Punto de vista de Catalina Garza:
¿Mis pecados?
La palabra quedó suspendida en el aire, absurda y obscena. Pensé en los años que pasé limando mis propias asperezas para hacerle sitio. Me había apartado de la empresa, dejándole tomar el título de director general, el protagonismo, la gloria. Lo hice porque lo amaba, porque su éxito se sentía como el mío.
Recordé la agonía de perder a nuestro hijo. Recordé a Jacobo, arrodillado junto a la pequeña lápida de piedra que habíamos colocado junto al lago, sus hombros temblando de sollozos. Me había confesado entonces, entre lágrimas, que había estado conduciendo demasiado rápido, que se había distraído, que el accidente fue culpa suya.
Juró que pasaría el resto de su vida compensándomelo. Prometió, con la voz rota por un dolor que yo creía real: “Si alguna vez te traiciono, Catalina, si alguna vez rompo esta promesa, que sufra mil cortes. Que me trague mil agujas”.
Se convirtió en nuestro oscuro juramento. Un trauma compartido que nos unía. Durante años, el tema de los hijos fue una puerta cerrada, una habitación en nuestra casa compartida a la que nunca entramos. Un acuerdo mutuo y silencioso para proteger una herida que nunca sanaría del todo.
Y ahora él hablaba de mis pecados.
Mi agarre en el pelo de Karina se aflojó. Jacobo, pensando que había entrado en razón, soltó un suspiro de alivio.
“Catalina…”, comenzó, su voz suavizándose, intentando apaciguarme.
No le dejé terminar.
Todavía tenía la daga. Estaba metida en la cinturilla de mis pantalones. Mi mano se movió, un borrón de movimiento.
No apunté a su corazón. Eso habría sido una misericordia.
Me abalancé hacia adelante y deslicé la pequeña y afilada hoja por su ceja izquierda. Justo sobre la cicatriz. Su “insignia de honor”.
Gritó, tambaleándose hacia atrás, su mano volando hacia su cara. Sangre, oscura y espesa, brotó al instante, goteando por su sien y en su perfecto cabello oscuro.
“Esa es una”, dije, mi voz mortalmente tranquila. “El precio de la traición, Jacobo. Apenas estoy empezando”.
Miré la nueva cicatriz, la que acababa de darle. Estaba fresca, furiosa y roja. Arruinaba la narrativa heroica. Era una marca de vergüenza. Sonreí. Una sonrisa delgada y fría que no llegó a mis ojos.
“¡Jacobo!”, chilló Karina, encontrando finalmente su voz. Se alejó de la pared y se abalanzó sobre mí, empujándome con una fuerza sorprendente. “¡Psicópata! ¡Mira lo que le hiciste!”.
Apenas me tambaleé. Volví mi fría mirada hacia ella. “Quítame las manos de encima”.
La abofeteé, con fuerza. El sonido resonó en el vestíbulo. Ella retrocedió, sus ojos abiertos de par en par por la sorpresa y la furia.
“¿Quieres ser la señora de esta casa?”, pregunté, dando un lento paso hacia ella. “¿Quieres mi vida? ¿Crees que tienes lo que se necesita para mantenerla? Eres débil. Una parásita. Y cuando termine contigo, te desechará como está tratando de desecharme a mí”.
Me incliné cerca, mi voz un susurro. “Y cuando lo haga, estaré esperando. Te encontraré y te despojaré de todo. Terminarás donde empezaste, sin nada. Te lo prometo”.
Las lágrimas corrían por su rostro, pero sus ojos tenían una chispa desafiante. “No me voy a ir a ninguna parte”, sollozó, su voz temblorosa pero obstinada. “¡Lo amo y él me ama a mí! ¡Tú eres la que se quedará sin nada!”.
Sus palabras, tan similares a los votos que una vez hice, me provocaron una sacudida. Un recuerdo, nítido y vívido, brilló en mi mente.
El chirrido de los neumáticos. El olor a gasolina y mi propio miedo. El mundo retorciéndose, el metal gimiendo. Y Jacobo, en el asiento del conductor a mi lado, desabrochándose el cinturón de seguridad en esa fracción de segundo antes del impacto. Se arrojó sobre mí, su cuerpo un escudo humano.
“¡Catalina!”. Su voz, un rugido desesperado de mi nombre, fue lo último que oí antes de que el mundo se volviera negro. Había gritado mi nombre como si fuera una oración.
“Catalina, has ido demasiado lejos”.
Volví bruscamente al presente. Jacobo estaba allí, presionando un pañuelo en su ceja sangrante, su rostro una mezcla de dolor e incredulidad.
“Te has convertido en un monstruo”, dijo, su voz plana.
“Tú me hiciste”, respondí.
“Nunca te amé”, escupió, las palabras diseñadas para infligir el máximo daño. “Estaba agradecido. Tu padre me acogió. Me dio una oportunidad. Le debía a él. Te debía a ti. ¿Pero amor? Esa fue tu fantasía, no la mía”.
Dejó que las palabras flotaran en el aire, un último y cruel giro del cuchillo.
“Mi paciencia contigo se ha acabado, Catalina”, advirtió, su voz baja y peligrosa. “No me presiones más”.
Se apartó de mí entonces, su atención cambiando a la chica que lloraba en el suelo. Se arrodilló, recogiendo a Karina en sus brazos, murmurándole palabras suaves y reconfortantes. La sostuvo con una ternura que no me había mostrado en años.
“Está bien, nena”, susurró, lo suficientemente alto para que yo lo oyera. “Te tengo. Ya no puede hacerte daño”.
Karina hundió la cara en su pecho. “Le tengo tanto miedo, Jacobo”, lloró. “Está loca”.
Él era su héroe ahora. Y yo era la villana.
La narrativa perfecta.