Capítulo 3

Mi hermano Patrick entró en mi habitación sin llamar, como siempre.

"¿Todavía estás jugando con esas telas de vieja? Mamá te ha llamado mil veces. Yolanda quiere su paella especial, ¡y la quiere ya!"

Me miró con su habitual desprecio. Para él, mi baile siempre fue una pérdida de tiempo.

Dejé la mantilla a un lado, doblándola con cuidado.

"Voy ahora", dije, mi voz plana.

Patrick se sorprendió. Esperaba una discusión, lágrimas, algo. Mi calma lo descolocó.

"¿Qué te pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato? Anda, mueve el culo. No hagas esperar a la reina".

Bajé a la cocina del restaurante familiar. El olor a trabajo y comida me era familiar, pero hoy se sentía ajeno.

Saqué los ingredientes para la paella. El marisco, fresco y brillante.

Siempre se olvidaban.

Siempre olvidaban que soy alérgica al marisco. Una alergia no mortal, pero dolorosa. Me provoca una urticaria terrible en las manos, se me hinchan tanto que no puedo ni cerrarlas.

Mis manos, mis herramientas para tocar las castañuelas, para expresar mi arte.

Empecé a cocinar. El contacto con los langostinos y las almejas no tardó en hacer efecto.

Un picor intenso empezó en mis dedos, extendiéndose por mis palmas.

Apreté los dientes y seguí cocinando, ignorando el dolor creciente. Era un castigo autoimpuesto, una última prueba de mi estupidez.

Mientras removía el arroz, escuché las risas en el comedor.

La voz de Yolanda, alta y melodramática, contaba historias de su supuesta vida de lujo en Miami.

Mis padres y Patrick reían con cada palabra, completamente absortos en ella.

Máximo también estaba allí, escuchándola con una devoción que nunca me había mostrado a mí.

Terminé la paella. Mis manos estaban rojas, hinchadas y me ardían.

La llevé a la mesa.

"Aquí está", dije.

Nadie me miró.

"¡Lina, por fin! Creía que te habías quedado dormida", dijo mi madre, sin levantar la vista de Yolanda.

Me senté en mi sitio, en el extremo de la mesa, como siempre. Lejos del centro de atención.

"¡Ay, hermanita! ¡Qué buena pinta!", exclamó Yolanda. "Máximo, cariño, sírveme un buen plato, que he venido muerta de hambre".

Máximo se levantó de inmediato y le sirvió una porción generosa, asegurándose de que tuviera muchos langostinos.

La escena era perfecta. La familia feliz, reunida.

Y yo, la extraña, la sirvienta, observando desde fuera.

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