Dejé mis lienzos y mis pinturas en un rincón del pequeño piso que alquilé en un barrio obrero de Sevilla. El olor a trementina fue reemplazado por el de fritanga y sudor.
Para conseguir dinero rápido, acepté dos trabajos. Por la noche, era camarero en un bar de tapas abarrotado en el centro, esquivando turistas y llevando platos de jamón y queso hasta que mis pies gritaban de dolor. Mis manos, que antes sostenían pinceles delicados, ahora se agrietaban por el jabón y el agua caliente. Durante el día, daba clases de acuarela a grupos de extranjeros en la Plaza de España, simplificando mi arte en souvenirs de dos horas por unos pocos euros.
Isabel me llamaba a veces.
"¿Cómo estás, mi amor?"
"Cansado," admitía yo, "pero lo estoy consiguiendo. Ya tengo algo de dinero para ti."
"Eres increíble, Mateo. Ya falta menos. Te echo tanto de menos."
Sus palabras eran el combustible que me mantenía en pie. Pero no era suficiente. El dinero que ganaba era una gota en el océano de su supuesta deuda. La desesperación me llevó a los anuncios clasificados en internet.
"Se buscan voluntarios para ensayo clínico. Fármaco para arritmias cardíacas. Alto riesgo, compensación sustancial."
Llamé sin dudarlo. La cantidad que ofrecían era exactamente lo que Isabel decía necesitar para calmar al acreedor más agresivo. Era una fortuna. El riesgo no me importaba. Mi vida no valía nada si ella perdía la suya.
Firmé los papeles sin leer la letra pequeña. Las inyecciones comenzaron. El cansancio de los trabajos se mezcló con una nueva fatiga, una pesadez en el pecho que atribuí al estrés.
Una noche, volví al piso más tarde de lo habitual. El bar había estado a reventar. Subí las escaleras lentamente, cada escalón un esfuerzo. La puerta de mi piso estaba entreabierta. Me extrañó. Entré en silencio y la oí.
Era la voz de Isabel, pero no sonaba angustiada. Sonaba alegre, casi eufórica. Hablaba por teléfono con Sofía, su asistente. Me quedé helado detrás de la pared.
"Sí, Sofía, ha funcionado a la perfección. Mateo se lo ha creído todo. Está trabajando como un burro en Sevilla, pobre iluso."
Una risa cristalina llenó el pequeño apartamento.
"La quiebra, por favor. La bodega nunca ha ido mejor. Pero era la única manera de que firmara el divorcio sin hacer preguntas. Javier está impaciente, ya sabes cómo es. Quiere su boda, aunque sea simbólica. Una gran fiesta en la hacienda para que todo el mundo vea que soy suya."
Mi respiración se detuvo. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
"No te preocupes por Mateo," continuó Isabel. "Cuando me canse de jugar con Javier, volveré con él. Le diré que he salvado la empresa milagrosamente y lo compensaré por todo. Siempre vuelve. Es como un perrito leal."
El teléfono colgó. El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier grito. Me apoyé en la pared, el cuerpo temblando, no de cansancio, sino de la revelación que acababa de destrozar mi vida.