El pueblo era exactamente como Patrick lo había descrito: pequeño, rodeado de viñedos interminables bajo el sol de La Rioja. El aire olía a tierra húmeda y uvas maduras. Pregunté por un hombre que había aparecido herido hace tres años, y todos me dirigieron a la misma bodega familiar: "Viñedos Salazar".
Mi coche se detuvo frente a una casa de piedra con un porche de madera. Y entonces lo vi.
Era Máximo.
Mi Máximo.
El pelo un poco más largo, la piel más bronceada por el sol, pero era él. Llevaba una simple camisa de trabajo y pantalones manchados de tierra. Estaba de espaldas a mí, inclinándose para hablar con una mujer sentada en una mecedora en el porche.
Y entonces la vi a ella.
Era joven, con el pelo oscuro recogido en una trenza desordenada y una sonrisa amable. Y estaba visiblemente embarazada, su vientre redondeado era una prueba innegable de una vida compartida.
Máximo le acarició la mejilla con una ternura que me era dolorosamente familiar. Le susurró algo al oído y ella se rio, una risa clara y feliz. Él se rio con ella.
El aire se escapó de mis pulmones. Mi mano, que estaba a punto de abrir la puerta del coche, cayó sin fuerza sobre mi regazo. Este no era el reencuentro que había imaginado mil veces en mis noches de insomnio. En mis sueños, él me veía y, a pesar de la amnesia, algo en su alma me reconocía.
Pero la realidad era esta: un hombre que amaba a otra mujer, una mujer que llevaba a su hijo.
Él se giró, y sus ojos, esos ojos oscuros que habían sido mi hogar, pasaron sobre mí sin un destello de reconocimiento. Me miró como se mira a un extraño, a un coche que pasa por la carretera.
El dolor en mi pecho fue agudo, físico. Sentí que mi corazón enfermo se apretaba con una fuerza brutal.
La mujer, Sofía, como supe más tarde, notó mi presencia. Me sonrió amablemente.
«¿Hola? ¿Puedo ayudarla en algo?».
Máximo se giró por completo, su expresión era una mezcla de curiosidad y protección hacia ella.
Tuve que tragar saliva para poder hablar. Las palabras que había ensayado, "Soy yo, Elena, tu prometida", murieron en mi garganta. Decirlas ahora sería un acto de crueldad, un bombardeo en la vida pacífica que habían construido.
«Hola», mi voz sonó débil, extraña. «Yo... soy una vieja amiga de la familia. De la familia de él».
Señalé a Máximo.
Él frunció el ceño, confundido. «¿Mi familia? Yo no tengo familia».
Su voz. Era la misma, pero las palabras eran dagas.
Sofía se levantó con cuidado, apoyando una mano en su espalda. «León, cariño, no seas grosero. Por favor, pase. Mi nombre es Sofía, y él es León».
León. Le habían dado un nuevo nombre. Habían borrado a Máximo Castillo y habían creado a León.
«Encantada», mentí, forzando una sonrisa que se sentía como una mueca. «Soy... Elena».