Portada de la novela El amor de mis sueños

El amor de mis sueños

8.0 / 10.0
Abigail vive dividida entre su rutina laboral y los encuentros nocturnos con Adriano, el hombre ideal de sus sueños. Preocupada por su bienestar, su terapeuta le exige un retiro para descansar. En este aislamiento, su mundo onírico se expande y aparecen unas inquietantes criaturas de alas negras que lo cambian todo. Abi deberá investigar el origen de estos seres mientras intenta descubrir si el vínculo con su amado es real o solo una ilusión.
Resumen de El amor de mis sueños
Abigail vive dividida entre su rutina laboral y los encuentros nocturnos con Adriano, el hombre ideal de sus sueños. Preocupada por su bienestar, su terapeuta le exige un retiro para descansar. En este aislamiento, su mundo onírico se expande y aparecen unas inquietantes criaturas de alas negras que lo cambian todo. Abi deberá investigar el origen de estos seres mientras intenta descubrir si el vínculo con su amado es real o solo una ilusión.
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El amor de mis sueños Capítulo 1

No sé exactamente cómo llegué allí. Mis ojos tardaron un momento en acostumbrarse a la oscuridad del lugar. Cuando comencé a reconocer algunos elementos, me di cuenta de que estaba a la intemperie. La luna llena brillaba sobre mí y el cielo estaba cubierto de estrellas. Oí el murmullo de una discusión acalorada y comencé a acercarme para ver de qué se trataba. Los seres alados estaban en un claro de ese hermoso bosque, y hablaban de algo que yo no llegaba a comprender. Eran unos jóvenes demasiado bellos, y sus alas, completamente negras, eran imponentes e inmensas. Tres de ellos eran varones, y las otras tres mujeres. Tenían rasgos similares, por lo que asumí que estaban emparentados.

La discusión se volvió aún más acalorada y algunos de ellos comenzaron a desenfundar las espadas de sus cinturones y se desató la lucha. Me escondí detrás de un árbol, para no ser vista, pero fue en vano. La lucha me encontró, pues ellos se movían hacia mí.

Corrí por el bosque, intentando huir, pero mis piernas se sentían demasiado pesadas. Me dije a mí misma que no debía detenerme, que debía seguir intentando escapar de aquella pelea. Aquellos seres alados parecían realmente enfadados y letales. Corrí y corrí, pero los sentía pisándome los talones. De pronto, sentí a uno de ellos muy cerca, y su tacto en mi hombro me dejó estupefacta. El escalofrío recorrió mi espina dorsal.

Desperté entre jadeos para darme cuenta de que estaba cubierta de sudor. La alarma del despertador todavía no había sonado, así que me levanté y la desactivé. Me di una ducha y pronto olvidé lo que había soñado.

Bebí un café fuerte mientras miraba las noticias en mi móvil y luego tomé mis cosas para salir a trabajar. Como todos los días, tomé el metro y caminé algunas calles para llegar a mi trabajo.

Saludé con la mano a Eva y Amelia y me encerré en mi oficina a crear contenido para el periódico, antes de que alguna de las dos pudiera decir palabra. Hacía tiempo que venían con el mismo discurso: “¿Cuándo vamos a salir todas juntas como antes? Necesitas más tiempo fuera de este lugar”.

Lo cierto es que “este lugar” es mi zona de confort. Es mi hábitat natural. Es donde mejor me encuentro. Déjenme frente a mi ordenador todo el día o toda la noche, allí estaré bien. No necesito salir, no necesito música fuerte, no necesito conocer muchachos pedantes o con poca materia gris.

En mi monólogo interno, no me había dado cuenta de que Eva se acercaba a mi oficina con dos tazas de café.

—¡Buen día, hermosa! ¿Cómo te encuentras hoy? —me dijo, mientras entraba—. Tienes ojeras —observó—. ¿Has dormido algo, o te has quedado trabajando hasta tarde?

—Ajá…

—Te traje café. Aquí tienes —dijo, posando la taza frente a mí, y sentándose en la silla vacía.

—Gracias.

—Estamos organizando para este viernes, ¿sabes? —comenzó—. Deberías venir esta vez, será divertido. Vendrá Olivia.

Olivia había sido compañera nuestra en el periódico. Se había enamorado, había formado una hermosa familia, y finalmente, había renunciado a su trabajo para dedicarse a la maternidad. No era lo que yo pretendía hacer con mi profesión. Me había roto el alma para llegar a donde estaba.

—Lo pensaré, Eva.

—¿Si? —dijo, y bebió un sorbo de su café—. Sé que quieres ser siempre perfecta, pero ya lo eres Abi, salirte un poco de tu papel no te hará mal. Relájate, por un día al menos. Será bueno pasar un momento con tus amigas y distenderte, salir de la rutina.

Miré a Eva y suspiré. Sabía presionarme y si no le decía que sí iba a continuar con eso toda la mañana, y yo de verdad quería trabajar.

—Bien, Eva. Iré. Pero, ¿puedes dejar de molestarme ahora? ¿Por favor?

—¡Claro! Si prometes ir, ¡por supuesto! —dijo con una sonrisa que dejaba ver todos sus dientes.

—Y que no sea una cita a ciegas.

—Sólo nosotras, lo prometo.

Era súper alegre y sonriente todo el tiempo. Puse mis ojos en blanco y asentí. Eva bebió un poco más de su café, se levantó de su silla de un saltito y se encaminó a la puerta de mi oficina. Me miró, todavía sonriente.

—Es una cita, amiga. Agéndalo.

Se fue a trabajar y me dejó con mi trabajo. Una mañana de arduo trabajo. Al menos no tenía que levantarme de mi silla para prepararme café.

A media mañana volteé y mi mirada se encontró con la de Eva. Sonrió y me guiñó un ojo. Ese intento de emparejarme con alguien ya llevaba un tiempo. Yo no me preocupaba tanto por esas cosas. Ya llegaría mi momento de conocer a alguien, pero ahora era el momento de darle importancia a mi carrera profesional.

Pedí que me trajeran el almuerzo a las oficinas del periódico desde el restaurante que había abajo y almorcé frente a mi ordenador, como hacía casi todos los días. Bueno, esta vez dos intrusos invadieron mi oficina.

Eva y Amelia abrieron la puerta, acercaron las sillas, y se sentaron frente a mí.

—Pensamos que necesitabas compañía —dijo Eva.

—Hace tiempo que no vienes a la cocina a comer con nosotras —agregó Amelia.

—Es cierto —dije, llevándome un bocado de mi almuerzo a la boca.

—Deberías parar un poco —dijo seriamente Amelia—. Trabajas demasiado, amiga.

—Ya me lo ha dicho Eva, pero gracias por pensar en mí. Si no trabajo ahora, entonces ¿cuándo lo haré?

—Si no disfrutas de tu vida ahora, entonces ¿cuándo lo harás? —se burló Amelia.

Resoplé y miré mi comida. Jugué un poco con ella y luego volví a comer.

—No te preocupes, Amelia —intervino Eva—. Abigail vendrá con nosotras este viernes y le encontrará el sentido a la vida. Quién sabe, quizá hasta conozca algún chico guapo.

—Ya hablamos de ese tema, Eva. Nada de chicos. Si voy, es para estar con ustedes.

—“Si voy”, dice. Irás. Ya lo prometiste —dijo Eva.

—De acuerdo. Este viernes, cuando nos encontremos, es sólo para pasar tiempo con ustedes, mis amigas. No voy a conocer chicos.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Amelia.

—Dime.

—¿Por qué te rehúsas tanto a estar con alguien?

—No tengo tiempo.

—Claro que tienes tiempo. Siempre puedes encontrar tiempo.

Suspiré. Me encerraba y no dejaba entrar a nadie en mi vida. Había tenido malas experiencias en el pasado y no quería volver a intentarlo. No era mi prioridad en ese momento. Fin.

—Chicas, no se ofendan, pero en realidad este tema me tiene cansada. Y todas tenemos trabajo que hacer.

—Abi, estamos almorzando.

—Me han quitado el apetito —expresé, sonriendo con sarcasmo.

—De acuerdo —dijo Amelia, levantándose—, no te librarás tan fácilmente de nosotras, y lo sabes. El viernes serás toda nuestra. Ya lo prometiste.

Ambas salieron, ofreciéndome una sonrisita burlona, y el resto de la tarde me enfrasqué en mi trabajo, incluso después de la hora de salida.

Volví a un apartamento vacío y continué trabajando desde mi laptop, mientras escuchaba las noticias de fondo y comía sushi.

Me fui a dormir temprano y soñé con un hombre, tanto que mencionaron estar en pareja y bla bla bla, terminé soñando con un hombre.

Nos encontrábamos en una habitación en la que no había estado nunca. No sabría definir con exactitud el lugar, pero asumí que eran esos típicos lugares productos de mi imaginación que aparecen en sueños. Yo estaba sentada en un cómodo sofá y él se acercaba a mí, tomaba mi barbilla y hacía que lo mirara. Su rostro era bellísimo, y me daban ganas de besarlo. Continuaba mirando hacia arriba, embelesada, pero ninguno de los dos daba el primer paso. Parecía estar esperando mi permiso. Entonces me levanté e intenté llegar a sus labios, pero era muy alto y tuvo que agacharse. Cuando sus labios tocaron los míos, sentí una descarga eléctrica entre ellos, pero a la vez pude sentir la suavidad de su piel, y la aspereza de su barba de unos días.

Me apreté contra su cuerpo, deseando más, y acarició con ternura mi espalda. La excitación crecía dentro de mí. Alcé mi vista y pude ver que detrás de él había una cama que antes no había notado que estaba allí, pero cuando quería llevarlo hasta ella me desperté, maldiciendo entre dientes porque el sueño no continuaba.

A lo largo del día fui olvidando los detalles de su rostro, a medida que pilas y pilas de trabajo se iban acumulando en mi escritorio y la rutina me agobiaba, aunque esa sensación de placer y excitación me acompañó hasta la noche.

Deseé soñarlo de nuevo, pero fue una noche sin sueños, o al menos no lo recordaba, pues dicen que siempre soñamos, sólo que no lo recordamos. Ese día pasó como un borrón y trabajé en automático.

Volví a casa para cenar frente a la televisión, con una copa de vino en la mano. Ni bien terminé la cena, abrí un libro e intenté concentrarme en él, para sacudirme un poco la rutina de encima.

Los libros eran mis mejores compañeros, mis mejores amigos, mis mejores amantes y mis mejores escapes cuando todo lo demás se derrumbaba a mi alrededor. Siempre había un libro para cada ocasión.

Cuando al final mis párpados comenzaron a pesarme, me fui a la cama y me acurruqué entre las mantas. El sueño llegó diligente y me envolvió una bruma que me condujo a una habitación algo oscura. Una figura me esperaba allí. Una alta figura, de hombros anchos. Sólo podía ver su espalda.

Caminé hacia él, pero no lograba alcanzarlo. No parecía estar tan lejos de mí, aun así, la espesa bruma a mi alrededor no me dejaba avanzar.

Agotada, estiré mis brazos hacia él, y llamé: “¿Hola? ¿Quién eres?”. Pero no volteó. No parecía oír. Seguí intentando llegar a él, pero parecía inalcanzable. De pronto, mis pies comenzaron a avanzar con un poco más de velocidad, y noté que él se quitaba su camisa, la arrojaba al suelo, luego se quitaba también sus pantalones y también los arrojaba al suelo. Noté que a su lado había una cama, que antes no me había percatado que estaba allí.

Recorrí su figura de arriba abajo: era perfecto. Parecía medir alrededor de un metro ochenta y era ridículamente bello, su musculatura era bien definida, aunque no exagerada, y sus brazos se veían bien fuertes. Su piel estaba algo bronceada y usaba la barba de unos días, que hacía juego con su corte de cabello algo desprolijo, aunque sólo era parte del look, porque de desprolijo no tenía nada.

Se recostó en la cama, tomó las mantas y se cubrió hasta la cabeza. Hasta ese momento no me había dado cuenta que seguía corriendo en su dirección, hasta que me topé con un muro invisible y las palmas de mis manos comenzaron a palpar ese muro en busca de una abertura para poder atravesarlo. Las luces de su habitación comenzaron a apagarse y me di cuenta de que yo estaba en mi propia habitación. Me recosté en mi cama y me escondí debajo de las mantas. Cerré los ojos y me quedé dormida.

No recordé otro sueño cuando desperté en la mañana, pero ese se quedó conmigo.

Se acercaba el viernes, y mis amigas se estaban poniendo cada vez más impacientes con esto de que yo había accedido a ir con ellas. Querían ir de compras luego del trabajo, pues por lo visto mi guardarropas era demasiado aburrido, y no iba a objetar nada porque todas se veían demasiado entusiasmadas.

—No puedo creer esto, Abi —decía Eva, tan efusiva como siempre.

—¿Qué cosa no puedes creer? —le dije, fingiendo sorpresa—. ¿Que pagarás todo lo que elijas para mí?

—Ja-ja.

—¿Vamos? —dijo Amelia, saliendo de las oficinas.

Ambas asentimos y nos pusimos en marcha. Amelia y Eva me llevaron a tres tiendas diferentes de ropa y me hicieron probar de todo: ropa casual, de fiesta, tacones… Me estaban volviendo loca. Decían que me vestía demasiado sobria y que mañana era un día de celebración. ¿Celebración de qué?

—Estoy cansada, por favor, basta —les dije.

—Esto será lo último que te pruebes —dijo Amelia sosteniendo una falda entre sus manos—, y nos iremos a tomar algo, lo prometo.

Amelia colocó la falda encima suyo para ver como lucía en ella.

—Amiga, ¡lucirás hermosa! —dijo, y me la alcanzó para que volviera al probador.

Suspiré y volví al probador.

—¿Cómo te queda? Déjame ver cómo te queda.

Abrí la puerta y Eva y Amelia inspeccionaron el vestuario.

—Definitivamente irás así mañana —decretó Eva.

Puse los ojos en blanco, pero acaté la orden.

Después de mi desfile por las tiendas de ropa, nos sentamos en un café a beber unos capuchinos y a comer una exquisita pastelería estilo francés: macarons, éclairs, paris-brests para compartir y una crème brûlée para cada una. Bueno, esas eran las salidas con amigas que más disfrutaba. ¿No podíamos hacer esto en vez de salir de noche a lugares ruidosos donde la gente se amontona y recibes propuestas de gente que no conoces?

Conversamos un buen rato sobre películas, libros, nos pusimos al día sobre millones de cosas (como si no nos viéramos todos los días en el trabajo), y al caer la noche, decidimos que era mejor regresar a casa para descansar. Mañana teníamos que volver a la oficina.

—Bueno, te veremos mañana en el trabajo, Abi, y en la noche también —dijo Eva, entusiasmada.

—¿No era esta la salida? —dije, fingiendo confusión.

—No te librarás tan fácil de nosotras, ya lo sabes.

—Esto no ha sido nada fácil, me han torturado durante toda la tarde.

Nos despedimos y al llegar a casa arrojé las compras al suelo y fui directo a la cama. Estaba demasiado cansada y no tenía hambre. Nos habíamos llenado la barriga con esas delicias francesas y no tenía lugar para otra cosa.

Dormí profunda y plácidamente durante toda la noche y al despertar no podía recordar lo que había soñado. Lo que no estaba segura si era bueno o malo. Por un lado, extrañaba a ese rubio alto al que no conocía y por otro, la sensación de vacío en el pecho que me dejaba al no poder tenerlo en mis brazos no estaba, ya que no lo había soñado.

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