El Garfio parte 2
Cuando la nación de Malkier estaba próxima a sucumbir, se encomendó a veinte hombres la tarea de poner a salvo al infante Lan Mandragoran. Sólo cinco sobrevivieron a aquel viaje para criarlo desde la cuna y entrenarlo, y Bukama era el único que quedaba vivo en la actualidad. Ahora tenía el cabello de color gris y lo llevaba cortado a ras de los hombros como mandaba la tradición, pero seguía teniendo recta la espalda y los brazos duros, y los azules ojos conservaban la vista clara y aguda. La tradición impelía a Bukama. Ceñido sobre la permanente acanaladura que le había marcado en la frente a lo largo de los años, un fino cordón de cuero trenzado le sujetaba el cabello hacia atrás. Pocos hombres llevaban actualmente el hadori. Lan sí lo lucía. Moriría con él e iría a la tierra llevándolo puesto, y nada más. Si es que había alguien para enterrarlo cuando muriera. Miró hacia el norte, en dirección al lejano hogar. A casi toda la gente le habría parecido un lugar extraño para denominarlo así, pero Lan había sentido su atracción como un imán que tirara de él desde que había ido al sur.
—He recordado lo suficiente para oírte —contestó. Había muy poca luz para distinguir las ajadas facciones de Bukama, pero Lan sabía que tenía el ceño fruncido. No recordaba haber visto otra expresión en su amigo y maestro ni siquiera cuando hacía un elogio. Bukama era acero revestido de carne. Su voluntad, acero, y el deber, su alma—. ¿Todavía crees que los Aiel son seguidores del Oscuro?
El otro hombre hizo un signo de salvaguardia contra el mal, como si Lan hubiese pronunciado el verdadero nombre del Oscuro. Shai’tan. Ambos habían visto las calamidades y el infortunio que acaecían después de pronunciar tal nombre en voz alta, y Bukama era uno de los que creían que sólo por pensarlo atraía sobre sí la atención del Oscuro. «El Oscuro y todos los Renegados están confinados en Shayol Ghul —recitó Lan el catecismo para sus adentros—, encerrados por el Creador en el momento de la creación. Que hallemos cobijo al amparo de la Luz, en la mano del Creador». Él no creía que bastara con pensar ese nombre, pero más valía prevenir que curar cuando se trataba de la Sombra.
—Si no lo son, entonces ¿por qué estamos aquí? —dijo Bukama con acritud. Cosa extraña en él. Le gustaba rezongar, pero siempre sobre cosas sin importancia o posibilidades del futuro, nunca sobre el presente.
—Di mi palabra de quedarme hasta el final —repuso suavemente Lan.
Bukama se rascó la nariz. Esta vez su gruñido pareció avergonzado. Era difícil asegurarlo. Otra de sus lecciones había sido que la palabra de un hombre debía valer tanto como un juramento prestado por la Luz, o de lo contrario no valía nada.
Realmente los Aiel habían parecido una horda de Amigos Siniestros cuando surgieron de repente a través de la inmensa cordillera llamada Columna Vertebral del Mundo. Habían incendiado la urbe de Cairhien, habían asolado y saqueado la nación de Cairhien, y en los dos años transcurridos desde entonces habían guerreado por toda Tear y después por Andor antes de llegar a estos campos de matanza, a las afueras de la inmensa ciudad isleña de Tar Valon. En todos los años transcurridos desde que las naciones actuales se habían formado de los fragmentos del imperio de Artur Hawkwing, los Aiel jamás habían salido del desierto llamado el Yermo. Tal vez habían llevado a cabo una invasión antes, aunque nadie lo sabía con certeza, salvo, quizá, las Aes Sedai de Tar Valon, mas, como ocurría tan a menudo con las mujeres de la Torre Blanca, no decían nada. Lo que las Aes Sedai sabían lo guardaban bajo llave, y dejaban caer algo, poquito a poquito, cuando querían y si les interesaba. Sin embargo, fuera de los límites de Tar Valon muchos hombres habían afirmado ver una pauta en todo aquello. Habían pasado mil años entre el Desmembramiento del Mundo y la Guerra de los Trollocs, o eso afirmaban los historiadores. Esas guerras habían destruido las naciones que existían por aquel entonces, y nadie dudaba de que la mano del Oscuro estaba detrás de todo, ni que estuviera encerrado ni que no, tan seguro como que lo había estado detrás de la Guerra de la Sombra y del Desmembramiento y del final de la Era de Leyenda. Otros mil años desde la Guerra de los Trollocs hasta que Hawkwing construyó un imperio que, tras su muerte, también fue destruido en la Guerra de los Cien Años. Algunos historiadores afirmaban que habían visto la mano del Oscuro en esa guerra también. Y ahora, cerca de mil años después de destruido el imperio de Hawkwing, aparecían los Aiel incendiando y matando. Tenía que haber una pauta. Por fuerza el Oscuro debía de dirigirlos. Lan no habría viajado al sur si no hubiese creído eso. Ahora ya no lo creía, pero había dado su palabra.
Movió los dedos de los pies dentro de las botas altas de borde vuelto. Hiciera o no tanto frío como aquel al que estaba acostumbrado, el helor se le metía a uno en los pies si pasaba mucho rato parado en la nieve.
—Caminemos —dijo—. Estoy seguro de que tendré que despertar a una docena de hombres o puede ser que más, e incluso hacer otra nueva ronda.
Empero, antes de que hubiesen dado un paso un ruido los hizo frenarse, alertas; era el sonido de un caballo caminando por la nieve. Lan desvió la mano hacia la empuñadura de la espada y en un gesto casi automático sacó parcialmente el arma de la vaina. Un débil roce de acero contra cuero indicó que Bukama había hecho otro tanto. Ninguno de los dos temía un ataque; los Aiel sólo montaban por una necesidad extrema e incluso entonces lo hacían de mala gana. Pero un jinete solitario a esas horas tenía que ser un mensajero, y en esos días los mensajeros no solían llevar buenas noticias. Y menos de noche.
Caballo y jinete parecieron materializarse en la oscuridad en pos de un hombre a pie, uno de los centinelas, a juzgar por el arco que llevaba. El animal tenía el cuello arqueado de los buenos purasangre tearianos y saltaba a la vista que el jinete también era de Tear. Para empezar, el perfume a rosas de los aceites que brillaban en la barba puntiaguda del hombre lo precedía, arrastrado por el viento, y sólo los tearianos eran tan estúpidos para llevar perfume, como si los Aiel no tuviesen olfato. Además, nadie aparte de ellos llevaba esos cascos con una alta cresta en la parte superior y un reborde que dejaba en sombras el delgado rostro del hombre. Una única pluma, corta y blanca, en el casco señalaba que era un oficial, aunque de bajo rango; una extraña elección para mensajero. Iba arrebujado en una oscura capa, encogido en la silla de arzón alto. Parecía que estaba temblando. Tear se hallaba muy al sur. En la costa de Tear nunca caía un solo copo de nieve. Lan nunca lo había creído del todo, por mucho que hubiese leído, hasta que no lo vio por sí mismo.
—Aquí está, milord —dijo el centinela en voz ronca.
Era un canoso saldaenino llamado Rakim que tenía esa voz desde hacía un año, así como una cicatriz irregular que le gustaba enseñar cuando bebía y que se la había causado una flecha Aiel en la garganta. Rakim se consideraba afortunado de estar vivo, y realmente lo era. Por desgracia, también creía que por haber burlado a la muerte una vez seguiría burlándola. Corría riesgos, e incluso cuando no bebía se vanagloriaba de su buena suerte, lo que era una estupidez. No tenía sentido tentar la suerte.
—¿Lord Mandragoran?
El jinete tiró de las riendas delante de Lan y de Bukama. Sin moverse de la silla los miró con incertidumbre, sin duda porque la armadura que llevaban no tenía adornos y la chaqueta y la capa eran de paño y estaban un tanto raídas. Un poco de bordado estaba bien, pero los atavíos de algunos sureños parecían tapices. Seguramente el teariano llevaba debajo de la capa un peto dorado y una chaqueta de seda satinada con las franjas de los colores de su casa. Desde luego, las altas botas tenían adornos repujados que brillaban plateados a la luz de la luna. De todos modos, el hombre prosiguió sin apenas hacer una pausa para respirar:
—La Luz abrase mi alma, estaba seguro de que os encontrabais más cerca, pero había empezado a pensar que nunca daría con vos. Lord Emares va siguiendo a unos quinientos o seiscientos Aiel con seiscientos de sus mesnaderos. —Meneó levemente la cabeza—. Aunque parezca extraño, se dirigen hacia el este, alejándose del río. Sea como sea, la nieve los retarda tanto como a nosotros, y lord Emares cree que si os situáis en esa loma que llaman El Garfio y hacéis de yunque, él puede cargar por detrás haciendo de martillo. Lord Emares duda de que puedan llegar antes del amanecer.
El Garfio parte 3
Lan apretó los labios. Algunos de esos sureños tenían ideas muy peculiares sobre las buenas formas. Sin desmontar antes de hablar; sin decir su nombre. Como invitado, lo primero que debería haber hecho era presentarse. Ahora Lan no podía hacerlo sin parecer jactancioso. El tipo ni siquiera le había transmitido los saludos de su señor ni sus buenos deseos. Y parecía pensar que ellos ignoraban que ir hacia el este significaba alejarse del río Erinin. Quizás eso fuera dejadez a la hora de hablar, pero todo lo demás era mala educación. Aunque Bukama no se había movido, Lan le puso la mano sobre el brazo con el que manejaba la espada. Su viejo amigo podía llegar a ser muy susceptible en ocasiones.
Asintió con la cabeza a pesar de que El Garfio se encontraba a una legua del campamento y la noche se encaminaba a su fin.
—Informad a lord Emares que estaré allí con las primeras luces —le dijo al jinete. El nombre de Emares no le era familiar, pero con un ejército tan grande —casi doscientos mil hombres en representación de más de una docena de naciones además de la Guardia de la Torre de Tar Valon y hasta un contingente de los Hijos de la Luz— era casi imposible conocer más de un puñado.
—Bukama, despierta a los hombres —añadió.
Bukama gruñó, esta vez ferozmente. Hizo un gesto a Rakim para que lo siguiera y echó a andar hacia el interior del campamento.
—¡Arriba y ensillad! ¡Cabalgamos! ¡Arriba y ensillad! —llamó en voz alta a la par que caminaba.
—Cabalgad deprisa —dijo el teariano sin nombre. En su voz había un leve tono autoritario—. Lord Emares lamentaría tener que cargar contra esos Aiel sin que el yunque estuviera situado. —Parecía dar a entender que Lan lamentaría que el tal Emares tuviera que lamentarlo.
Lan creó en su mente la imagen de una llama y la alimentó con sus emociones, no sólo la cólera, sino todas las demás, sin dejar ápice, hasta tener la impresión de que flotaba en el vacío. Tras años de práctica, alcanzar el ko’di, la unidad, sólo era cuestión de un segundo. Los pensamientos y su propio cuerpo se volvieron lejanos, pero en ese estado se hacía uno con el suelo que pisaba, con la noche, con la espada que no usaría contra ese necio sin modales.
—He dicho que estaré allí —repuso con voz mesurada—. Y hago lo que digo. —Ya no quería saber el nombre de ese individuo.
El teariano le dedicó un seco cabeceo desde la silla, hizo volver grupas al caballo y taconeó al animal para que se pusiera al trote.
Lan mantuvo el ko’di un poco más hasta asegurarse de que tenía bajo control sus emociones. Era una insensatez entrar en batalla encolerizado. La cólera enturbiaba la vista y hacía tomar decisiones estúpidas. ¿Cómo se las habría ingeniado ese tipo para seguir vivo tanto tiempo? En las Tierras Fronterizas habría provocado una docena de duelos al día. Sólo cuando tuvo la seguridad de que estaba tranquilo, casi tan impávido como si siguiera envuelto en la unidad, Lan se dio media vuelta. Evocar el rostro impreciso del teariano no despertaba su ira. Bien.
Para cuando llegó al centro del campamento entre los árboles, a cualquier persona le habría dado la impresión de encontrarse en un hormiguero roto a patadas. Para alguien entendido era una actividad ordenada y casi silenciosa. Ni un movimiento ni una respiración en balde. No había tiendas que desmontar puesto que los animales de carga habrían resultado un estorbo a la hora de luchar. Algunos hombres ya habían montado, petos y yelmos puestos y empuñadas las lanzas rematadas con un palmo de afilado acero. Casi todos los demás cinchaban las sillas o sujetaban arcos enfundados en cuero y aljabas llenas de flechas detrás del alto arzón de la silla. Los lentos habían muerto el primer año de lucha contra los Aiel. Ahora la mayoría de los hombres eran saldaeninos y kandoreses, y el resto, domani. Algunos malkieri habían acudido al sur, pero Lan no los dirigiría, ni siquiera en estas tierras. Bukama cabalgaba con él, pero no lo seguía.
Cuando Bukama se reunió con Lan conducía de las riendas a Venablo del Sol, su ruano castrado de pelo amarillo. Un joven imberbe llamado Caniedrin iba detrás conduciendo con mucha precaución a Gato Danzarín, el semental zaino de Lan. El animal sólo estaba medio entrenado, pero Caniedrin hacía bien en tener cuidado. Hasta un caballo de batalla medio entrenado era un arma formidable. Ni que decir tiene que el kandorés no era tan bisoño como daba a entender su rostro juvenil. Soldado eficiente y experimentado y excepcional arquero, Caniedrin era un luchador entusiasta que a menudo reía mientras combatía y que mataba sin que le cambiara el gesto. Ahora sonreía ante la perspectiva de la inminente batalla. Gato Danzarín sacudió la cabeza arriba y abajo, también impaciente.
Por mucha experiencia que tuviera el kandorés, Lan comprobó minuciosamente la cincha de su caballo antes de tomar las riendas. Una cincha floja podía acabar con alguien tan deprisa como un lanzazo.
—Les he dicho lo que planeamos hacer por la mañana —masculló Bukama después de que Caniedrin se hubo alejado hacia su montura—, pero con estos Aiel un yunque puede convertirse en un alfiletero si el martillo tarda en llegar. —Nunca rezongaba delante de los hombres, sólo con Lan.
—Y el martillo puede convertirse en un alfiletero si golpea sin que el yunque esté en su sitio —repuso Lan mientras subía a la silla. El cielo estaba de color gris. Un gris oscuro, pero sólo se distinguía ya un puñado de estrellas—. Tendremos que cabalgar rápido para llegar a El Garfio antes de que amanezca. —Levantó la voz—.¡Monten!
Y cabalgaron deprisa, a galope tendido durante media milla, después a trote vivo y a continuación a pie lo más rápido posible, llevando de las riendas a los animales, antes de montar y empezar de nuevo la secuencia. En los relatos los hombres galopaban diez, veinte millas seguidas, pero, aun en el caso de que no hubiera nieve, tras mantener un galope tendido durante tres o cuatro millas la mitad de los caballos estarían lisiados y los demás agotados mucho antes de llegar a El Garfio. El silencio de la noche declinante sólo era roto por el crujido de cascos y botas sobre la costra de nieve o el chirrido del cuero de las sillas, y en ocasiones por las maldiciones masculladas de un hombre que se golpeaba un dedo del pie contra una piedra oculta. Nadie malgastaba aliento en protestas o en charlas. Todos habían hecho lo mismo a menudo, y hombres y caballos mantuvieron un ritmo fácil con el que cubrieron distancia rápidamente.
El terreno en torno a Tar Valon era una llanura con suaves ondulaciones en su mayor parte, salpicada de arboledas y sotos muy diseminados, pocos de ellos grandes pero todos densos y umbríos. Fueran éstos grandes o pequeños, Lan los vigilaba atentamente al pasar por delante al frente de sus hombres y mantenía la columna a una distancia prudente. Los Aiel eran muy buenos aprovechando cualquier tipo de cobertura que encontraran, sitios donde la mayoría de los hombres tendrían la seguridad de que ni un perro sería capaz de esconderse; también eran muy buenos tendiendo emboscadas. Sin embargo nadie se movió. Por lo que tenía a la vista, las tropas que dirigía él bien podían ser los únicos seres vivos en el mundo. El ululato de un búho fue el único sonido que oyó aparte de los que ellos hacían.
Para cuando tuvieron a la vista la baja prominencia llamada El Garfio, el cielo era de un color gris mucho más claro por el este. Con casi una milla de longitud, la loma desarbolada se alzaba poco más de media docena de pasos sobre el terreno circundante, pero cualquier elevación daba cierta ventaja en la defensa. El nombre se debía a la forma en que el extremo septentrional se curvaba hacia el sur, un rasgo que se hizo bien visible mientras situaba a sus hombres en una larga hilera en lo alto de la loma, a ambos lados de él. La claridad aumentaba de manera evidente. Hacia el este le pareció distinguir la pálida mole de la Torre Blanca elevándose en el centro de Tar Valon, a unas tres leguas de distancia.
La Torre era la estructura más alta del mundo conocido, pero quedaba eclipsada por la impresionante mole de la única montaña que se alzaba en la llanura más allá de la ciudad, al otro lado del río. Saltaba a la vista con la más mínima luz y en lo más profundo de la noche se notaba que tapaba las estrellas. El Monte del Dragón habría sido un gigante en la Columna Vertebral del Mundo, pero allí, en la llanura, era monstruoso; atravesaba las nubes y continuaba más arriba. Con una altura superior a la que tenían la mayor parte de las montañas, su cumbre quebrada, que se alzaba por encima de las nubes, expulsaba una serpentina de humo. Un símbolo de esperanza y desesperación. Una montaña de profecía. Bukama miró al monte e hizo otro signo contra el mal. Nadie quería que esa profecía se cumpliera. Pero lo haría, por supuesto; algún día.
Desde la loma el terreno suavemente ondulado se extendía más de una milla al oeste, hacia una de las arboledas más grandes, de media legua de anchura. Tres caminos se entrecruzaban por la nieve entre la loma y la arboleda, hollados por numerosos caballos u hombres a pie. Sin acercarse más era imposible saber quién los había hecho, si los Aiel o los efectivos de la llamada Coalición; lo único evidente es que se habían hecho en algún momento después de acabada la nevada, dos días antes. Todavía no había señal de los Aiel, pero si no habían cambiado de dirección, cosa que siempre era posible, podían aparecer en cualquier momento saliendo de aquellos árboles. Sin esperar la orden de Lan, los hombres clavaron las moharras de las lanzas en el suelo cubierto de nieve, donde se podían enarbolar con facilidad y rapidez de ser preciso. Desenfundaron los arcos cortos y sacaron flechas de las aljabas; las encajaron en la cuerda, pero no la tensaron. Sólo los novatos creían que podían mantener tenso el arco mucho tiempo. El único que no tenía arco era Lan. Su tarea era dirigir la contienda, no elegir blancos. El arco era el arma preferida contra los Aiel, aunque muchos sureños lo desdeñaban. Emares y sus tearianos cabalgarían directamente contra los Aiel con sus lanzas y espadas. En ocasiones no quedaba otra opción, pero era estúpido perder hombres sin necesidad antes de que fuera inevitable, y tan seguro como que los huesos de durazno eran venenosos, en la lucha a corta distancia con los Aiel se perdían hombres.