— Debes dejar el crucifijo fuera, hermana.
Señalando el lugar en el que todos descansaban.
— Por supuesto.
Con manos torpes me lo quité y dejé el mío junto a los otros en la superficie plana, cruzando las dobles puertas, viendo a las personas formar un semi circulo, las hermanas a los costados, las abadesas en primera fila, los padres en el centro, diez sacerdotes.
El padre Nikolas me ayudó a llegar a la silla en el centro, empujándome ligeramente para que tomara asiento, sonriendo.
— Damos inicio al rito del sacrificio — explicó— Dios bajó a la tierra y tomó posesión del cuerpo de cada sacerdote, Jelena — parándose frente a mí— Tu misión hoy es complacer a Dios, hacer el trabajo de una esposa, por eso él pidió expresamente que purificaras tu cuerpo y te pusieras linda para él.
Ladee la cabeza, confundida.
— ¿Complacer a Dios? ¿A...así como... placer carnal? Eso es un pecado, padre, yo quiero ir al cielo, no puedo hacer algo así.
Abrazando mi cuerpo, apretando el hábito.
— ¿Estás rechazando a Dios? Todas las hermanas aquí presentes ya lo recibieron, los dejaron bendecir sus cuerpos ¿Tú no quieres tan divina protección?
Titubee.
Todas ellas lo hicieron, yo de nuevo sería la diferente, la excluida, la chica huérfana sin apellido, la molesta, insolente, corrompida por satanás por no recibir a Dios en mi cuerpo... iban a castigarme otra vez por negarme...
— E-está bien — accedí— ¿Qué tengo que hacer?
Sonrió de una manera que no me gustó, tomando mi mano, llevándola a su entrepierna mientras la hermana Cecil se acercaba posicionándose a mi espalda, descubriendo mi cabello, deslizando mis ropas por mis hombros, descubriendo mi cuerpo sin demostrar ni una mínima expresión en su rostro, otro padre se acercó desabotonando su camisa, me asusté, no hay ningún pasaje bíblico que hable de esto, no hay... no escuché nunca reglas como estas ¿Por qué Dios querría humillarme de esta manera?
Quise expresar mi confusión, abrí la boca dispuesta a protestar, quise retirar mi mano, pero el padre Nikolas no me lo permitió y la hermana Corine estaba lista, con la varilla en su mano para castigarme por no hacer las cosas bien otra vez.
— Vaya... vaya... vaya... Además de drogadictos, ahora se dedican a joderle la vida a jovencitas.
Retiré mi mano rápidamente, pegándolas a mi pecho en un intento de cubrirme, temblando de pies a cabeza, observando la imponente figura de un hombre alto, muy alto, de espalda ancha, visibles músculos bajo ese traje, rubio, de ojos azules, fríos... no había nada de amabilidad en ese hombre, más bien era la personificación de Satán, era tan hermoso como Lucifer, vino a obligarnos a pecar, a confundirnos.
— S-señor Volkov, lo esperábamos un poco más tarde — dijo el padre Nikolas— Estábamos iniciando a la nueva monja, su cuerpo le pertenece a Dios — sonriendo malicioso— Estábamos a punto de demostrarle su amor.
Sujetando mis mejillas con demasiada fuerza, lastimándome.
— Violarla ¿Eso es lo que estaban a punto de hacer?
Temblé ¿Eso es lo que iban a hacer conmigo?
— Señor Volkov ¿Puede esperar fuera hasta terminar el rito?
Dijo el padre Eric, dando un paso al frente.
— No, no puedo — caminando acompañado de un puñado de hombres que lucen sus armas como si no fuese un pecado portarlas y usarlas— Tenían una deuda conmigo, me citaron hoy a media noche, escuché por ahí que ustedes son unas ratas asquerosas y desleales, no mintieron — parando justo detrás de mí, podía sentir su calor irradiar a mi frío cuerpo— Estoy seguro de que el mundo será un lugar mejor sin ustedes malgastando aire.
Las hermanas intentaron salir, esos hombres que acompañaban a quién parece ser su jefe cerraron las puertas y las empujaron dentro ¿Qué iban a hacerles? ¿Qué va a pasar con nosotros?
— Tú,
— apoyando su mano en mi hombro desnudo, sobresaltándome— ¿Qué prefieres? Te dejo en mano de estos putos enfermos para que te inicien en esta asquerosa mierda y luego vengo a matarlos a todos, tú incluida, o te mato antes de que te pongan una mano encima y luego los mato a ellos ¿Qué decides?
Malyshka
Ellos... ellos no están actuando en nombre de Dios, ellos son malos, muy malos, corrompidos por Satanás, los sacerdotes que vienen del mundo exterior lleno de perversiones corrompieron a las pobres hermanas y quieren lastimarme. Este hombre vino a salvar mi alma.
— Máteme, por favor.
Respondí yo, temblando de pies a cabeza, sintiendo mis ojos anegados en lágrimas.
— ¿No te da miedo morir? ¿No te... aterra sentir dolor?
Malyshka
, creo que te lavaron tan bien el cerebro que no tienes idea de lo que digo.
¿
Malyshka
? Ya no soy una
niña
... cumplí dieciocho.
— No me aterra morir ni sentir dolor, el dolor será un pago por mi pecado original y luego podré descansar junto a Dios, no es un castigo la muerte, es una bendición para quien cumplió sus mandamientos y fue su fiel sirviente.
El sujeto frunció el ceño y me miró cómo si estuviera loca, acuclillándose, lanzando sobre mí el hábito.
— Vístete, nos vamos.
Quité el habito de mi rostro para poder mirarlo, sorprendida por la decisión que tomó, esa no estaba entre las opciones que me dio.
— Pero señor, yo pensé...
— Te mostraré el verdadero infierno, hermana, uno que quizá sea mejor que el que estabas a punto de vivir.
Si era mejor... si él decía que era mejor...
Que Dios me perdone por pensar en seguir al hombre al infierno, que Dios me tenga en consideración...
Rápidamente me vestí y cubrí mi cabello, caminando hacia la salida como él señaló sin abrir la boca, sus hombres cerraron la puerta apenas llegué fuera, arreglando mi ropa, tomando mi crucifico, apretando la cruz entre mis manos, rezando un
ángel de la guarda
repetidas veces, acuclillándome, asustada al escuchar los gritos y el sonido de esas armas ser disparadas ¿Qué estaba pasando?
El mismo hombre de antes salió y cerró la puerta, las manos manchadas de sangre, salpicaduras en el rostro, cargando un maletín que parece bastante pesado por su tamaño.
— Nos vamos.
Comenzando a caminar hacia la salida sin esperarme, si no me apresuro seré el sacrificio y no puedo quedarme aquí, no puedo ensuciar mi cuerpo de esa manera.
— S-señor ¿Vamos a salir del claustro?
Apresurando el paso para seguirle el ritmo, sus piernas largas no me ayudaban, por cada paso suyo, yo debía dar tres, era un poco agotador seguirlo cuando él camina tan rápido.
— Pues claro, no pienso quedarme en este mierdero.
Me persigné, que Dios perdone su mal vocabulario.
— Yo nunca he salido, me abandonaron aquí de bebé, este lugar es todo lo que conozco, por favor no diga malas palabras para referirse a mi hogar.
— ¿No tienes apellido dices?
Preguntó abriendo la puerta que da al exterior, la chapa repleta de agujeros.
— No, no tengo.
Contando hasta cinco antes de cruzar el umbral, sigo pensando que salir es incorrecto, yo juré ante Dios dedicarle todo mi tiempo y mi vida a su oración y si salgo estaré faltando a ese juramento.
— Hasta los huérfanos tienen apellido, un apellido universal que se le da a todos los bastardos, si tú no tienes uno es porque no fuiste inscrita, te criaron para ser la comida de esos cerdos.
— ¿Comida? Iba a ser algo así como... ¿La cena?
Volteó a mirarme, frunciendo el ceño, observándome como si tuviese cinco ojos en vez de dos en mi rostro.
— No ibas a satisfacer ese tipo de hambre,
a, hablo del hambre físico, el deseo, el morbo, el sexo, hablo de sus penes en tu...
— ¡Alto! — sonrojándome hasta no poder más— Alto, por Dios... rezare por su alma, quizá Dios pueda perdonar esa mente y esa boca.
Sin abrir la boca, lo seguí por el enorme pasillo, subí las escaleras sujetando mi hábito para no enredar mis pies y recorrí el pasillo en silencio dos pasos tras él, sonrojándome al sentir las miradas curiosas de los sujetos que intentaban no molestar al hombre, hasta ahora, no he visto ni una sola mujer ¿Por qué?
— Este será tu cuarto,
y esto — señalando mis ropas— Va a desaparecer, desde hoy ya no eres más monja, te libero de esa vida, vas a tomar la que yo voy a ofrecerte, vas a aprender a serme útil.
Instintivamente retrocedí, cruzando mis brazos sobre mi pecho.
— Mi cuerpo está destinado a Dios, si usted cree que yo...
— No me interesas,
, no es de esa forma en la que voy a usarte, tú tranquila, pero eso no quiere decir que mis hombres vayan a ser amables contigo, aquí no tenemos chicas, no encontrarás ni una sola... a menos de que sea una prostituta — restándole importancia— Mis hombres recibirán la orden de no ponerte ni siquiera un dedo encima si es con fines sucios y libidinosos, yo mismo voy a matarlos si se atreven, pero van a enseñarte como sobrevivir, cómo serme útil, y te aseguro que serán los peores años de tu vida, porque ya estando aquí, sabiendo quién soy, dónde vivo y lo que hago, no puedo dejarte ir, una lástima para ti, eres mía.
Malyshka
Abrió la puerta y me empujó dentro, metiendo ambas manos a sus bolsillos.
— Tienes un día pesado mañana, yo que tú, ya me iría a la cama, las niñas buenas se duermen temprano — burlándose— ¿Por qué usas esto?
Tocando mi velo.
Aparté su mano de un manotazo, retrocediendo.
— Con esto consagro mi virginidad para ser exclusivamente esposa de cristo, sólo Dios puede ver mi cabello o mi cuerpo, todo le pertenece a él, lo de antes... tendré que hacer mucha oración de penitencia por mostrarme así frente a tantas personas — persignándome— Que Dios me perdone por eso.
Alexander rodó los ojos y tiró de mi velo, ocultándolo a sus espaldas cuando intenté recuperarlo.
— No más. Ya no eres esposa de nadie, Dios no entra en esta casa, nunca hizo nada por mí o los míos, por lo tanto, no le rezamos ni lo tenemos en consideración, así que tendrás que ir acostumbrándote, hermana.
— Espero que lleve bloqueador el día de su muerte, porque al cielo no irá, señor Alexander Volkov.
Cerrando la puerta con fuerza en su rostro, tocando mi cabello.
— ¿Cuántas penitencias tendré que hacer ahora? De seguro ese psicópata no me dejará ir a la iglesia para confesarme ¿Qué es lo que espera de mí? — quitándome el hábito— ¿Cómo es eso de que soy suya y ya no puedo irme? Pero ¿Qué se cree?
Doblando mi ropa a los pies de la cama, quitándome los zapatos y los cortos calcetines, parte de la lista era no usar medias hoy, me siento desnuda y no tengo un camisón para dormir ¿Qué vestiré mañana? ¿Qué es un hábito sin velo?
— Tu pijama, hermana — dijo Alexander, entrando como si nada, lanzándome lo que parecía ser una camiseta masculina— Ya decidí dónde te pondré mi bonito tatuaje para marcarte como mía.
Indignada y avergonzada estiré la camiseta y me la coloqué, viendo que cubría sólo medio muslo, casi toda mi pierna expuesta y estaba usando esta... ridícula ropa interior diminuta que nada cubre ¡Dios! Por su culpa yo también iré al infierno ahora.
— No voy a tatuarme nada, sueñas despierto, Alexander Volkov.
— No era una pregunta
¿Quieres que te muestre el mío? Va a encantarte — desabrochando su pantalón— No... no maldita sea, no es correcto — negando, arreglando su ropa otra vez— Debí tocar, no me quitaré la ropa delante de ti, intentaré respetar un poquito tus estúpidas costumbres.
Jelena solamente
— Decir estúpido estuvo de más, Alexander Volkov.
Cruzándome de brazos.
— Sólo prepárate psicológicamente, porque en la pierna izquierda llevamos nuestro emblema y voy a marcarte sin falta para mostrarle a tu puto Dios quien es tu dueño ahora — guiñándome un ojo— Descansa, Jelena solamente.
Con las palabras atascadas me dejó el muy... tonto sujeto, dejando el cuarto, cerrando la puerta.