Capítulo 2

La música de la fiesta se desvaneció a medida que Victoria caminaba por los pasillos del hotel, el sonido del bullicio en el salón de eventos lejos de sus oídos. Había dejado atrás el salón, las miradas de los invitados y las conversaciones vacías que la hacían sentir aún más atrapada. Ahora solo quedaban las luces tenues del pasillo y el sonido de sus tacones resonando en el suelo de mármol.

La copa de vino que aún sostenía temblaba ligeramente en su mano. Ya no sabía cuántas había bebido. Victoria había perdido la cuenta a estas alturas. Su cabeza daba vueltas, y su cuerpo se sentía ligero, casi etéreo, como si flotara. En su mente, todo parecía nublado, la claridad del mundo exterior desdibujada por el alcohol que corría por sus venas. Solo necesitaba escapar, perderse en alguna parte, alejarse de las expectativas de todos los que la rodeaban.

Las luces del hotel, elegantes y distantes, parpadeaban suavemente mientras Victoria avanzaba por el corredor. Su vista estaba borrosa, pero pudo distinguir una puerta entreabierta al final del pasillo. Al principio pensó que era una salida al exterior, tal vez una terraza o un lugar privado donde pudiera estar a solas por un rato. Sin pensarlo, se dirigió hacia ella, buscando refugio en el anonimato.

No recordaba cómo había llegado allí, ni a qué parte del hotel había ido a parar. El eco de sus pasos se mezclaba con el murmullo distante de la fiesta, pero nada de eso lograba aliviar la creciente sensación de desesperación que la invadía. Empujó la puerta con suavidad, sin hacer ruido. Al entrar, encontró una habitación pequeña y oscura, apenas iluminada por la luz tenue que se filtraba desde el pasillo.

Dentro, el aire estaba cargado con el aroma a cuero y a un suave perfume masculino que la hizo fruncir el ceño, sin comprender del todo lo que sucedía. Pensó que era el lugar que había buscado. De alguna manera, algo en ella la impulsó a entrar.

Cuando cruzó el umbral, la puerta se cerró tras ella con un suave clic. La habitación estaba en completo silencio, salvo por el sonido de su respiración agitada, que ahora comenzaba a acelerarse. La confusión y el alcohol la embriagaban, pero aún así, se sintió aliviada por la soledad que esa habitación ofrecía.

Entonces, escuchó una voz.

"¿Quién eres tú?"

Carlos estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera, esperando a que su amiga llegara. Había perdido la cuenta del tiempo, y el bullicio del evento lo había dejado cansado. Había trabajado toda la noche, y la idea de disfrutar de una compañía tranquila le parecía un alivio. La mujer que esperaba era alguien con quien había trabajado antes, y a pesar de que no era una amiga cercana, pensó que su presencia sería suficiente para desconectar del caos del evento.

No esperaba ver a Victoria.

Él la miró por un instante, desconcertado. Era una mujer hermosa, de largo cabello oscuro y ojos que brillaban bajo la luz tenue de la habitación. Por un segundo, pensó que tal vez se había equivocado de lugar. Quizá la fiesta había sido demasiado para ella también. Pero su mirada vacilante y su evidente estado de embriaguez lo hicieron reconsiderar. "¿Estás perdida?" preguntó, su voz suave pero cargada de una curiosidad creciente.

Victoria no respondió de inmediato. En su estado de embriaguez, el rostro de Carlos le parecía vago, como una figura borrosa en su mente. No sabía quién era, pero su presencia en la habitación le resultaba reconfortante, algo en él parecía seguro. Se acercó sin decir palabra, casi de forma automática, y sin pensarlo, lo miró a los ojos.

"No... solo necesito... un poco de paz," murmuró, su voz ronca. Se dio cuenta de lo que había dicho y sintió una extraña vergüenza al ver a ese hombre tan cerca, pero no fue suficiente para detenerla. Algo en su interior le decía que debía permanecer allí, que ese extraño le ofrecía un refugio momentáneo.

Carlos la observó por un instante más. Su instinto le decía que algo no estaba bien, pero la situación se desarrolló demasiado rápido. La confusión de Victoria, la fragilidad de su postura, todo lo que emanaba de ella le transmitió una sensación de vulnerabilidad. Sin pensarlo más, dio un paso hacia ella.

"¿Te gustaría sentarte?" ofreció Carlos, tratando de mantener la calma. Su instinto protector lo estaba empujando a ofrecerle algo de consuelo, aunque no sabía por qué. Lo que sucedió a continuación fue un reflejo de sus deseos reprimidos y de la desconexión de ambos con la realidad.

Victoria asintió lentamente, sin decir una palabra. Se dejó guiar hacia el sillón cercano. La incomodidad y la vergüenza le quemaban la piel, pero no tenía fuerzas para reaccionar. Se sentó, incapaz de comprender por qué se sentía tan atraída por ese hombre al que no conocía. En su mente, el alcohol ya había difuminado los límites entre lo que era correcto y lo que no lo era.

En ese momento, Carlos se acercó. No era solo la atracción lo que lo impulsaba, sino una necesidad de aliviar el peso que sentía por las tensiones de la noche. La intensidad de la mirada de Victoria, su cercanía, despertaron en él un deseo que no había anticipado. Ella no lo estaba mirando con juicio ni con la frialdad que siempre encontraba en las mujeres de su entorno. Victoria lo miraba sin máscaras, y esa vulnerabilidad lo dejó sin palabras.

El silencio que cayó entre ambos fue profundo, pero no incómodo. Fue el tipo de silencio cargado de promesas no dichas, de una atracción que no se podía controlar. Sin pensarlo, Carlos se inclinó hacia ella. El primer beso fue lento, una mezcla de dudas y deseos encontrados. Victoria respondió de inmediato, como si fuera lo único que su cuerpo necesitara en ese momento. La tensión que se había acumulado durante toda la noche, las expectativas de su vida, se disolvieron con ese beso. No había preguntas, solo sensaciones.

El beso se profundizó, y en medio de la confusión de la noche y el alcohol, ambos se entregaron a una pasión inesperada. No sabían quiénes eran el uno para el otro, ni por qué sus cuerpos respondían con tanta urgencia. Carlos era simplemente un hombre en ese momento, una presencia que Victoria necesitaba sin entender por qué. Y Carlos era solo un hombre que, por alguna razón, quería sentir algo real, algo que fuera más que la soledad que había estado cargando en los últimos meses.

Se desprendieron de la ropa con prisa, como si temieran que la realidad los alcanzara demasiado pronto. No había espacio para dudas ni para pensar en las consecuencias. Estaban atrapados en el momento, en la necesidad de dejarse llevar por algo que se sentía visceral y real, algo que ambos necesitaban aunque no pudieran comprenderlo del todo.

Cuando finalmente se separaron, Carlos respiraba pesadamente, y Victoria estaba tumbada en la cama, sus ojos cerrados y su cuerpo aún vibrando con lo que acababa de suceder. Ninguno de los dos se detuvo a pensar en las implicaciones de esa noche. Para Victoria, el malentendido estaba completo, pues ni siquiera tenía claro qué había sucedido más allá del deseo. Para Carlos, la confusión de la mujer que acababa de conocer lo dejó en un estado de incertidumbre, pero en ese momento, nada de eso importaba.

Sin decir una palabra, Carlos se levantó de la cama y, sin hacer ruido, salió de la habitación antes del amanecer. Victoria permaneció allí, sumida en un sueño profundo y confuso, sin saber realmente qué había pasado ni quién era el hombre con el que había compartido una pasión tan inesperada.

El malentendido de esa noche sería el punto de partida para lo que estaba por venir, sin que ninguno de los dos supiera aún lo que el destino les deparaba.

Capítulo 3

La luz suave del amanecer comenzó a colarse por las rendijas de las cortinas, bañando la habitación en un tono dorado y cálido. El reloj de la mesita de noche marcaba las seis en punto, y Carlos ya estaba despierto, con los ojos entrecerrados y la mente aún embotada por el cansancio de la noche. El dolor en su cabeza era sutil, pero presente, una consecuencia del exceso de alcohol y el estrés acumulado de los días previos. Miró alrededor de la habitación, confundido por un momento, tratando de ubicarse. No era su cuarto. No estaba en su casa. De hecho, no tenía idea de dónde se encontraba exactamente.

Lo primero que notó fue la cama en la que se encontraba. No estaba solo. A su lado, Victoria seguía dormida, su cuerpo enrollado en las sábanas, con el rostro oculto por su largo cabello oscuro. Carlos frunció el ceño. No podía recordar con claridad cómo había llegado hasta allí. Había estado esperando a una amiga en esa habitación, pensó. Había cerrado la puerta para tener un poco de privacidad y... luego nada. Un vacío en su mente lo desorientaba.

En su pecho, sentía la pesadez de la decisión que había tomado. No solo la confusión del lugar, sino la sensación de haber hecho algo impulsivo, algo que no había planeado. Se giró para mirarla mejor, observando cómo respiraba suavemente, completamente ajena al desorden de la noche. Ella estaba profundamente dormida, completamente alejada de la realidad de lo sucedido. El recuerdo de sus cuerpos entrelazados, de la pasión que había compartido con ella, lo hacía sentirse como un extraño en su propia piel. No conocía su nombre, ni qué hacía exactamente allí, ni por qué había permitido que esa mujer compartiera su cama en primer lugar. Solo sabía que algo había sucedido y que ahora, de alguna manera, se sentía culpable por no saber quién era ella ni por qué no le había hecho preguntas antes.

Carlos se levantó con cuidado, intentando no hacer ruido, y miró hacia la ventana. El hotel seguía en silencio. El murmullo lejano de la fiesta que había tenido lugar la noche anterior ya se había desvanecido, y todo lo que quedaba era una calma incómoda. Sintió un impulso de irse, de dejar todo atrás antes de que Victoria despertara, antes de que las preguntas que sin duda surgirían pudieran alcanzarlo. Algo en su interior lo empujaba a salir de esa habitación lo más rápido posible, antes de que cualquier tipo de explicación tuviera que darse.

Se vistió rápidamente, el ruido de sus zapatos sobre el piso de madera resonando en la habitación. No la miró una última vez. No quería ver la cara de la mujer con la que había compartido una noche que, aunque intensa, ahora se sentía vacía, incluso surrealista. Carlos había estado acostumbrado a la soledad, pero nunca a la confusión de una madrugada como esta. Abrió la puerta con sigilo y, en un parpadeo, se desvaneció en el pasillo, sin dejar rastro de su presencia. No había vuelta atrás. En su mente, no tenía sentido quedarse, y tampoco sabía si era lo correcto. Salió del hotel sin siquiera mirar atrás.

La luz del día golpeó el rostro de Victoria con suavidad, haciéndola despertar lentamente. La confusión llenó su mente de inmediato. Estaba en una habitación desconocida. No estaba en su casa ni en el salón de la fiesta. Su corazón dio un salto de alarma, y su cabeza comenzó a dar vueltas. Se sentó en la cama, respirando con dificultad, mientras intentaba organizar sus pensamientos. Algo había pasado, algo que su mente no lograba procesar. La sensación de desorientación era abrumadora.

Miró a su alrededor, tratando de recordar cómo había llegado allí. La habitación era elegante, sofisticada. No era el tipo de lugar en el que se sentiría cómoda normalmente, y por un momento se preguntó si había hecho algo de lo que ahora no estaba segura. A su lado, la almohada aún conservaba el calor de la figura que había estado junto a ella, pero al mirar, la cama estaba vacía. El sudor frío recorrió su espalda mientras intentaba recordar. Todo lo que tenía era la sensación vaga de que algo había sucedido. Un tumulto de imágenes se formaba en su mente: flashes de un beso, de un cuerpo que no reconocía, de una sensación de deseo que la envolvía, pero nada era claro. Era como si todo estuviera cubierto por una niebla espesa.

Se levantó rápidamente, tocando su rostro, notando la suave palpitación en sus mejillas. ¿Qué había pasado anoche? Recordaba haber estado en la fiesta, haberse sentido atrapada en una especie de opresión emocional, deseando escapar. Pero luego... ¿cómo había terminado allí? No recordaba los detalles, solo la confusión, el alcohol que aún sentía en su cuerpo, y la sensación de haber perdido el control. El nombre del hombre con el que había compartido la noche no existía en su mente, y eso la inquietaba aún más. Se miró en el espejo del cuarto de baño, tocando su rostro con suavidad, buscando alguna pista, algo que la ayudara a entender lo sucedido.

Una pequeña punzada de dolor le recorrió la cabeza, y Victoria se dio cuenta de que su cuerpo estaba cargado con una sensación extraña. ¿Había hecho algo que no quería? La culpa la invadió sin razón. Sabía que no debería haber bebido tanto, pero las circunstancias de la noche le habían empujado a buscar consuelo en el alcohol, como si ese fuera el único escape posible. Sin embargo, esa no era una justificación. El desasosiego seguía doliendo, una sensación de vacío que no podía explicarse.

Volvió a la cama, se sentó en el borde y se cubrió la cara con las manos, intentando pensar en qué había hecho mal. Sentía que había cruzado una línea, aunque no estaba completamente segura de qué línea era esa. ¿Había sido ella quien había provocado todo? ¿O fue el extraño que ahora había desaparecido? Esa idea la inquietaba, le daba vueltas en el estómago.

El silencio de la habitación se hizo abrumador. Se levantó nuevamente, decidida a salir de allí y a buscar respuestas. Se dirigió hacia la puerta, pero antes de abrirla, su mirada cayó sobre la almohada en la que Carlos había estado recostado. El sutil aroma de su perfume flotaba en el aire, una fragancia masculina que ahora parecía opresiva. Victoria se quedó observando la habitación por un momento más, sintiendo una mezcla de miedo y necesidad de escapar.

Al abrir la puerta, un vistazo al pasillo vacío confirmó lo que ya sospechaba: él se había ido. Pero, ¿quién era él? ¿Cómo podía ser que una noche entera hubiera pasado sin que supiera ni siquiera su nombre?

Victoria se sintió completamente sola. Las respuestas no llegaban, y la confusión se instalaba más profunda en su pecho. Todo lo que sabía era que esa noche había marcado un antes y un después, y que ya nada sería igual.

La sensación de confusión y soledad la acompañó mientras se vestía rápidamente, el pensamiento enloquecedor de haber compartido algo tan íntimo con alguien a quien no conocía ni reconocía pesando sobre ella. ¿Era esa la manera en que su vida debía continuar? ¿Era esa la salida que había estado buscando, la escapatoria momentánea de su mundo perfecto, pero vacío?

Carlos ya no estaba allí, pero el vacío que había dejado parecía más grande que nunca.

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