En la Avenida Independencia
De inmediato, Donald al sentir el golpe frenó su coche, lo estacionó y corrió a socorrer a la persona que brincó por encima de su Ferrari. Él, levantó a la jovencita en sus brazos, de la carretera para auxiliar a esta.
—¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? ¿Qué te duele? —Preguntó él preocupado y angustiado, aunque ella saltó por encima del coche. Luego, cayó y se golpeó fuertemente al caer en la carretera.
No obstante, ella lloraba sin poder articular ninguna palabra. Conmocionada, solo se tapaba el rostro con sus dos manos. Ante esto, él corrió al hospital y entró al área de emergencia, con ella en sus brazos, colocando a esta sobre una camilla, para que el médico le atendiera.
Donald, salió del cubículo sin perder de vista a la muchacha. Desde donde estaba, observó que la joven era alguien de muy escasos recursos, sus calzados como su ropa se veían muy desgastadas. Él, estaba afligido, era la primera vez que relativamente atropellaba a alguien.
También, pudo observar los rasgos de ella. La joven tenía un rostro muy angelical, con su cabello rojo recogido en una cola. A pesar, de su delgadez se evidenciaban las curvas propias de un buen cuerpo. Al salir el médico del cubículo, este le siguió.
—¿Cómo está? ¿Por qué no habla? —Preguntó él angustiado y con una mirada aguda.
—¡De repente, fue por el impacto! —Respondió el galeno— Pudo ser algo momentáneo, porque me respondió todas las preguntas que le hice —contestó el doctor— Acaba de confirmar, que el accidente fue su culpa, que salió desesperada sin mirar hacia ningún lado. Voy a reportar al oficial de turno.
Él, solo asintió con su cabeza, dirigiéndose hacia la camilla donde ella estaba sentada. Al ver que lloraba, presumió que algo le dolía mucho, por lo que tomando la silla que ahí se encontraba, se sentó frente a ella y le preguntó:
—¿Cómo te sientes?
—¡Aturdida! —Respondió ella más calmada— ¡Disculpa! Por no haberte respondido, pero creo que estaba en automático. Cuando más me necesita mi madre, estoy aquí en una cama, sin llevar su medicina, que tanto requiere.
—¿Qué tiene tu mamá? —Preguntó él, con ternura. Mientras, más la miraba, más sentía que algo le atraía de ella. Tenía una mirada tan lúcida y transparente que le llamó la atención.
—¡Cáncer en su fase terminal! —Fue su respuesta, con mucha tristeza. Ella, apretó sus puños con fuerza y dejó correr nuevamente las lágrimas.
Donald, no sabía qué hacer. Él, sintió empatía por ella y algo más que no sabía cómo descifrar. Se levantó de la silla, se acercó y le tomó las manos. Por su parte, Yves estaba demasiado confundida, nadie nunca le había tratado como él.
Ella, estaba muy angustiada porque no sabía si él correría con los gastos de ese hospital. Además, recordaba lo que le escribió su amiga, sobre su mamá. Justo en ese momento, llegó un enfermero quien la llevaría en una silla de ruedas para hacer unos estudios y exámenes.
Este, no permitió que la llevara el enfermero, sino que lo hizo él mismo. Una vez que le hicieron las placas, ellos salieron para esperar los resultados. Al estar listos, le llamaron para hacer entrega de las mismas y fue cuando Donald escuchó cómo se llamaba ella: Yves Johnson.
Conforme a los datos que aportó, tenía 20 años, su dirección era desconocida. Cuando el médico revisó los resultados le dio de alta, debido a que solo tenía hematomas y aporreo. Donald pagó, compró el tratamiento médico y la llevará hasta su casa.
—¡Bueno! Yves, vamos para llevarte hasta tu casa, quiero estar seguro que llegarás sana y salva —anunció él, abriendo la puerta de su Ferrari, para que ella subiera y luego se montó él, incorporándose al tráfico normal de esa hora.
—¿Me aceptas una invitación para almorzar? —preguntó él sorprendiendo a esta, quien se miró y pensó:
«¿Dónde podré entrar con esta facha?», pensó ella, respondiendo rápidamente...
—Estoy, sumamente agradecida contigo por todo lo que has hecho, por mí. Sin embargo, mi madre necesita con urgencia este medicamento, porque los dolores que padece son muy fuerte —aseguró ella con mucha tristeza.
»Por favor, disculpa! —Suplicó ella— Necesito que me entiendas, mi mamá, desde hace horas debió ser inyectada —mostrando el paquete que contenía las inyecciones y que llevaba en las manos, evidenciando en sus ojos, una mirada suplicante.
—¡No hay problema! Te entiendo, perfectamente —contestó él. Para Donald, esto fue novedoso, era la primera vez que una mujer le rechazaba una invitación.
Este, observó de reojo como apretaba sus manos, reflejando una fuerte angustia. De repente, ella dejó correr nuevamente las lágrimas, sintiendo una fuerte presión en su pecho, como un mal presentimiento. Él, volteando hacia ella, le sugirió:
—¡Calma, Yves, por favor! Cuando las cosas pasan es por algo, ¿Tú crees en Dios? — Preguntó, con una mirada acogedora.
—¡Totalmente! —Confesó ella— Si no es por Él, mi madre, hace tiempo hubiera muerto, está viva gracias a su infinita misericordia.
—¡Entonces! Piensa en Él, lo que pase sea lo que sea, es por tu bien y el de tu mamá —aseguró Donald.
—¡Gracias! —Respondió, secando sus lágrimas con el dorso de sus manos. Él, le entregó su pañuelo para que se secara.
—Me llamo, Donald Evans, estoy a tus órdenes para lo que necesites. ¿Me puedes buscar mañana en mi oficina? A las nueve de la mañana, te espero —afirmó, extendiendo su tarjeta de presentación.
Yves, tomó la tarjeta y le agradeció nuevamente. Luego, se bajó del vehículo y corrió hacia la entrada de la casa. Mientras corría, reflexionaba en la ropa adecuada para esa entrevista con él, por lo tanto, le pedirá ayuda a su amiga.
Al ver a sus amigas llorando, en el umbral de la puerta de su habitación, corrió y se lanzó sobre su mamá, quien aún respiraba, aunque con mucha dificultad. De inmediato, le inyectó. No obstante, llamó a uno de sus vecinos, para que le llevara al hospital.
(***)
Al día siguiente, su amiga acudió temprano al Hospital para que ella pudiera asistir a la entrevista. Además, le llevó una ropa para que acudiera a la cita. Esta, salió con una hora de anticipación para llegar puntualmente.
Faltando diez minutos para las nueve, estaba de pie frente a la entrada de la Torre Evans. Ella entró, se identificó con la recepcionista, quien la miró de arriba hacia abajo asombrada, no parecía del tipo de mujer que le gustaban al nuevo director ejecutivo.
Yves, vestía con un jean ajustado a su cuerpo, una blusa ancha con un top del mismo color blanco debajo y unas sandalias bajas del mismo color. Después de unos breves minutos, la asistente del CEO, le informó a la recepcionista, que le dejara pasar de inmediato.
La joven le entregó a Yves un pase, le acompañó al ascensor y le indicó que al llegar al piso número doce caminara por el pasillo del lado izquierdo buscando la Oficina del CEO, del lado izquierdo.
Ella, localizó la oficina, entró y fue atendida por una joven que parecía una modelo de revista. Además, de muy amable, le sonrió y le hizo pasar a la oficina del CEO, quien esperaba por esta.
Donald, al ver a Yves, la detalló como lo había hecho el día anterior. Hoy se veía mejor, aunque en su semblante se observaban más ojeras.
—Hola, guapa, ¿cómo estás? —Preguntó él con una amplia y amable sonrisa que llegó hasta sus ojos.
—Con un poquito de sueño, pero aquí estoy —respondió Yves.
—¿Y eso, que tienes sueño? —Preguntó él, sonriendo con esta, puesto que habló sin filtro alguno, espontánea.
Cuando sonreía, Yves sentía que algo se movía dentro de su cuerpo, a la altura del abdomen del lado izquierdo, juraría que eran mariposas revoloteando dentro de ella.
—Pasé el resto del día de ayer y toda la noche en el hospital con mi mamá —respondió, explicando y mirando a este, fijamente a sus ojos.
Él se acercó hasta ella, le tomó de una de sus manos y la condujo hacia una mesa preparada, con un suculento desayuno para dos.
—¿Y eso? ¿Qué paso con tu mamá? Me hubieras llamado —añadió él muy servicial.
—¡Tú hiciste ayer, mucho por mí! Era imposible, volver a molestar —afirmó ella muy agradecida.
—¡Me hubiese gustado ayudarte! —Argumentó él, con una sonrisa.
Donald, le ayudó a sentarse, luego se sentó él, tomó la servilleta, la desdobló y la colocó en su regazo. Ella, observando sus movimientos lo imitó tal cual, para evitar una metida de pata. En su vida, nunca había comido en un restaurante, menos en una comida privada de etiqueta para dos.
Mientras, él servía, Yves le narró todo lo que experimentó con su mamá. Desde el momento en que la dejó en la pieza donde reside, hasta como había pasado la noche en el hospital. Donald, se preocupó por la situación que ella y su madre, estaban viviendo, por lo que le consultó:
—¿Es confiable ese diagnóstico médico que te dieron?
—¡Totalmente! Nunca he tenido, ni tendré dinero que me puedan quitar, para darme un diagnóstico errado. Además, todos los pacientes del Doc Miller, consideran que es una eminencia y tan bueno como su padre —contestó ella.
—¿El oncólogo? Si es él, es cierto. Tanto el padre como el hijo, son muy buenos —Confirmó y ella asentó con su cabeza.
Donald sintió algo especial por Yves, desde el instante que la levantó en sus brazos. Sobre todo, unas ganas inmensas de proteger y ayudar a esta, como hizo con tantas personas en sus viajes, por el mundo. Asimismo, le pidió que disfrutara la comida, para que luego conversaran sobre el asunto, por el que le había hecho venir...
En la Torre Evans
Donald e Yves, desayunaron tranquilamente. Al terminar, ella le solicitó que le permitiera llevar lo que sobró, para su mamá y su amiga. Lo cual él no aceptó, sino que encargó dos servicios más de comidas para llevar y que esta le agradeció infinitamente.
—¡No sé, que hice tan bueno, para conocerte! —Exclamó ella con una sonrisa, que resaltaba aún más sus rasgos hermosos y juveniles— ¡Gracias! Por tu gran bondad y por tu noble corazón —afirmó esta agradecida.
Una vez que él dio la orden a su asistente, se levantó. Luego, caminó con ella de la mano y se sentó en el frente de su escritorio, al lado de esta y le preguntó:
—¿Quieres trabajar conmigo?
—¡Dios! —Exclamó ella toda emocionada— ¡Claro que sí! —respondió admirada, contenta y sin quitar su mirada de la de él.
Después, de aceptar la propuesta de Donald, esta le suplicó que le espere, mientras, a su mamá le dan el alta en el hospital. Ella, se comprometió a trabajar en lo que él desee. Ante esta respuesta, él quiso saber más sobre su vida y le preguntó:
—¿Tienes papá, Yves? ¿Hermanos? ¿No, sé, cualquier otro familiar?
—¡No! —Respondió ella categóricamente— A mi padre nunca lo conocí. Así que al irse mi madre, quedaré sola. Pero, como tú dijiste ayer, solo pasará lo que Dios quiere para mí.
»En todo caso, estoy segura, Dios no me abandonará nunca —afirmó, con las palmas de sus manos unidas, a la altura de sus labios.
—¡Así es! —Asintió él, tomando sus manos y llevando estas a sus labios para dar un beso— ¡Bueno! Vamos a esperar que tu mamá se recupere para que comiences a trabajar ¿En qué Hospital la tienes? —interrogó él, pensativo.
—En el Hospital Central, está cerca de donde vivimos —contestó ella, mirando a este fijamente a los ojos y tratando de descifrar ¿por qué él le quería ayudar?
—¡Entonces, vamos! La quiero conocer y ver de qué manera las puedo ayudar —explicó él, en tanto salía con ella, de la oficina.
Donald habló con su asistente, suspendió las reuniones de esa mañana y anunció que regresaría después del almuerzo. Él, llevó las bandejas de comida, para la mamá y la amiga de ella. Finalmente, bajaron por el ascensor privado de su uso exclusivo.
Su asistente personal y sus secretarias estaban asombradas. Él, no se parecía en nada a su hermano, en relación a su carácter y personalidad. Aquel, era muy arrogante, soberbio y a veces cruel con sus empleados, todo lo contrario a Donald. Sin embargo, los dos tenían fama de mujeriegos. No obstante, esta joven no parecía ser su tipo. ¡Especularon!
Por otro lado, desde el punto de vista de su físico, parecían gemelos, solo que con ciertas diferencias de edad. Los dos, son atractivos, altos, atléticos, inteligentes y billonarios. Eran considerados los reyes del ramo inmobiliario, la construcción y de las inversiones tecnológicas.
Al salir de la Torre, ellos dejaron una ola de rumores que llegaron de inmediato a oídos de sus hermanas. Estas, estaban muy intrigadas por saber ¿de dónde conocía su hermano, a esa joven? Al parecer, no pertenecía a su círculo social.
Él, desde ese día, comenzó a ayudar a Yves y a su mamá. Si bien es cierto, que la señora Ivy estaba en las últimas, este logró que los viviera con comodidad y tranquilidad.
En virtud de esto, contactó a la Directora de la Fundación, para que les ayudara. Fundamentalmente, para que Yves no se enterara, que la ayuda venía directamente de él, y así no la rechazara.
Lo primero que hizo, fue sacar a las dos del lugar donde vivían y las trasladó a uno de los apartamentos de su propiedad. Este inmueble, estaba ubicado cerca de la Torre Evans, de tal manera, que cuando Yves comience a trabajar le quede cerca.
Ella, no quería aceptar más ayuda de él, pero a través de la Fundación, la recibió. Esta, trabajó horas para la Institución, a cambio de los servicios que obtuvo para su madre. En este sentido, la habitación de su mamá, fue acondicionada para que recibiera en esta, todo lo que necesitaba.
Además, les hicieron entrega de comidas, medicinas, ropas, calzados, entre otros. Aunado a esto, a Yves le facilitaron todo el equipo tecnológico, que requería para que prestara servicios, sin descuidar a su mamá y obviamente, no necesitó incorporarse a la empresa de él.
Su mamá, estaba sumamente agradecida con Donald por toda la ayuda prestada. También, tenía la ilusión, que se enamorara de su hija, para morir tranquila, al saber que ella quedaba protegida. Él era un hombre bueno, responsable y con mucha humildad, un auténtico ángel de la guarda.
Quince días después…
Reunidos nuevamente en la empresa, las hermanas de Donald, respaldadas por otros socios, exigieron que si en el plazo de un mes, no anunciaba como mínimo un compromiso matrimonial con alguna de sus conquistas, entonces lo obligarán a comprometerse con Laila Thomas.
Donald, enojado y convencido que no necesitaba de esta unión matrimonial, para asegurar su estabilidad y permanencia en el cargo, se levantó de la silla, furioso, golpeando fuertemente la mesa:
—A mí, nadie me obliga a hacer lo que no quiero. Yo no voy a tomar una decisión de esa magnitud, por mero capricho de ustedes —afirmó con severidad, retirándose de la sala de junta, enfurecido y dando un portazo.
En vista de esta situación, se encerró en su Despacho, se preparó un whisky y comenzó a dar vuelta, a la idea de tener un romance con Yves, que no es de su círculo social. Ella, le atrae mucho e incluso puede comprometerse con esta, solo para dar una lección a sus hermanas.
«¡Ya estoy harto de esta amenaza! Cómo de que Laila, me acosé, porque estoy seguro, es ella quien está detrás de todo esto», pensó él, saboreando la bebida.
«¡Veremos, quién gana y quién se sale con la suya», concluyó irónicamente Donald, levantando su vaso, en señal de brindis.
Una semana después…
Al salir de su oficina, Donald había tomado una decisión conquistar a Yves y hasta casarse con ella, lo más rápido posible. Quería realmente castigar a sus hermanas y una forma de hacer esto, era casándose con alguien que no pertenece a su mismo círculo social.
Esa tarde, al concluir su trabajo, decidió visitar a Yves e invitar a esta a cenar. Obviamente, ella rechazó su invitación, puesto que no quería dejar a su mamá sola. Sin embargo, como fue invitada en presencia de esta, la convenció para que aceptara y le aseguró que estará bien.
—¡Perfecto, mami! No obstante, Donald debes esperar que me cambie —afirmó Yves sonriendo y mirando a este encantada.
Ella, ya no lo miraba como hacía un mes atrás. Él estaba despertando en ella, emociones y sentimientos, que nunca antes había sentido por alguien. Sin embargo, estaba bien ubicada, con sus pies bien puestos en la tierra, de que él nunca será suyo.
—¡Guau! Tú no necesitas mucho ¡Eres hermosa, al natural! —Confirmó Donald, dirigiendo una mirada cariñosa a ella, como hasta ahora no lo había hecho.
—¡Gracias! —Manifestó Yves, agradecida y emocionada— En todo caso, no hay mucho para elegir —sonrió, con una mirada profunda.
—¡Tu belleza, opaca lo que sea a tu alrededor! —expresó él, practicando sus dones de conquistador con ella.
Al estar lista Yves, salió del apartamento junto a Donald, caminando el uno al lado del otro, sin rozar para nada sus cuerpos entre sí. Sin embargo, cada uno de ellos, sintió una especie de chispazo que sus cuerpos producían por la cercanía del uno con el otro. Definitivamente, eran emociones nuevas para los dos.
Al llegar al restaurante, Donald se encontró con su amigo John, quien estaba acompañado. Los dos se saludaron, él presentó a Yves a su amigo, el cual quedó asombrado con su belleza. Después, se separaron y este se dedicó a disfrutar la noche con ella.
—¿Cómo te sientes viviendo en el apartamento? —preguntó él, con curiosidad. Mientras el mesero servía las bebidas.
—¡Excelente! Nunca voy a tener como pagarte todo lo que has hecho por mi madre y por mí. Aunque siento que las personas del edificio me miran raro —aseguró ella, haciendo un puchero y agregando— ¡Ninguno es como tú!
—¿Cómo así, que te miran raro? Y ¿Cómo soy yo? —preguntó él sonriendo, observando al mesero, servir lo ordenado.
—¡Me miran, como si apestara! —Respondió ella sonriendo, haciendo nuevamente un puchero, concentrada en los movimientos de él para imitar a este al comer.
—¡Ja, ja, ja! ¡Ignora a todos! —Se carcajeó él, levantando su copa para brindar con ella, insistiendo en su pregunta— Y yo, ¿cómo soy?
—¡Así, todo lindo, bello, amable! Además, eres la única persona después de mi madre, que está tan pendiente de mí —confesó ella con una mirada muy cariñosa.
—¡Ja, ja, ja! —Sonrió el divertido— No ha sido nada, durante el tiempo que estuve fuera del país, me dediqué a ayudar a personas con problemas ¡Buen provecho! —deseó él.
Y así, se dedicaron los dos a saborear y degustar la comida que él pidió. Después, de terminar de comer, ella agregó:
—¿Sabes? Hoy más que nunca, doy testimonio “que no hay mal, que por bien no venga” Y para muestra un botón —abriendo sus brazos y mostrando las palmas de sus manos— Si no me atropellas, no hubiese tenido la oportunidad de conocerte.
»Nuestra vida cambió radicalmente después del accidente. De haber seguido en aquella habitación, mi madre ya hubiera muerto y con los peores recuerdos. Ahora, solo me dice que está preparada para partir —añadió ella.
»¡Cuando Dios lo disponga! Y me aseguró, que se irá feliz —confesó esta, quebrándose su voz.
—¡Tienes toda la razón! —Respondió él— Si no es por el accidente, no nos hubiésemos conocido, no estuviéramos aquí.
»¡Y lamento mucho, lo de tu mamá! —Declaró él, con tristeza y empatía con ella…