Dos semanas después, la locura por el "romance caducado" no había disminuido. De hecho, se había intensificado, culminando en la noche de los Premios Fénix, la ceremonia más importante del cine y la televisión en México.
Estaba sentada en la tercera fila, con un vestido elegante y una sonrisa ensayada. A mi lado, mi agente sudaba frío. El tema principal en todas las redes sociales era si habría un "reencuentro del siglo" entre Mateo y yo esa noche.
Mateo estaba nominado a Mejor Actor. Yo estaba nominada a Mejor Actriz Revelación. El destino, o quizás los productores del evento, nos habían colocado en una situación imposible.
El primer gran momento de la noche llegó pronto. Mateo ganó.
Subió al escenario, luciendo impecable en su esmoquin. Agradeció al director, a sus padres, y luego sonrió a la cámara.
"Y por supuesto, a mi increíble novia, Carolina, por su apoyo incondicional. Eres mi inspiración".
La cámara enfocó a Carolina, sentada en la primera fila. Ella le lanzó un beso, una sonrisa triunfante en su rostro. Era una actriz conocida, pero su fama se había disparado desde que comenzó a salir con Mateo. Se había convertido en su rival tanto profesional como personalmente.
Sentí una punzada de algo antiguo y feo, pero lo aparté. Ya no me importaba.
Pero el presentador no iba a dejarlo pasar.
"Felicidades, Mateo. Hablando de inspiración, internet ha estado ardiendo con un video muy tierno de tus inicios. ¿Podemos verlo?".
Antes de que Mateo pudiera protestar, el video casero apareció en las pantallas gigantes del teatro. Mi yo de veintitrés años, sonriendo enamorada. Su yo de veintitrés años, haciendo promesas que nunca cumpliría.
El público soltó un "awww" colectivo.
La sonrisa de Mateo se tensó. El presentador se acercó a él, micrófono en mano.
"Una verdadera cápsula del tiempo. ¿Qué sientes al ver esto, Mateo?".
Él se rio, una risa forzada y condescendiente.
"Ah, eso. Éramos solo unos niños jugando a ser adultos. Un amor de juventud, ya sabes. Lindo, pero insignificante".
"Insignificante".
La palabra resonó en el auditorio y en mi cabeza. Todo ese amor, toda esa devoción, todo ese apoyo incondicional que le di cuando no era nadie, era "insignificante". Sentí las miradas de todos sobre mí. Mantuve mi expresión neutral, una máscara de serenidad que había perfeccionado durante años.
La ceremonia continuó. Varias categorías pasaron. Y entonces, llegó la mía.
"Y la ganadora del Premio Fénix a Mejor Actriz Revelación es..."
Hubo una pausa dramática.
"...¡Sofía!".
Mi corazón se detuvo. Mi agente me sacudió el brazo, gritando de alegría. Me levanté, mis piernas temblaban. Mientras caminaba hacia el escenario, todo se sentía irreal. Este era el sueño por el que había luchado, por el que había llorado, por el que me habían humillado.
Y se estaba haciendo realidad en la noche más extraña de mi vida.
Lágrimas llenaron mis ojos mientras aceptaba el pesado trofeo. Di un discurso breve, agradeciendo a las personas que realmente me habían apoyado, a mi equipo, a mi familia.
"Y a mi esposo", dije, mi voz quebrándose ligeramente, "por creer en mí cuando yo misma había dejado de hacerlo".
El público aplaudió, ajeno a la bomba que acababa de soltar.
Cuando me di la vuelta para irme, me topé con la última persona que quería ver. El presentador del premio era Mateo.
Se paró frente a mí, con una sonrisa falsa y los ojos fríos.
"Felicidades, Sofía", dijo, su voz apenas un murmullo.
Extendió la mano, no para estrechar la mía, sino para tocar mi brazo, un gesto posesivo y condescendiente para las cámaras.
Instintivamente, me aparté.
Un movimiento brusco, inequívoco.
"No me toques", dije, mi voz baja pero firme, audible solo para él.
Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una incredulidad furiosa. El momento fue capturado por docenas de cámaras. El público en casa seguramente estaba analizando cada fotograma.
Pasé a su lado sin una segunda mirada y bajé del escenario, con mi premio en una mano y mi dignidad en la otra. El aplauso sonaba distante. Lo único que podía sentir era el ardor de la humillación pasada y la fría satisfacción de mi pequeño acto de rebelión.
Internet, por supuesto, explotó de nuevo. Pero esta vez, las opiniones estaban divididas. La guerra acababa de empezar.