estremeció al imaginarla en medio de un delirium tremens. Demonios, tenerla en su casa iba a ser un problema. Una chica que tomaba pastillas no se lo pensaría dos veces antes de acusarlo de algo que no había hecho.

¿Y a quién iba a creer Stanley?

Dios, ¿cómo se había metido en este problema? Se había escondido en Overlook Mountain por una razón: para mantenerse lejos de todo el mundo. Habría sido mejor que lo dejaran en paz.

Con un golpe impaciente en los frenos, cambió la tracción de dos ruedas a cuatro.

-Despierta -la llamó.

Mike echó la vista atrás y comprobó que todavía estaba inconsciente, con la cabeza laxa. Tenía garantizado un buen dolor de cuello.

-Hola. -Pasó la mano por encima del asiento y le sacudió ligeramente la rodilla, sin dejar de observar con cautela al perro, que parecía ser un cruce de pastor alemán-. Despierta -repitió, esta vez en tono más suave.

Ella se despertó con un grito de asombro, gimió y se llevó las manos al cuello.

-Hemos llegado -anunció él, escueto, abordando la empinada pista de grava hasta su cabaña.

Su palidez y sus ojos abiertos como platos le confirmaron que ya no lo tomaba por ningún caballero de brillante armadura. Sabía que debía explicarle en qué había quedado su plan original con Cougar, pero no deseaba hacerlo. No quería pensar en las implicaciones de tener que compartir su espacio con ella.

Nunca había aceptado ser una niñera. Diablos, nunca le habría hecho el favor a Stanley de haber sabido que tendría que traer a la mujer con él.

Los chicos de su equipo iban a reírse bastante.

Su decisión de dejar la guerra y abandonar a sus compañeros de equipo había dado un giro de ciento ochenta grados. Ahora mismo, el karma lo tenía agarrado de las pelotas y no iba a soltarlo tan fácilmente.

Kamila miró alterada por la ventanilla. Se había dormido de nuevo, y no tenía ni idea de dónde estaba, pero era seguro que aquello no se parecía a las Montañas Blue Ridge. Por el camino había visto señales de Skyline Drive y de un centro de esquí, aunque no podría fijar su ubicación en un mapa si necesitaba salvar su vida.

Le rezó a Dios para que no tuviera que hacerlo.

Mike conducía por una carretera a la que solo un vehículo de tracción a las cuatro ruedas podía acceder. A través del ligero follaje a su izquierda, divisó un claro arroyo que caía sobre un lecho rocoso. A su derecha, una abrupta quebrada daba paso a un valle verde brillante, salpicado de pequeñas granjas y rodeado por montañas de tonalidades azules. En otras circunstancias, habría disfrutado del paisaje, pero ahora, este se le antojaba amenazante y perturbador.

Abrió la boca para despejar la presión que se acumulaba en sus oídos. Tenía la lengua como si hubiera sido frotada con algodón. Necesitaba un baño y un vaso de agua, en ese orden, pero ignoraba si Amer Len iba a proporcionarle alguno de los dos.

Después de tomar una curva sobre el precipicio, llegaron a un terreno llano, donde se detuvieron.

Justo delante de ellos había una cabaña rústica bajo la sombra de un gran roble. Una pila de troncos y un balde de lata oxidado llenaban el patio. La floración de la forsitia y el cerezo añadían color a la escena, que de otro modo sería deprimente. ¿Esto es todo?

Cuando él apagó el motor y fue a sacar al perro, ella empujó desde el asiento trasero y descubrió que sus piernas se negaron a sostenerla. Aferrada a la puerta, esperó a que desapareciese la inesperada debilidad.

Terry se metió en el patio, encontró un lecho de ranúnculos amarillos y empezó a rodar sobre él. Por lo que a él respectaba, habían llegado al cielo.

-¿Vienes? -le preguntó Mike mientras se dirigía hacia la casa.

Kamila agarró su bolso. Salió de la camioneta y cerró la puerta, a la espera de que sus piernas la llevaran hacia el porche de la propiedad. «Por favor, Dios, que haya agua corriente».

Mike se quedó de pie junto a la entrada, observando su progreso con los ojos entrecerrados. Cuando ella llegó al umbral, él abrió la puerta con un empujón. 

-No esperaba compañía -admitió.

Kamila se agarró a la barandilla del porche para apoyarse.

-Entonces, ¿por qué estoy aquí? -No era por criticar la decisión de su padre, pero Mike era tan acogedor como un verdugo, y este lugar se encontraba un poco remoto para su gusto.

-Me he estado haciendo la misma pregunta -le respondió él con sequedad. Luego, movió la cabeza para indicarle que entrase.

Kamila llamó a su perro. No iba a aventurarse en esa oscuridad ella sola. 

La vivienda era deplorablemente primitiva, sin una pizca del encanto rústico para el que tenía el potencial. El mobiliario era anticuado, un juego de sofás marrones, una mesa de café de madera cruda y una estufa de leña ocupaban la mayor parte de la sala. Había una mesa junto a la ventana delantera, flanqueada por sillas con respaldo de listones. Alineados en la pared del fondo, algunos armarios y unos pocos electrodomésticos viejos creaban lo que se suponía que sería una cocina.

Bienvenidos a las montañas.

Sin embargo, tuvo que admitir que el lugar no podía estar más limpio. Cada superficie aparecía perfectamente ordenada, sin una mota de polvo a la vista. Incluso el desgastado suelo de madera reflejaba un brillo apagado. Se sintió lo bastante segura como para liberar a su perro.

-Dormirás arriba -le dijo Mike-. El baño está al fondo.

Kamila dedujo  que la puerta cerrada junto a la que estaba parado conducía a su dormitorio. A través de una hoja de madera entornada vio los paneles blancos del aseo, y se dirigió hacia él con alivio.

-No hay televisión -explicó Mike, obligándola a detenerse-. Tampoco hay radio, solo libros. Así que, si esperas entretenimiento, has venido al lugar equivocado -agregó de forma innecesaria.

Ella se puso rígida y lo miró fijamente. Guau. Dos frases enteras esta vez. 

-Yo no he venido aquí -le recordó-. Tú me trajiste, ¿recuerdas?

Con una expresión hosca, Mike subió de dos en dos los escalones que tenían enfrente. Kamila supuso que debía seguirlo. ¡Maldita sea!

Tratando de contener su vejiga, caminó detrás de él hasta que llegaron a una puerta baja al final de las escaleras. Cuando él la abrió, Kamila descubrió lo que parecía ser la antigua buhardilla, ahora convertida en un espacio extra para dormir. La pintura descascarillada, el techo inclinado y la ventana daban a la habitación un aspecto extravagante. Sin duda, el colchón y el somier estaban allí desde la construcción de la cabaña, décadas antes. A la cómoda le faltaban dos cajones.

-Es bastante básico. -El disgusto en la voz de Mike le hizo parecer menos cruel.

-Está bien -le aseguró ella. Había visto cosas peores cuando vivía en el extranjero.

-Haré la cama mientras vas al baño -le ofreció, dejándola libre por fin.

Kamila bajó con desconfianza la planta inferior, debido a la ausencia de una barandilla y la debilidad en sus piernas. Justo en la mitad de la escalera, sus rodillas se negaron a sostenerla, por lo que tuvo que descender sentada, igual que en la casa segura, solo que los peldaños de madera de Mike eran más resbaladizos... y mucho más duros.

Antes del último escalón, el bolso se deslizó de su hombro y todo su contenido se desparramó por el suelo, incluido su frasco de pastillas, que rodó hasta la puerta.

Con un gimoteo de humildad, Kamila se palpó el trasero para comprobar si se había roto el coxis. Por cualquier milagro, no se había meado en los pantalones. Era consciente de que Mike había ido tras ella. Él cayó en cuclillas a sus pies y le cogió la barbilla entre el pulgar y el índice.

-¿Te has hecho daño? -le preguntó, inclinando su cabeza para poder ver su cara.

Su toque hizo que los nervios la estrangulasen. 

-No. -Ella sacudió su barbilla y se liberó de su cálido agarre. Ignoró su mano extendida y se levantó por sus propios medios. Enseguida se dispuso a reunir todas sus cosas y guardarlas en su bolso, como el tampón con el envoltorio desgastado y sus píldoras. Pasó junto a su anfitrión sin decir palabra, y huyó hacia el baño con la cara roja como un tomate.

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