Lucas condujo hasta el bar donde sus amigos y compañeros solían reunirse los fines de semana, el mismo bar desde el cual, a veces, se llevaba consigo a alguna chica para pasar la noche. Pero esa vez, no era la fiesta lo que lo atrajo, sino el alcohol. Se sentó en la barra y comenzó a pedir un tequila tras otro. Bebió solo, maldiciendo, hasta que su amigo Karl lo vio y se le acercó, intrigado por el comportamiento inusual de Lucas.
-¿Qué te pasa, amigo? -preguntó Karl, mientras se sentaba a su lado.
-Me rechazó, ¿puedes creerlo? -respondió Lucas, con incredulidad, como si aquello fuera un evento casi imposible.
-¡Dios mío! ¿Una mujer te rechazó? -Karl bromeaba-. Santo cielo... Ahora tienes que contarme todo.
-Le dije que se casara conmigo, que la amo... Es tan hermosa... ¡¿Cómo puede ser tan hermosa?! Pero no, ella y su estúpida moralidad y sus excusas... Casi la tuve, ¡mierda! -añadió, con rabia.
-¡Wow, amigo! Nunca te vi así por una mujer -comentó Karl-. Debe ser una muñeca para que estés en este estado. ¿Quién es?
-¿Muñeca? No... Es ella...
-¿Quién? -preguntó Karl, intrigado.
-¿Quién va a ser?... Adele
-¿Adele? ¿Tu Adele? -Karl lo miró, alarmado. No podía creer lo que oía.
-Sí... Mi Adele.
-Lucas, ¿es broma?
-No...
-Lucas, ¿qué te sucede? ¿Estás mal de la cabeza? ¡Es tu hermana, bastardo!
-¡No lo es! -gritó Lucas, golpeando la barra.
-Se criaron juntos, es como tu hermana. ¿Cómo no va a rechazarte, estúpido?
Pero para Lucas, no era una hermana. Era la mujer que amaba y que lo había despreciado. Bebió el resto de la noche hasta quedar inconsciente sobre la barra húmeda, y su amigo Karl tuvo que cargárselo en los hombros para llevarlo a su departamento.
No despertó hasta después del mediodía, con un terrible dolor de cabeza, la boca con un sabor metálico y el corazón hecho pedazos. Se levantó como pudo, tambaleándose, y la primera imagen que le vino a la mente fue la de ella, con su vestido azul. Se metió bajo la ducha fría para tratar de disipar los efectos de esa imagen en su cuerpo.
Para colmo, su teléfono no dejaba de sonar: era Norma. Sabía bien lo que le esperaba si contestaba: reclamos, gritos, quejas. Lo ignoró, pero después le llegó un mensaje que no pudo ignorar. Su padre le exigía que fuera a la casa para hablar sobre lo que había pasado. Así que, por la tarde, no le quedó más opción que enfrentarlo.
-Hijo, dime que lo que ocurrió anoche es una mentira -dijo Norma con un tono de súplica.
-No lo es, mamá, y lo sostengo -respondió Lucas.
El ruido de la silla al correrse rompió el silencio. Francis se puso de pie y lo miró, como si de repente ya no reconociera a su propio hijo.
-¿Sabes lo que ha costado tu... amor? -preguntó Francis.
-¿Por qué dudas de que es amor lo que siento por Adele? -
-¿Lo sabes? -insistió Francis, su voz ahora un poco más dura-. ¿Quieres que te diga lo que lograste?
-¿Qué? -respondió Lucas, fastidiado.
-¡Que Adele decida irse de la casa!
-¿Qué? ¿A dónde va a irse?
-¿Eso era lo que querías conseguir? -le reprochó Francis, con una mirada dura.
-¿Dónde está?
-¡Siéntate! Aún no hemos terminado... -ordenó Francis-. Adele decidió irse a estudiar fuera de la ciudad. No puedo retenerla ni negárselo. Ahora puede disponer de lo poco que le dejó su padre. Voy a seguir apoyándola como si fuera mi hija, ¡porque es mi hija! Y tú... tú la dejarás en paz.
-¡No puedes dejarla hacer eso! ¡Nunca ha vivido sola!
-¿Ahora te preocupas? -dijo Francis, con un sarcasmo gélido.
La cara de Lucas se contrajo, casi desencajada por la inminente separación de Adele. Nadie creía en sus sentimientos.
-Lucas, es lo mejor para todos... -intervino Norma, intentando calmar la situación.
-¡No, mamá, no lo es! ¿Cómo va a ser lo mejor para Adele? ¡No tiene a nadie allá afuera!
-Tiene que irse, así te calmarás... -trató de decir Norma, pero Lucas la interrumpió de golpe.
-¡Iré tras ella a donde sea que vaya! -gritó, incapaz de controlarse.
-¡No lo harás! -le gritó Francis, acercándose un paso hacia él.
-¿Y cómo piensas detenerme?
-Te vas a comprometer con Sara -sentenció Francis.
-Claro que no... No me comprometeré con ella -respondió Lucas, riéndose amargamente.
-¿No te das cuenta, hijo, de que ella es igual que su madre? -intervino Norma.
-¡No digas eso, Norma! -exclamó Francis.
-¡Es cierto! -replicó Norma, su voz cargada de desprecio.
-¡NO LO ES! -gritó Francis.
Francis odiaba esa referencia. Detestaba que compararan a Adele con su madre cuando, en realidad, era un reflejo del carácter de su padre. Sí, se parecía a su madre en el cabello rizado, en la sonrisa serena y en los ojos brillantes, pero nada más. Su lealtad, su voluntad y su actitud reservada eran de su padre, su mejor amigo.
-Harás lo que te digo... -ordenó Francis, sin más discusión.
-¡No me comprometeré y, mucho menos, me casaré con Sara!
-¡Es eso o, así como Adele se va de la ciudad, tú te irás a estudiar fuera del país! -declaró Francis, endureciendo su posición.
-¡Francis! -intentó Norma.
-¿Qué? ¿Acaso no dijiste que poner distancia era lo mejor? ¿O eso solo aplicaba a la niña? -replicó Francis, sin mirarla.
-¿Por qué no me dejas quererla?
-¡¿A quién vas a querer tú?! -explotó Francis, furioso-. ¡Todas esas mujeres que han venido a reclamarte, aun cuando tienes novia! ¿Así piensas quererla? ¡Harás lo que se te dijo!
Lucas iba a gritar, a negarse, pero sabía que no tendría sentido. Si lo obligaban a marcharse, sería aún más difícil verla. Pero si se quedaba y se comprometía, al menos tendría una oportunidad. Sabía que cuanto más luchara, más alejaría a Adele. Y, en su mente, la única novia que quería llevar al altar era ella. La única mujer con la que quería dormir todas las noches era ella.
Acostumbrado a tomar lo que quería y a que nadie se le negara, en su amor por Adele se había mezclado algo más: el orgullo herido por el rechazo. Un gusano negro que se alimentaba de la frustración, capaz de devorar sus sentimientos en una sola mordida.
Adele había decidido que era mejor irse a estudiar lejos; quería ser enfermera. Un sueño sencillo a pesar de haber crecido rodeada de privilegios en la casa de los Martin, pero, al fin y al cabo, ella era una muchacha sencilla.
Francis se enojó, tal como ella había pensado, pero no tuvo más remedio que aceptarlo. Todavía le quedaba su casa de la infancia y, si quería, podía rentarla para sacar algún beneficio. Pero Adele no quiso; le dijo que trabajaría, a lo cual Francis, con su ternura característica, le aseguró que no sería necesario.
-Te voy a extrañar...
-Yo también.
-Lamento tanto todo lo que ocurrió... Lamento no haberme dado cuenta a tiempo.
-No es tu culpa, padrino... Yo tampoco me di cuenta.
-Tu padre confió en mí y siento que lo defraudé.
-Papá estaría muy contento de todo lo que me has dado, de cómo me has cuidado, lo sé.
-Estaría muy orgulloso de ti... Yo lo estoy.
Norma no pensaba lo mismo; la veía tan igual a su madre que temía por su hijo, por el destino que tendría si se involucraba con una mujer así. Cuando escuchó que Adele quería alejarse, no tardó en darle mil razones a Francis para que no se opusiera, ni en acordar una fecha para el compromiso con los padres de Sara; era mucho mejor en todos los aspectos que Adele.
A Sara no le importaba demasiado si Lucas era un mujeriego o si tenía aventuras pasajeras, porque no había mejor partido que él. No había nadie más guapo ni más intenso en la intimidad, y nadie con un futuro brillante y acomodado asegurado como el de él. Así que, cuando su madre le dijo que querían que se comprometiera, pegó un salto de alegría. Estaba convencida de que luego del casamiento, su novio cambiaría de hábitos. No sabía ni sospechaba nada de los verdaderos sentimientos que él guardaba por su "hermana".
Al enterarse de que su hermano iba a comprometerse, Adele dudó, pues sabía que ese compromiso apresurado era consecuencia de los acontecimientos de aquella noche. Aun cuando Lucas había resquebrajado su relación, ella seguía preocupándose por él y queriéndolo como siempre. Pero entendió que no podía decirle nada, no podía preguntarle, o tal vez su inquietud la tomaría como algo más. Y Adele no era así; ella nunca había tenido miedo de enfrentarlo y cuestionarlo, de hecho, siempre se atrevía a hacerlo.
Sus discusiones eran proverbiales y podían durar días. Lucas hacía algo mal, muy mal, y Adele estaba en primera fila para ponerlo en su lugar. Él no se aguantaba e iba al choque. Pero luego volvían a amigarse, como si nada. Ahora que lo pensaba mejor, entendía muchas otras cosas: como la vez que llevó a su novio para que Francis lo conociera y Lucas había estallado, gritándole delante del muchacho que era muy joven para andar en romances; no eran celos de hermano.
O cuando, en una fiesta con sus amigos, se la llevó casi a rastras porque, según él, el tipo que preparaba los tragos quería pasarse de listo con ella; ahí tampoco eran celos de hermano. Por eso, a veces no la dejaba salir sola con las amigas, argumentando que las acompañaba para cuidarlas porque eran un grupo de niñas tontas. O la fastidiaba hasta hacerla llorar cuando quería usar faldas cortas. Ni siquiera su padrino la cuestionaba por esas cosas. Pero él sí, la cuestionaba por todo. ¿Quién hubiese pensado que lo que pasaba por su cabeza no era un sentimiento de protección?
Ahora, Adele se acobardaba para evitar más situaciones. A su manera, estaba buscando mantener el fino equilibrio que había dejado de existir para protegerlos. Cuando ella se fuera, volverían a ser la familia que eran antes de que llegara. Pero eso no era cobardía, como ella pensaba, era valentía. Era muy joven, muy optimista y muy soñadora para el mundo que la esperaba afuera; sabía que intentaría comérsela viva, pero volvería a cuadrarse de hombros y a enfrentar lo incierto. Y, de alguna manera, eso la entusiasmaba.
Cuando llegó la fiesta del compromiso de Lucas y Sara, Francis impartió una sola orden a Lele y Norma: Adele no podía quedarse nunca sola. Conocía a su hijo y sabía que era proclive a dejarse llevar por sus instintos y emociones. Desde aquella noche no habían vuelto a verse; él permaneció en el departamento y no regresó a la casa. Se verían de nuevo en la fiesta, y no quería que tuviese la oportunidad de volver a "declararse".
Un acontecimiento enorme, lleno de invitados de ambas familias: una futura esposa radiante y un futuro esposo opaco. Ni siquiera se habían saludado; Adele permanecía flanqueada por Lele y Francis, y Lucas no se atrevía a acercarse, solo a mirarla de reojo cuando creía que nadie se daba cuenta. Y para torturarlo aún más, ella eligió un vestido muy parecido al azul de aquella vez, pero gris, y la imaginación de Lucas se disparó. Sara le hablaba y él no la oía; su futura suegra le hablaba y él no la oía.
Karl estaba presente y meneaba la cabeza con frecuencia al observarlo. Su amigo era muchas cosas, y la peor de ellas era que se transformaba en un monstruo cuando quería. Unos días antes, le había pedido que lo acompañara, que tenía algo que hacer y necesitaba que lo ayudase. Como buen compinche, lo hizo, para enterarse cuando llegaron al lugar que todo lo que Lucas quería era intimidar al novio de Adele lo suficiente para que la dejara. Y lo había conseguido; el muchacho se asustó tanto que, apenas Lucas se fue, la llamó para decirle que no la quería más.
Eso se reflejaba en la cara caída de Adele, que trataba de disimular su tristeza, y en la de satisfacción de Lucas, que al menos podía quedarse tranquilo de que, si ella se iría, lo haría sola. Al menos, el tiempo suficiente hasta que pudiera encontrarla de nuevo.
Podía verla, pero no acercarse; podía imaginarla, pero no hablarle. A Lucas se le estaba haciendo larga la fiesta, la había esperado con ansias, no por el compromiso, sino porque ella iría. Y ahí estaba. Si tuviera una sola oportunidad... Pero Francis se le había pegado y no se separaba, sentía que, además de cuidarla, debía saldar la deuda con su amigo.
Norma estaba nerviosa; si Lucas hacía una escena, sería un desastre. Pero él se comportaba, o medio fingía que lo hacía, porque su cara ya comenzaba a mostrar señales de hartazgo. Cuando todo eso terminara, la vida volvería a la normalidad; creía que Sara contendría las locuras de su hijo. Era una muchacha centrada, alegre y muy bonita. Con ella lograría acallar ese demonio llamado Adele de su interior.
Llegó el momento de brindar por los futuros novios, y Lele no estaba por ningún lado. El lugar de la fiesta era una vieja casa en medio de varias hectáreas de campo y parques; seguramente había ido a explorar y perdido la noción del tiempo.
-Iré a buscarlo -les dijo Adele.
Francis miró a Lucas, que estaba rodeado de gente.
-Bueno, pero no tardes y no vayas lejos.
Cruzó una cerca de madera y salió a ver dónde se había metido su hermano. Tenía esa afición por desaparecer curioseando y luego volvía cuando nadie se lo esperaba. El camino estaba flanqueado por enormes árboles frutales y farolas que colaban su luz entre las hojas. Caminó unos cuantos metros, pero no lo encontró, así que dobló a la izquierda y siguió.
Se encontró con una bifurcación y estaba pensando cuál camino tomar cuando oyó ruido de ramas quebrarse: ¡Lele! Siguió el sonido y, detrás de unas plantas altas, divisó una figura parada. Se acercó.
-¿Lele?
Pero no era Lele. El hombre, en traje sastre, alto y de cabello corto, se giró en la dirección de su voz y la miró.
-Perdón, pensé que era mi hermano.
No le respondió; volvió a mirar hacia adelante, a la nada. Adele estaba por irse, pero algo la detuvo: la expresión triste y cansada de ese rostro. Tenía que encontrar a Lele y regresar, iban a brindar, pero no pudo resistirlo.
-Disculpe... -le dijo y emergió por completo de entre las plantas.
De nuevo, ni una palabra, solo la mirada.
-¿Está bien? -Ya estaba lo suficientemente cerca de él para confirmar la tristeza de esos ojos marrones.
-Sí...
-¿Quiere que busque a alguien?
El hombre alto la observó con más detenimiento: la cara bonita, el cabello rizado, el vestido gris; era una niña.
-¿No te enseñaron que no debes hablar con extraños? -le preguntó.
-Sí, pero no puedo resistirme ante los extraños de ojos tristes... o los que me ofrecen caramelos.
Su comentario le robó una carcajada al extraño, que enseguida se dio cuenta de que la había juzgado mal.
-Lo siento, no quise ofenderte.
-No lo hizo...
-¿Estás en la fiesta?
-Sí.
-¿Del novio o de la novia?
-Del novio, es mi hermano.
-¿Lucas es tu hermano? No lo hubiese imaginado.
-¿Lo conoce?
-Soy primo de Sara, claro que lo conozco.
-Soy Adele -le dijo, parándose a su lado.
-Hola, Adele. ¿Qué haces por aquí? ¿Te perdiste?
-Busco a mi otro hermano, que desapareció y están por hacer un brindis.
-¿Ya? -Su rostro parecía confundido, como si el tiempo hubiese pasado demasiado rápido.
-Tiene esa costumbre... solo desaparece.
-Ya veo...
De nuevo, miraba al vacío ahí delante. No había nada más que una extensión oscura de tierras, pero ahí depositaba sus pensamientos. La intriga le estaba ganando; lo observó un poco más. No podía ser mucho mayor que Lucas; se paraba erguido, con las manos en los bolsillos, y fijaba los ojos sin pestañar. Pudo sentir la pesadez que emanaba desde su interior: un hombre herido. Pero ella tenía esa "magia", como le decía Francis, el silencio cómplice.
Cuando era más pequeña, solía escabullirse en la oficina de su padrino. Se escurría entre los muebles y, si él no le decía nada porque estaba muy concentrado trabajando, ella se sentaba en una butaca verde en silencio y lo miraba. La persistencia de esos ojos siempre lograba hacerlo sonreír. Su sola presencia sustituía las palabras, y él se sentía acompañado.
Esa misma magia obró sobre el extraño en traje, porque, de la nada, una sonrisa se le dibujó apenas en los labios y la observó de reojo. Hasta que un sonido rompió esa burbuja.
-¿Adele?
-¡Lele, apareciste!
-¿Qué pasa?
-Pasa que van a brindar y no te encontrábamos.
-Papá me va a matar.
-Vamos, Lele.
Se acercó a su hermano, pero algo hizo que se volteara. Él la seguía mirando.
-¿Viene? -le preguntó.
Por algún motivo, él se sobresaltó; parecía que lo había sacado por completo de su ensimismamiento.
-Sí -le respondió, quitando las manos de los bolsillos, y ella le sonrió.
Los siguió de regreso, oyendo cómo Adele regañaba a su hermano menor, y eso le causó un poco de ternura. Lo regañaba, pero al mismo tiempo planeaba cómo hacer para justificarlo. La miró mucho más y, por la forma del cuerpo que escondía el vestido, notó que no era una niña; su respuesta no había sido la de una niña y su aura tampoco.
Lele cruzó el cerco con Adele, a Lucas no se le escapó. Y, de pronto, a unos cuantos pasos detrás, ese tipo, sonriendo. Nunca antes lo había visto sonreír, y eso que lo conocía incluso desde antes de salir con Sara. Algo se le retorció adentro, porque sus ojos seguían la figura de Adele; la miraba, el muy desgraciado.
El brindis por fin se realizó, y los saludos llegaron. De entre tanta gente, el extraño continuaba observándola con la misma sonrisa. Adele solo pudo devolvérsela una vez, porque no tuvo más remedio que acercarse a saludar a los futuros novios. Los ojos enardecidos de Lucas se le clavaron, pero Francis apuró la formalidad para apartarla. Padre e hijo compartieron unos segundos de desafío en silencio antes de alejarse.
Lucas terminó la noche medio borracho, llevándose a Sara lejos de la casa principal, a una especie de antiguo granero remodelado en salón de fiestas que estaba vacío. Allí se quitó la necesidad que le había evocado ese vestido gris ceñido y el cabello recogido, entre los brazos y las piernas de su futura esposa. Pero algo más lo atormentaba: la mirada fija de ese tipo insulso sobre el cuerpo de Adele. La sonrisa estúpida de esa cara que nunca sonreía, y estaba seguro de que ella la había provocado.
Quien nunca sonreía era uno de los primos de Sara: Gregory Karlsen. Y Adele no había errado en suponer que no era mucho mayor que el mismo Lucas; tenía, en ese momento, 30 años y un corto pero doloroso pasado. Se había casado muy joven con una jovencita que conoció apenas durante dos meses, y ella enseguida había quedado embarazada. Iba a ser padre, eso creía, hasta que un hombre se presentó en su puerta reclamando a su mujer. Entonces se supo la verdad: ese niño no era suyo.
Por toda intención, su esposa y el amante solo tenían quitarle dinero, y lo habían conseguido. Para evitar el escándalo, el padre de Gregory le ofreció a la embustera una casa, un auto y unos documentos que le negaban cualquier otro derecho. Ella los firmó, llevándose todo eso y la ilusión del joven aspirante a abogado. Por eso no sonreía, por eso solo trabajaba y por eso no formalizaba con ninguna mujer.
Le hirvió la sangre al recordar la expresión en su rostro apreciando las caderas de Adele, y su ritmo se aceleró sobre Sara. No escuchaba sus quejas ni sentía sus manos tratando de contenerlo. Y no se detuvo hasta que llegó al límite, y de su boca se escapó su nombre. Sara se quedó quieta, viendo las gesticulaciones de placer en su cara; cuando comprendió que no eran por ella, la invadió la rabia.
Se lo negó terminantemente.
-¡Dijiste su nombre! ¿Tratas de tomarme por loca?
-No lo hice, lo imaginaste -le dijo mientras se acomodaba la ropa.
-¿Me hago la estúpida con tus aventuras para esto?
-Eso es algo que tú decidiste; no me vengas ahora con reproches.
-¡Es tu hermana!
-Estoy harto de escuchar eso... ¡NO ES MI HERMANA! -y esta vez sus gestos se veían trastornados.
-¿Dormiste con ella? Francis va a pegarte un tiro...
-No, no dormí con ella. ¿Qué más quieres saber?
-Nada, ahora entiendo por qué el apuro por comprometernos.
-Bueno, al menos sabes cómo son las cosas.
Pero eso no cambiaba nada para Sara; nada cambiaría para ella. Si los habían comprometido era porque Francis se había negado a que cualquier cosa sucediera entre su ahijada y Lucas, estaba segura. Adele no representaba nada, no era nadie, no tenía nada, y para Sara eso significaba que no era alguien de quien debía preocuparse. Ya tenía el anillo puesto; lo miraba mientras se arreglaba el vestido, y no se lo quitaría nunca. Podía gritar el nombre que quisiera, pero no lo dejaría ir.
Adele terminó de armar la última maleta y de darle una última ojeada a su habitación. Francis la esperaba abajo con una expresión de angustia. Norma se había despedido brevemente desde la puerta del cuarto, y Lele no quería salir del suyo. Era el final y el comienzo. Se había matriculado en una universidad a seis horas de viaje, la más lejana que encontró. Durante todo ese mes, con Francis, estuvieron buscando un lugar para rentar; él quería que tuviera su propio espacio. Y finalmente, Adele había encontrado un pequeño apartamento, muy pequeño para el gusto de su padrino, a pocas calles de la universidad.
Cuando la vio bajar las escaleras, con el cabello recogido, el bolso cruzado sobre el pecho y la maleta, el corazón se le contrajo. Una vez la había subido con él de la mano, y apenas alcanzaba la barandilla. Ni siquiera cuando Lucas se había ido sintió lo mismo. Era diferente, porque con ella tenía una obligación diferente. Su amigo había sido como su hermano, más que su hermano. Lo conoció mientras hacían el servicio militar y enseguida congeniaron. Francis estaba intacto porque él lo cubrió con el cuerpo cuando una mina que debería haber estado desactivada explotó durante un ejercicio fuera del país. La espalda le había quedado llena de esquirlas, y fue durante esa baja médica cuando cruzó caminos con la madre de Adele.
Esa era la obligación: su vida. Y aunque su amigo lo tomaba a la ligera, porque para él era lo más lógico y natural, para Francis significó un pacto para siempre. Cuando le avisaron del incendio, de las muertes y del desastre, en todo lo que pudo pensar era en la niña. Y ahora esa niña, convertida en mujer, lo abandonaba. Lo llamó con el pensamiento para que la viera: "Tu hija es tan parecida a ti", le dijo. Y lo era, demasiado. "No dejes nunca que se le llene el cuerpo de esquirlas", le pidió.
Adele le sonreía, pero esa sonrisa estaba plagada de tristeza. Ese hombre ahí parado, que era imponente como una montaña, era todo lo que le quedaba de su padre y le dolía dejarlo, separarse de él.
-¿Estás lista?
-Sí.
-Guardaré tu maleta y podremos irnos.
Insistió en llevarla él mismo, en verla instalada y lista para comenzar su nueva vida. Durante el largo viaje le pidió mil veces que se cuidara, que desconfiara, que no dudara en llamarlo para lo que fuese y que, por favor, regresara a visitarlos. Por momentos, Adele quería llorar, abrazarlo y pedirle que regresaran; tenía miedo, pero como buena hija de su padre, aplastó ese miedo hasta el fondo y lo reemplazó con ansias y expectativas. Su nuevo comienzo estaba ahí, al alcance de la mano, podía sentirlo y haría todo y más para que funcionara. Las posibilidades eran infinitas, y ella quería intentarlas todas, aunque fuera una vez. Las ansias se le mezclaban con otra cosa y no sabía bien qué era.