Capítulo 2

Angie

Pasé todo el día con un punzón en el vientre y un apretón en la garganta por la ansiedad que me producía esperar el momento en que por primera vez entrara a la oficina de mi CEO. Me imagino que estará en su escritorio con tan solo una flor roja cubriéndole el cuerpo de dios griego, y con una botella en la mano de un delicioso coñac. Cuando me vea, susurrará: —mi Angie sigue, que yo soy tu premio.

A pesar de que a veces mi hermanastro me lleva a casa, hoy se le ocurrió hacerlo. Es probable que no le llegue para pagarme lo que me debe y por eso quiera llevarme a otro lugar para evitar una espera. Intente hacerle mala cara, pero me causa gracia verle los gestos que hace cuando por primera vez, en lugar de correr para subirme en esa moto que es más mía que suya, le digo que mejor se marche, que me voy sola porque tengo que hacer una vuelta.

Después de tanta espera, al fin suena el timbre de salida; nunca un día había sido tan largo. Este sonido chirriante es mágico, produce que en un segundo todos los trabajadores desaparezcan; ojalá así fueran para empezar labores.

Yo, en cambio, me quedo; fue muy difícil despegarme de mis amigas; me tocó esconderme un rato debajo del escritorio; no quería que de pronto alguna se me pegara a esta cita. Después que noto que ya todos se han marchado, salgo y me dirijo a ese pasillo que conduce a la oficina del jefe, que parece alargarse al infinito. A medida que me acerco, me siento mareada y la ansiedad me abruma; mejor decido hacer una parada en el baño que queda en la mitad de ese interminable corredor. No me arrepiento de entrar, lo necesitaba; es que me excedí bebiendo mucho de lo que me dieron mis amigas, un trago que parece ser fuego líquido. Además de que no pude almorzar por los nervios de mi encuentro, es que me parecía tener un nudo en el estómago, por eso me siento débil.

Me observo en el espejo del baño; como siempre, no me reconozco. Es que soy tan diferente a mi imagen mental que a mi reflejo. Por más que peino mi enmarañado cabello, me retoco el maquillaje intentando no caer en excesos, debido a que varias veces me han dicho cara de payaso.

Me dan ganas de mejor dejar las cosas de ese tamaño y marcharme para mi casa, pero mejor aprieto el puño y respiro hondo, automotivándome; le digo al espejo: —Vamos, Angie, tú puedes, este es tu momento, lo tienes que aprovechar.

Alcanzo a escuchar unos golpes que vienen de la oficina de mi jefe, don Morales; eso me saca de mis angustiosas reflexiones. Tanteo a mirar con precaución, sin salir; me escondo detrás de la salida del baño. Me asombra ver que Sheila, la detestable secretaria, sale de ahí con sus piernas largas y temblorosas, nada parecido al caminar tambaleante que usa con frecuencia y que parece que se va a partir; incluso se tropieza con la pared y casi cae antes de irse a tomar el ascensor.

—¡Sí! —se me escapa de la emoción; la partida de la secretaria significa que él se quedó solo. Quizás para darme mi anhelado premio. Me erizo al pensar en qué debo hacer cuando llegue a laborar al otro, cuando acuda a la oficina, si llegaré dándole un beso al frente de todos y echaré del trabajo a la porquería de Sheila. Supongo que no será bien visto que la esposa del jefe tenga que llamar a los clientes. Así que lo mejor será que mi querido invente un nuevo puesto para mí más adecuado o me albergue en una hermosa mansión con piscina, donde solo tendré la obligación de aguardar su llegada para colmarlo de amor o recibir de él detalles y otras cosas.

Imaginándome estos sucesos, tomo fuerzas para no desmayarme. Retomo el camino por ese largo pasillo, cogiéndome de las paredes como si no tuviera fuerza. Al llegar a la oficina, me quedo acariciando la puerta; una corriente helada me recorre el cuerpo erizándome el cabello. Debido a que al otro lado está mi amor platónico. La cobardía me llega de golpe para atraparme, empujándome al confort de la huida; decido que no soy capaz ni de golpear y mejor me devuelvo.

—Espera, Angie, deja la bobada, ya estás aquí, no desaprovecharás esta oportunidad de encarrilarte con semejante galán. —Me expongo a mí misma para darme ánimos. —Después de todo, no sería mi primera vez, pues ya estuve con el baboso de Miguelito, asqueroso remedo de hombre, ese, cómo lo detesto. Fue mi novio únicamente para ganar una apuesta y yo, como toda ingenua, le entregué mi pureza. —Doy media vuelta volviendo a mi objetivo.

—Aunque no patines en el pasado, aprieta las caderas, devuélvete y golpea la puerta; si es necesario, rómpela junto con todos mis miedos. —Me aconsejo; es algo que aprendí cuando era vendedora puerta a puerta, es automotivación para proteger la actitud ganadora.

Funciona, pues me hago caso. Voy y golpeo varias veces, y nadie me responde; la oficina parece estar vacía. Arremeto con más fuerza; puede que por querer dar una impresión de decencia golpeara pasito y, a pesar de que casi me parto la mano golpeando, él no me abre ni contesta. Es posible que a mi galán se le olvidara nuestro compromiso; desde luego que es un CEO muy ocupado o quién sabe qué asunto lo embolató. Mejor me dispongo a marcharme, pero escucho un quejido que me detiene; me parece que viene de dentro de la oficina. Eso me empuja a girar la perilla de la cerradura y esta voltea sin resistencia, abriendo la puerta.

Entro mirando el interior; me sorprenden los trofeos y cuadros con diplomas. Doy pasos gatunos para entrar con cautela, saludando: —Buenas tardes, jefe, ¿cómo se encuentra?

Es como un destello que no puedo creer que lo veo; sucede, casi como en mi fantasía. Resulta que mi jefe está acostado en el escritorio, sin nada de ropa que lo cubra; lo único que tiene es una botella de vidrio medio desocupada.

—¡Oh! Jefe, no puedo pensar que usted sea tan atrevido. —susurro a la vez que finjo mirar hacia otro lado para no admirar su bello cuerpo, que muchas veces imaginé tocar.

—Aunque podemos ir más lento, quizás si me invita un helado primero. Sabe, jefe, no soy de esas y esto se puede interpretar como un acoso laboral. Por supuesto que si dejara de ser su empleada y me convirtiera en su mujer, por ejemplo, eso puede considerarse legal, supongo. —Termino con una risa nerviosa, y me volteo esperando que me agarre por la espalda, que me gire y refriegue contra su ser, pero me quedo esperando en medio de un silencio que no percibo. Vuelvo a mirarlo, ¡caray!, es un espectáculo; se nota que hace mucho ejercicio; escuché que fue campeón de natación. Me sonrojo al darme cuenta de que lo estoy mirando a él en sus partes privadas; me da vergüenza pensar que me juzgue como una pervertida, así que prefiero mirar su rostro rápidamente para ver sus expresiones, y un escalofrío helado me recorre de pies a cabeza. Él está inexpresivo y pálido.

—Señor Morales, ¿está muerto? —le pregunto como si, de estar de este modo, sería capaz de contestar. Decido revisarlo, apretándole la muñeca, y me asusto al constatar que no tiene pulso. Saco mi celular recordando que está sin minutos, como siempre. Mejor intento hacerle los primeros auxilios; le pego en el corazón, le muevo los brazos y le hago respiración boca a boca mezclada con caricias; es que no aguanto. Pero esto le sirve a mi blanco nieves, quien mágicamente revive, abriendo sus hermosos ojos verdes; al fin se los aprecio bien, ya que siempre anda con esas gafas negras que le hacen parecer un agente secreto. Se levanta un poco, y luego gatea en el piso, dirigiéndose a la papelera donde vomita sin descanso; después se acuesta en la alfombra, mirándome con su carita tierna, para luego volverse a quedar dormido.

—Jefe, don Morales. —Intento despertarlo y nada funciona. Hace mucho frío en esta oficina; no encuentro algo para arroparlo. Se me ocurre vestirlo y descubro que su ropa está mojada, supongo que por sus fluidos. Lo único que se me ocurre es mantenerlo caliente como vi en una telenovela, usando mis prendas como cobijas y mi cuerpo como calefactor. Aunque la experiencia me encanta, no me puedo quedar aquí; puedo jurar que mi madre me reprenderá muy fuerte. Sin embargo, podría ser un día memorable; de seguro valdrá la pena cada segundo. Los regaños y golpes de mi mamá los soportaré con la fuerza que me den estos recuerdos; desde luego que en estos tiempos modernos, ¿qué es de un momento mágico, sin una fotografía que los transporte de manera más vivida de vuelta en ese instante? Así que tomo mi celular y casi lleno la memoria con fotos y videos de los dos, jugando con los ángulos, las posiciones y los filtros.

De esa forma debí de haber descargado el aparato, ya que no sonó la alarma que siempre me despierta para alistarme a ir a trabajar. En vez de eso, nos despertó el ruido de los murmullos y del sonido de las cámaras de los teléfonos móviles que estaban grabando y publicando en las redes sociales la escandalosa imagen del CEO dormido en el suelo de su oficina, con la empleada del mes. Protegiéndose del frío y la desnudez únicamente con las prendas del uniforme de la teleoperadora.

—¡Qué bochorno!

Capítulo 3

Angie

- ¡salgan de mi oficina o los despediré! -grito don Morales mientras se levanta tapándose las partes nobles con mi sujetador, empujo a los mirones con la mano desocupada, para luego cerrar la puerta con doble llave. Dio unas vueltas tocándose la cabeza y restregándose el rostro.

Al tiempo que yo lo contemplaba, se me queda viendo con el rostro de desconcierto y me pregunta: - ¿Qué fue lo que sucedió?, ¿Cómo es que tú y yo terminamos en esta situación?, la verdad no te quiero ofender, pero no me acuerdo de nada y tengo una jaqueca horrible.

-pues yo tampoco. -le respondo esto, porque no sé cómo explicarle lo que paso, la verdad aún ni siquiera lo digiero.

-por favor vístete, supongo que no demora en llegar mi esposa. -me anuncia esta mala noticia de golpe, después de que dormimos juntos, fue una bomba que no me esperaba, es que yo no sabía que estaba casado, pues nunca lo habíamos visto con una mujer que no fuera su latosa secretaria.

-por supuesto, sí, señor, me apresuró a vestirme, aunque ante su mirada me congelo. -lo contemplo sin hablarle, lo único es que le sonrió suave, con ganas de que por accidente se me resbalen las prendas con las que me arropo, para que me mire la carrocería, es posible que le guste y antes de que yo lo cause como si fuera adivino, él se tapa los ojos.

Se da la vuelta tapándose los ojos con la mano diciéndome, -qué vergüenza, señorita. Mejor iré al baño a echarme agua en la cara mientras usted se viste. Hágale con confianza, más tarde hablaremos de lo que sucedió anoche. Por favor recuerde, yo haré lo mismo, tengo un talento para desempolvar lo que hice en las noches de tragos, me llegan de golpe durante todo el día.

Don Morales corre a encerrarse en su baño privado sin percatarse que yo lo devoro con la mirada, es que me encanta desde la punta de sus pies hasta la cúspide de su cabello.

Me arreglo lo mejor posible, con la felicidad de llevar mis prendas impregnadas de su olor, es algo mágico, no menos que cuando abro la puerta veo a los compañeros esconderse o disimular con bobadas el hecho de que estaban pendientes del chisme. Cruzo por una fila de honor de mis compañeros a quienes no les veo los rostros, tampoco logro entender lo que me hablan, incluso tropiezo con la detestable de Sheila quien se ve pálida y demacrada. Cierro los ojos esperando uno de sus clásicos insultos y al no escuchar su voz los abro observando en su rostro una rara expresión, es como si hubiera visto un espanto.

Me voy al baño, casi no me puedo echar agua en los ojos, los siento pegados porque no me quite el maquillaje, enseguida mis amigas entran a hacerme la encerrona, hostigándome con preguntas, risas y saltos, solo entiendo a una que me cotorrea:

- ¡bravo, amiga, si vieras como están las otras que se muerden los codos porque pasaste la noche con ese papacito rico!, -la que me habla es Paola, la que supuestamente es mi amiga, la que siempre me presumía con su larga cabellera y de cómo su ropa de marca costosa le ornaba su exuberante cuerpo tropical. Además de salir con un novio millonario que le daba dinero para todos sus gustos que una noche en que estábamos de rumba, llego a recogerla y notamos que también era abundante en años, pudimos calcular que le triplicaba la edad, aunque eso es otro cuento.

-si estuvo bien, -les contesto, aunque no sé qué detalles darles, que es lo que sigue en su interrogatorio, para darme tiempo de inventar, que es lo que voy a decirles, tomo un puñado de agua del lavamanos, originando una pausa dramática donde todas ella me contemplan con las bocas y ojos abiertos. Muevo la lengua para empezar a contarles algo, pero me interrumpe un escándalo que escuchamos, que sacude las oficinas, todas nos asomamos y se trata de una mujer delgada, aunque con carne donde la debe tener, desde luego que según los estándares de belleza.

Ella está agitando las manos y gritando algo que no logro entender, luego cachetea a don Morales y el choque suena como un trueno. Luego se coloca las manos en la cintura preguntándole: -¿Danilo, quién es su amante?

Al no recibir, sino divagaciones de parte de don Morales, mejor decide voltearse para buscar a su competencia. Y es como si su mirada fuera llevada de mano en mano por los curiosos presentes, fijándola en mí, en ese momento siento el verdadero terror, pues ella se me viene como un toro en las corralejas, con las garras listas. Cuando ya está cerca, puedo sentir sus bofetadas que me dejaran la cara roja y sus rasguños que me arderán en las mejillas, hasta alcanzo a mover mi cabeza protegiéndome el cabello para que no me lo arranque.

Todo mi cuerpo se endurece esperando sus golpes. Pero al último instante ella se dirige, es a mi bella amiga Paola, quien la frena estirando las manos y mirándome a mí, exponiéndole: -conmigo no es, señora, se equivoca, mire bien esas fotos.

La rabiosa mujer me mira de arriba abajo sorprendida, observa la pantalla, del celular y compara muchas veces las fotos que algún chismoso le envió, y al parecer no considera que pueda ser cierto. Desconcertada, se da media vuelta marchándose, pero con un movimiento repentino se detiene jalándose el pelo, saltando, también cabecea la pared, para luego rugir como una fiera. De nuevo gira situándose frente a mí, donde lo único que puedo observar son sus ojos enrojecidos y un enorme puño que me hace ver estrellitas.

Despierto de espaldas al piso, con un sabor a sangre y por un segundo no sé la razón de que esta señora me esté cabalgando, llenándome de golpes, es como una máquina. Mis amigas no me ayudan, las veo que están ocupadas grabando mi paliza con sus lujosos celulares de fundas adornadas con piedras brillantes. No les importa que ella parece que no se detendrá, hasta mí me parece que esa golpiza es eterna, hasta que esa voz angelical, que incluso me ayudo a considerar que ya estaba difunta y había llegado al cielo, le rogó algo que medio alcance a escuchar bien.

-Ya basta Ángela, déjala en paz, las cosas no son como parecen, todo es un malentendido. -era don Morales, quien la levanto abrazándola, la aparto de mí. Ella como una fiera aprovechó para darme de patadas al momento en que la levantaba.

Mis amigas intentan levantarme sin dejar de grabar, fue un concierto de mochas descoordinadas, a la vez que escuchaba a la señora que le seguía alegando a don Morales, con insultos bufaba algo como esto, -eres de lo peor, no me cabe en la cabeza que te metas con un adefesio de esos. Al menos me hubieras traicionado con tu bella secretaria Sheila, me sentiría menos humillada. Qué vergüenza, no sé qué le viste, de seguro será una maravilla para aquello o te hizo brujería. Es no se me ocurre otra cosa. Aunque bien dicen que el perro traga basura porque se cansa de los manjares.

Estas palabras me hacen sentir mucha rabia, es como si un río de lava subiera por mis piernas, que causa que me libere de mis amigas. Esta vez la veo pequeña, quien continúa manoteando y gritando a don Morales, que se interpone entre ambas para evitar que me siga dando una paliza. Eso es algo que ya no me importa debido a sus palabras hirientes de ella, que fueron como agujas que atravesaron mi corazón, y como un jabón me escurro, por un lado, de mi adorado, jefe, y me lanzo como una pantera, con mis garras listas con el objetivo puesto de marcarle ese rostro de princesa. Pero su pie me frena con un golpazo seco tan duro que se me duerme la cara.

El calor que siento en mi semblante me hace pensar que ella me rompió la nariz, esa mujer a pesar de verse tan delgada es muy ágil, pues me alcanzo a conectar otras dos patadas antes que don Morales la detenga.

Parece que cada uno de mis sentidos falla, sobre todo el de la cautela, porque antes de caer contra el suelo le vocifero con rabia, -de todas maneras él fue mío y eso no me lo puedes quitar a golpes.

Esto detona su furia, veo que todo su cuerpo tiembla y es como si se transformara en una bestia y de su boca despidiera vapor. Con un codazo se libera de don Morales, para luego conectarle un rodillazo en sus partes nobles. Eso es lo que alcanzo a ver con claridad, porque después la veo de frente que salta para embestirme con una patada voladora, que me sacudió hasta las ideas, puedo sentir los pedazos de dientes como pedazos de conchas que vuelan de mi boca, aunque no deje de reírme.

Lo único que impide que me quede tendida en el suelo es una pared, donde entre borroso alcanzo a observar que ella me deja de castigar y dándome la espalda abriendo las manos, similar a una estrella de lucha libre. Diviso a mis amigas que tienen las caras atónitas, que están emocionadas sin moverse de la salida del baño y sin dejar de grabar con los teléfonos. Me gustaría que me ayudaran, pero únicamente lo que recibo de ellas es que me levanten el pulgar y unas sonrisas exageradas, es como si quisieran más show.

Tal vez por eso me levanto arañando las paredes y le grito: -¿señora, eso es todo lo que tiene?, aún no escucho la campana.

De forma estúpida me lanzo con la firme intención de arrancarle ese cabello de reina y ella con una veloz patada que hunde en mi vientre me deja sin aire. Que causa que mi cabeza se agache, alcanzando a verle de cerca su perfecto cuerpo bien torneado, sin gota de grasa que me causa envidia y supongo que es debido a cirugías estéticas. Ella deshace mis pensamientos con un puñetazo que lo conecta en mi mentón que me levanta, haciéndome sentir que me eleva por los cielos, traspasando cada piso del edificio, saliendo por la terraza, donde puedo observar como todo se empequeñece y en mí acenso por poco me estrello contra un avión. Veo que el piloto se asusta al verme para luego hacer cara de repudio, al acabarse el impulso caigo contra ese edificio atravesándolo hasta llegar al sótano que por instantes brilla y luego se queda todo a oscuras

despierto abriendo los ojos, tengo una máscara de oxígeno que me aprieta la cabeza, me jala el cabello, me doy de cuenta como me sacan por la salida del edificio, en una camilla, rumbo a una ambulancia donde a mi lado me va cogiendo la mano izquierda mi adorado Morales, quien se alegra al notar que lo estoy mirando.

"Al parecer yo gané."

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