Capítulo 2

Los pies de Sienna Moore latían con un dolor sordo y rítmico, una queja silenciosa tras acumular doce horas seguidas de pie con unos zapatos negros de suela barata. El aire en el interior del Oak Creek Country Club estaba viciado, espeso con el olor a pollo asado, salsa de champiñones de lata y la cera abrillantadora que el personal de limpieza aplicaba a los suelos de madera desgastada.

Sienna, con su uniforme de gerente de sala impecablemente planchado aunque descolorido por los lavados, se frotó la sien derecha. La jaqueca amenazaba con instalarse detrás de sus ojos, pero se obligó a sonreír mientras le indicaba a uno de los camareros adolescentes que recogiera las copas rotas de la mesa cuatro.

-Casi terminamos, Sienna -le susurró Martha, la jefa de cocina, pasándole un pequeño plato con un trozo de pastel de chocolate a escondidas-. Llévale esto a tu pequeña. Ha sido un ángel toda la tarde.

La sonrisa de Sienna, esta vez, fue genuina, alcanzando sus ojos oscuros y borrando por un instante el cansancio de su rostro.

-Gracias, Martha. Eres un salvavidas.

Mila. Su ancla, su luz, su razón para respirar cada mañana cuando el peso del mundo amenazaba con aplastarla. Sienna tomó el plato y se dirigió hacia la pequeña sala de descanso del personal, ubicada al final de un pasillo lúgubre que conectaba la cocina con los baños de los salones privados.

Mientras caminaba, su mente comenzó a hacer los cálculos habituales, una rutina aritmética de supervivencia. Si lograba hacer horas extras este fin de semana en el banquete de bodas, podría pagar la reparación del calentador de agua antes de que llegara el invierno y, con suerte, le sobraría lo suficiente para comprarle a Mila ese estuche de colores profesionales que no paraba de mirar en el escaparate de la papelería. El quinto cumpleaños de su hija estaba a la vuelta de la esquina. Cinco años.

Sienna tragó saliva, sintiendo un nudo familiar en la garganta. Cinco años desde que su vida se había partido en dos. Cinco años desde que había sido una joven e ingenua pasante en Nueva York, llena de sueños y ambiciones corporativas, hasta que chocó contra el muro de hielo y fuego que era Nikolai Volkov.

No pienses en él, se regañó a sí misma con dureza. Era una regla de oro. Pensar en Nikolai era abrir una puerta a un abismo de dolor que no se podía permitir. El recuerdo de esa semana de pasión devoradora en su ático, la forma en que sus grandes manos la habían tocado como si fuera lo más preciado del mundo, y luego... la brutal y gélida caída.

El doloroso recuerdo de las llamadas sin respuesta. El pánico al ver las dos líneas rosadas en la prueba de embarazo. Y, finalmente, la humillación aplastante cuando logró comunicarse con la oficina privada de presidencia, solo para que la secretaria personal de Nikolai, una mujer con voz de víbora llamada Elena, la destrozara: "El señor Volkov no tiene interés en su patético intento de extorsión, señorita Moore. Mujeres como usted sobran en su cama. Si vuelve a llamar, si intenta acercarse a él con este cuento del embarazo, nuestros abogados se encargarán de arruinar su vida hasta que no le quede nada. Desaparezca".

Y Sienna lo había hecho. Aterrorizada por el poder de un multimillonario ruso y su séquito de destructores legales, había vaciado su pequeña cuenta de ahorros, había cambiado de número, se había mudado a tres estados de distancia y había enterrado su pasado para convertirse simplemente en la "mamá de Mila". Había construido una trinchera inexpugnable alrededor de su hija.

Al llegar a la sala de descanso, empujó la puerta con la cadera.

-Cariño, mira lo que Martha te ha... -Las palabras murieron en sus labios.

La pequeña mesa plegable estaba cubierta de crayones, pero la silla estaba vacía.

Un escalofrío de alarma, frío y punzante, le recorrió la espina dorsal. Mila era una niña obediente, pero también increíblemente curiosa y audaz. A veces, las reglas de "no salir del cuarto" se perdían ante la tentación de explorar.

-¿Mila? -llamó, dejando el plato sobre la mesa y saliendo de nuevo al pasillo.

Miró hacia la cocina. Nadie la había visto. El pánico maternal, ese instinto primitivo y abrumador, comenzó a bombear adrenalina en su sangre. Aceleró el paso, sus tacones bajos repicando contra la alfombra raída del pasillo lateral. Quizás había ido al baño. Sí, tenía que ser eso.

Agarró una bandeja de plata vacía que algún camarero descuidado había dejado sobre una mesa auxiliar y se dirigió hacia los baños de la zona VIP. El pasillo estaba en penumbra. A medida que se acercaba, escuchó la vocecita inconfundible de su hija.

-Ten más cuidado, señor gigante. Casi me aplastas.

Sienna suspiró, aliviada de escucharla sana y salva, aunque mortificada por la falta de tacto de su pequeña de cuatro años.

-¡Mila! -exclamó Sienna, apresurando el paso y doblando la esquina-. ¡Por el amor de Dios, Mila, te he dicho que no salgas corriendo así del baño!

Estaba dispuesta a disculparse profusamente con el cliente, a hacer una reverencia si era necesario para no perder su empleo. Pero entonces, sus ojos se alzaron desde la pequeña figura de su hija hacia el hombre que se erguía frente a ella.

El tiempo se detuvo. El oxígeno desapareció del pasillo como si hubieran abierto una escotilla al vacío del espacio.

La bandeja de plata resbaló de sus manos temblorosas. El impacto contra el suelo de madera resonó con un estruendo ensordecedor, un platillo que anunciaba el fin de su mundo pacífico.

Clang.

Sienna dejó de respirar. Sus rodillas amenazaron con ceder, convirtiéndose en agua.

Allí estaba él.

Nikolai Volkov.

No era un holograma, no era un fantasma producto de sus pesadillas. Era real, inmenso, aterradoramente tangible. Su traje a medida envolvía sus anchos hombros como una armadura oscura, y su postura irradiaba una autoridad tan absoluta que hacía que las paredes del pasillo parecieran encogerse a su alrededor. Estaba más imponente que en sus recuerdos, los ángulos de su rostro tallados con mayor dureza, desprovistos de cualquier rastro de la suavidad que ella alguna vez creyó ver en la oscuridad de su habitación en Nueva York.

Y él la estaba mirando.

Los ojos azul hielo, esos mismos ojos que ella veía cada mañana en el rostro de su propia hija, estaban clavados en ella. Durante un microsegundo, Sienna vio la conmoción en el rostro del magnate. Vio cómo las piezas del rompecabezas encajaban en su mente letal. Vio cómo su mirada descendía hacia Mila y luego volvía a ella, y en ese instante, la conmoción fue reemplazada por algo infinitamente peor.

Furia. Una furia pura, fría y calculada.

El instinto de supervivencia, afilado por cinco años de miedo, se apoderó del cuerpo paralizado de Sienna.

-¿Sienna? -La voz de Nikolai fue un trueno bajo y ronco, pronunciando su nombre como si fuera una maldición, un sonido que hizo temblar hasta los cimientos del edificio.

Sienna no respondió. No podía articular palabra. El terror la empujó hacia adelante. En dos zancadas desesperadas, se interpuso entre Nikolai y su hija. Se agachó en un movimiento fluido, agarró a Mila por la cintura y la levantó en brazos, apretándola contra su pecho con una fuerza feroz.

-¡Mami, me aplastas! -se quejó la pequeña, confundida.

Sienna no la escuchó. No apartó la vista de Nikolai. Era como mirar a los ojos a un lobo siberiano a punto de saltar sobre su presa. El hombre que la había desechado como basura, el hombre cuya gente la había amenazado con destruirla, ahora estaba a un metro de distancia, mirando a la hija que le habían prohibido confesar.

No te la llevarás. No te atrevas a mirar atrás. ¡Corre!

-Nos vamos -logró jadear Sienna, su voz temblando con un terror apenas contenido.

No esperó a ver la reacción de él. No le dio la oportunidad de extender una de esas manos gigantescas. Giró sobre sus talones, abrazando a Mila como si fuera su propio corazón latiendo fuera de su pecho, y corrió.

Corrió como si el mismísimo diablo le pisara los talones. Atravesó la puerta batiente de la cocina empujándola con la espalda, ignorando el grito de sorpresa de Martha y los camareros.

-¡Sienna! ¿Qué pasa? -gritó alguien.

Ella no respondió. Salió por la puerta trasera de emergencias, empujando la barra antipánico de hierro. El aire helado de la noche de otoño la golpeó en el rostro, quemándole los pulmones. Atravesó el estacionamiento de grava, sus zapatos baratos resbalando, casi tropezando, pero el miedo a lo que venía detrás de ella le daba una fuerza sobrehumana.

Llegó a su viejo y oxidado Honda Civic. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo encajar la llave en la cerradura. Abrió la puerta trasera, metió a Mila en su silla de seguridad con manos torpes pero rápidas, abrochó el cinturón sin importarle las protestas de la niña, cerró de un portazo y saltó al asiento del conductor.

Activó los seguros de inmediato. Clic. Encendió el motor, que tosió antes de rugir débilmente. Sienna pisó el acelerador, las llantas derraparon sobre la grava y el coche salió disparado hacia la carretera secundaria que alejaba del club.

Con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el esternón, Sienna miró por el espejo retrovisor. La oscuridad de la noche devoraba el estacionamiento del club, y por un segundo, creyó ver la figura alta y oscura de un hombre saliendo por las puertas traseras, deteniéndose bajo la luz parpadeante de una farola.

Las lágrimas finalmente desbordaron de sus ojos, nublándole la vista.

Había huido. Había escapado del club. Pero mientras agarraba el volante con los nudillos blancos, Sienna Moore supo una verdad aterradora y absoluta, una certeza que le heló la sangre.

Podía conducir hasta el fin del mundo, pero el fantasma de Nikolai Volkov había regresado. Y esta vez, no iba a dejarla escapar. La cacería acababa de empezar.

Capítulo 3

El penthouse de la última planta del único hotel de lujo a cincuenta kilómetros a la redonda parecía demasiado pequeño para contener la furia volcánica de Nikolai Volkov.

Caminaba de un extremo a otro de la amplia sala de estar, como un depredador enjaulado. Afuera, la madrugada de Oak Creek seguía sumida en una oscuridad absoluta, pero dentro de la suite, la luz artificial de las lámparas de diseño iluminaba un rostro esculpido en piedra y furia. Se había quitado la chaqueta del traje y la corbata, y tenía las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando antebrazos tensos donde las venas palpitaban con cada latido de su corazón.

No había dormido. No había comido. Desde el instante en que Sienna Moore había huido de aquel pasillo oscuro con su hija en brazos, el reloj de arena de la paciencia de Nikolai se había hecho añicos.

La puerta de la suite se abrió con un suave clic, y Yuri, su jefe de seguridad y sombra personal, entró en la habitación. El exmilitar ruso, un hombre del tamaño de un armario que rara vez mostraba emociones, llevaba una gruesa carpeta de cuero negro en las manos.

-Lo tengo todo, señor -dijo Yuri, su voz grave resonando en el silencio sepulcral de la habitación. Caminó hasta la mesa de cristal del centro y dejó caer la carpeta con un golpe sordo-. Ha tomado menos de seis horas. No es difícil rastrear a alguien que no tiene los medios para ser invisible.

Nikolai se detuvo en seco. Sus ojos, dos fragmentos de hielo siberiano, se clavaron en el documento. Se acercó lentamente, como si la carpeta estuviera llena de veneno, y la abrió.

Las primeras páginas eran un golpe brutal a su ego y a su lógica. Fotografías de Sienna entrando a un modesto supermercado, fotografías de la niña -su niña- jugando en un parque público con columpios oxidados. Registros bancarios. Facturas atrasadas. Trabajos mediocres: cajera, camarera, y ahora gerente de un club de campo de tercera categoría.

Nikolai pasó las hojas con dedos rígidos, su mente financiera procesando los números. Sienna vivía al borde del abismo económico todos los meses.

-No lo entiendo -murmuró Nikolai, su voz rasposa por la falta de uso en las últimas horas-. ¿Por qué vivir así? Si su objetivo era mi dinero, si era la clásica sanguijuela corporativa que mi secretaria describió, ¿por qué no apareció en mi puerta con la prensa hace cuatro años?

Yuri guardó silencio. Su trabajo no era teorizar sobre la psicología humana, sino entregar hechos. Y el hecho más devastador estaba en la última página.

Nikolai la sacó. Era una copia certificada de un acta de nacimiento del estado. Sus ojos escanearon las líneas con rapidez letal hasta detenerse en el centro de la página.

Nombre del menor: Mila Moore.

Fecha de nacimiento: 14 de mayo. Madre: Sienna Moore.

Padre: Un espacio en blanco. Una línea vacía e insultante.

El cristal del vaso de whisky que Nikolai sostenía en su mano izquierda estalló en pedazos. El sonido del cristal roto y el líquido ambarino salpicando la costosa alfombra hizo que Yuri diera un paso adelante, pero Nikolai levantó una mano manchada de sangre para detenerlo. No sentía el corte en su palma. Solo sentía el fuego abrasador de la traición quemándole las entrañas.

Desconocido. Había sido borrado de la existencia de su propia sangre.

-Es una estratega -siseó Nikolai, arrojando el documento manchado sobre la mesa, convenciendo a su propia mente herida de la peor versión posible de la historia-. Es mucho más calculadora de lo que creía. Sabía que si me presentaba un bebé recién nacido, yo dudaría. Pediría pruebas, exigiría un control total. Pero esperar cuatro años... Esperar a que la niña creciera, a que fuera mi copia exacta para que ningún juez en este país pudiera negar la paternidad... Es el chantaje perfecto. Quería asegurarse de que el precio por mi hija fuera astronómico.

Nikolai agarró una toalla del minibar, se envolvió la mano sangrante y miró a Yuri con una frialdad que congelaría el infierno.

-Prepara los coches. Vamos a hacerle una visita.

Eran las seis y media de la mañana cuando un convoy de tres SUV Mercedes-Benz negras, tintadas y blindadas, rompió el silencio de un modesto vecindario de casas adosadas en las afueras de Oak Creek. El contraste entre los vehículos multimillonarios y las aceras agrietadas, los céspedes mal cuidados y los buzones oxidados era obsceno.

El vehículo central se detuvo frente a la casa número 42. La pintura blanca de la fachada se estaba pelando y el techo necesitaba reparaciones urgentes. Nikolai bajó del coche antes de que su chófer pudiera abrirle la puerta. El aire gélido del amanecer le golpeó el rostro, pero no hizo nada para enfriar su ira. Llevaba un abrigo negro de cachemira sobre su camisa blanca, luciendo como un verdugo a punto de ejecutar una sentencia.

Caminó por el estrecho sendero de cemento, ignorando un triciclo de plástico rosa abandonado en el jardín delantero. El simple hecho de ver el juguete le provocó una punzada de dolor físico en el pecho. Cuatro años de cumpleaños perdidos. Cuatro años de primeros pasos, primeras palabras, todo robado por la avaricia de una mujer.

No se molestó en buscar un timbre. Nikolai levantó su puño y golpeó la puerta de madera delgada con tres golpes secos y autoritarios que resonaron como disparos en la quietud de la mañana.

Pasaron diez segundos interminables. Luego, el sonido de varios cerrojos destrabándose con torpeza.

La puerta se abrió unos centímetros, retenida por una frágil cadena de seguridad. El rostro de Sienna apareció en la rendija. Estaba pálida como un fantasma, con ojeras oscuras bajo sus ojos marrones y el cabello recogido en un moño desordenado. Llevaba una bata de algodón gastada. Al ver a Nikolai llenando el marco de su puerta, flanqueado por dos hombres armados en la acera, el terror absoluto distorsionó sus facciones.

Intentó cerrar la puerta de golpe, pero Nikolai fue más rápido. Su bota de cuero italiano se interpuso en el umbral, bloqueando el movimiento con la fuerza de un muro de carga.

-Abre la puerta, Sienna -ordenó, su voz bajando una octava, suave pero letalmente peligrosa-. O haré que mis hombres la echen abajo y despertaremos a tu hija. Tú decides.

Sienna dejó escapar un sollozo ahogado. Sus manos temblaban violentamente cuando desenganchó la cadena. Nikolai empujó la puerta y entró, obligándola a retroceder hasta el centro de su minúsculo salón.

El lugar olía a vainilla barata y a café recién hecho. Había dibujos infantiles pegados con cinta adhesiva en las paredes desconchadas y mantas dobladas sobre un sofá de segunda mano. Nikolai lo escrutó todo con desdén antes de clavar su mirada en la mujer que temblaba frente a él.

-¿Qué quieres? -susurró Sienna, abrazándose a sí misma protectoramente. Sus ojos viajaban frenéticamente de él a la puerta cerrada-. ¡No tienes derecho a estar aquí! ¡Vete!

-¿Derecho? -Nikolai soltó una carcajada amarga, carente de cualquier atisbo de humor. Metió la mano izquierda en su abrigo y sacó el acta de nacimiento arrugada, arrojándola a los pies de ella-. ¿Hablas de derechos, Sienna? Explícame esto. Padre desconocido.

Sienna miró el papel en el suelo, pero no lo recogió. Levantó la barbilla, intentando invocar una valentía que claramente no sentía.

-Es la verdad. El padre de Mila no existe en nuestras vidas.

En un movimiento tan rápido que ella no pudo esquivarlo, Nikolai acortó la distancia entre ambos. No la tocó, pero se inclinó sobre ella, su enorme estatura acorralándola psicológicamente. Sienna tuvo que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

-¡Me robaste a mi hija! -rugió Nikolai, su control finalmente fracturándose. Las paredes de la pequeña casa parecieron temblar-. ¡Me quitaste cuatro años de su vida! ¿Cuál era tu plan maestro, maldita sea? ¿Esconderte hasta que estuvieras desesperada? ¿Esperar a que ella fuera lo suficientemente grande para que yo no pudiera negar que es una Volkov, y así asegurar que el cheque de tu extorsión tuviera más ceros? ¡Dímelo!

El impacto de las acusaciones pareció golpear a Sienna físicamente. Sus ojos se abrieron de par en par, la confusión y la estupefacción desplazando temporalmente al miedo.

-¿Extorsión? -repitió, su voz temblando por la incredulidad antes de transformarse en una furia materna candente-. ¿De qué demonios estás hablando? ¡Tú me ignoraste! ¡Tú me desechaste!

-¡No te atrevas a mentirme! -bramó Nikolai, señalándola con un dedo acusador-. ¡Desapareciste el mismo día que vaciaste tu cuenta bancaria! Tomaste el dinero que te pagaba mi empresa y huiste como la cazafortunas cobarde que eres.

-¡No me fui por tu estúpido dinero! -Sienna gritó de vuelta, las lágrimas finalmente derramándose por sus mejillas. El dolor de hace cinco años estalló en su pecho como una granada-. ¡Traté de decírtelo! Cuando descubrí que estaba embarazada, llamé a tu oficina privada docenas de veces. ¡Supliqué hablar contigo!

Nikolai la miró con asco, negando con la cabeza.

-Es una mentira patética. Nadie bloquea una llamada para mí si es importante. Yo controlo todo en mi mundo, Sienna.

-¡Pues entonces no te importó! -sollozó ella, golpeando el pecho de Nikolai con ambas manos. Fue como golpear una pared de ladrillos, él ni siquiera se inmutó-. ¡Tu secretaria me lo dejó muy claro! Elena me llamó. Me dijo que eras consciente de mi "patético intento de embarazo" y que si me acercaba a ti, tus abogados me destruirían. ¡Me amenazaron con arruinarme la vida y quitarme a mi bebé! ¡Tenía veintidós años y estaba sola! ¡Huí para protegerla de ti!

Nikolai se quedó paralizado. El nombre de Elena, su secretaria personal y la mujer en quien confiaba para manejar su vida desde hacía una década, flotó en el aire entre ellos como una toxina. Por una fracción de segundo, la duda nubló la mente calculadora de Nikolai. La desesperación en los ojos de Sienna era tan cruda, tan visceralmente real, que desafiaba toda la lógica de su expediente de seguridad.

Pero el Zar de Hielo no construyó un imperio confiando en las lágrimas de una mujer. Él confiaba en los hechos. Y el hecho era que ella le había ocultado a su hija.

-¿Elena? -Nikolai endureció su expresión, erigiendo de nuevo sus muros de acero-. Un intento de desviar la culpa bastante pobre. Elena ejecuta mis órdenes, no las inventa. Nunca recibí un solo mensaje tuyo, y ciertamente nunca ordené amenazarte. Todo esto -hizo un gesto abarcando la casa miserable-, toda esta pobreza, es producto de tu propia cobardía y tus mentiras.

-¡No estoy mintiendo! -Sienna gritó, su voz desgarrándose-. ¡Eres un monstruo despiadado, exactamente como dijeron que serías!

-Soy exactamente el monstruo que necesito ser -respondió Nikolai, su voz bajando a un susurro glacial que heló la sangre de Sienna-. Llora todo lo que quieras, Sienna. Finge ser la víctima. No me importa. Porque el tiempo de tus juegos se ha acabado.

Nikolai retrocedió un paso, alisando el frontal de su abrigo con precisión metódica. Su mirada barrió el pasillo que conducía a las habitaciones traseras.

-He venido a llevarme lo que me pertenece.

Sienna sintió que el mundo giraba a su alrededor. Se interpuso en su camino, extendiendo los brazos.

-¡No te la llevarás! ¡Sobre mi cadáver!

Nikolai la miró desde su altura, sus ojos azules carentes de toda piedad.

-Eso puede arreglarse, Sienna. Prepárate. Tienes una hora antes de que mi equipo legal y yo te mostremos lo que realmente significa perderlo todo.

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