La oficina estaba silenciosa. Solo el sonido de los teclados y las conversaciones lejanas de otros empleados rompían el ambiente de concentración. Pero dentro de su mente, Ricardo se encontraba en otro lugar. Una imagen borrosa y familiar lo invadió.
Era una tarde soleada. Beatriz estaba frente a él, riendo mientras intentaba alcanzar la última galleta en la caja. Él, con su típica sonrisa de arrogancia, le extendió la mano.
"Sabes que no tienes oportunidad contra mí, ¿verdad?", le dijo, burlón pero con una mirada de complicidad.
Beatriz, con su risa contagiante, le respondió sin perder su gracia: "Lo sé, pero al menos tengo la ventaja de no ser tan competitivo. No todo en la vida es una guerra, Ricardo."
Él la miró, divertido por su respuesta, mientras le entregaba la galleta. "¿No todo? Eso lo dirías si no fueras la esposa de un CEO, Beatriz."
Ambos rieron. La escena parecía perfecta. Parecía que no existían preocupaciones ni responsabilidades. El trabajo, la familia, todo quedaba atrás. Solo estaban ellos.
"Ricardo, ¿te has dado cuenta de cómo el tiempo vuela cuando estamos juntos?" Beatriz preguntó, con una mirada pensativa.
"Eso es porque hacemos todo más divertido, Beatriz. La vida no tiene que ser solo trabajo." Él la miró con un brillo en los ojos, como si su mundo pudiera detenerse en ese instante. "Si pudieras olvidarte de las reuniones y los proyectos por un momento, tal vez verías que tenemos todo lo que necesitamos aquí."
Beatriz sonrió suavemente, pero su expresión cambió por un segundo. Ricardo notó el cambio, pero no dijo nada. Había algo en su mirada que lo hacía sentir incómodo, como si hubiera una verdad no dicha entre ellos.
"Sé lo que piensas, Ricardo", dijo ella, interrumpiendo su tren de pensamientos. "Pero esto no es suficiente para mí. Quiero... quiero algo más. No quiero ser solo la esposa del CEO, quiero ser... alguien más en tu vida. No solo la mujer que te acompaña a las cenas de negocios o la que espera en casa después de un largo día de trabajo."
Ricardo se quedó en silencio, sorprendido por sus palabras. "¿Qué más quieres? Tienes todo lo que siempre soñaste, Beatriz."
"Quiero tu tiempo, Ricardo. Quiero tu atención. Quiero saber que no soy solo un accesorio en tu vida. ¿Qué pasa con nosotros? ¿Con lo que somos como pareja?" Beatriz bajó la cabeza, la frustración y la tristeza se mezclaban en su voz. "Siento que me estoy perdiendo de algo, Ricardo."
Ricardo tragó saliva. Era cierto, lo sabía, pero no sabía cómo cambiarlo. Su carrera, su empresa, todo le pedía más. Y Beatriz, su esposa, estaba quedando atrás. Pero nunca le dijo que la amaba con todo su corazón, que la quería más que a nada en el mundo.
"Lo siento, Beatriz. Pero esto es lo que soy. Yo... soy un CEO. No puedo parar."
Beatriz lo miró con una expresión que Ricardo no pudo leer en ese momento. Se levantó lentamente, tomó su abrigo y se dirigió a la puerta.
"Entonces, tal vez yo no pueda seguir siendo la esposa de un CEO. Tal vez yo también necesite algo más. Algo que tú no puedes darme."
Ricardo la vio alejarse, pero no dijo nada. Quería correr tras ella, decirle que no, que todo lo que había dicho no importaba. Pero no lo hizo. La vida seguía, el trabajo seguía.
De repente, Ricardo volvió al presente. La oficina, las luces frías, las pantallas de su computadora. Todo seguía igual, pero en su pecho algo se revolvía.
"¿Qué hice?" murmuró en voz baja, sin darse cuenta.
El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos. Carmen, la secretaria, le informaba que la reunión con los inversionistas estaba a punto de comenzar. "No es hora de pensar en esto", pensó para sí mismo. Pero no podía dejar de recordar los últimos días de su matrimonio, cuando todo parecía ir bien, hasta que las pequeñas grietas empezaron a aparecer.
La siguiente imagen que invadió su mente fue más reciente. Estaba en una cena de negocios, entre conversaciones sobre proyecciones financieras y ganancias. Beatriz, desde lejos, lo observaba, como si estuviera completamente desconectada. La sonrisa que solía tener ya no estaba presente. En su lugar, había una expresión de resignación.
"Beatriz..." murmuró, casi sin darse cuenta. Había algo en ella, en su mirada distante, que lo había perturbado. Como si la mujer que había conocido ya no estuviera ahí. Se había perdido en el camino.
La última vez que hablaron fue en su oficina, después de la reunión con los abogados. Ella se veía agotada, tanto emocional como físicamente. La conversación fue breve, pero intensa.
"Ya no puedo seguir, Ricardo. Lo hemos intentado, pero no puedo estar con alguien que nunca está presente."
Ricardo, con la mandíbula apretada, intentó decir algo, pero las palabras no salían. Sabía que estaba perdiendo lo más importante, pero no podía dejarlo todo atrás. No podía dejar de luchar por lo que había construido.
"Es lo mejor, Ricardo", dijo Beatriz, su voz suave pero firme. "Y sé que lo sabes."
En ese momento, Ricardo no entendió lo que quería decir. No lo entendió hasta que ella se fue. Hasta que, por fin, después de mucho tiempo, se dio cuenta de lo que había perdido. La mirada perdida de Beatriz, el vacío que dejó en su vida, fue lo único que quedó.
Ricardo respiró hondo, tratando de despejar su mente. Sabía que el trabajo lo había alejado de Beatriz, pero el peso del arrepentimiento aún no lo dejaba en paz. Se giró hacia su ventana, observando la ciudad.
"¿Cómo pudiste dejarla ir?" se preguntó a sí mismo, con un suspiro pesado.
La imagen de Beatriz aún estaba fresca en su mente. La mujer que lo había amado y que él había descuidado. Ahora, solo quedaba el recuerdo.
"Tal vez ya sea demasiado tarde para enmendarlo."
La sala de reuniones de la firma de abogados estaba iluminada por una luz fría y dura, y el sonido de las hojas de papel al ser pasadas llenaba el aire. Ricardo se sentó frente a Beatriz, ambos en silencio, mirando sus manos. Los abogados de cada uno estaban a un lado, organizando documentos, pero no se atrevían a hablar demasiado. Sabían que todo estaba decidido.
Beatriz no lo miraba. Su mirada fija en el escritorio, como si quisiera evitar el contacto con la persona que había sido su compañero durante tanto tiempo. Ricardo, por otro lado, no sabía qué pensar. ¿Era esto lo que quería? ¿Realmente quería seguir adelante con este proceso? Todo parecía un sueño distante.
"Ricardo..." Beatriz rompió el silencio con su voz suave, casi apagada. "Nunca imaginé que llegaríamos a esto. Hace años, en nuestra luna de miel, pensaba que estaríamos juntos para siempre."
Ricardo levantó la cabeza, finalmente encontrando sus ojos, pero no dijo nada. Sabía que lo que iba a decir solo haría las cosas más difíciles.
"Lo sé, Beatriz, lo sé", dijo con voz baja, la culpabilidad apretándole el pecho. "Pero las cosas cambiaron. Y yo... no supe cómo manejarlas."
Beatriz soltó un suspiro, como si fuera el peso de años de frustración. "Ricardo, lo que cambió fue todo. El trabajo te absorbió, tu empresa, tus reuniones, tus viajes. Estaba sola, Ricardo. Estaba sola mientras tú vivías en tu mundo de contratos y ventas. ¿En qué momento dejaste de ser mi marido?"
Las palabras de Beatriz cayeron como piedras, hiriendo profundamente a Ricardo. No podía mirarla, no podía decir nada. Sabía que tenía razón. Había sido tan egoísta, tan ciego. Pero aún así, no quería perderla.
"Beatriz, no quiero que esto sea así. No quiero que terminemos. No es solo trabajo lo que me importa. Tú eres importante para mí, pero no sé cómo hacerlo funcionar. No sé cómo equilibrarlo todo."
Beatriz lo miró, sus ojos llenos de cansancio y de dolor. "Eso es lo que siempre decías, Ricardo. Pero las palabras se las lleva el viento, y las promesas se rompen. Yo no soy un proyecto más en tu lista de cosas por hacer. No soy algo que puedas delegar o dejar en pausa hasta que tengas tiempo. Te di todo lo que pude, pero ya no puedo seguir esperando que cambies. Ya no puedo esperar que me veas."
Ricardo tragó saliva, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Era verdad lo que ella decía. Durante años había sido un extraño en su propia casa, pensando que su éxito justificaría la distancia emocional que había puesto entre ellos.
"Lo siento... Beatriz. De verdad lo siento. No te di lo que necesitabas. No te escuché cuando me pedías más de mí. Pero no sé cómo arreglarlo ahora." Su voz tembló al final, como si estuviera a punto de perder el control.
Beatriz lo miró fijamente, y por un segundo, Ricardo vio en sus ojos la mujer que había amado. La mujer que todavía amaba, aunque no lo supiera manejar.
"No hay nada que arreglar, Ricardo. Ya no podemos seguir viviendo en el pasado. El divorcio es lo mejor para los dos. Quizá un día podamos ser amigos, pero ahora mismo... ya no somos pareja." Su voz era firme, pero la tristeza se filtraba en cada palabra.
Ricardo sintió una presión en el pecho que lo hizo difícil respirar. "Entonces... esto es el final. ¿Ya no hay nada que hacer?"
Beatriz se levantó lentamente de su silla, mirando la pila de documentos sobre la mesa. "No hay nada más que decir, Ricardo. La verdad es que nos perdimos en el camino, y ya no podemos volver atrás. El trabajo siempre fue más importante para ti, y yo siempre quise ser más que una sombra en tu vida. Quiero encontrar mi propio camino, mi propia vida. Y tú, tienes que encontrar la tuya."
Ricardo la observó mientras se dirigía a la puerta, su figura cada vez más distante. No podía creer que todo terminara así, tan rápido. Quería detenerla, rogarle que se quedara, que todo fuera diferente. Pero sabía que no podía. No podía cambiar lo que había pasado. No podía cambiar lo que él mismo había destruido.
"Beatriz..." La llamó con voz baja, y ella se detuvo, mirándolo por encima del hombro. "¿Y si... si realmente cambio? Si trato de poner más de mí en esta relación, de poner más de mí en nosotros?"
Beatriz cerró los ojos por un momento, como si las palabras le dolieran más que cualquier otra cosa. "Ricardo, ya no sé si eso me importa. Tal vez si hubieras hecho eso hace dos años, podríamos haberlo intentado. Pero ahora... no puedo seguir esperando que cambies. Ya es demasiado tarde."
Con esas palabras, ella salió de la sala, dejando a Ricardo con el eco de su voz resonando en su mente. No podía creerlo, no podía asimilar lo que acababa de pasar. El divorcio ya estaba en marcha, y aunque quería luchar por ella, sabía que no había forma de volver atrás.
Se quedó allí, en la fría sala de reuniones, mirando el contrato de divorcio sobre la mesa. Las palabras en el papel parecían más reales que nunca. Se estaba divorciando. Todo lo que había construido, todo lo que había hecho, ya no significaba nada si no podía salvar lo que más amaba.
Pero en ese momento, una verdad brutal le golpeó en la cara: lo había perdido todo. Y era demasiado tarde para hacer algo al respecto.