Capítulo 2

Hoy el cura organizo una cacería para darle fin a la desaparición de personas; —es una bestia; - no, es un güito; —no, es una ánima vengativa; —son OVNIS; decía la gente del pueblo.

El cura en pleno sermón convoco a los hombres más valientes a salir al exterminio de la criatura, por supuesto todos se ofrecieron, puesto que nadie es mejor que nadie, aunque el capitán de policía realizo filtros rechazando a los gordos y a los cobardes que él conocía. Formaron un comando donde resaltaban dos hombres, el primero conocido como “el cortico”, porque su apellido era Cortes, además de estatura baja, más no con enanismo, flaco, pero no desnutrido y un ligero bigote que marcaba su cara. Que por sus largos años en la milicia era un elemento muy valioso y don Gildardo Simplón, cuyo cuerpo contaba muchas historias. No tenía una parte sin una cicatriz, en su mano derecha tenía solo tres dedos a causa de un machetazo, su pierna izquierda con tres platinas a razón de unos disparos, su mejilla izquierda la marco una pelea a puñal, en fin era un hombre curtido en mil batallas civiles, un hombre sin miedo, perfecto para encabezar la misión.

En el espeso bosque donde se presumía que se ocultaba la bestia, cada árbol parecía transformarse en monstruos en las pequeñas mentes del escuadrón con las armas, siempre apuntando hacia los diferentes sonidos de la naturaleza.

Duraron patrullando toda la noche y parte del día, para no encontrar nada raro.

—bueno, hijos míos, no se pudo, intentémoslo otra vez hoy por la noche —propuso el cura.

De regreso a casa, Gildardo se decidió a acompañar a Cortico, quien no le hizo el quite, pues sabía que vivían en la misma dirección, aunque no se habían hablado antes, así que pensó que era una muy buena oportunidad para conocerse mejor.

—echemos por este atajo, —dijo Gildardo.

—no, podría aparecer él tal monstruo, —contesto Cortes.

—no pasa nada, tranquilo compa, —replico Gildardo.

Así que cogieron rumbo por unos matorrales muy espesos.

— ¡señor cura, el monstruo volvió a atacar, mato a un hombre en el bosque!

— ¿a quién? —pregunto el sacerdote

—nada menos que el finado es el legendario Gildardo Simplón.

— ¿Cómo?, ojalá Dios lo guarde y lleve su alma con bien, tenemos que atrapar a esa bestia. — finalizo el clérigo.

Hernán Cortes se duchaba, en esos momentos lavaba muy bien su cuerpo, lo restregaba mucho, tanto que ya ni en el piso había rastros de sangre,

—fue una pelea muy dura, —se decía a sí mismo; mientras lavaba sus heridas, —por más duro que era, ningún chulo puede conmigo.

Entonces recordó el espeso bosque, cuando sintió disparos que provenían de todos los lados, bombas, explosiones, el aire comenzó a oler a pólvora y sangre. Una figura oscura intentó abrazarlo, seguramente para estrangularlo, pero él rápidamente desenfundo su machete y al mejor estilo samurái lo blandió tirando a partir a su oponente, quien gravemente herido también procedió a lanzarle cuchillazos. Al final, gracias a un poco de suerte, le pudo de un sablazo quitarle la cabeza, dándole término a ese cruel enfrentamiento;

—destruye su alma, apodérate de su poder, - le decían numerosas voces en su mente, así que le abrió el pecho sacándole el corazón que aún se movía y se lo comió de tres mordiscos.

—los chulos se fueron, —pensó, mirando a su alrededor, donde no vio rastros bélicos, ni enemigos, solo un cadáver decapitado que al mirarlo bien le provoco que gritara muy fuerte:

—¡maldita sea Mataron a Gildardo!

Gonzalo trabajaba muy duro, pues tenía que tener la mente ocupada, como el mismo decía:

—me gusta trabajar en algo que me toque rendir al máximo, ojalá que ni siquiera pueda respirar, el trabajo de oficina es muy tedioso, en mis pesadillas me veo todo el día encerrado en un cubículo, revisando mil formas y grandes cifras de dinero que nunca veré realmente además de convertirme en un viejo, gordo y artrítico.

Laboraba en un supermercado donde siempre se mantenía ocupado, por eso los demás empleados le tenían cierto recelo, también porque nunca los acompañaba a una fiesta y tampoco a un momento de ocio,

—apenas habla, —decían, —lambe mucho.

No era trabajo para él, quien había sido el mejor bachiller, tal vez tendría un puesto si hubiera prestado el servicio militar, todo porque le tiene fobia a los uniformados y a la gente de la ley. Esos mismos que tenían una profunda investigación en ese barrio, porque allí era en la parte de la ciudad donde más habían aparecido cadáveres de mujeres mutiladas, como estrategia fueron designados varias agentes en esa área. Muy en especial a Cindy, la más linda, una encantadora rubia que no tenía ningún lado que no fuera perfecto, eso fue lo que pensó Gonzalo la primera vez que la vio.

Sabía más o menos la hora en que llegaba, para el poder atenderla muy amablemente, una madrugada tuvo la suerte de observar a la rubia saliendo de un bar al que decidió frecuentar a ver si se la encontraba.

Varias noches la estuvo esperando sin éxito,

—maldita sea, me coloque una de mis mejores pintas y por el afán ni siquiera cene para que ella no vuelva a aparecer.

Hasta que al fin la espera dio frutos, una noche donde era torturado por la espera, incluso las luces se prendieron y la música se apagaron, cuando ella entró al bar tan radiante y despampanante, la carnada perfecta.

Con cierta dificultad la saco a bailar, puesto que todos los presentes querían hacer lo mismo, pero les gano sacando a relucir que la conocía del supermercado, y ella no se arrepintió, pues Gonzalo bailaba muy bien, no se movía con una coreografía como todo el mundo, él era auténtico.

—Cindy, —le declaró ella, olvidándose que era policía; —Cindy me llamo Cindy Baena;

—yo Gonzalo Jiménez.

Él la monopolizo toda la noche, tanto que se aguantó las ganas de ir al baño porque temía que otro galán se la pudiera quitar.

Fue una gran noche inolvidable, muy especial, sobre todo para la hermosa oficial de la ley.

Capítulo 3

Al final de la noche él se ofreció a llevarla a su casa en un hermoso auto.

—¿Cómo es que un humilde trabajador de supermercado puede tener un carro como este y una pinta tan col?; —le pregunto Cindy por el camino.

—la verdad es que el coche me lo presto un amigo y la ropa de marca la compro ahorrando, me gusta vestirme bien, además que sale muy buena y es bacana, no me importa gastarme lo de dos quincenas en un pantalón, hay que darse sus gustitos.

Ella recordó que algunos cadáveres de mujeres mayores habían sido acuchillados sin los objetos de valor, así que sin que Gonzalo se diera de cuenta, ella alistó su arma en el bolso.

Decidieron ir a dar una vuelta a un mirador en las afueras de un pueblo, llegaron a un lugar desolado y quisieron cerrar la noche con broche de oro; Cindy estaba tranquila, sabía que no estaba sola, cerca de allí estarían sus colaboradores, aunque se dejó llevar del momento, hacía mucho que alguien le gustara mucho, así que corto la comunicación con el cuartel general y hacer del asiento trasero del auto una habitación de motel.

Él la tomo en sus brazos, comenzó a besarla primero suave, luego poco a poco le fue subiendo el ritmo hasta que se transformó en un beso apasionado que hizo que se olvidara de todo, que dejara sus precauciones, dejo de ser policía para ser una mujer; la desnudo tan rápido que no se dio cuenta de los micrófonos y menos de que estaban siendo observados.

Mientras la penetraba pensaba en que parte cogería como trofeo, ella era tan bella, desde la punta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. Noto que estaba cerca de alcanzar el anhelado orgasmo, entonces siguiendo su protocolo empezó a buscar debajo del asiento a su mortal cuchillo.

El ciclo parecía que sucedería otra vez, Cindy terminaría como las demás citas de Gonzalo. De no ser porque cuando él encontró su arma, rompieron el vidrio de una de las puertas del coche, interrumpiendo el extraño ritual de apareamiento y un poderoso machetazo casi los atraviesa, que por fortuna los reflejos de Gonzalo lo salvaron, pero que alcanzo a herirle el brazo, y escucharon la palabra “chulo violador”.

Ella muy hábil busco su bolso de donde saco su pistola para disparar hacia la dirección de donde escuchaba, surgió el ataque haya entre la vegetación se escuchaba:

— ¡los voy a matar caché porro!

Gonzalo aprovechó la cortina de tiempo que le dieron las balas de Cindy para salir al enfrentamiento, tan solo vestido con su cuchillo, pero que era lo único que necesitaría. Ella, en cambio, trato de tapar su desnudez colocándose la camiseta de su amante. Afuera el frío de la montaña no existía para Gonzalo, quien, aunque desnudo, estaba vestido de ira, con ganas de beber sangre como el mismo se decía. Se enfadó mucho, no porque casi lo matan o por la cortada en el brazo, sino porque le habían interrumpido el coito y su oportunidad de obtener un buen trofeo.

Cindy, muy asustada, le dijo: —vámonos de aquí, ya no me quedan balas.

El entrenado oído del agresor escucho esto, lo que provoco que saliera muy calmado de los matorrales diciendo:

—me vengaré de lo que me hicieron, a Hernán Cortes nadie le ve la cara de cachón, ella es mi mujer.

Gonzalo lo embistió como un toro con su cuchillo como cuerno, diciéndole:

—¡maldito pagarás por interrumpirme!

Pelearon muy fuerte donde cada uno disfrutaba las heladas heridas, como animales salvajes el olor a sangre les bombeaba adrenalina, sin embargo, Gonzalo estaba perdiendo debido a que ya había perdido sangre por la primera cortada de su brazo, además que al no tener ropa, el machete le provocaba heridas más profundas, Cortes lo sintió así que empezó a jugar con él, diciéndole: —“¿eso era todo, godo?”

Gonzalo le aposto sus últimos alientos a una estocada, la cual Cortes la esquivo sonriendo, y lo tumbo al piso, donde le lanzo un machetazo para decapitarlo y lo habría logrado de no ser por Cindy, quien usando todas sus fuerzas empujo a cortes provocando que fallara el ataque.

Pero muy tranquilo decidió arremeter primero contra ella, comenzó a lanzarle machetazos diciéndole:

— ¡maldita moscovita!

También la tenía a punto de matarla cuando sonaron unos disparos y una voz ordeno:

—¡quietos, que nadie se mueva!

De inmediato el agresor se lanzó al bosque en pos de huida, a donde ni siquiera los perros lo pudieron seguir.

Gonzalo se estremeció al ver a Cindy como hablaba con los oficiales, sin ser amigable, pero sin temerles, como de iguales, como de profesionales:

—¡maldita sea, es policía!; —juzgó mientras escondía el cuchillo debajo del charco de barro que se hizo con su sangre.

Muy paciente, espero la hora en que sería apresado, recordando cuando se había quedado esperando la llegada de su amada, al frente de su casa, en una triste y oscura noche, donde la pregunto muchas veces y negada de igual forma, recuerdos dolorosos como este que sucedió hace muchos años le surcaban la mente casi siempre.

Cindy sentó a Gonzalo en una piedra con la ayuda de un oficial, y vendo o cosió sus heridas, mientras el agente lo interrogaba, Gonzalo contestaba monosílabo aún fuera de sí por el combate y la pérdida de sangre. Sin embargo, se dio cuenta de que solo estaban allí la hermosa agente y el oficial preguntón, debía ser que el resto se fueron a cazar a ese asesino, él que por poco lo mata, quién sabe que lo motivaría a matar, ya que se veía muy trastornado.

Terminando el interrogatorio le pregunto al oficial que si se podía ir.

—no, debemos ponerlo a orden de la fiscalía. —formuló por última vez el oficial, quien quedó tendido con el cráneo abierto por un golpe de una gran roca que Gonzalo se la estrello en la cabeza para rematarlo en el piso, salto a su yugular cuál leopardo mordiéndole el cuello a lo vampiro. Se reincorporó sonriendo por el placer que le daba acabar con alguien. Aunque fue sacado de ese trance por el sonido de unos chasquidos, volteo a ver hacia el origen de ese sonido, divisando a Cindy, quien le disparaba con una pequeña pistola, a la cual se le había atorado un casquillo. Ella, presa del miedo y del desconcierto, le tiro el arma, la cual él cogió con habilidad de ninja. A ella lo único que se le ocurrió fue salir corriendo, quizás hubiera podido darle pelea, pues él estaba muy herido, adicionalmente débil por la pérdida de sangre. Allí se evidenció de que nada le habían valido todas las horas de entrenamiento en combate, si en su torpe huida fue derribada por un cachazo en la nuca.

—¿Dónde estoy?. — pregunto la dama, tratando de sobarse el cuello, ya que le dolía mucho, así se dio de cuenta que estaba amarrada. Cada una de sus extremidades, a una pata de una cama muy cómoda donde se encontraba acostada y desnuda sin más artificio que su maquillaje. El lugar estaba decorado con muchos osos de peluche, cuadros de paisajes, flores, diplomas, menciones de honor y medallas. Yo creo que a nadie se le pasa por la mente el sitio donde moriría y menos a ella quien esperaba que fuera en un tiroteo, en él cumpliendo del deber.

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