Portada de la novela El Bebé Secreto del Lobo Millonario

El Bebé Secreto del Lobo Millonario

8.0 / 10.0
Emma Thorne buscaba una aventura pasajera, pero terminó embarazada tras una noche de pasión con un misterioso desconocido. Meses después, el destino interviene cuando ella busca trabajo en la empresa de Dante Volkov, un implacable CEO y Alfa licántropo que nunca logró olvidarla. Al reconocer el aroma de su descendencia, Dante se propone reclamar a su familia. Ahora, Emma deberá enfrentar el intenso instinto de un hombre decidido a recuperarlos.
Resumen de El Bebé Secreto del Lobo Millonario
Emma Thorne buscaba una aventura pasajera, pero terminó embarazada tras una noche de pasión con un misterioso desconocido. Meses después, el destino interviene cuando ella busca trabajo en la empresa de Dante Volkov, un implacable CEO y Alfa licántropo que nunca logró olvidarla. Al reconocer el aroma de su descendencia, Dante se propone reclamar a su familia. Ahora, Emma deberá enfrentar el intenso instinto de un hombre decidido a recuperarlos.
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El Bebé Secreto del Lobo Millonario Capítulo 1

El aire en el piso cincuenta de la Torre Volkov estaba tan frío que Emma sentía que sus pulmones se cristalizaban. Se ajustó la chaqueta del traje que había comprado en una tienda de segunda mano, tratando de ignorar que los puños estaban un poco desgastados. No importaba. Nadie miraría sus muñecas cuando su currículum era impecable. Necesitaba este trabajo. El alquiler del pequeño apartamento en la periferia no se pagaría solo, y los pañales de Liam eran cada vez más caros.

-¿La señora Thorne? -preguntó una secretaria que parecía más una modelo de pasarela que una administrativa.

-Señorita -corrigió Emma con una sonrisa nerviosa-. Sí, soy yo.

-El señor Volkov la recibirá ahora. Sea breve. No le gusta perder el tiempo.

Emma asintió, tragando saliva. Había investigado sobre la Editorial Volkov. Sabía que el nuevo dueño era un tiburón financiero que estaba rescatando empresas al borde de la quiebra para absorber sus activos. Lo que nadie mencionaba en los artículos de prensa era por qué todos sus empleados parecían estar en un estado de alerta constante, como si esperaran un terremoto en cualquier momento.

Caminó hacia las puertas dobles de madera de nogal. Al empujarlas, un aroma la golpeó de frente. Sándalo, lluvia y algo más... algo salvaje que le erizó el vello de la nuca.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Un recuerdo, enterrado bajo capas de fatiga maternal y noches sin dormir, emergió con la fuerza de un rayo. Esa fragancia. La misma que se había quedado pegada a sus sábanas hace un año, después de la noche más imprudente y eléctrica de su vida.

-Tome asiento -dijo una voz profunda, vibrante, que pareció resonar en los huesos de Emma.

Dante Volkov estaba de espaldas, mirando a través del ventanal que dominaba toda la ciudad. Su silueta era imponente: hombros anchos que tensaban la tela de un traje hecho a medida, una postura de poder absoluto.

-Gracias, señor Volkov -respondió ella, intentando que su voz no temblara.

Dante se tensó. Sus hombros se crisparon y, por un segundo, Emma juró que escuchó un gruñido sordo, un sonido que ningún humano debería ser capaz de producir. Él se giró lentamente.

El mundo de Emma se detuvo.

Eran esos ojos. Un gris tormentoso, casi plateado, rodeados por pestañas densas. La mandíbula cuadrada, la nariz recta, la boca que recordaba haber besado con una urgencia desesperada en un callejón oscuro a la salida de una gala de caridad. El hombre que la había dejado antes de que el sol tocara el horizonte.

Dante no dijo nada. Se quedó petrificado, sus fosas nasales dilatándose mientras inhalaba el aire de la habitación. Para él, el tiempo se había fragmentado. Durante trescientos sesenta y cinco días, su lobo había aullado por la hembra que desapareció sin dejar rastro. La había buscado, pero el rastro se había perdido bajo la lluvia de aquella noche.

Y ahora, ella estaba aquí. Sentada en su oficina.

Pero había algo diferente. Dante dio un paso hacia adelante, rodeando el escritorio con la gracia depredadora de un cazador. El aire entre ellos comenzó a cargarse de electricidad estática.

-Emma -susurró él. Su nombre sonó como una sentencia de muerte y una promesa al mismo tiempo.

-Usted... usted se fue -logró decir ella, poniéndose de pie instintivamente, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la puerta cerrada.

Dante no escuchaba sus palabras. Su instinto estaba en sobremarcha. El lobo dentro de él, una bestia de pelaje negro y ojos de fuego, estaba arañando su conciencia. Pero no era solo por ella. Había algo más en el aroma de Emma. Debajo de su perfume de vainilla y el olor a oficina, había una nota persistente, dulce y embriagadora.

El olor de un cachorro. Su cachorro.

Dante acortó la distancia en un parpadeo, atrapando a Emma entre la puerta y su cuerpo. Apoyó las manos a ambos lados de su cabeza, inclinándose hasta que sus narices casi se rozaron.

-Mía -gruñó el lobo, la voz de Dante distorsionada por la naturaleza de su especie.

-No soy de nadie -respondió Emma, recuperando un poco de su fuego-. Me dejó en esa habitación de hotel, Dante. No tiene derecho a reclamar nada ahora. Vine por una entrevista de trabajo, no por un reencuentro dramático.

Dante hundió el rostro en el hueco de su cuello, inhalando profundamente. Emma dejó escapar un jadeo que intentó disfrazar de indignación, pero su cuerpo la traicionaba, recordando perfectamente cómo se sentía el calor de ese hombre contra el suyo.

-Hueles a él -murmuró Dante, su voz ahora un ronroneo peligroso contra su piel-. Hueles a leche, a talco y a mi sangre.

Emma se quedó helada. El secreto que había guardado con tanto celo, el motivo por el que trabajaba tres empleos y dormía cuatro horas, estaba siendo desnudado en segundos.

-No sé de qué habla -mintió ella, aunque su corazón latía tan fuerte que Dante podía escucharlo como un tambor de guerra.

Dante se alejó lo justo para mirarla a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, casi cubriendo el gris de sus iris.

-No me mientas, Emma. Puedo oír tu corazón. Puedo oler el vínculo. Tuviste un hijo. Mi hijo.

-Es mi hijo -siseó ella-. Mío. Tú desapareciste. No estuviste en las ecografías, no estuviste cuando nació, no estuviste cuando tuvo fiebre por primera vez. No eres nada para él.

Dante golpeó la puerta con el puño, no con fuerza suficiente para romperla, pero sí para hacer que Emma saltara. Su rostro estaba transformado por una posesividad primitiva.

-Soy su padre. Soy el Alfa de esta ciudad. Y nadie, ni siquiera tú, mantiene a un cachorro Volkov lejos de su jauría.

Emma intentó empujarlo, pero era como tratar de mover una montaña de granito.

-¿Qué vas a hacer? ¿Vas a usar tu dinero para quitármelo? -preguntó ella, las lágrimas de rabia comenzando a nublar su vista-. Si intentas tocar a Liam, juro que...

-¿Liam? -el nombre del niño pareció suavizar la expresión de Dante por un microsegundo, antes de que volviera a endurecerse-. Liam no irá a ninguna parte sin ti. Pero no volverás a ese apartamento miserable, Emma. Ni volverás a buscar trabajo en otro lugar.

Dante se enderezó, recuperando su compostura de CEO, aunque sus ojos seguían brillando con una luz sobrenatural. Caminó hacia su escritorio y presionó el intercomunicador.

-Sloane, cancela todas mis reuniones de la tarde. Llama a seguridad. Quiero un equipo de mudanza en la dirección que aparece en el CV de la señorita Thorne en una hora.

Emma abrió mucho los ojos, horrorizada.

-¡No puedes hacer eso! Es ilegal, es un secuestro...

-Es protección familiar -la cortó él, rodeándola de nuevo para tomarla de la barbilla con firmeza pero sin lastimarla-. El mundo de los cambiaformas es peligroso, Emma. Ahora que sé que mi heredero está ahí fuera, mis enemigos también lo sabrán pronto. Vendrás a la mansión. Vivirás bajo mi techo. Comerás en mi mesa.

-¡Soy una empleada, no una prisionera!

Dante sonrió, una expresión depredadora que prometía noches sin dormir, pero no por el llanto de un bebé.

-Oh, serás mi asistente, Emma. Estarás a mi lado cada minuto del día. Pero por las noches... por las noches recordaremos por qué terminamos en esa cama hace un año. No te vas a escapar de nuevo. El lobo te ha encontrado, y el lobo tiene hambre.

Emma sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una anticipación oscura. Sabía que su vida, tal como la conocía, había terminado en el momento en que cruzó esa puerta. El bebé secreto ya no era un secreto, y el millonario que lo había engendrado no era un hombre común. Era un monstruo con traje de seda, y ella acababa de entrar voluntariamente en su guarida.

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