Capítulo 2

Aquí no hay espacio para nada más que sexo: caliente, lascivo, intenso. La frustración que me ha carcomido todo el día está a punto de disiparse, y todo gracias a la mujer que ahora se encuentra frente a mí. Ekaterina Smirnov, o Katya, como insiste en que la llame, está de pie en mi sala con su abrigo apenas sujeto por un nudo flojo, ocultando una lencería que promete más de lo que cualquier palabra podría describir.

—Dijiste que te gustaba el encaje, ¿verdad? —susurra, deshaciendo el lazo y dejando que el abrigo caiga al suelo como una declaración.

No necesito más invitación. Me acerco a ella, tomo su rostro con una mano y la beso con urgencia, un choque de bocas que quema tanto como alimenta. Katya no es una mujer para sutilezas, ni yo tampoco. Nos entendemos bien, casi demasiado bien para lo que somos: amantes ocasionales. Su mano ya desciende sin preámbulos, desabrochando mi pantalón y acariciando mi dureza a través del bóxer. La pego contra la pared con un movimiento rápido, cerrando la puerta de un golpe seco mientras mi cuerpo exige más de lo que podría pedir con palabras.

El encaje negro que lleva parece diseñado para provocar, realzando cada curva de su cuerpo entrenado y fuerte. Acaricio su piel bronceada, dejando que mis dedos memoricen su textura, mientras su habilidad para provocarme se hace evidente con cada toque experto. La detengo solo para guiarla a mi antojo, dirigiendo sus manos de nuevo a donde las quiero.

—Abajo —le ordeno con mi voz cargada de deseo y retrocediendo para que tenga espacio de hacer lo que le digo.

Ella obedece, mirándome con una mezcla de desafío y deseo. Sus rodillas tocan la alfombra y, al momento en que siento el calor y la humedad de su boca, un gemido grave se escapa de mis labios. Mi control tambalea, y pronto mis caderas marcan el ritmo, empujando con más intensidad de la que planeaba. Su resistencia ocasional solo aviva mi hambre, y cuando intento profundizar más de lo que ella permite, la levanto y la giro hacia la pared.

—Hoy estás más exigente de lo usual —comenta con un tono entre juguetón y jadeante.

—¿Es eso una queja? —le murmuro al oído, deslizando mis dedos hasta su humedad. Cuando los retiro, le muestro la prueba brillante de su deseo, disfrutando de su mirada encendida.

—Nunca, solo una observación —responde con una sonrisa.

Katya sabe exactamente cómo encenderme, y yo conozco cada uno de sus puntos débiles. Introduzco mis dedos en su boca, y ella los recibe con una succión provocativa antes de que desplace su panty y me abra paso. El primer momento de unión, ese instante en el que su cuerpo me envuelve y reacciona con un temblor, es siempre una pequeña victoria. Sus gemidos se convierten en música que me incita a intensificar cada movimiento, llevándola al límite una y otra vez.

La aparto solo lo suficiente para llevarla al sillón más cercano, acomodándola como quiero, con su trasero en alto sobre el respaldo. Aprieto su trasero y lo palméo nuevamente dejando una nueva marca roja, para posteriormente meter mi cara entre sus piernas. Se retuerce y trata de alcanzarme, pero inmovilizo sus manos con facilidad en su espalda. Se viene nuevamente en mi boca y ahora sí mi amigo vuelve a entrar en acción. 

¡Piedad! Esta mujer no sabe lo que es contenerse para gemir y eso solo me motiva a ser más enérgico. Ella lo sabe, ella lo busca y ahora estoy tan estimulado con el sonido que generan también nuestros cuerpos al chocar que debo obligarme a cambiar de actividad. 

Una nueva postura, mucho sudor y ya no paré hasta sentirme completamente satisfecho un par de veces., manteniéndola a mi merced mientras me sumerjo entre sus piernas. Sus gemidos llenan la habitación, y cuando finalmente regresa a mi abrazo, no me detengo hasta que ambos estamos completamente saciados.

Katya desaparece unos minutos para refrescarse, regresando sin rastro de su ropa interior. Se ve relajada, casi despreocupada, mientras recoge su abrigo del suelo.

—Así que fue un día pesado —comenta, lanzándome una mirada que mezcla burla y satisfacción.

—Ni lo imaginas —respondo, estirándome en la cama y señalando un cajón—. Toma una camiseta de ahí. Será mejor que lleves algo debajo del abrigo.

No estoy echándola, aunque ambos sabemos que nunca se quedaría. Para Katya, compartir una cama después del sexo cruza un límite que ninguno de los dos quiere explorar. Aunque no comparto su lógica, tampoco la presiono. Su independencia es parte de lo que la hace irresistible.

—Bueno, esa será mi excusa para volver mañana —dice, poniéndose la camiseta mientras una sonrisa maliciosa cruza su rostro.

Sonrío al saber que ella no necesita excusas para venir.

—Mañana no estaré —respondo al recordar mi compromiso con Alexander.

—Entonces será después —dice con tranquilidad, inclinándose para darme un último beso antes de desaparecer por la puerta.

El silencio vuelve a llenar el apartamento, pero mi mente no se calma. Mañana iré a casa del abuelo, tendré que enfrentarme a Alexander y conoceré a su enigmática esposa. Isabella, la mujer que apareció de la nada para cambiarlo todo. No puedo evitar recordar su entrada triunfal en la iglesia, deslumbrante como un espejismo, y la manera en que Alexander la miraba. La fascinación en los ojos de mi primo me hace pensar tonterías, ¿es posible que algún día pueda sentir algo parecido?

Sacudo la cabeza, como si así pudiera espantar la imagen de Isabella y ahora la sombra triste persistente que ha dejado Noah después de nuestra conversación. Me repito una y otra vez que ese tipo de sueños no son para hombres como yo. Pero aun así, el pensamiento persiste.

—Quizás todavía quede algo de soñador en mí —murmuro antes de que el sueño finalmente me alcance.

Capítulo 3

Despierto temprano como todas las mañanas y hago ejercicio. Tengo mucho espacio en mi apartamento, así que adecué una de las habitaciones como gimnasio y con eso puedo entrenar a gusto no solo en las mañanas, sino cuando siento que realmente necesito desquitarme. Supongo que podría decirse que mi saco de boxeo ha salvado de buenas palizas a muchas personas.

Mi naturaleza es así: muchas veces preferiría golpear primero y preguntar después, pero eso no siempre es bueno para los negocios. Lo aprendí a las malas con el abuelo. No me gusta comer fuera si puedo evitarlo, así que preparo mi desayuno y salgo a trabajar, siendo casi siempre el primero en llegar. Lo bueno de ser uno de los primeros es que no me topo con tráfico pesado ni tengo que saludar a mucha gente en el camino a mi oficina. El teléfono suena menos y así el tiempo me rinde más.

El papeleo se multiplica y se multiplica, pero debo hacerlo. Afortunadamente, tengo una asistente que es mi mano derecha y es sumamente lista; su nombre es Lissa. Lissa toma mi lugar en algunas oportunidades cuando debo cumplir con mis otras actividades, así que cuando eso pasa la recompenso de forma generosa para mantenerla motivada y que no indague mucho en el motivo de mi retiro.

Este día pasa muy rápido y no me habría dado cuenta de que es tan tarde si Lissa no ingresara a mi oficina con algo de comer. La miro con extrañeza y ella solo dice:

-Son las cuatro de la tarde, señor, y usted no ha comido nada desde que llegó.

Miro mi reloj y corroboro que es cierto.

-Gracias por preocuparte -le digo al recibir el paquete, y ella vuelve a salir.

Esa mujer es un ángel con lentes. Destapo la bolsa y me encuentro con una hamburguesa gigante. Inmediatamente mi organismo se acuerda de que tiene hambre, pues suena de manera vergonzosa. Me levanto del escritorio, saco la gaseosa y la hamburguesa, y empiezo a comer mirando por el gran ventanal. Escucho golpes en la puerta y le hago señas a Arturo para que entre.

Arturo es mis ojos y en ocasiones mis puños fuera de la oficina.

-Efectivamente, el señor Juan Armando ya está al corriente con el regreso del señor Noah, pero aún no se ha filtrado lo de la enfermedad de la señora Mía.

-Bien, necesito que me informes si el abuelo va a salir de la ciudad -digo, dando por cerrado ese tema.

No puedo borrar esa información de su cabeza, así que ahora solo me queda hablar con el abuelo y tratar de hacerlo entrar en razón para que no intervenga. Si es necesario, lo amenazaré con irme, aunque si soy sincero, no estoy seguro de que le interese que yo me quede si con eso vuelve a tener a Noah.

-¿Tenemos más faltantes en la bodega? -pregunto y vuelvo a dar otro mordisco a mi hamburguesa.

-Temo que sí, señor. Es poco, pero ya con este es el tercer cargamento con faltante -estira la tablet y me deja ver los datos del material.

-Materiales muy específicos, cantidades mínimas y no tan costosos, casi como si no quisieran que detectáramos el faltante -digo más para mí que para Arturo-. Aprovechemos eso -digo por fin, con una idea en mente-. Simula un cargamento "especial" nuevo entre la mercancía que se despacha mañana, pon a alguien de confianza a poner cuidado e instala una cámara en el compartimento para que grabe todo.

-Sí, señor.

❜ ⌗ . . . . . . . . . ⌗ ❜

Salgo a hacer una visita para negociar un traslado, así que por un buen rato dejo mi celular en silencio, pero al volver a tomarlo encuentro varias llamadas perdidas de Alexander. Sospecho lo que quiere, así que le marco.

-¿Nos estamos volviendo unidos? -comento al mirar la cantidad de llamadas-. Eres tan insistente como una novia celosa.

-Necesito que hablemos antes de llegar a la casa. No quiero que Isabella pueda escuchar temas tan delicados. -Eso quiere decir que la chica no tiene ni idea de nuestro otro negocio. No puedo creer que Alexander se casara sin contarle los riesgos.

Me ofusca, pero él ya es un hombre adulto.

-Bien, en el bar de Jimmy -digo por fin antes de colgar.

Tomo rumbo inmediatamente al bar; aun así, Alexander ya estaba ahí cuando llegué.

-Esperaba más resistencia -digo tras mostrarme la imagen de la transferencia en mi celular.

Toma el aparato y amplía la imagen mientras hago señas al encargado para que me traigan una bebida. Estos "extras" no pueden quedar registrados como ingresos para la empresa, así que lo que hacemos es usar la identidad de personas recién fallecidas cuyas cuentas bancarias siguen activas y retirar esos dineros.

-Algo no me gusta y no sé qué es -digo tras darle un gran sorbo a mi bebida-. El tipo simplemente esperaba que no le cobraran y las otras personas de la lista también. No eres el ser más intimidante, pero tampoco para esta reacción en cadena.

-¿Insinúas que alguien los puso de acuerdo para no pagar? -creo que es evidente, pero aún me faltan puntos para unir en ese mapa.

-Debo estar de acuerdo contigo en que esto debe ser manejado como familia. Alguien está corriendo la voz de que estamos perdiendo poder y tenemos el tiempo contado -eso es algo que nos toca el orgullo-. Aún no estoy seguro de quién, pero hay más nombres en la lista y alguno tiene que saber algo.

-No será que estás perdiendo tu toque -me dice en son de burla y no puedo evitar bufar como respuesta.

-No creo que ellos piensen eso. Los hubieras escuchado gritar y suplicar -recuerdo sus rostros y sonrío, sabiendo que me recordarán por el resto de sus miserables vidas-. Tal vez debas hablar de esto con el abuelo.

Por la cara que pone, parece que no le agrada mi idea. Ha madurado, pero le falta un poco, pues sigue queriendo impresionar al abuelo.

-Aún no quiero molestar al viejo, está demasiado contento ahora.

-Como quieras, pero ten presente que cada vez las medidas que estamos tomando de seguridad física para las empresas son más fuertes y eso podría terminar atrayendo demasiado la atención.

Alexander pide otra ronda y eso me extraña, pero luego me da los pormenores de un tema de mercancía faltante y acepto apoyarlo con esa investigación. Los materiales faltantes aquí se complementan a la perfección con los faltantes en el extranjero, así que no sería loco pensar en una conexión.

Mi celular suena y el nombre de mi padre brilla en la pantalla. Esa es una alerta de que ya nos están esperando en la casa del abuelo, así que partimos de una vez.

El castigo por ser los últimos en llegar está en proceso. Frunzo las cejas al escuchar la anécdota que están contando y agradezco de todo corazón que aún les quede algo de piedad y no hayan sacado el álbum de fotos en el que aparecemos los tres completamente azules. Esa foto fue utilizada para chantajearnos durante mucho tiempo y, para rematar, la tienen en degradé, ya que nos hicieron tomarnos la misma maldita foto varias veces como parte del castigo para que se evidenciara lo lento que se desvanecía la tinta en nuestra piel.

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