Al día siguiente, Javier se movía por la casa con una energía renovada, haciendo llamadas y hablando de "nuestro futuro en Argentina".
Yo, por mi parte, empecé mi propio plan.
Mientras él estaba en la ducha, cogí su teléfono. No necesité desbloquearlo. En la pantalla de notificaciones, un mensaje brillaba bajo un nombre que no conocía.
"Valeria: ¿Ya lo has conseguido, amor? ¡No puedo esperar a que estemos juntos en Mendoza!"
No sentí dolor. Solo una fría confirmación.
Cerré los ojos un segundo, respiré hondo y dejé el teléfono exactamente donde estaba. No necesitaba más pruebas.
Me senté en mi pequeño estudio, encendí mi portátil y abrí la página de mi banco. No la del banco donde teníamos la cuenta conjunta con los "ahorros familiares", que Javier creía que era todo nuestro patrimonio.
Abrí la otra. La mía.
Durante años, cada proyecto de diseño gráfico que hacía como freelance, cada encargo extra, cada euro que ganaba por mi cuenta, lo había depositado allí. Javier siempre se había burlado de mi "hobby", diciendo que apenas daba para mis caprichos.
No sabía que mi "hobby" me había permitido acumular una cantidad considerable. Una cifra con seis ceros. Mi independencia. Mi red de seguridad.
Hice una transferencia, moviendo casi todo el dinero a una nueva cuenta de inversión de alta seguridad, a la que solo yo tenía acceso. Dejé solo una pequeña cantidad en la cuenta original. Un señuelo.
Luego, llamé a mi gestor.
"Hola, Ricardo. Necesito que prepares los papeles para constituir mi negocio como una sociedad limitada. A mi nombre únicamente."
Esa tarde, cuando Javier volvió con los papeles del divorcio para que los revisara, le sonreí con la docilidad que él esperaba de mí.
"He estado pensando," le dije, "y tienes razón. Es una gran oportunidad."
Cogí el bolígrafo.
"Firmemos cuanto antes."
Él me miró, sorprendido por mi repentina eficacia.
"Perfecto, cariño. Mañana mismo a primera hora vamos al notario."
Esa noche, mientras él dormía roncando, yo me quedé despierta mirando el techo. No sentía tristeza, sino una extraña calma. Una anticipación gélida. Estaba a punto de presenciar el final de su plan y el comienzo del mío.