-Gracias, en serio, no sabe lo feliz que me hace saber que tengo el empleo -emito, es inevitable no expresar esas palabras.
Y su cara sigue siendo seria, no cruza la luz por sus facciones, ni siquiera el asomo de una sonrisa. Carraspeo avergonzada y me pongo en pies. Debo ser cuidadosa ante el señor... hielo, él es de esos que no se acercan al sol, para no ser vencido por su calor. No demuestra emoción, o los mantiene al margen de desconocidos. Eso soy para Silvain, excesivamente apuesto, y un hombre hermético al que apenas empiezo a conocer.
-Bien, ven mañana, este es tu horario -declara, es una demanda y tomo la hoja que me tiende -. No tolero el incumplimiento de ninguna índole -subraya.
Asiento a todo lo que dice.
-De acuerdo.
-Ya te puedes retirar -declara dejando ver una sonrisa de labios cerrados, no es real.
Sigue siendo meticulosamente forzado al corresponder o intentar dar un poco de sinceridad.
-De nuevo, muchas gracias. Hasta pronto. -sello el despido extendiendo una mano, pero me la deja tendida haciendo un gesto desdeñoso. Apenada por el desprecio, abandono el lugar antes de que me repita que salga de su oficina.
En la exterior boto el aire retenido, recupero el control. Ya la vergüenza ha pasado, el nerviosismo interior, el flaqueo se esfuma de mis extremidades. No puedo creer que no tomara mi mano, ha sido algo irrespetuoso de su parte. Resoplo. Soy capaz de andar por el pasillo, ha sido menos de diez minutos en su oficina, pero ha sido suficiente para que ese sujeto dejara a la vista su personalidad despectiva que somete a cualquiera.
Justo al cruzar el pasillo me intercepta la fémina de hace rato.
-¿Cómo ha salido todo? -quiere saber.
-Pues me ha dado el trabajo -declaro.
-Oh, quiere decir que ya es oficial, serás mi compañera. ¿Te ha dado el horario? -averigua clavando los ojos en la hoja que sostengo.
-Así es -se la muestro a la pelinegra.
-Entonces nos vemos mañana, ¿no te ha dado otras instrucciones? -formula arrugando el ceño.
-No, solo esto. ¿Hay otra cosa que deba saber? -me veo en la necesidad de preguntar.
-Sí, de hecho debió decirte, me extraña que no lo haya hecho, los empleados nos quedamos aquí, muchos vivimos lejos de casa, por lo que un lugar aquí nos ayuda. ¿Vives lejos de esta zona?
-No, resido en el centro de la ciudad, quizá por eso no lo ha mencionado. -platico, tengo la tentación de preguntar sobre el comportamiento de ese Silvain conmigo, pero me muerdo la lengua. Hay cosas que no se pueden decir de forma abierta, y no es el momento adecuado para sacarlas a relucir.
-Entiendo, ya no te quito más tiempo, espero verte mañana, por favor, apégate al horario, solo así te puedo asegurar que estará todo bien.
-De acuerdo, supongo que tú me ayudarás un poco a darme las tareas y...
-Sí, no es tan difícil, pero te ayudaré, linda. No puedo seguir hablando, aún tengo cosas por hacer.
-Está bien, nos vemos.
-Sí, deja que te guíe hasta la salida.
De esa manera vuelvo a ser dirigida por ella. Una vez afuera ando sobre el camino adoquinado, me detengo un momento a observar los atractivos jardines de la propiedad. En plena primavera no pueden estar más hermosos que ahora. Hay una fuente situada en el centro, a los costados plantas apodadas y flores por doquier. Es una fachada perfecta, bonita y atrapante. La verdad difiere con el estilo de mi jefe, no es de los que me imagino recorriendo estos lares y otorgando un minuto siquiera a contemplar la belleza de este equinoccio. Sin embargo, sigo sin conocerlo mejor, no se puede juzgar a un hombre por lo que deja ver, lo que no se hace notar, o lo que encapsula, es su realidad. Aunque percibo que no la hay en él.
Bato la cabeza.
«¿En qué momento mi mente ha dedicado tanto tiempo en pensarlo?»
...
Tomo el bus, en mi situación no es una opción ahorrar hasta el mínimo centavo. En todo el camino de regreso a casa me pongo los audífonos y me dejo llevar por la música. Cada cierto tiempo se direccionan mis ojos a esa hoja. No he reparado mucho en el horario, y debo ajustarme a ello. A mi lado se ubica una mujer, lleva sobre el regazo a su nena, no debe tener más de dos años. Me resulta coqueta y dulce cuando extiende una mano hacia mí y sonríe. En algún punto de mi vida pensé en ser niñera, pero lo primero que ha llegado es servir en casa de un hombre millonario, y no podía seguir esperando.
Y esa pequeña me recuerda a mi hermanita, quizá por eso vuelvo a sentir un nudo en la garganta y debo parpadear para alejar las lágrimas.
La mujer se baja pronto y ya vuelve a quedar vacío el lugar a mi lado. Soy la próxima en pedir la parada. Me quedo a unas cuadras de casa. Los pasos restantes voy pensando en mama, sé que se pondrá contenta. Muero por ver su expresión, esto será un rayo de luz entre tanta oscuridad. Meto la llave en el cerrojo y entro de lleno. Aún recuerdo cuando estaba sana y le avisaba de mi regreso. Solía salir de la cocina y anunciar que hacía algo delicioso. Una lagrimita sale de mi ojo y con eso caen los recuerdos como una cortina que devela el presente; el antaño ya es solo efímero. Avanzo hasta la segunda planta, sé que debe estar en la habitación, marchita y desolada. Me entristece ser testigo del nubarrón depresivo, un cuadro en el que se quedó atrapada desde que papá murió, él y mi pequeña hermana de cuatro años.
Las fotos colgadas en la pared del pasillo son recuerdos que duelen, dagas que se clavan en el corazón, no hay cura, no existe un aliciente que calme el ardor. No he tenido el valor de recogerlas y meterlas en una caja, eso sería de alguna manera arrojar momentos inolvidables al olvido y yo nunca dejaré de pensar en ellos. Se fueron demasiado pronto, y debo vivir con esa ausencia el resto de mi vida.
***
"Usa una soberbia sonrisa de escudo; él ataca, tiene miedo, y quiere infundir temor. Despavorido en realidad pretende ser quien haga huir a los demás"
"Jamás se sabe cuándo se está en eminente peligro, hasta que te cruzas una mirada tan vacía que no aflora la mínima emoción, salvo ego en esos azulados que ahnelan adoración".
...
Acostada en forma fetal, la mirada perdida en un punto, desganada, sin ganas de vivir, apenas me observa pero no hay brillo en sus orbes. No sé si pueda avivarse un día, me pone mal verla así. Por otro lado, me siento aliviada de saberla viva, una vez sucedió que la dejé sola unos minutos, fui al mercado por unas cosas, al regresar la encontré en la cama casi sin pulso, y tuve que llamar a una ambulancia. Resulta que fue una sobredosis, de eso hace ya unos meses, ahora la vigilo más. No voy a mentir, el pavor pulula en mí cada que debo dejarla sola. Que suceda otra vez puede significar que no salga ilesa como la primera vez. No quiero que vuelva a hacer lo mismo. No confío del todo en ella, no en ese estado inestable; y se resiste a recibir ayuda. En su opinión, los antidepresivos no sirven de nada y dejó de tomar los que le recetó el doctor.
-¿Cómo te ha ido? -pregunta, su voz es débil.
Me siento al borde la cama y tomo su mano entre las mías. Una sonrisa se dibuja en mis labios. Eso debe de asegurarle que me ha ido bien, que un mejor porvenir está a la vuelta de la esquina.
-Tengo el empleo, mira -le enseño la hoja -. Me han dado el horario de trabajo, inicio mañana, mamá.
-Es una buena noticia -declara con un lejano mote de felicidad.
-Lo es, no tienes de qué preocuparte, vamos a estar bien. -le aseguro pasando una mano sobre su cabello.
-No es justo que debas asumir la responsabilidad sola, buscaré un empleo, te ayudaré -susurra.
-De acuerdo, primero debes estar bien. Por ahora no debes sentirte angustiada, y deja que yo me encargue de lo demás, ¿está bien? -emito y dejo un beso en su frente.
-Gracias, eres tan buena, Ary, deberías estar estudiando...
-Lo sé, pero lo haré cuando estemos mejor, y esto es lo mínimo que puedo hacer por ti, mami, que me has dado todo. -pronuncio emotiva -. Soy buena porque tú lo eres, te amo.
-Te he dado tristeza, soy un problema, pero deseo cambiar, ya no puedo seguir así, Aryanna. La vida es demasiado corta para pasarla de esta manera. Y-yo estoy resuelta a salir adelante... -expresa con un poderoso quiebre en la voz.
Espesas lágrimas vuelven mi vista borrosa, jamás había sonado tan decidida que escucharla así me pone un nudo en la garganta. Dentro de mí hay una oleada de emociones fuertes, se disparan con locura y me echo a sus brazos, sin detener el convulso llanto que se avecina. Su palma está sobre mi espalda, baja y sube, la acción se repite varias veces. Es increíble que incluso la vida se despedaza para ella o no le vea el sentido, pero sigue teniendo el poder de llevarme a un lugar donde no me toca el dolor. Lo alivia, aunque no encuentre mitigar su sufrimiento; la abrazo, pretendo dedicarle un poco de lo que se esfuerza en entregar.
-¿Has desayunado? -averiguo tras poner una mínima distancia.
-No, aún no lo he hecho.
-Lo harás, tampoco he desayunado -admito esbozando una sonrisa.
Tan nerviosa estaba, que no me atrevía a probar bocado antes de salir de casa. La angustia, esa ansiedad que se agolpaba en mi ser me olvidó del apetito feroz que ahora ruge. Muero de hambre.
-Bien, deja que me adecente.
-Pero si estás hermosa -exclamo y niega con la cabeza, solo bromeo con la intención de sacarle una sonrisa.
-Claro, lo estoy -responde sarcástica.
Todo parece demasiado bueno para ser real, mamá siguiendo mi juego, animada a bajar y comer junto a mí, decidida a darse una oportunidad de vivir. El día no puede ir mejor, ha empezado a salir el sol. Direcciono mis pies hasta la pequeña cocina, aquí habitan muchos momentos. Mariola dando sus primeros pasos, correteando y papá detrás advirtiendo que no es lugar para juegos. Me divertía muchísimo lo traviesa que era ella, daba alegría a nuestras mañanas, también atrasaba a papá cuando debía irse al trabajo, lloraba hasta que mamá debía decirle que papi volvería pronto. Ahora que vuelvo a verme sola, se esfuman escenas añoradas, instantes que no volverán, sin embargo regresan de forma cíclica a mi cabeza, dejando una marca que no se borrará.
En la alacena no hay mucho, apenas alcanza para el día de hoy. Le he pedido hace dos días a Mila, la vecina, un nuevo préstamo. Me da verguenza que deba pedirle otra vez. Suspiro. Al menos ya podré pagarle. Tomo lo que queda del paquete de sándwich, son cinco rebanadas, es todo. De la nevera cojo el tarro de mermelada a medias. Ha quedado zumo de naranja de ayer, lo sirvo en dos vasos. Cada vez es menos, confío en que todo va a mejorar.
Espero un rato, aprovecho de echarle un vistazo a la hoja, noto que mi entrada será de lunes a viernes a las ocho de la mañana y saldría a las cinco salvo el día jueves que voy a quedar libre a las cuatro. Todo indica que estaré lejos de mamá muchas horas diarias, eso me alarma bastante.
Me muevo hasta el comedor, dejo todo en la mesa y aguardo a mi madre. Ella se presenta en cuestión más arreglada y me acompaña.
-Háblame sobre el empleo, tu jefe... ¿ha sido amable?
¡¿Amable?! Ha sido un cretino conmigo, algo cortante y grosero. Pero veo a mamá sonreír, más viva que otros días que no puedo decirle la verdad. Si es necesario pintar de rosa y darle una buena impresión sobre ese Silvain, lo haré.
-Todo bien, es algo serio, pero no hay cuidado, mamá. Creí que no me daría el trabajo, pero ha sido todo rápido. -me limito a comentar.
-Todavía queda gente en este mundo con un gran corazón... -emite esperanzada.
Es lo que no poseo yo, disfrazo la realidad, y la verdad es que me aterra no ser suficiente en esa mansión, temo fallar o hacer algo incorrecto a los ojos de ese hombre que ni siquiera parece tener un corazón.
-Sí, mamá -continúo comiendo -. Quiero platicarte sobre el horario, llegaré tarde a casa, no quiero que te preocupes. ¿Puedo confiar en ti? ¿vas a estar bien?
-Sí, te lo prometo -susurra genuina, dejando una mano sobre la mía, acaricia mi dorso, me mira con amor.
-Te creo, gracias.
Me levanto, voy a lavar los trastes, mamá me detiene y se ofrece en hacerlo. Le doy un beso en la mejilla, y me encargo de los quehaceres que faltan. El día no deja de cambiar el rumbo, ya no se dirige a la remota oscuridad, la dirección esclarece y rescata de las penumbras la austera necesidad de mamá por esconderse en cuatro paredes.
Limpio la pequeña sala, desde trapear, hasta quitarle polvo a los objetos. Luego llega ella e insiste en que se lo deje a su cargo, porque luego estaré exhausta para ir a trabajar.
-No te preocupes, mamá.
-Siempre dices eso, Aryanna. Yo terminaré de hacerlo -insiste quitándome la aspiradora, estaba a punto de empezar a limpiar el alfombrado -. Es hora de que haga mi papel, tú ve a descansar, mañana será un día agotador.
-Voy a estar bien.
-Por favor... -me advierte con la mirada.
¿En qué momento ha regresado una parte de la mujer que creí haber perdido?
Sonrío, dejaré que haga lo que desee, con tal de volver a verla así de ansiosa.
...
Ha llegado la noche, voy a mi habitación. Tomo una ducha y me voy a la cama. Alargo la mano y la tomo de la mesilla de noche. Ha sido el regalo de mi padre, no creí que la usaría, ahora es mi compañera.
El cuadernillo, un objeto de infinito valor para mí, ahí he dejado todo lo que siento y se me atora en el alma, lo he tomado en mis manos. Ligera, pero carga con un enorme peso entre sus páginas. He vaciado mi corazón en cada línea escrita, párrafos enteros que si tuvieran voz, expresaran la desazón que tengo en el pecho. Esa tristeza está atrapada en las capas de mi piel, y quiero muchas noches gritarla al mundo, al final me conformo con poder susurrarselo a la almohada.
Empecé a escribir desde la muerte de papá y mi pequeña hermanita, desde entonces se ha vuelto un método que saca de mí todo lo que no hilo con la voz.
Escribo para no sentirme sola.
»Me derriba en consecuencia un fugaz anhelo por regresar el tiempo, saber que un retroceder es cosa de soñadores tontos, anula la idiotez que siento por devolver las agujas del reloj, la inquebrantable urgencia por guiarlas a la izquierda, el ritmo que baila el pasado, una pieza que no suena ahora«.
Es la introducción que está en la primera hoja, luego de adentrar la vista por la siguiente, y finalmente escrudiñar otras sombrías, llenas de arrugas que confiesan cuanto he llorado al escribirlas.